Archive for the ‘Debate’ category

La trastienda del Nobel (I)

17 febrero 2013

Albert Einstein fue nominado para el premio Nobel 62 veces en 12 años. Y no ha sido el que más nominaciones ha recibido. Arnold Sommerfeld, uno de los padres de la teoría cuántica, fue nominado 81 veces y nunca consiguió la preciada medalla.

Ganar un premio Nobel no implica ser el mejor científico de su campo: el premio recompensa a quien ha hecho un gran descubrimiento, aunque sea de chiripa. Mejor dicho, un gran descubrimiento según lo juzgan los miembros de la Academia de Ciencias Sueca, en el caso de Física y Química, o el Instituto Karolinska, en el caso de Medicina o Fisiología.

Ya se sabe que sobre gustos no hay nada escrito y los miembros del Comité Nobel tienen los suyos. Por ejemplo, en física. Para ellos es más importante entender el funcionamiento del interior de las estrellas que el de nuestro planeta. Por eso la geofísica Inge Lehmann, que determinó la estructura del núcleo de la Tierra en 1936, se quedó sin él. Más clamoroso fue el arrinconamiento de quienes formularon la tectónica de placas: los norteamericanos Jason Morgan, Dan McKenzie y el francés Xavier Le Pichon. La teoría central de la geofísica moderna no es merecedora del Nobel.

Estos premios también son famosos por sus retrasos a la hora de conceder el preciado galardón. Barbara McClintock descubrió la existencia de los transposones, unos genes que saltan de un lado a otro del genoma, en 1948. No la recompensaron hasta 35 años más tarde, cuando tenía 81 años. En 1986 Ernest Ruska fue galardonado por diseñar el primer microscopio electrónico realmente eficaz 53 años después de construirlo. Tuvo suerte y murió dos años más tarde de acudir a Estocolmo, pues los Nobel no se otorgan póstumamente. En 1983 le concedieron el Nobel de Física al hindú Subrahmanyan Chandrasekhar por un trabajo que había realizado cuando viajaba de la India a Gran Bretaña, en julio de 1930.

Este retraso puede entenderse porque, a pesar de que el propósito de Alfred Nobel era que cada año se honrase a aquellos científicos que hubie¬sen hecho un descubrimiento importante el año anterior, es difícil saberlo. Incluso a veces algo que parece magnífico se revela después totalmente inservible. Por ejemplo, en 1903 un médico danés de nombre Miels Finsen recibió el premio Nobel por un tratamiento con luz para enfermedades de la piel: resultó que no servía para mucho. Lo mismo ocurrió en 1908 con el premio Nobel de Física a Gabriel Lippmann por un nuevo procedimiento de fotografía en color.

Claro que el retraso no evita meter la pata, como en 1926 cuando el médico danés Johannes Fibiger fue premiado por descubrir en 1913 que ciertos tipos de cáncer podían estar causados por un gusano parásito. Más tarde se comprobó que el pobre gusano no era la verdadera causa de la enfermedad. Quien sí probó que las influencias externas pueden provocar el cáncer fue el japonés Katsusaburo Yamagiwa. En 1915 había demostrado empíricamente que el alquitrán de hulla podía inducir el cáncer en conejos y el comité Nobel se hizo, literalmente, el sueco. De hecho, el trabajo de Yamagiwa es citado como verdaderamente pionero en oncología y el de Fibiger duerme el sueño de los (in)justos. ¿Quizá el Instituto Karolinska tenía más aprecio por la vecina Dinamarca que por el lejano Japón? Eurovisión no es la única prueba de las amistades entre países.

Ciertamente los miembros del Comité Nobel no han sido un dechado de objetividad. Quien más lo sufrió fue el gran Albert Einstein. Durante el eclipse de Sol de noviembre de 1919 el astrofísico Arthur Eddington confirmó experimentalmente la relatividad general de Einstein, dando el espaldarazo definitivo a la segunda teoría más importante de la historia de la física. Cualquiera hubiera apostado por Einstein en los Nobel de 1920. Pero no se le concedió. Al año siguiente fue peor. Quien informó a la Academia de Ciencias Sueca sobre la relatividad fue Allvar Gullstrand, un profesor de óptica en la universidad de Uppsala que, sin entenderla, se vio en la obligación de negar el premio al alemán. La Academia Sueca aceptó su dictamen: no tenían en demasiada estima a Einstein y ninguna intención de desairar a uno de sus más respetados miembros. Así que 1921 quedó “desierto” porque, según los científicos suecos, ningún candidato cumplía los criterios para recibirlo. Fue al año siguiente, cuando se incorporó un profesor de física teórica llamado Carl Wilhelm Oseen –un hombre arrogante y pretencioso que desde entonces dominaría el comité durante más de dos décadas–, que se decidió concederle el premio con carácter retroactivo. Pero Oseen no se creía la relatividad y quiso dar un tirón de orejas al genio premiando otro de sus grandes trabajos (pero inferior alcance): la explicación del efecto fotoeléctrico. La ceremonia se celebró en 1922 y Einstein no pudo, o no quiso, asistir.

