Archive for the ‘Especulación cientifica’ category

La religión de los ovnis

30 mayo 2013

Creía que los ovnis estaba ya fuera de las parrillas de televisión…
Ayer miércoles volvieron a la pequeña pantalla en el nuevo talk show de mi vieja conocida Ana García Lozano. Y me llamaron.
La verdad es que me picó la curiosidad por ver qué había cambiado tras todos estos años de sequía ovni en los medios de comunicación -salvo en los programas dedicados a la subcultura de lo pseudomisterioso-. Intuía que iba a ser más de lo mismo, pero nunca imaginé que fuera tan más de lo mismo.

Manises, Grifol, contactados varios y un catedrático de química que en sus tiempos mozos, cuando era músico itinerante, de esos que tocan en las fiestas de los pueblos, le asustó una luz sobre un puente de la carretera.

Como experto habián llamado a un joven ufólogo (supongo que a estas alturas es de la quinta generación) que repetía lo mismo que ya había escuchado hace casi dos décadas a la “cuarta generación” encabezada por los entonces jóvenes Sierra, Guijarro, Cardeñosa…: vivimos realmente una gran oleada con multitud de pruebas y filmaciones, hay casos sorprendentes como el de Campeche de 2003 (ya explicado, a lo que añadió florituras, no sé si de su cosecha o de segundas fuentes, como que los “objetos” rodearon al avión que los filmó), que hay una gran conspiración oficial de silencio… Y, por supuesto, que su trabajo es serio y científico, que para eso estudió ingeniería técnica.

Pero lo que me acabó de confirmar es lo que antropólogos y sociólogos de las religiones llevan diciendo desde hace años: el movimiento ovni -que no fenómeno- es una nueva religión.
Escuchar a los contactados y a algunos de los que habían visto un ovni me hizo darme cuenta de la profunda religiosidad que produce la visión de algo que les es extraño. Una mujer dijo que ver cómo un platillo volante se perdía tras una colina fue una experiencia feliz, casi mística; Grifol repitió lo que lleva diciendo desde hace tres décadas: seres que le hablan en sueños y le susurran mensajes; peregrinaciones a Montserrat en fechas señaladas; que los extraterrestres son ángeles que velan por nosotros y les preocupa nuestro bienestar espiritual… Otra, Virgina Dangma, había seguido la trayectoria de su madre, que practicaba la escritura automática -una técnica inventada por los médiums del XIX para hablar con los espíritus-. Pero esta vez, en lugar de difuntos, madre e hija hablan con extraterrestres. Finalmente, dos hombres -uno de ellos catedrático de ingeniería química en la Universidad de Extremadura- que en sus tiempos mozos vieron una potente luz muy cerca de ellos, casi como en la película de Encuentros en la Tercera Fase.

Resulta curioso cómo la cultura modifica lo que observamos: a pesar de que lo que veía era una luz, el catedrático no dejó de hablar de “un objeto”, aun cuando él mismo reconoció que no fue capaz de percibir estructura alguna en algo que, además, cambiaba de forma. Si hubiera vivido en el siglo XVIII seguramente habría hablado de brujería o de Satanás -o quizá de algún santo- pero en nuestra época espacial las luces se convierten en objetos sólidos tripulados.

¿Qué es lo que vio? Nunca lo sabremos pues el fenómeno real está enmascarado por el recuerdo de lo que vio. De igual manera que cada nosotros recordamos lo sucedido la pasada Nochebuena de forma diferente a nuestros familiares, la cultura personal contamina el recuerdo de cualquier experiencia, y una luz pasa a convertirse en un objeto. ¿Qué quiere decir esto? Que al ser un objeto, una nave espacial extraterrestre, en nuestro recuerdo se comporta como tal y ya le asociamos intencionalidad, movimientos inteligentes… a todo lo que observamos. Es lo que sucede con los pilotos: para ellos todo lo que ven en el cielo es un aparato pilotado (dejando a un lado las aves) y así lo ven comportarse. De ahí que hayan confundido los trozos que caen tras la reentrada de un satélite cono un grupo de objetos volando en formación. Y aún más: el famoso caso de Ricky Martin y la mermelada nos demuestra que no es necesario realmente ver nada para crear un recuerdo de haber visto algo.

A este panorama añadamos la intensa religiosidad que aflora entre los devotos de los ovnis. Porque eso es lo que son: tienen experiencias transformadoras, necesitan contar la buenanueva al mundo -les crean o no- (una de las entrevistadas “daba fe” de su experiencia), les hablan por medios no convencionales (¿No son esas comunicaciones telepáticas lo mismo que aquellos que, como Teresa de Ávila, charlaban con Dios y la Virgen?)… El comportamiento de los ovnis es similar al de los “avistamientos” de santos medievales, a las apariciones religiosas de todo signo, y sus supuestas comunicaciones se restringen a recomendaciones éticas y mensajes de paz y amor. ¿A qué les suena? Incluso los extraterrestres les hacen promesa de un cambio y de la ascensión a un nivel superior de existencia (¿no es similar a lo que hacen las religiones clásicas de prometer una vida mejor en el más allá?).

Este no es el comportamiento que uno espera de una civilización tecnológica que viaja por el espacio al encuentro de otros signos de vida inteligente. Compárese cómo se han comportado las diferentes civilizaciones terrestres cuando han encontrado a otros pueblos a lo largo de la historia para notar la diferencia: James Cook, en sus encuentros con los isleños del Pacífico, no hablaba con ellos por telepatía.

Un detalle que resultará revelador de esta religión en proceso de formación: los extraterrestres no llegan; se manifiestan, aparecen. Su existencia no es material, no se comportan como lo hace la materia; son de naturaleza etérea, evanescente, surgen de la nada. A veces dejan señales, signos, como prueba de lo que son, del mismo modo que los Evangelios narran los milagros de Jesús: no son demostraciones de su poder para convencer a los incrédulos sino signos destinados a los creyentes para reafirmar su fe. Los supuestos rastros de aterrizajes, las borrosas filmaciones y fotografías… desempeñan el mismo papel. No existe ni una prueba física directa e irrebatible, como pudiera ser el tornillo de una nave. Pero es que los creyentes no la necesitan.

