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Málaga: ni un euro a la cultura científica

2 junio 2014

Hace dos años escribí las líneas que siguen en la columna de opinión del periódico El Sur de Málaga. ¿Por qué recupero hoy este artículo? La razón se descubrirá al final del mismo.


Un museo ha muerto y lo ha hecho sin haber nacido.

En 2010 llegué a Málaga con la ilusión de quien va a participar en un proyecto que cree fantástico. Programa Royal Collections me contrataba como director científico de Art Natura Málaga (ANM) para definir y coordinar los contenidos de los dos museos de ciencia que iban a estar ubicados en uno de los edificios de la antigua Tabacalera.

No se trataba de esos museos de ciencia que se dicen interactivos cuando en realidad son automáticos, en los que tocas un botón a ver qué pasa. Lo que se iba a abrir en Málaga era un complejo de historia natural.

Para ello contaba con un magnífico grupo de jóvenes técnicos y científicos que no puedo dejar de mencionar, Vanessa, Ana, Mavi y Francisco, ilusionados por un proyecto que iba a contar una historia, nuestra historia. Porque los malagueños iban a disfrutar de lo que se ha dado en llamar la Gran Historia: del origen del universo a la aparición del ser humano moderno. Allí verían con sus propios ojos de dónde vienen los materiales con los que estamos hechos y los restos de quienes vivieron en nuestro planeta hace varios centenares (¡y miles!) de millones de años. Era un viaje fascinante que demostraba lo que es capaz de hacer la naturaleza si se la deja tiempo para actuar en un pequeño planeta rocoso que orbita una estrella arrabalera en una de las miles de millones de galaxias que pueblan nuestro universo.

Por desgracia, ANM siempre fue conocido por lo que, en mi opinión, era lo menos importante: las gemas. Una colección única, sí. Exclusiva, también. Con esculturas, piezas de arte suntuario y tapices magníficos, sin duda. Pero para mí, a años-luz de lo verdaderamente hermoso, como la delicada fragilidad de las agujas de yeso o la extraña belleza del Sinosauropteryx. Aún diría más: la historia natural une al ser humano porque nos hace sentir lo que siempre hemos sido sin saberlo, ciudadanos del cosmos. Por el contrario, la gélida belleza de las gemas lapidadas únicamente me susurra la desigualdad social y la explotación del hombre por el hombre. Málaga se merecía los dos museos de ciencias, a pesar de moverse a la sombra del (cansino) museo de gemas.

Durante la ya lejana campaña electoral municipal me dolió escuchar a uno de los candidatos decir que si ganaba pensaba abandonar el proyecto en pos de un fin más cultural. ¿Es que la ciencia no es cultura? Tamaña miopía solo puede provenir del desconocimiento. No nos equivoquemos: la ciencia interesa a la ciudadanía. ¿Saben cuáles son las tres revistas más vendidas de España? Por orden, Pronto, Hola y Muy Interesante. Abran bien los ojos. La tercera revista con más lectores del país, detrás de dos dedicadas exclusivamente al cotilleo, es de divulgación científica.

Sé que a los malagueños les interesa esa Gran Historia que se iba a contar en Tabacalera: buena prueba de ello la dieron el año pasado (2011) durante La Noche en Blanco, aguantando largas colas de espera. Allí montamos, a pesar de la velada oposición del que era nuestro jefe, una pequeña exposición de los tesoros de la Tierra que iban a poder disfrutar los malagueños. Recuerdo cuando mostrábamos un trilobite y, bajando la voz como quien cuenta una secreto, decíamos a alguno de los visitantes: “si pones el dedo aquí estarás tocando algo que vivió en la Tierra hace 500 millones de años”. Aún guardo en mi memoria la cara de los niños, con los ojos abiertos como platos y acercando lentamente el dedo como si fueran a tocar algo importantísimo. Ni los adultos escapaban al asombro y al deseo de sentir los restos de aquel ser vivo de una época ya olvidada.

Estoy dolido porque un museo del siglo XXI destinado a la Tercera Cultura, que une las ciencias con las humanidades, ha muerto sin haber nacido. El proyecto museológico está prácticamente terminado –y es propiedad del Ayuntamiento- y las ilusiones del aquel “grupo de ciencias” aún resuenan entre las paredes de Tabacalera. Pero poco importa ya. Lo único que importa es que Málaga se va a quedar sin contemplar, por ejemplo, los restos dejados por los seres vivos que, hace 3.000 millones de años, vivieron y dominaron un planeta sin continentes, cubierto por un océano de aguas hirvientes mientras altos conos volcánicos, repartidos por todo el globo, arrojaban gran cantidad de gases a un cielo casi por completo libre de nubes. Mientras, por las noches, los meteoritos cruzaban resplandecientes los cielos, y de vez en cuando alguno se estrellaba contra el agua provocando inmensos tsunamis de varios kilómetros de altura. Saber eso, vivir eso, sentir eso, es lo que se va a perder Málaga.