Psicología evolucionista: ¿Tenemos una mente anclada en la Edad de Piedra? (I)

6 febrero 2013

La publicación de El Origen de las Especies en 1859 nos arrebató nuestra posición privilegiada en la naturaleza y nos bajó del pedestal celestial al demostrar que tenemos el mismo antepasado que el mono, el perro o la rata. Que el ser humano esté sometido a las mismas fuerzas que el resto de los seres vivos del planeta -en particular a la selección natural- es un sapo que a muchos les es difícil tragar. Para ellos somos más que simple materia; hay en nuestro interior algo que nos hace diferentes de los animales, divinos incluso. Uno de los científicos que se negó a aceptar que las fuerzas de la evolución actuaran sobre el ser humano fue, sorprendentemente, uno de sus descubridores, Alfred Russel Wallace. Según el historiador de la ciencia (y cantante, que protagoniza el musical Charles Darwin: Live & in Concert) Richard Milner “con los insectos o las aves era más riguroso que Darwin al aplicar el principio de la selección natural, pero cuestionaba su eficacia en los humanos”. Para Wallace el ser humano tiene “algo que no proviene de sus progenitores animales, posee una esencia o naturaleza espiritual que sólo halla una explicación en el invisible universo del espíritu”.

En la actualidad, y salvo algunos que viven inmersos en el submundo del fundamentalismo religioso, ningún científico está de acuerdo con Wallace. Al menos en lo que a la evolución biológica se refiere. ¿Pero y nuestro comportamiento? ¿Están nuestros actos guiados por mecanismos similares a los de la evolución biológica? El propio Darwin apuntó el camino en su revolucionario libro. Lo llamó selección sexual, la cual “depende, no de la lucha por la existencia, sino de una lucha entre los machos por la posesión de las hembras; el resultado no es la muerte del perdedor, sino que éste deja muy poca o ninguna descendencia”. De aquí a entender nuestra forma de ser y actuar está basada en las relaciones con el otro sexo solo hay un paso.

El psicólogo Geoffrey Miller de la Universidad de Nuevo México ha recorrido ese camino y en su libro The mating mind propone la hipótesis de que muchos de los comportamientos humanos no reportan ningún beneficio en la lucha por la supervivencia. El humor, la música, la literatura, el arte… son, en realidad, adaptaciones favorecidas por la selección sexual. Dicho de otro modo, existen porque queremos llamar la atención y obtener los favores del sexo opuesto: son nuestra particular cola del pavo real.

Y no sólo eso. En una nueva vuelta de tuerca Miller propone que incluso el acto de ir de compras tiene una componente evolutiva: en una serie de experimentos encontró que la gente era más proclive a invertir dinero y esfuerzo en productos como gafas de sol de diseño o relojes caros, y en actividades como irse de vacaciones a Europa, si antes se les había incentivado mostrándoles fotografías del sexo opuesto o narrándoles historias sobre citas amorosas. Por el contrario, las mujeres se volcaban en el voluntariado y otras actividades caritativas “que proporcionan a los hombres una señal de alta conciencia moral, como si demostraras tu preocupación por los agricultores del tercer mundo gastándote un poco más de dinero en café de comercio justo en el Starbucks”, añade socarronamente.

Según Miller, la lección a aprender de este enfoque evolutivo es que no sirve para nada que te hayas gastado el dinero en ese reloj o en ese bolso. “El espejismo fundamental del consumista es creer que sus compras influyen en cómo le tratamos”. El edificio de las marcas descansa en la fantasía de que a todos los demás les importa lo que compramos: no es casualidad que los adolescentes narcisistas sean los más obsesionados por las marcas.