Sin embargo, al ser una religión nacida en el seno de una civilización tecnológica algunos de sus fieles buscan una reafirmación científica de su fe; necesitan demostrarla. De ahí la legión de ufólogos aficionados que destinan gran parte de su tiempo y de su dinero a investigar cada uno de los casos, a entrevistar a testigos, a buscar rastros de su existencia. Así llevan desde los años 50 pero las pruebas incontrovertibles siguen evitándoles. La situación es la misma que el caso del espiritismo a principios del siglo XX. Henry Sidgwick, primer presidente de la Sociedad para la Investigación Psíquica, dijo tras dos décadas dedicadas a la investigación: «Si alguien me hubiera dicho que después de veinte años de investigación iba a estar en el mismo estado de duda que cuando comencé, me habría parecido una profecía increíble. Parece imposible que tal cantidad de evidencias traigan tan poco peso en la decisión». De igual forma expresó su frustración el psicólogo William James en su último artículo sobre la investigación psíquica (1909), «he gastado mis buenas horas presenciando los fenómenos. Todavía no he llegado teóricamente más ‘lejos’ de donde estaba al principio» y el filósofo Anthony Flew (1978), tras 25 años interesándose por la parapsicología: «Es deprimente tener que decir que la situación hace un cuarto de siglo era muy parecida a la de ahora».

No existe el fenómeno ovni como tal, sino que en ese saco se meten todas aquellas experiencias que, a nuestro juicio (y esto es importante remarcarlo), tienen toda la pinta de ser naves extraterrestres. Una pinta que fue dibujada por la ciencia ficción y luego pulida, modificada y ampliada por quienes viven en el mito. ¿Por qué sucedió así? Creo que es imposible de saber. Es lo que tienen todas las religiones. Podemos saber cuándo apareció el cristianismo, pero no podemos decir con certeza porqué la prédica de uno de los diversos judíos escatológicos que recorrían la Palestina del siglo I se convirtió en una gran religión. Podremos conocer cada paso hasta convertirse en lo que es hoy, pero jamás podremos responder a la gran pregunta: ¿Por qué fue así y no de otro modo?

Cómo viajar al espacio

1 febrero 2013

En 1992 un visionario llamado Marshall T. Savage publicó un libro titulado The Millennial Project, donde proponía la manera de colonizar la galaxia en “ocho fáciles pasos”. Este libro fue la semilla de la Living Universe Foundation, que pretende desde entonces poner las bases para poner en marcha sus ideas.

Curiosamente, el primer paso no consiste en poner una base en la Luna. Según Savage todo pasa por colonizar el espacio más cercano al nuestro. Para buscarlo no debemos mirar hacia arriba, al cielo, sino hacia abajo, hacia el océano. Instalando islas flotantes en medio del océano aprenderemos unas lecciones cruciales para cuando decidamos ir al espacio: vivir en aislamiento y ser autónomos. Además, desde estas ciudades-islas, que él bautiza con el nombre de Acuarius, recuperaremos la ecosfera y obtendremos lo necesario para cubrir las necesidades de sus habitantes. El corazón de Acuarius es el OTEC, Ocean Thermal Energy Converter, una planta de energía eléctrica que aprovecha, mediante bombeo de agua, la diferencia de temperaturas existente entre la superficie y las profundidades oceánicas. Como base para la alimentación, que servirá para cuando nos expandamos por el espacio, Savage aboga por un alga, la Spirulina platensis. Con el 65% de su peso en proteínas –las alubias sólo contienen el 22%-, siendo la mayor fuente concentrada de B12 , más la B1, A, E, con los 8 aminoácidos esenciales –como la carne- y, además, baja en grasas (6%) y en colesterol (=0,013%), Savage ve en ella el futuro alimenticio de la humanidad. Claro que él comprende lo difícil que es comerse un plato de una cosa pegajosa y verde con ese rancio olor a mar. Para solventar el problema Savage propone tratar este alga con alcohol ,para quitar el color y el sabor, eliminar la clorofila y, finalmente, añadir colorantes y aromatizantes para hacerla más atractiva. Claro que, ¿estaremos dispuestos a sustituir con ella un par de  huevos fritos con jamón ibérico?

Savage también ha propuesto el diseño de un espaciopuerto, que se construiría en el Serengeti, África. Más concretamente en el cráter Ngorongoro. En esencia, el lanzador consta de dos partes. En la primera, los viajeros son acelerados por un túnel de 125 kilómetros que corre hacia el este del cráter Ngorongoro, hacia el Kilimanjaro. El principio de funcionamiento es bien conocido: la levitación magnética mediante imanes superconductores. De este modo se evita el rozamiento. El sistema, perfectamente ajustado, les acelerará hasta alcanzar una velocidad de 18.000 km/h. Durante 50 segundos estarán sometidos a una aceleración diez veces la de la gravedad (10 g) –una persona no entrenada puede soportar esta aceleración sin problemas durante dos minutos- y en los últimos dos segundos estarán sometidos a 225 g. Puede parecer mucho, pero no lo es. Se experimenta el mismo tipo de fuerza que al caerse de espaldas de una altura de tan sólo 30 cm.  Esta última parte sucede cuando el túnel se curva hacia arriba por el interior del Kilimanjaro. Con un radio de curvatura de 10 km, el túnel asciende los casi 5.900 km de altura del volcán africano y la cápsula sale con una velocidad de 5 km/s. Una vez fuera, la gravedad y el rozamiento con la atmósfera frenaría la nave. Para seguir proporcionándole la aceleración necesaria, alrededor de la cima del Kilimanjaro se han instalado una serie de láseres de alta potencia llamados Láseres de Electrones libres o FEL. Este tipo de propulsión es el colmo de la simplicidad. Sólo necesitamos un láser y un bloque de hielo. El láser se dispara sobre el hielo, y el agua sobrecalentada a 10.000ºC se vaporiza, saliendo a una velocidad de 36.000 km/h. De hecho, se puede utilizar cualquier materia que se vaporice por encima de los 10.000ºC. Se usa agua porque es barata, fácil de obtener, fácil de transportar y no daña al medio ambiente. Claro que no podemos usar el hielo tal y como sale de frigorífico. El que se usa hay que sobreenfriarlo a la temperatura de nitrógeno líquido y reforzarlo con un plástico con forma de nido de abeja. Mediante esta propulsión la cápsula se encontrará en órbita en unos 4 minutos.

¿Por qué desde aquí, desde esta montaña de África? Primero, porque lanzando cerca del ecuador juega a nuestro favor el giro de la Tierra; segundo, porque saliendo a la atmósfera a 6.000 metros de altura nos evitamos gran parte de la fricción a la que estaría sometida la cápsula. Por suerte o por desgracia, únicamente en África se encuentra volcanes suficientemente altos y con el entorno adecuado: El Kilimanjaro, el monte Kenya y el Margherita Peak. Fuera de África tenemos, en Sudamérica, el Cotopaxi y el Cayambe.

Este es el lanzador espacial de Savage que bautizó con el nombre de Bifrost. A nadie se le escapa que se trata de una forma de llegar al espacio demasiado atrevida.