Un museo así no se debe dejar escapar. La Universidad lo sabe y la Academia Malagueña de Ciencias también, y cuentan con todo mi apoyo para resucitar este gran proyecto cultural. No necesitamos gemas ni tampoco a Programa Royal Collections (PRC), cuyo interés por la ciencia siempre fue coyuntural. Necesitamos recuperar la ilusión de aquel pequeño “grupo de ciencias” y el entusiasmo con el que la Universidad (y vaya mi gratitud a los profesores Paul Palmqvist y Enrique Viguera) y la Academia Malagueña de Ciencias, entre otras fuerzas sociales, apoyaron la idea de llevar la ciencia al corazón y la mente de los malagueños y, por supuesto, de los turistas. Los museos de Ciencias de la Vida y Ciencias de la Tierra nacieron en la mente de PRC como segundones, pero en sus venas corría sangre de campeones. Málaga se merece ser alguien en el mapa europeo de la cultura científica. El Ayuntamiento debería continuar y aceptar el reto.

Pues no ha sido así. En distintas reuniones mantenidas con el ayuntamiento malagueño se nos dijo que no podían disponer de fondos para crear un centro que aglutinara los excelentes esfuerzos que se están realizando en Málaga en pro de la cultura científica. No podían gastar ni un euro. El tiempo nos ha demostrado que la frase no estaba bien enunciada: no querían gastar un euro en ciencia. El alcalde de Málaga, Francisco de la Torre, y su concejal de cultura (y lo escribo así a posta, con minúscula), Damián Caneda, tienen en su vestuario, además del traje y la corbata de rigor, unas orejeras culturales que, por desgracia, abundan entre el ejecutivo de nuestro país. Para ellos la cultura son cuadros, obras de teatro y conciertos. El caso del consistorio malagueño es más sangrante, pues considera que, además, la cultura debe y se puede comprar a golpe de talonario. No hay dinero para hacer relucir la ciencia malagueña y española pero sí lo hay para alquilar cuadros a franceses y rusos por un montante total de millón y medio de euros anuales (más sueldos y gastos de mantenimiento, claro). ¿Para qué llegar a acuerdos con nuestro Museo Nacional de Ciencias Naturales y el Museo Nacional de Ciencia y Tecnología, con fondos magníficos y encerrados en almacenes, si se puede llevar a la costa del Sol una muestra de pintores rusos? En Málaga hay excelentes colecciones privadas de fósiles, minerales, historia marina… cuyos dueños estarían más que felices de verlas expuestas con criterio. El ayuntamiento tuvo la oportunidad de contar una historia universal, la historia del ser humano y de la vida en nuestro planeta, pero ha preferido invertir medio millón de euros anuales en una muestra de, por otro lado, magníficos pintores rusos. Al parecer del alcalde y el concejal de cultura (con minúscula), la costa del Sol es el lugar idóneo para una exposición permanente de cuadros que nada tienen que ver con Málaga: no hay nada como enseñar cultura fuera de contexto. O quizá han considerado que sí lo hay porque para eso se han instalado los millonarios (y no tan millonarios) hijos de la madre patria Rusia en las soleadas costas malagueñas. Tengo la sensación de que todo esto viene porque en el consistorio creen que, en realidad, va a ser un atractivo para… los cruceristas. Ya imagino la propaganda: Málaga, ciudad de cruceros. ¿Y los malagueños? Bueno, están para apoquinar los más de dos millones de euros anuales que seguro cuesta mantener tales museos.

Y pensar que con la décima parte se podría mantener un excelente centro dedicado a transmitir la pasión por el conocimiento del mundo en que vivimos…

¿Saben qué es lo mas triste de todo? Que nadie en el Ayuntamiento de Málaga va a ser consciente de lo que han perdido.

Cuando quisimos eliminar a los “tarados”

16 octubre 2013

Eugenesia

El 1 de octubre de 1910 empezó a funcionar en un tranquilo paraje de la costa norte de Long Island (Nueva York), en Cold Spring Harbor, el Departamento de Registros de Eugenesia. Se encontraba junto a un centro de evolución experimental perteneciente a la Carnegie Institution de Washington, y cerca de un laboratorio de biología perteneciente al Brooklyn Institute of Arts and Sciences. La persona a cargo de ambos y responsable de la creación del departamento de eugenesia era Charles B. Davenport, un antiguo catedrático de biología de Harvard, que había convencido a la esposa de un magnate del ferrocarril para que ofreciera su apoyo.

Al año siguiente Davenport publicaba Heredity in Relation to Eugenics, donde señalaba que los italianos tendían a cometer “delitos de violencia personal” y que los judíos mostraban “la mayor proporción de delitos contra la castidad y en conexión con la prostitución, los más ruines de todos los delitos”. Siguiendo este tono, otro de los partidarios de la eugenesia, Madison Grant, escribió en 1916:

“Tanto si nos gusta reconocerlo como si no, el resultado de la mezcla de dos razas es a la larga una raza que experimenta una regresión y vuelve al tipo racial más antiguo e inferior. El cruce de un ser humano de raza blanca y otro de raza negra es un negro; el cruce de un ser humano de cualquiera de las tres razas europeas y un judío es un judío”.