El discurso de Miller se enmarca en lo que se conoce como psicología evolucionista. En palabras de dos de sus máximos representantes, Leda Cosmides y John Tooby, directores del Centro de Psicología Evolucionista de la Universidad de California en Santa Bárbara, su objetivo es “descubrir y entender el diseño de la mente humana… es una aproximación a la psicología en el cual los principios de la biología evolutiva se utilizan para investigar la estructura de la mente humana”. Dicho de otro modo, es una forma de atacar el problema del comportamiento humano.

Para los psicólogos evolucionistas “todo lo que evoluciona requiere dos explicaciones: una basada en la supervivencia y la reproducción (la causa última) y otra basada en los mecanismos que causan que ese rasgo se exprese (la causa próxima)”, afirma David Sloan Wilson de la Universidad de Nueva York en Binghamton. Esta postura exige cierta explicación pues a veces es malentendida. Es obvio que ningún organismo se comporta de modo que quiera maximizar sus posibilidades de supervivencia; lo que le motiva es la búsqueda de comida, evitar el peligro o el cuidado de su prole. “Y son estos mecanismos próximos que le funcionan tan bien en un determinado ambiente los que pueden hacerlo espectacularmente mal en otro diferente”, añade Wilson. De este modo, y esta es una idea central de la psicología evolucionista, “no debemos esperar que nuestros comportamientos adaptativos funcionen bien en ambientes modernos”.

Para desarrollar sus ideas los psicólogos evolucionistas parten de un modelo de funcionamiento de la mente de tipo modular. Como explica Steven Pinker, “la mente está organizada en módulos u órganos mentales, cada uno con un diseño especializado que lo convierte en experto en una determinada área de interacción con el mundo”. Luego nuestra mente es un conjunto de miles de “miniordenadores” genéticamente preprogramados para resolver un aspecto particular relacionado con la supervivencia o la reproducción. Estos módulos o “circuitos cerebrales” aparecieron en nuestra mente en un determinado momento de la evolución y allí se quedaron: son como los “genes del comportamiento”. Desde entonces han sido modelados por la selección natural, y al ser hereditarios componen lo que podríamos definir como la naturaleza humana universal. Ahora bien, estos módulos evolucionaron entre hace 1,8 millones de años y 10.000 años, durante el Pleistoceno, y es justo entonces donde nos hemos quedado anclados. Quienes mejor lo han expresado han sido Cosmides y Tooby: somos una mente de la Edad de Piedra encerrada en un cráneo moderno.

(Publicado en Muy Interesante)

¿Estás ahí? El espiritismo ante la ciencia (parte II)

21 enero 2013
Pinchando en la imagen puedes ver la segunda parte del documental

Pinchando en la imagen puedes ver la segunda parte del documental

La búsqueda de una confirmación experimental de que podemos contactar con los muertos tuvo su particular revolución en el verano de 1959, cuando un pintor de origen ucraniano y aficionado a la ornitología, Friedrich Jürgenson, descubrió, tras grabar el canto del mirlo y del pinzón, que en los espacios en blanco podían escucharse lo que parecían voces humanas. Era muy extraño pues no había nadie por los alrededores. El fenómeno siguió sucediendo, a veces incluso superpuesto a los cantos de las aves. Una vez la voz de una mujer le llamó por su nombre, era su propia madre difunta que le decía: “Friedrich, estás siendo observado. Friedel, mi pequeño Friedel, ¿puedes oírme?”. Acababa de grabar sus primeras psicofonías.

Así lo cuentan los defensores de lo paranormal. Sin embargo, una cosa es la leyenda y otra la realidad. Contado de esta forma parece un descubrimiento totalmente casual. Pero la historia no es tan inocente como la presentan. El propio Jürgenson reveló que en el invierno de 1958 ya había hecho algunos experimentos “preliminares” tras un “intenso deseo de establecer un contacto electrónico con algo o alguien desconocido”.

Además de estas grabaciones, Jürgenson desarrolló un nuevo método de comunicación usando la radio: movía lentamente el dial hasta encontrar la frecuencia en la que ‘transmitían’ los espíritus. Pero tenía truco, pues no lo hacía intuitivamente sino que contaba con la ayuda de su “guía” espiritual, una tal Lena que, cuando el dial pasaba por el lugar adecuado, le susurraba desde el más allá “ahora”.