Sonidos misteriosos

18 diciembre 2012

Hace 100 años el mundo era mucho más silencioso que en la actualidad. Hoy estamos acostumbrados al petardeo de las motos, los boom sónicos de los aviones, explosiones varias… Es algo que incluso queda reflejado en el cine: hay más nivel de ruido en las películas actuales que en las de hace 30 años. Es por eso que los extraños sonidos que en ocasiones nos regala la naturaleza quedan enmascarados o, simplemente, ignorados.

Uno de los más misteriosos recibe el nombre de mistpouffers en Francia, marina o brontidi en Italia, uminari en Japón o retumbos en Sudamérica. Se trata de explosiones que se escuchan en las costas de medio mundo y de las que existen registros de su existencia desde finales del siglo XIX. Lo único que se sabe de estos misteriosos estallidos es que deben estar relacionados con el mar, pues solo se escuchan en la costa. Cierta hipótesis postula que se trata de erupciones de gas natural provenientes de la parte de la placa continental que se encuentra bajo los océanos.

En este sentido, su origen sería el mismo al de los espeluznantes cañonazos llamados “cañones de los lagos”, pues se escuchan en algunos grandes lagos, como en el Seneca de Nueva York, y cuya antigüedad está atestiguada por las historias de los nativos americanos de la zona. En la década de los años 30 la revista Science publicó diferentes artículos donde se defendía que los “cañones del Seneca” tenían, con toda probabilidad, relación con “escapes” de las bolsas de gas natural existentes allí.

El fenómeno de los retumbos se escucha por todo el globo: desde la costa este canadiense a la desembocadura del Ganges -donde se les conoce como los cañones Barisal- pasando por la costa belga, diferentes lugares de Escocia y las Filipinas. En Italia a finales del siglo XIX se escuchaba el siguiente refrán: “Cuando tuona la marina o acqualo, vento o strina” (Cuando suena la marina -el océano retumba-, espera lluvia, viento o calor). Según un artículo publicado en el Monthly Weather Review por A. Cancani en 1898, en Italia “el intervalo entre sucesivas detonaciones es variable… parecen oirse en cualquier época del año y momento del día” y no se encuentran asociadas a un mar tormentoso pues se escuchan con bastante frecuencia durante un mar en calma.

De todos los retumbos los más famosos son los que se escuchan en el delta del Ganges, especialmente de febrero a octubre y que aparecen justo antes, durante o inmediatemente después de las tormentas y siempre parecen venir de dirección sur o sudeste. Algunos científicos que se han interesado por estas explosiones señalan que todas estas características apuntan a un origen sísmico, aunque este tipo de detonaciones sea más común en zonas montañosas.

Pero de todos los misteriosos sonidos que podemos escuchar por el planeta seguramente ninguno es más hipnotizador que las arenas musicales de algunos desiertos, como sucede en el Sinaí: cuernos, campanas, gruñidos incluso ladridos. ¿Será éste el origen de la leyenda del suspiro matutino de la Esfinge? Nadie ha podido explicar convincentemente el misterioso mecanismo de acción que hace que en un lugar suena como un ladrido y en otro como la dulce flauta del dios Eolo. Las arenas musicales representan un peculiar (y nada estudiado) subproducto de la geología. Y es que nuestro planeta oculta muchos fenómenos naturales que desafían a nuestros científicos.

innovación “made in Spain”

4 junio 2012

¿Qué hace un microbotánico urbano, un experto en bioacústica de cachalotes, una teórica de la computación y una micóloga hablando sobre ciudades inteligentes? En una palabra: innovar.

En esta época en que tanto se lleva la “i” pequeñita del trinomio I+D+i, pero que tan poco se hace que sea realmente innovador, resulta refrescante descubrir una metodología inspirada en el proceso por el cual la Naturaleza lleva realmente innovando durante millones de años: la evolución. Bautizada como E+D (Exaptación y Diversidad), es producto de la mente inclasificable de un aragonés, Javier Mateos. En esencia permite encontrar nuevas “soluciones” a aplicaciones ya existentes mediante la incorporación de ideas provenientes de otros campos. No es una panacea, una manera de sacar un producto acabado. Lo que produce es un jardín de ideas, un árbol de soluciones posibles que permite enfocar por diferentes caminos una I+D.

Ver una E+D en funcionamiento es una delicia. Es un chaparrón de ideas que surgen con una misma coletilla: “¿Y si…?”. La inspiración, la creación, puede llegar de cualquier lugar, pero exige una mentalidad abierta y creativa. Queda muy lejos de esas mentes cuadriculadas que miran únicamente a su especialidad y mucho más de aquellas otras que parecen diseñadas con uno de los manuales que han de seguirse para obtener una certificación ISO. Por eso la elección de los intervinientes es crítica. Recuerdo la charla que tuvo Javier con un joven ingeniero de telecomunicaciones de la empresa que le contrató para hacer la E+D. Javier deseaba saber cómo era. El brillante ingeniero desglosó con pelos y señales su currículum de esa forma que sólo sabe hacer uno de pura cepa y, al terminar, la primera y casi única pregunta que le hizo Javier fue: “Sí, bueno, ¿pero tú qué lees?”

LA E+D no es hacer ciencia-ficción sino lanzar lo que en el mundo anglosajón se llaman intuiciones educadas. Es decir “por aquí podemos ir porque puede salir algo”, es señalar un nuevo camino para algo que ya existe: “¿te das cuenta que esto se podría usar para aquello?”

Hay un ejemplo que para mí define lo que significa tener una mente creativa. Los cachalotes suelen emitir una serie de sonidos, como clicks que se repiten con una cierta periodicidad y que son característicos de cada animal. El problema está que al ir en manada se produce una tremenda cacofonía y del batiburrillo resultante el investigador debe extraer información relevante, como quién es el jefe, o su segundo… Para resolver el problema un biólogo de mente estrecha se fijaría en su especialidad o hablaría con etólogos y otros colegas del ramo. Lo que nunca hará es contactar con un antropólogo. Y así no sabrá que hay una tribu en Senegal cuyos pobladores tocan los tambores y cada uno con una cadencia definida y única. Y que tocan en grupo dirigidos hábilmente por uno de ellos. Ni siquiera viajaría con sus grabaciones de los cachalotes a ese poblado y se las pondría a un anciano del pueblo para descubrir sorprendido que, sin decirle nada, el buen hombre identifica quién llevaba la voz cantante, y hasta el segundo y el tercero en el mando. Eso es lo que hizo el experto en bioacústica que mencioné al principio. Eso es la filosofía de una E+D en estado puro.

(Publicado en Muy Interesante)

La ciudad perdida de Iram

14 abril 2012

Al sur de la península arábiga se encuentra el desierto de ar-Rub Al-Jali, que ocupa una superficie mayor que la Península Ibérica y es una de las regiones más ricas en petróleo del planeta. Allí las dunas sobrepasan los 300 metros, en verano la temperatura supera los 55º C al mediodía y por cuyo interior ni siquiera los beduinos se atreven a viajar. Su nombre significa la región vacía. En febrero de 2006 un equipo de científicos lo exploró bajo los auspicios del Servicio Geológico Saudí, encontrado diferentes tipos de fósiles y meteoritos. Increíblemente, el desierto no está tan vacío como se creía: los científicos encontraron 31 especies de plantas y 24 de pájaros, además de arañas y roedores.

No siempre ha sido así de inhóspito. Antes de 300 a. C. lo cruzaban las caravanas del comercio de olíbano o francoincienso, una resina aromática usada por los somalíes como goma de mascar tras las comidas. El incienso que según cuenta la leyenda cristiana llevaron los Reyes Magos al niño Jesús era, en realidad, olíbano. Según la tradición en esta ruta del incienso se encontraba la ciudad de Iram o Ubar, también conocida como la Ciudad de los Mil Pilares, cuya existencia sólo está atestiguada por las historias fantásticas que los beduinos cuentan por la noche en los oasis.

Se supone que existió desde 3000 a.C. hasta el primer siglo d.C. Según la leyenda, se enriqueció gracias al comercio con las ciudades costeras de Oriente Medio y Europa. En el Corán se dice que Iram estuvo habitado por los ’Ad, una tribu cuyo origen se remonta a los bisnietos de Noé y que habitaban el este de Yemen y el oeste de Omán. El pueblo de ‘Ad acabó convirtiéndose en un reino que existió desde el X a.C. hasta el II d.C.

El destino de la ciudad de Iram fue similar al de Sodoma y Gomorra. Según el Corán los ‘Ad fueron un pueblo que “construyó en cada colina un monumento” y sus miembros “hacían esas construcciones con la idea de ser inmortales”. Les fue enviado el profeta Hud (que algunos identifican con un personaje menor del libro del Génesis, Heber) para advertirles del mal camino que estaban tomando: “¡Temed, pues, a Dios y obedecedme! ¡Teméis a Quien os ha proveído de lo que sabéis: de rebaños e hijos varones, de jardines y fuentes! ¡Temo por vosotros el castigo de un día terrible!” Ellos se negaron a obedecer amparándose en que solo hacían “lo que acostumbraban a hacer los antiguos”. En Las Mil y Una Noches –donde el nombre de Iram aparece en distintas ocasiones, como en las aventuras de Simbad el marino- nos revela el nombre de su rey: Shaddad, que desoyó los avisos de Hud. Dios castigó a la ciudad sepultándola bajo la arena.

La región donde se supone habitaron los ‘Ad fue descrita por Claudio Ptolomeo en su libro Geographia y la llamó Ubar, de ahí que la ciudad perdida haya recibido con el tiempo este nombre. Donde termina la historia empieza la leyenda, que va cobrando tintes cada vez más fantásticos; en este caso, la ciudad fue ganando con el tiempo tesoros, riquezas y avanzados conocimientos hasta el punto que el famoso Lawrence de Arabia la llamó “la Atlántida de las arenas”.

En 1932 el primer occidental en cruzar este peligroso desierto arábigo, Bertram Thomas, explicaba en su libro Arabia Felix cómo a seis días del pozo de Ahiaur, un asentamiento estacional en el suroeste de Omán, sus compañeros árabes de expedición le señalaron unas débiles marcas en el suelo y le dijeron que era “el camino de Ubar”. Todo lo que el británico vio fue una antigua senda de camellos que sugería una ruta de caravana que se dirigía al norte, a la región vacía. Los árabes le dijeron que llevaba a una ciudad fortificada, repleta de riquezas y jardines, que ahora se encontraba enterrada bajo las arenas. Veinte años más tarde, otro explorador británico, Wilfred P. Thesiger, escuchó de labios de sus amigos beduinos la existencia de “la ciudad perdida de Ad bajo las arenas de Jaihman, a poco más de un día de viaje al sur”. Desde entonces Ubar durmió el sueño de otras tierras de leyenda hasta que a principios de los 1980 un grupo de investigadores, deseosos de resolver el enigma, enfocó los satélites del programa LANDSAT de la NASA, destinado a observar a alta resolución la superficie terrestre, a aquella inóspita región del mundo.

En las fotos obtenidas por LANDSAT los científicos Charles Elachi y Ronald Blom del afamado JPL de la NASA en Pasadena, California, vieron un camino repleto de pisadas de casi 100 metros de ancho y oculto bajo la arena. Los técnicos del JPL encontraron dos tipos de sendas: unas modernas, porque bordeaban las dunas, y otras más antiguas, pues pasaban por debajo de ellas. Combinadas con fotografías tomadas desde el Challenger y por las imágenes de los satélites de observación terrestre franceses SPOT fueron capaces de identificar las antiguas rutas de las caravanas. Su razonamiento era: donde confluyan, ahí podrían encontrar los restos de una ciudad.

De este modo, en 1991 y con la ayuda del acaudalado hombre de negocios Armand Hammer, se lanzó la expedición en busca de Ubar, cuyo alma mater era el varias veces galardonado director de documentales Nicholas Clapp, que había realizado prácticamente toda la investigación histórica. Junto a él, los técnicos Blom y Elachi, el aventurero Sir Ranulph Fiennes –la primera persona en llegar a los dos polos y cruzar la Antártica a pie-, el arqueólogo Juris Zarins –profesor de la Southwest Missouri State University- y el abogado George Hedges viajaron hasta la provincia Dhofar en Omán, donde habían identificado el lugar donde podría haber desaparecido la legendaria ciudad. Tras explorar minuciosamente el área, la pista de las antiguas caravanas les llevó al pozo de Ash Sisar. Allí, bajo la arena se encontraba el fuerte turco del siglo XVI Shis’r, conocido desde las expediciones de Bertram Thomas. Pero debajo encontraron los restos de un asentamiento aún más antiguo. El fuerte había desaparecido debido a que el subsuelo calizo, horadado por la acción del agua- se hundió bajo sus pies, dejando como testigo para la posteridad un enorme socavón.

Posteriores excavaciones sacaron a la luz murallas y nueve torres. Los musulmanes vieran elevados sus corazones al pensar que la arqueología confirmaba la historia de la destrucción de la ciudad de los pilares reflejada en su sagrado Corán. Sin embargo, resulta difícil ver una ciudad esplendorosa empaquetada en las dimensiones de una fortificación militar. Por su parte, el equipo de investigadores descubría a poco más de 8 km otros 20 asentamientos, posiblemente lugares de descanso para las caravanas. Lo cierto es que los restos de cerámica recuperada confirman que la zona estuvo ocupada durante 5.000 años y tuvo su momento de esplendor los siglos I al III d.C. Los trabajos de excavación en Omán y Yemen continúan, intentado desvelar lo que sería la Ruta del Incienso, ¿pero se ha encontrado de la legendaria Ubar?