Antonio Tausiet da vida a Friedrich Jürgenson

Antonio Tausiet da vida a Friedrich Jürgenson

Pero había un problema: las supuestas grabaciones de voces del más allá no eran claras y diáfanas, sino todo lo contrario. Los “mensajes” eran casi inaudibles, como un sonido muy poco por encima del nivel del ruido, de manera que había que escucharlos varias veces para intentar averiguar qué era lo que decían. Por eso no resulta sorprendente descubrir que a los espiritistas las psicofonías no les convencían. Tanto que en la revista espiritista Light decían que si esas voces venía de espíritus descarnados entonces debían ser “de un bajo nivel” pues “muchas de esas grabaciones son frases cortas, triviales, inconsecuentes o sin sentido”. Incluso señalaban que no había que descartar que se las supuestas frases no fueran otra cosa que simple ruido.

El mazazo final a las grabaciones de Jürgenson y las que haría poco después el gran divulgador de las psicofonías, el alemán Konstantin Raudive, se lo dio en 1972 D. J. Ellis. Gracias a la Perrot-Warrick Studentship, administrada por el Trinity College de la Universidad de Cambridge, pudo estudiar las grabaciones en bruto de las mejores psicofonías disponibles. Tras dos años de trabajo y análisis su conclusión fue que “no hay razón para postular otra cosa que no sean causas naturales: fragmentos de emisiones de radio, ruidos mecánicos y comentarios de personas pasados por alto. Todo ello unido a una imaginación desbordada y el deseo de escuchar lo que uno quiere escuchar”.

Jürgenson buscando voces de muertos

Jürgenson buscando voces de muertos

Lo que Ellis encontró es que las supuestas voces de espíritus no era más que un ejemplo de lo que se conoce como pareidolia. Todos nosotros la hemos experimentado al ver formas de animales en las nubes o gente vigilándonos en las sombras de la noche. También hay ejemplos más llamativos, como aquellos que vende un bocadillo mordisqueado por internet porque allí aparece la cara de Jesús, o quienes encuentran a la Virgen en un jamón de Teruel.

MUY INTERESANTE ha querido comprobar hasta qué punto la pareidolia puede dar cuenta de lo que se escucha en las psicofonías. Para ello usamos grabaciones de dos psicofonías reconocidas como tales por los defensores de lo paranormal. Es importante señalar que no se trataba de las grabaciones en bruto, sino de las que ya habían sido manipuladas para “resaltar” las voces grabadas. El experimento consistía en dárselas a escuchar a tres parejas de personas. A la primera se la aleccionó previamente diciendo que las psicofonías eran, en general, ruidos que se confunden con voces. A la segunda se le dijo que eran verdaderas voces de espíritus y a la tercera, simplemente, que debían intentar indentificar lo que se escuchaba en las psicofonías.

Terminado el experimento descubrimos que la pareidolia explica perfectamente el fenómeno. Ninguna pareja coincidió con las otras en el contenido de las supuestas voces. Esto demuestra que las grabaciones, incluso habiendo sido manipuladas informáticamente para resaltar las “voces”, eran absolutamente initeligibles: es la misma situación que ver animales en las formas de las nubes. La inteligencia que crea esas voces no está en la grabación, sino en quien la escucha.

Comprobando si las psicofonías es un ejemplo de pareidolia

Comprobando si las psicofonías es un ejemplo de pareidolia

Pero lo más interesante fue descubrir lo fácil que es inducir lo que queríamos que escucharan. Una de las psicofonías usadas había sido grabada por aficionados a lo paranormal en un pueblo emblemático del mundo de lo misterioso: Ochate, en el Condado de Triviño. La pareja a la que se le había dicho que las psicofonías solo eran ruidos no identificaron voces humanas sino el sonido del viento mientras que las otras escucharon voces, aunque ininteligibles.

La segunda psicofonía había sido grabada en la Facultad de Bellas Artes de Sevilla. A la pareja que se le dijo que las psicofonías eran reales se les proporcionó una información adicional: se decía que en ese sitio había una presencia que no quería a nadie en ese lugar. Ambos reconocieron “iros de aquí”, exactamente lo que los aficionados a lo paranormal afirmaban que se decía. Las otras dos parejas no escucharon esa frase.

La conclusión es simple: ni la ouija ni las psicofonías son prueba de que exista vida después de la muerte ni de que podamos comunicarnos con ese “otro lado”. ¿Qué nos queda? Dejemos hablar a la fundadora del espiritismo Margaret Fox. El 24 de Septiembre de 1888 afirmó en una entrevista al New York Herald: “El espiritismo es, desde el principio hasta el final, una superchería, la superchería más grande del siglo”. Un mes más tarde, en la Academia de Música de Nueva York, ante centenares de testigos y todos los periódicos de la ciudad, las hermanas Fox reprodujeron los golpes de espíritus que le pidieron ¡haciendo crujir el dedo gordo del pie! Los espíritus de las fundadoras del espiritismo no eran otra cosa que crujidos de huesos.