(Publicado en Muy Interesante)

Neutrino: ¿la partícula que destruirá la física del siglo XX?

3 marzo 2012

(Texto original del artículo aparecido en diciembre de 2011 en la revista Muy Interesante

El viernes 23 de septiembre de 2011 un grupo de físicos italianos anunciaba al mundo que unas elusivas partículas subatómicas llamadas neutrinos había roto la barrera cósmica para la velocidad que estableciera Albert Einstein en 1905: la velocidad de la luz. El día anterior por la noche habían publicado en ArXiv.org, un archivo donde físicos y matemáticos publican sus borradores de artículos científicos, el análisis de su experimento. Hacía tiempo que la comunidad de físicos teóricos no se alteraba tanto. La última vez fue en 1997, cuando Perlmutter y Schmidt descubrieron que la expansión acelerada del universo y que ha sido motivo del pasado premio Nobel de Física.

Pero se trataba de una excitación modulada: nadie se creía que realmente se hubiera roto uno de los sacrosantos pilares de la física moderna. Debía haber algún error en el experimento. Chang Kee Jung, un físico experto en neutrinos de la Universidad de Stony Bok en Nueva York lo expresó de forma muy gráfica: “No apostaría a mi mujer y a mis hijos, pero apostaría mi casa”. La apuesta de la mayoría de los físicos es que se dio algún tipo de error sistemático, la bestia negra de la ciencia experimental: quizá algún defecto en el instrumental, un fallo en el proceso de medición…

No es raro que el epicentro de este revuelo sean los neutrinos. Son unas partículas que desde que el físico alemán Wolfgang Pauli predijo su existencia allá por 1931 no han dejado de provocar quebraderos de cabeza a los físicos de partículas. Primero, es una partícula que interacciona muy débilmente con la materia: se le ha definido como un cuchillo muy afilado sin mango… y sin hoja. Sería capaz de atravesar un muro de plomo de varios cientos de miles de millones de kilómetros de espesor como si fuera aire. O dicho de otro modo: de los neutrinos provenientes de las reacciones nucleares que se producen en el interior del Sol sólo detectamos uno de cada 5.000 millones de ellos… una vez que han atravesado la Tierra. Es por eso que la confirmación de su detección se produjo 20 años más tarde, en 1956, por Clyde Cowan, Jr. y Fred Reines –descubrimiento que le valió el Nobel a Reines en 1995; Cowan había muerto en 1974–.

Semejante dificultad a la hora de detectarlos ha obligado a los físicos a tomar dos decisiones. La primera, utilizar grandes detectores: cuanta más masa tenga, más probable es que un neutrino despistado choque con algún átomo. Así, en Japón se encuentra Super-Kamiokande, un detector que contiene 50.000 toneladas de agua. La segunda es enterrar el detector en el lugar más profundo posible para blindarlo de manera que nada perturbe su detección. Es la misma situación que se nos presenta cuando queremos charlar con un amigo afónico: el ruido de otras conversaciones en un bar atestado de gente nos impide oír su voz; para escuchar el susurro de los neutrinos debemos ir a un lugar silencioso. Por eso los físicos se van a minas –Kamioka en Japón, Homestake en EE UU o Sudbury en Canadá– o túneles bajo montañas –Gran Sasso en Italia o Canfranc en España–.

En 1968 a Ray Davis, del Laboratorio Nacional de Brookhaven (EE UU), se le ocurrió que sería interesante estudiar los neutrinos que salen del interior del Sol. Debido a las reacciones nucleares de fusión que se producen en el corazón de la estrella, cada vez que cuatro núcleos de hidrógeno se convierten en uno de helio se producen dos neutrinos, que inmediatamente escapan al espacio. Davis pretendía entender lo que sucede en el centro del Sol y se encontró con una sorpresa: su equipo detectaba solo el 30% de los neutrinos que la teoría predecía que debían llegar a la Tierra. Bautizado con el nombre de “el problema de los neutrinos solares”, fue confirmado en 1989 por el experimento japonés Kamiokande -precursor del actual Super-Kamiokande–. En 2002 el experimento SNO, en Sudbury (Canadá) demostró que la cantidad de neutrinos recibidos en la Tierra del tipo que la teoría predice que deben ser producidos por el Sol es un tercio del número total de neutrinos que llegan. ¿Qué estaba ocurriendo? Algo que el italiano Bruno Pontecorvo había predicho en 1957: la oscilación del neutrino.

La cuestión es que existen tres tipos de neutrinos y el equipo de Davis detectaba solo uno de ellos. La única forma de explicarlo sin echar abajo todo lo que sabemos sobre reacciones nucleares es que durante el viaje a la Tierra el neutrino cambia de traje y se convierte en uno de los otros dos. La solución es elegante y en 1998 un equipo de físicos japoneses y norteamericanos había demostrado en Super-Kamiokande que tal oscilación se daba con los neutrinos producidos en la atmósfera por las colisiones de los rayos cósmicos.

Que el neutrino oscile ha hecho que los físicos de partículas miren hacia otro lado cuando se habla de ello. Y no es para menos, porque si oscila es que tiene masa. Muy pequeña, eso sí, pero no nula. Como mucho, menos de una millonésima parte de la masa del electrón. Y eso son muy malas noticias para el cuidadoso edificio que los científicos han construido para explicar el mundo subatómico y que recibe el nombre de el Modelo Estándar. Según él, la masa del neutrino es estrictamente cero. Y ahí están los datos experimentales sacándoles la lengua y exigiendo un cambio, quizá radical, en la física de partículas. Un cambio que aún no se ha dado.

La masa del neutrino tiene otras consecuencias. Si no la tuviera se movería a la velocidad de la luz, como predice la teoría especial de la relatividad de Einstein –que explica lo que sucede cuando nos viajamos a velocidades cercanas a la de la luz-. Que tenga masa, aunque sea muy pequeña, implica que debe moverse más despacio que la luz. Y aquí es donde surge el nuevo problema.

Diez años antes de la rueda de prensa de septiembre, el físico chino Guang-Jiong Ni de la Universidad Fudan en Shangai, publicaba varios artículos teóricos en los que defendía que en el universo podían existir partículas superlumínicas y afirmaba claramente que una de esas partículas era el neutrino. En 2007 el experimento norteamericano MINOS, diseñado para estudiar la oscilación del neutrino enviando un chorro de estas partículas desde el Fermilab de Chicago hasta Minnesotta, a 724 km, observó ciertos indicios que apuntaban a una velocidad superior a la de la luz, pero el error en la medición no permitía lanzar las campanas al vuelo. En 2011, los italianos del experimento OPERA (acrónimo del inglés Oscillation Project with Emulsion-tRacking Apparatus), con un detector de 1.800 toneladas también destinado a estudiar la oscilación el neutrino, volvieron a la carga.