Lo decía Harry Houdini: "Cualquiera puede hablar con los muertos, pero ellos no contestan"

Lo decía Harry Houdini: “Cualquiera puede hablar con los muertos, pero ellos no contestan”

 

(Publicado en Muy Interesante)

¿Estás ahí? El espiritismo ante la ciencia (introducción)

14 enero 2013

“Lo estamos pasando muy mal”, dijo Ana con voz temblorosa. Con otros tres voluntarios estaba participando en una sesión de ouija. Habían empezado sobre las once de la noche en una antigua fábrica de chocolate de Zaragoza. Todo se había hecho según los cánones de las sesiones de espiritismo: primero se habían cogido de las manos durante un minuto y luego habían puesto los dedos sobre el vaso a la espera de que alguna ‘presencia’ contestara a las preguntas que habían lanzado al aire: “¿Estás ahí?”, “¿Nos conoces?”, “¿Hay alguien?”. Tras 20 minutos de quietud, cuando los ánimos ya flaqueaban al pensar que no iba a pasar nada, el vaso empezó a moverse. El susto fue monumental. “¡Te juro que casi ni tenía el dedo encima!”, dijo otra participante. Poco a poco esa presencia fue contestando a las preguntas que le planteaban. Se llamaba Laura y había trabajado en esa fábrica. Por suerte no le había pasado nada allí ni había muerto en ese lugar. Por alguna razón que se les escapaba, estaba ligada a esa fábrica. Ningún participante tenía duda alguna: habían contactado con el espíritu de una persona fallecida.
En realidad, se equivocaban.

¿Estás ahí? El espiritismo ante la ciencia

29 octubre 2012

 

“Lo estamos pasando muy mal”, dijo Ana con voz temblorosa. Con otros tres voluntarios estaba participando en una sesión de ouija. Habían empezado sobre las once de la noche en una antigua fábrica de chocolate de Zaragoza. Todo se había hecho según los cánones de las sesiones de espiritismo: primero se habían cogido de las manos durante un minuto y luego habían puesto los dedos sobre el vaso a la espera de que alguna ‘presencia’ contestara a las preguntas que habían lanzado al aire: “¿Estás ahí?”, “¿Nos conoces?”, “¿Hay alguien?”. Tras 20 minutos de quietud, cuando los ánimos ya flaqueaban al pensar que no iba a pasar nada, el vaso empezó a moverse. El susto fue monumental. “¡Te juro que casi ni tenía el dedo encima!”, dijo otra participante. Poco a poco esa presencia fue contestando a las preguntas que le planteaban. Se llamaba Laura y había trabajado en esa fábrica. Por suerte no le había pasado nada allí ni había muerto en ese lugar. Por alguna razón que se les escapaba, estaba ligada a esa fábrica. Ningún participante tenía duda alguna: habían contactado con el espíritu de una persona fallecida.

En realidad, se equivocaban.

¿Tenemos alguna prueba de que exista el más allá? ¿Se comunican los muertos con nosotros? Este ha sido el objetivo de un documental estrenado el pasado día 25 en la versión iPad de la revista Muy Interesante y que que ha sido producido por la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT), Albireo Cultura Científica, SinTregua, CosmosFan, Science Media Raccord y Muy.

En este documental se han hecho las cosas sin trampa ni cartón, sin recreaciones de supuestos sucesos misteriosos, como normalmente hacen los programas dedicados a lo paranormal. Aquí los experimentos realizados son reales con voluntarios reales, no reconstrucciones ni representaciones. La apuesta arriesgada era pues el resultado final está en el aire: el universo es como es, no como a nosotros nos gustaría que fuera. Y éste era el segundo objetivo del documental: mostrar cómo se realiza una verdadera investigación empleando la mejor arma de que disponemos, una forma de investigar que durante más de 500 años ha demostrado su capacidad para discernir el funcionamiento del mundo que nos rodea: el método científico.

Una tarde ante la tele

15 junio 2012

Yo no veo ninguna cadena de televisión. Sí veo la tele, que la uso como una pantalla de cine: veo documentales, pelis y series grabadas, pero ningún programa. Podría ver en “directo” mis teleseries pero me resulta insoportable que un capítulo de 41 minutos dure casi hora y media por culpa de los anuncios. Aún así, ayer hice un experimento para esta columna: estar más de media tarde ante lo que los jerifaltes de las televisiones dicen que reclaman los televidentes.