Esta vez se enviaron chorros de neutrinos desde las instalaciones del CERN en Ginebra hasta los túneles de Gran Sasso, en el centro de Italia. Este viaje de 730 kilómetros fue realizado en menos de 3 milisegundos, así que uno puede imaginarse la precisión con la que se deben hacer las mediciones. Según el equipo italiano, los neutrinos llegaron 60 nanosegundos -60 milmillonésimas de segundo- antes de lo que haría la luz. Y no solo eso, sino que afirmaban que sus resultados tenían una significancia estadística de 6-sigma, una manera de estimar la validez estadística de un resultado. Un valor de 5-sigma es suficiente para aceptar un resultado experimental y 6-sigma es para descorchar botellas de champán. Pero eso en un experimento normal, no en uno con el que se pretende volar por los aires una de las teorías científicas fundamentales del siglo XX.

La comunidad científica recibió estos resultados con escepticismo: hay que esperar otros experimentos que lo confirmen o desmientan. Muchos piensan que se ha cometido un error garrafal, pues este comportamiento del neutrino no cuadra con otros perfectamente conocidos. Por ejemplo, el chorro de estas partículas que se recibió en la Tierra cuando el 23 de febrero de 1987 estalló una supernova en una de nuestras galaxias satélites, la Gran Nube de Magallanes, situada 168.000 años-luz. Los neutrinos llegaron a nuestro planeta 3 horas antes que la luz del estallido debido a que los fotones no poseen esa habilidad fantasmagórica de los neutrinos de atravesar la materia sin interaccionar con ella –esto también sucede en nuestro Sol: los neutrinos creados en su núcleo salen inmediatamente pero los fotones tardan un millón de años en llegar a la superficie–. Si realmente los neutrinos viajaran más rápido que la luz, los hubiéramos recibido 4,14 años antes, según ha calculado el físico Ben Still de la Universidad de Londres.

Toda una avalancha de artículos ha ido apareciendo para desmontar lo que podríamos llamar el caso de los neutrinos superlumínicos. No solo porque a los físicos les parezca pretencioso acabar con la teoría especial de la relatividad, un pilar fundamental de la física moderna, sino porque si fuera así caería uno de los principios más queridos de la ciencia, la causalidad. La razón es bien simple: toda partícula que viaje más rápido que la luz, viaja hacia atrás en el tiempo. La caída de esa barrera cósmica que es el valor de la velocidad de la luz permitiría a un tren llegar a la estación antes de salir, y eso es algo que no se puede aceptar en base a unos pocos experimentos muy sensibles a errores experimentales. Habrá que esperar.

(Nota: Recientemente se ha apuntado la fuente de error que todos estaban buscando: las medidas de GPS.)

La terraformación de Marte

6 febrero 2012

Si hay algo en lo que están de acuerdo todos los pioneros de la ingeniería planetaria es que el mejor planeta para terraformar es Marte. Ahora bien, ninguna civilización presente o futura puede destinar gran cantidad de recursos durante tiempo ilimitado a una empresa dada. Esto quiere decir que la terraformación de Marte cuenta, además de los problemas tecnológicos, con un serio handicap: debe hacerse en un tiempo razonable. ¿Cuánto? Del orden de unos 500 años.

El primer paso a dar es obvio: aumentar la temperatura en superficie de Marte, que traería de la mano un cambio su atmósfera. Para conseguirlo sólo tenemos que pensar en el efecto invernadero. Luego deberemos instalar factorías productoras gases invernadero artificiales que no contuvieran cloro ⎯pues trabajarían en nuestra contra al atacar una futura capa de ozono⎯, como el perfluorometano (CF4). Así, si se libera al mismo ritmo que los CFCs en la Tierra (1.000 toneladas por hora) la temperatura media del planeta aumentaría 10 ºC en una pocas décadas.

Esta temperatura provocará que grandes cantidades de dióxido de carbono encerradas en un tipo de roca marciana, los regolitos, se libere, lo que haría que el planeta se calentara aún más rápido. También se podría usar amoniaco, otro gas invernadero. Una buena fuente para ello son los asteroides que se encuentran más allá de la órbita de Júpiter, que se supone poseen altas cantidades de amoniaco y agua congelados. Sólo habría que darles un pequeño empujón (del orden de 1.100 km/h para uno situado en la órbita de Urano) y dirigirlos contra Marte. Si chocase contra el polo, la energía del impacto contribuiría a evaporar el agua, contribuyendo al efecto invernadero (un impacto de este tipo es capaz de evaporar un lago de 150 km de diámetro y 50 m de profundidad). El resultado neto sería la formación de una atmósfera marciana con unas más que aceptables presión y temperatura atmosféricas. Esta sería la parte fácil.

La insolación sobre Marte habría que aumentarla, como mínimo, en un 30%, para acercarla a la terrestre. Esto sería posible mediante la instalación de espejos en órbita del tipo de las velas solares que hoy se están investigando. Una vela solar no es otra cosa que un espejo con un alto poder de reflexión: cuando los fotones de luz golpean del espejo, le transmiten el impulso necesario para mover el vehículo. En nuestro caso esto no es lo importante, sino que reflejen la máxima luz posible. Los componentes básicos de la navegación solar los tenemos en nuestras cocinas: el papel de aluminio y ese plástico fino que utilizamos para envolver los alimentos. El aluminio es el material reflectante; el plástico, la estructura resistente sobre la que se monta. Por ejemplo, el mylar aluminizado es un buen material de “baja tecnología” para nuestros intereses. Inicialmente se podría colocar un espejo de 125 km de radio a una distancia de 214.000 km (unos dos tercios de la distancia Tierra-Luna) para fundir los polos. Claro que también existe un modo más sutil: cambiar la cantidad de luz que absorben. Simplemente extendiendo una capa de polvo sobre los polos podemos conseguir que absorba más cantidad de luz solar y, por tanto, vaya aumentando gradualmente su temperatura.