Durante la experiencia mi cerebro me habló como hace el de Homer Simpson: me aburro. Aunque descubrí algunas cosas interesantes. La primera fue los anuncios, y no por la sobrevalorada habilidad de las agencias de publicidad de colocarnos productos irrelevantes. Más bien porque me demostraron que es el mejor argumento contra todos aquellos intelectuales y politicastros anticientíficos de medio pelo: miren los 20 minutos de publicidad seguidos que nos regalan las televisiones privadas y cuenten el número de anuncios en los que se “vende” un producto donde no intervenga para nada la ciencia. Según mi pequeño experimento, menos del 5%. Eso sí, la ciencia patológica –cuando no pseudociencia- al servicio del marketing ocupa el 87%, con Danone y sus “alimentos saludables” en la pole position. ¿Que la comunicación veraz y honesta ciencia no es importante? ¿Que tener una mínima base de la ciencia más elemental no es relevante para el ciudadano? ¡Vean los anuncios de la tele!

Después vienen los informativos, la prueba palpable de la muerte del periodismo. Se han convertido en la versión audiovisual de El Caso. Y no es algo reprochable, pero que no los llamen informativos. Las noticias “de verdad” ocupan 7 minutos de los casi 50 dedicados a la morbosa complacencia de la sordidez humana. Y ahí incluyo la media hora de fútbol -que no deporte- donde nos informan hasta del divieso que ha salido en el cogote de ese jovenzuelo millonario que, cada semana en calzones, se dedica a patear un balón para regocijo del respetable.

Y los programas de producción propia… dejémoslo estar. Como decía Mafalda, en la mayoría lo fascinante es el esfuerzo que hacen las productoras por no caer en las garras de la inteligencia. Sin olvidar que un programa de éxito parece que exige una o más tías buenas en la parrilla de presentadores.

A veces, para justificar su propia mediocridad, los directivos de las televisiones dicen que ofrecen aquello que sus televidentes reclaman. Permítanme dudarlo. No creo que los ciudadanos de un país que tiene a MUY, una revista de ciencia popular, como tercer revista más vendida de España pidan que se les trate como gañanes descerebrados. Los concursantes de Gran Hermano son una excepción, no la norma.

(Publicado en Muy Interesante)

innovación “made in Spain”

4 junio 2012

¿Qué hace un microbotánico urbano, un experto en bioacústica de cachalotes, una teórica de la computación y una micóloga hablando sobre ciudades inteligentes? En una palabra: innovar.

En esta época en que tanto se lleva la “i” pequeñita del trinomio I+D+i, pero que tan poco se hace que sea realmente innovador, resulta refrescante descubrir una metodología inspirada en el proceso por el cual la Naturaleza lleva realmente innovando durante millones de años: la evolución. Bautizada como E+D (Exaptación y Diversidad), es producto de la mente inclasificable de un aragonés, Javier Mateos. En esencia permite encontrar nuevas “soluciones” a aplicaciones ya existentes mediante la incorporación de ideas provenientes de otros campos. No es una panacea, una manera de sacar un producto acabado. Lo que produce es un jardín de ideas, un árbol de soluciones posibles que permite enfocar por diferentes caminos una I+D.

Ver una E+D en funcionamiento es una delicia. Es un chaparrón de ideas que surgen con una misma coletilla: “¿Y si…?”. La inspiración, la creación, puede llegar de cualquier lugar, pero exige una mentalidad abierta y creativa. Queda muy lejos de esas mentes cuadriculadas que miran únicamente a su especialidad y mucho más de aquellas otras que parecen diseñadas con uno de los manuales que han de seguirse para obtener una certificación ISO. Por eso la elección de los intervinientes es crítica. Recuerdo la charla que tuvo Javier con un joven ingeniero de telecomunicaciones de la empresa que le contrató para hacer la E+D. Javier deseaba saber cómo era. El brillante ingeniero desglosó con pelos y señales su currículum de esa forma que sólo sabe hacer uno de pura cepa y, al terminar, la primera y casi única pregunta que le hizo Javier fue: “Sí, bueno, ¿pero tú qué lees?”

LA E+D no es hacer ciencia-ficción sino lanzar lo que en el mundo anglosajón se llaman intuiciones educadas. Es decir “por aquí podemos ir porque puede salir algo”, es señalar un nuevo camino para algo que ya existe: “¿te das cuenta que esto se podría usar para aquello?”