A continuación deberían conseguirse unos niveles válidos de nitrógeno y oxígeno en la atmósfera. Para ello, Martyn Fogg propone la volatilización de nitratos y carbonatos mediante dos métodos, a cada cual más catastrófico: por impactos meteoríticos dirigidos o por minería nuclear. Ambas consiguen la volatilización in situ de estos elementos mediante la inyección de calor en profundidad.
La activación de la hidrosfera puede parecer una empresa más sencilla, pero no lo es tanto. Con el aumento de la temperatura el hielo que se supone existe a unos cuantos metros por debajo de la superficie, en el permafrost, saldría a la superficie. Sin embargo, allí parece ser que no hay suficiente agua. La única manera de añadir agua a Marte es mediante un intenso bombardeo cometario, algo que ya sucedió cuando la Tierra era joven. De hecho, se supone que el 30% del agua que hoy existe sobre la Tierra ⎯casi la tercera parte del agua que bebemos⎯ proviene de aquellos cometas. Teniendo en cuenta que cada año cruzan la órbita de Marte unos seis cometas, sólo habría que ‘arreglarles’ una cita con nuestro planeta vecino. Esta violenta transformación marciana implicaría, evidentemente, una evacuación de los asentamientos humanos hacia los polos.

Tras 300 años de intensa labor ingenieril, Marte tendría una temperatura global de 8ºC, una presión total de unos 240 milibares (la presión normal en la Tierra es de 1013) y agua corriendo por el 10% de su superficie con una profundidad media de 70 m. La pequeña cantidad de oxígeno liberado en la atmósfera empezaría a formar el ozono suficiente para detener parte de la radiación ultravioleta. En estas condiciones, la siembra de algas y otro tipo de vida microbiana acuática sería factible: su supervivencia estaría asegurada a una profundidad de 10 m por debajo de la superficie del agua.

Llegados a este punto, el problema más acuciante de la terraformación es la presencia de nitrógeno en la atmósfera. Los procesos biológicos que liberan nitrógeno tardarían miles de años en llegar a los niveles necesarios para hacer la atmósfera marciana adecuada para el ser humano; un plazo de tiempo totalmente desproporcionado para un proyecto de ingeniería planetaria. Pero relativamente cerca los ingenieros planetarios disponen de una fuente prácticamente inagotable de nitrógeno: el satélite de Saturno Titán.

Así, 500 años después del comienzo del programa, la humanidad podrá asentarse en Marte. No será demasiado parecido a la Tierra: no llevaremos escafandra, pero sí equipos de oxígeno (que no pesarán demasiado pues la gravedad es un tercio de la terrestre), veremos agua corriendo por la superficie y cierto verdor producto de las plantas genéticamente modificadas para sobrevivir en ese medio ambiente. Poco a poco iremos convirtiendo Marte en otra Tierra, en un proceso más lento, pues el establecimiento de una biosfera adecuada es muy complejo y laborioso. Por desgracia, un Marte habitable exige una intensa labor de mantenimiento: será la época dorada de ecólogos e ingenieros. El control de esta biosfera artificial sería el objetivo principal y al que se dedicarían los mayores esfuerzos por parte de los futuros “marcianos”: éste es el precio a pagar por reproducir la Tierra en otro lugar.

Los próximos 100 años… de hace 100 años

16 enero 2012

¿Qué nos depararán los próximos cien años? Sinceramente, no tengo ni idea. De hecho, querer hacer futurología bien hecha, no como esa tan cutre de los videntes y adivinos, es prácticamente imposible. Y no hay que irse muy lejos en el tiempo. Por ejemplo, nadie, a mediados de los años 50, profetizó el impresionante avance del mundo de la informática, y mucho menos la aparición de internet. Resulta curioso echar la vista atrás y leer lo que otros escribieron sobre el nuevo siglo XX que entonces llegaba.

De este modo comenzaba el artículo del periodista Henry Litchfield West que los lectores del Washington Post pudieron leer, en su página 3, el 31 de diciembre de 1900: “El hombre que vivió en el año 1800 lo hacía en la apacible ignorancia de los maravillosos descubrimientos que han hecho del siglo que ahora termina algo memorable en los anales del mundo”. El artículo era una reflexión sobre los avances tecnológicos sucedidos en el siglo que entonces terminaba y una especulación sobre lo que nos depararía el siguiente. La visión de West incluía un transporte a cada vez mayores velocidades –quizá con el dominio de la gravedad–, un telégrafo y un teléfono –entonces en su niñez– completamente superados por novedosas técnicas y, como no podía ser de otra forma, con la electricidad como eje y fuente de inimaginables posibilidades.

Lo cierto es que el siglo XIX había sido una época de transformación económica sin precedentes, espoleada por la revolución industrial y el advenimiento de la comunicación instantánea gracias al telégrafo. La caída de la esclavitud vino a reforzar la idea de un progreso sin final. Ahora bien, también había sido una era de depresiones económicas recurrentes y violentos conflictos laborales y agrarios. ¿Podrían sobrevivir las instituciones democráticas enfrentadas a enormes desigualdades sociales? ¿El progreso y la pobreza debían estar por siempre indefectiblemente unidos?

En aquellos principios de siglo XX, con el espiritismo en pleno auge –tanto que ejerció una influencia nada despreciable en los ideólogos del socialismo utópico francés–, para muchos se esperaba la rápida confirmación de una existencia mejor y más plena tras la muerte.

Resulta curioso descubrir que las avalanchas de predicciones que se producen en momentos tan señalados como pueden ser los cambios de siglo no se dieran en los años 1700 y 1800. Sin embargo, a finales del siglo XIX sí sucedió. En Estados Unidos, las dos visiones del futuro más populares fueron los libros Mirando atrás (1888) de Edward Bellamy y La columna de César (1891) de Ignatius Donnelly. Ambos proyectaron hacia el futuro las tendencias de su época, pero con resultados totalmente diferentes. Bellamy era un esforzado propagandista y defensor de la nacionalización de los servicios públicos cuyos artículos inspiraron a muchos grupos políticos tanto en su país como en Europa. En su libro Mirando Atrás dibujó un Boston en el año 2000 bajo un sistema socialista ideal. Su protagonista cae dormido y despierta a finales del siglo XX en un mundo donde las desigualdades han desaparecido y se ha alcanzado la armonía social.
El proceso de concentración económica había culminado en la creación de un único Gran Trust controlado por toda la sociedad y para la cual trabajan todos los ciudadanos en una especie de Ejército Industrial. La igualdad de derechos para todos, tanto hombres como mujeres, es un hecho.

En oposición a esta utopía tecnocrática se encuentra el libro de Ignatius Donelly. Donelly fue el líder y creador del partido populista norteamericano que nació para luchar contra la reforma agraria de finales del siglo pasado. En La columna de César dibuja un mundo antiutópico, donde el progreso industrial ha creado una clase trabajadora degradada y empobrecida que se alza en una violenta revolución. La civilización perece bajo una enorme montaña de cuerpos muertos –la «columna» del título del libro– mientras que el héroe de la novela encuentra su santuario de libertad en Uganda.