Hay un ejemplo que para mí define lo que significa tener una mente creativa. Los cachalotes suelen emitir una serie de sonidos, como clicks que se repiten con una cierta periodicidad y que son característicos de cada animal. El problema está que al ir en manada se produce una tremenda cacofonía y del batiburrillo resultante el investigador debe extraer información relevante, como quién es el jefe, o su segundo… Para resolver el problema un biólogo de mente estrecha se fijaría en su especialidad o hablaría con etólogos y otros colegas del ramo. Lo que nunca hará es contactar con un antropólogo. Y así no sabrá que hay una tribu en Senegal cuyos pobladores tocan los tambores y cada uno con una cadencia definida y única. Y que tocan en grupo dirigidos hábilmente por uno de ellos. Ni siquiera viajaría con sus grabaciones de los cachalotes a ese poblado y se las pondría a un anciano del pueblo para descubrir sorprendido que, sin decirle nada, el buen hombre identifica quién llevaba la voz cantante, y hasta el segundo y el tercero en el mando. Eso es lo que hizo el experto en bioacústica que mencioné al principio. Eso es la filosofía de una E+D en estado puro.

(Publicado en Muy Interesante)

¿Homosexualidad contra natura?

9 mayo 2012

Nunca he entendido ese empeño que tenemos por conocer la orientación sexual de nuestro prójimo, ni mucho menos que eso sirva como elemento de valoración de su persona. Ya rizando el rizo se encuentran esos que, cuando estalló la polémica del matrimonio homosexual, se oponían a él pero, en un tirabuzón lógico, añadían a renglón seguido que no estaban en contra de los gays sino de la ley. ¿Se imaginan a esos mismos a principios del siglo XX manifestándose en contra del derecho al voto de las mujeres diciendo “no estamos en contra de la mujer sino de la ley”?

Lo más alucinante que he podido escuchar de boca de algunos tertulianos maestros-en-todo-aprendices-en-nada es su bien informada biología: «las relaciones homosexuales no son naturales». Supongo que querrán decir que no existen en la naturaleza. Si es así, recomiendo a esos eruditos de la naturalidad que lean un excelente libro publicado en 1999: Biological Exuberance, del biólogo Bruce Bagemihl. Aquí descubrirán que las relaciones homosexuales en el mundo animal son de todo menos raras: pájaros hembra que mantienen relaciones sexuales y construyen nidos juntas, otros animales viven en comunas y mantienen relaciones con independencia del sexo del compañero, e incluso los hay transexuales, que combinan comportamientos y apariencias tanto de machos como de hembras.

Por cierto, cuando los biólogos hablan de homosexualidad animal no sólo se refieren a intercambio sexual, sino también a cortejo, afecto, emparejamiento e incluso actividades parentales. Curiosamente, entre aves las parejas homosexuales a veces superan a las heterosexuales en número de huevos, tamaño del nido y cuidados a la progenie.

Resulta difícil decir cuántas especies poseen comportamientos “no naturales”. Entre mamíferos y aves las estimaciones rondan entre el 15 y el 30%. Ejemplos los tenemos en todos los primates, delfines, ciervos, jirafas, gacelas, leones, jabalíes, tortugas, gaviotas, garzas… Hasta la más famosa mosca utilizada en la investigación científica, la Drosophila melanogaster, es gay.

Puesto a ser tan demagogo como muchos tertulianos, ¿saben cuál es el único comportamiento no natural? El celibato.

(Adaptación del original aparecido en 20minutos)

Cómo ser un consultor inútil… y salir de rositas

29 abril 2012

En los años 90 se produjo lo que se llamó The War for Talent. Un equipo de tres consultores de McKinsey & Co –Ed Michaels, Helen Handfield-Jones y Beth Axelrod–, la mayor y más prestigiosa consultora de gestión y administración de empresas –management, en el viciado lenguaje empresarial–, dirigieron un estudio donde se enviaron cuestionarios a 6.000 directivos de todo EE UU y fijaron su atención en 77 potentes firmas, donde entrevistaron desde el consejero delegado al personal de recursos humanos.

Tras tan intenso trabajo, los tres consultores decidieron que el recurso más importante de una empresa triunfadora es el talento: ejecutivos inteligentes y sofisticados, conocedores de la tecnología, astutos y ágiles a lo hora de actuar. La búsqueda de este “talento” es una guerra de desgaste continua, una lucha sin victoria final. Como expresó el director de McKinsey y jefe del proyecto, Ed Michaels: “Lo único que importa es el talento. El talento gana”. Así que estos expertos recomendaban que la única manera de mantener a los talentosos en el redil era ofrecerles continuamente prebendas desorbitadas y dejarles hacer lo que quisieran. Como confirmación a su descubrimiento, en 2000 completaron una segunda vuelta de entrevistas –13.000 ejecutivos y 112 empresas– que confirmaron sus conclusiones iniciales.

El voluble mundo de los altos ejecutivos –capaces de dar pábulo a tontas obviedades y simplezas del calibre del famoso best-seller ¿Quién se ha comido mi queso? se convulsionó, y numerosos libros aparecieron al calorcillo de lo que el periodista Malcolm Gladwell llamó la “justificación intelectual” para ofrecer sueldos absolutamente desproporcionados a quienes antes han pagado las altas sumas que exige obtener un MBA “de prestigio”. Porque el talento, según medían los expertos de McKinsey, se encuentra entre quienes pasan, por ejemplo, por la Escuela de Negocios de Harvard.

Pero el gran experimento de talento empresarial fue una empresa donde McKinsey condujo 20 proyectos diferentes, a la que facturó 10 millones de dólares anuales, donde el director de McKinsey acudía regularmente a las reuniones de dirección y donde su consejero delegado había sido socio de McKinsey. El nombre de la empresa era Enron.

En abril de 2001 McKinsey publicaba un documento explicando claramente sus ideas; el 2 de diciembre Enron se declaraba en bancarrota, convirtiéndose en el mayor escándalo financiero de la historia. Siguiendo el castizo de refrán de “sostenella y no enmendalla”, los únicos que no se vieron salpicados fueron los consultores de McKinsey hasta el punto de que, a día de hoy, uno de ellos, Helen Handfield-Jones, desde su empresa se presenta como “primera experta en talento para el liderazgo”.

La muerte de la razón

24 abril 2012

Desde sus orígenes, la humanidad ha sentido una atracción irrefrenable hacia lo sobrenatural. Augures y adivinos han aconsejado y dominado a millones de seres a lo largo de la historia. Nuestra época tiene los suyos. Los medios de comunicación son cajas de resonancia para cientos de creencias irracionales. Un vidente-echador de cartas, un especialista en fantasmas, un pobre hombre secuestrado por extraterrestres son prueba de la existencia de un mundo misterioso a nuestro alrededor. Son portadores de un algo indefinible que nos permite huir de los agobios de la vida cotidiana.

Existe toda una fauna y flora que crece y se multiplica a la sombra de revistas y libros que juegan con la esperanza humana: la esperanza de vida después de la muerte, la de curar esa enfermedad incurable, la de no encontrarnos solos en este inmenso universo. Pero si profundizamos más allá de las superficiales, sesgadas y pueriles informaciones que nos presentan, descubriremos en ellas los temas de siempre, las mismas consignas que los mercaderes de lo misterioso han vendido a la humanidad desde sus comienzos: ayer eran ángeles, hoy son extraterrestres; ayer eran pociones de hechicería, hoy son medicamentos naturales; ayer eran druidas escondidos en el interior de un árbol hueco para hacer oír la temible voz de Teutates, hoy son médiums en contacto con los espíritus gracias a las más rudimentarias técnicas psicológicas y de prestidigitación. Sin embargo, ¿Se pueden doblar cucharas con el poder de la mente? ¿Nos visitan los extraterrestres? ¿Las plantas tienen sentimientos? ¿Los embriones de pollo tienen poderes extrasensoriales? La respuesta es no. Por dos motivos: uno, porque no hay pruebas de ello y dos, porque algunas son estupideces declaradas. En más de un siglo de investigaciones aún no han presentado ni una sola prueba irrefutable, o cuando menos contundente. Los casos clásicos, considerados en su tiempo inapelables, se han demostrado explicables o falsos.

Ni los posos del té, ni el Tarot, ni los planetas, ni los extraterrestres van a mejorar nuestra calidad de vida. Las líneas de la mano tienen el mismo valor predictivo que las del trasero. Necesitamos una buena infusión de espíritu crítico. Necesitamos de toda nuestra capacidad racional para resolver los problemas que la sociedad tiene planteados. Dicen que contra la estupidez humana hasta los dioses luchan en vano, pero algunos creemos que si aprendemos a dudar, a no aceptar las ideas de otros sólo porque nos lo dicen y a admitir los hechos aunque no nos gusten, habremos impedido la muerte de la razón.


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