Lejos ya de las utopías, otros pensadores y escritores fueron más realistas. Así, el defensor de los derechos civiles, William Edward Burghardt DuBois, comentó que el problema racial de Estados Unidos sería «el problema del siglo XX»; no anduvo en nada descaminado. Para los conocidos Herbert George Wells, Jules Verne y para el socialista alemán August Bebel, su visión del nuevo siglo era esencialmente pesimista: veían un mundo plagado de guerras mundiales conducidas por los productos más aberrantes de la tecnología. Justo al contrario, Andrew Carnegie y el economista y premio Nobel de la Paz Norman Angell intuyeron que la guerra se iría haciendo progresivamente obsoleta gracias al libre comercio y la democracia.

Irónicamente, todos ellos tuvieron parte de razón.

¿Existe el tiempo?

16 noviembre 2011

En agosto de 2003 un joven neozelandés de 27 años llamado Peter Lynds causó cierto revuelo en los medios de comunicación del mundo entero. Según se contó, una revista científica llamada Foundations of Physics Letters acababa de aceptar un artículo suyo que estaba destinado a revolucionar la ciencia. Incluso se le comparó con Einstein. El revuelo fue importante hasta el punto que empezaron a salir muchas leyendas urbanas sobre su persona: unos decían que el tal Lynds no existía, otros que era una estratagema publicitaria de una emisora de radio universitaria. No fue ninguna de las dos cosas: era un chico que trabajaba en una empresa aseguradora de Nueva Zelanda y que había asistido sólo un semestre a clases de física en la Universidad Victoria de la ciudad de Wellington. Algunos lo tacharon de lunático que no tenía ni idea de conceptos básicos de física; por el contrario, otros pensaban que sus ideas no eran revolucionarias pero sí bastante interesantes. ¿Sobre qué escribió este chico? Nada más y nada menos que sobre uno de los temas más recurrentes de la filosofía: la naturaleza del tiempo.

Su idea es que el tiempo es una ilusión: la realidad no es más que una secuencia de eventos relacionados entre sí. La idea se le ocurrió tras ver la película El genio del amor, protagonizada por Walter Matthau en el papel de Einstein, Meg Ryan como su brillante sobrina y un Tim Robbins enamorado y mecánico de coches. Cuando Robbins le va a dar un beso a Meg Ryan, ésta le recuerda la paradoja de Zenón: si para ir de un punto a otro primero recorres la mitad, luego la mitad de la mitad, y así sucesivamente, nunca llegarás a tu destino. Robbins acaba con la paradoja besándola, pero para Lynds ahí comenzó su aventura porque ¿y si la paradoja no tuviera que ver con llegar a un lugar sino con que no existe algo que podamos llamar pequeñas fracciones de tiempo?

La fama que alcanzó Lynds tiene más que ver con una mezcla de casualidades que con un trabajo de altura: únase un mes de agosto, habitualmente parco en noticias, unas páginas que llenar, una nota de prensa algo exagerada y un tema que siempre ha fascinado. Porque decir que el tiempo no existe es de todo menos nuevo. El sofista del siglo V a. C. Antifonte de Atenas escribió en su obra cumbre Sobre la verdad: “El tiempo no es una realidad sino un concepto o una medida”. Parménides fue más lejos al afirmar que tanto el tiempo, como el movimiento y el cambio son ilusiones.

En la actualidad, uno de quienes llevan negando que exista durante 30 años es un hombre peculiar, un doctor en física que decidió no seguir el camino habitual de la ciencia yendo a la caza de un puesto estable en alguna universidad o instituto de investigación: Julian Barbour. Ganándose la vida como traductor de revistas científicas rusas, el resto de su vida lo dedica a pensar sobre temas tan fundamentales como la naturaleza del tiempo, sin la angustia y la prisa que todo científico ortodoxo sufre: publicar o morir. Puede permitírselo pues su investigación no dependen de subvenciones estatales que exigen un mínimo de publicaciones anuales. Dice que así puede pensar con más profundidad.

Y no es una mala opción teniendo en cuenta los quebraderos de cabeza que provoca pensar en estas cuestiones. San Agustín lo tenía claro: “Si nadie me pregunta, sé lo que es el tiempo, pero si me preguntan entonces no sé lo que debo decir”. Casi 1.500 años más tarde el premio Nobel de Física Richard Feynman respondía algo parecido: “Ni me preguntes. Es demasiado duro pensar sobre ello”. El imaginativo cosmólogo Lee Smolin tampoco se queda atrás: “He estado estudiando lo que es el tiempo durante la mayor parte de mi vida adulta. Y debo admitir que no estoy más cerca de responderlo de cuando estaba en la escuela.”

Cómo saber si ET es inteligente

29 septiembre 2011

Imaginemos que un día nos encontramos con un ser extraterrestre. ¿Cómo sabremos que es inteligente y no es, por ejemplo, una mascota abandonada por su dueño marciano?

Una excelente caracterización de la inteligencia la dio el escritor de ciencia ficción David Alexander Smith. Cuando un periodista le preguntó ¿qué es lo que hace a un personaje un buen alienígena? Smith respondió:  “En primer lugar, a diferentes situaciones tiene que dar respuestas inteligentes aunque sean inescrutables. Quien contemple debe el comportamiento del alienígena debe poder decir ‘no sé cuáles son las reglas mediante las que decide, pero lo cierto es que actúa siguiendo un conjunto de reglas’. El segundo requisito es que los alienígenas se interesen por algo. Tienen que querer algo y obrar para lograrlo superando los obstáculos”.

Tomar decisiones racionales es hacerlo en base a unos principios que se adecuan, por ejemplo, a la realidad. Si nuestro alienígena se dedicara a chocar con los árboles o si después de ver entrar a tres depredadores en una cueva y salir a dos, entrase en ella como si no hubiese nadie, no lo catalogaríamos de racional.

También es cierto que estas reglas se ponen en servicio a un objetivo, a algo que se quiere y se busca superando todos los obstáculos del camino. Si el extraterrestre quiere darse de cabezazos contra los árboles o encontrarse con un león, entonces sí está obrando inteligentemente. Esto tiene otra lectura: mientras no conozcamos las motivaciones, los objetivos del extraterrestre, la idea misma de inteligencia carece de sentido. Si no fuera así, no podríamos dejar de aplaudir de la inteligente amanita phaloides su habilidad para crecer exactamente donde crece o concluir que las piedras son más inteligentes que los gatos porque atinan a irse cuando se les da un puntapié.

Claro que también hay que superar obstáculos. Romeo quiere a Julieta como las limaduras de hierro al imán: irán a encontrarse por el camino más corto. Pero si se interpone una pared, ni Romeo ni Julieta se quedarán con la cara aplastada contra la pared como lo hacen las limaduras y el imán sobre una cartulina.

 Un objetivo al que se quiere llegar siguiendo unas reglas y salvando obstáculos: una buena caracterización de la inteligencia… aunque no sea una definición.


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