Es obvio que Adolf Hitler personifica al máximo las ideas eugenésicas. En Mi Lucha (1925) decía:

“Aquellos que están físicamente y mentalmente enfermos e incapaces no deberían perpetuar sus sufrimientos en los cuerpos de sus hijos. A través de medidas educacionales el estado debería enseñar a los individuos qué enfermedades no son una desgracia sino algo de mala fortuna para la cual la gente debe compadecerlos, y al mismo tiempo es un crimen y una desgracia hacer que esta aflicción sea aún peor dejándola pasar a criaturas inocentes por culpa de un anhelo simple y egoísta.”

¿Pero qué pensar de ésta, expresada ese mismo año?

“Es mejor para todo el mundo, si en lugar de esperar a ejecutar a hijos degenerados por un crimen o dejarlos morir de hambre por su imbecilidad, la sociedad pudiera prevenir que aquellos que son manifiestamente incapaces continuar su especie”.

Su autor era el juez Oliver Wendell Holmes, del Tribunal Supremo de los Estados Unidos.

Los Estados Unidos fue el primer país industrializado que decretó leyes de purificación racial. A fines del XIX en Michigan y Massachusetts castraban a enfermos mentales y a quien exhibiera «epilepsia persistente», «imbecilidad» y «masturbación acompañada de debilidad mental». Pero claro, la castración pura y dura no era algo que pudiera aceptarse sin un cierto tipo de malestar en la boca del estómago, por lo que pronto los métodos eugenésicos derivaron hacia algo menos aparatoso: la vasectomía en los hombres y la ligadura de trompas en las mujeres. En los años 1930 al menos 60.000 personas fueron legalmente esterilizadas. El número correcto nunca se conocerá porque de muchas intervenciones en hospitales y cárceles jamás se informó.

Davenport encarnó la corriente científica de principios del siglo XX que pretendía encontrar una base genética en los comportamientos sociales y en la inteligencia. Dicho de manera muy simple, el tonto era tonto, el pobre, pobre y el delincuente, delincuente, porque sus padres lo eran. El ladrón nace, no se hace, como las brujas.

Por culpa de estos trabajos se elaboraron toda una serie de leyes, principalmente en los Estados Unidos, destinadas a cortar por lo sano lo que ellos denominaban la proliferación de gentes física y psíquicamente inferiores. Mejor que detenerlos o encerrarlos en manicomios de por vida era impedir que nacieran. De este modo, 30 estados de los Estados Unidos promulgaron leyes eugenésicas.

La obsesión de los legisladores eugenésicos eran los que llamaban imbéciles e idiotas. La ley de Indiana pretendía prevenir «la procreación de criminales convictos, imbéciles y violadores». En California, el estado donde más esterilizaciones se realizaron, bastaba con una nota de un doctor para esterilizar a «cualquier idiota» al igual que a cualquier preso que tuviera «un comportamiento sexual o moral degenerado». En Iowa la ley iba dirigida hacia «aquellos que podría dar a luz niños con tendencia a enfermar, a la deformidad, al crimen, a la locura, a la debilidad mental, a la idioticia, a la imbecilidad, a la epilepsia o al alcoholismo».

Con la ciencia en la mano, muchos llegaron a identificar grupos étnicos enteros como seres inferiores. Curiosamente, ninguno de estos científicos juzgó como inferior a su propio grupo étnico.

Comerciantes de esperanza: de los curanderos al Reiki

12 septiembre 2013

Del 31 de octubre al 2 de noviembre de 2011 se celebró en la ciudad de Trujillo, en el norte de Perú, el I Encuentro Internacional de Curanderismo “Ciencia Ancestral de la Salud”. Fue un encuentro peculiar pues en él participaron tanto curanderos de diferentes países, principalmente peruanos, como historiadores y antropólogos. Según el presidente del comité organizador, el arqueólogo Régulo Franco, “de esta manera intentamos rescatar los saberes de la medicina tradicional de los Moche y de todas las culturas del mundo andino prehispánico”.

Sin embargo esta voluntad de salvaguarda de la tradición médica indígena como parte de la cultura quedó relegada a un segundo plano. Por todo el encuentro planeó una visión mítica e idealizada de las épocas pasadas, y en particular la precolombina, que la mayoría de los participantes consideraba “más pura e integrada en la Naturaleza”. “La medicina y la ciencia de hoy deriva justamente de esos conocimientos muy antiguos”, afirmaba un participante. “La llamada medicina tradicional no es otra cosa más que la sabiduría ancestral obtenida de coexistir en equilibrio con la propia naturaleza”.

Esta postura se engarza en una de las corrientes más difundidas del esoterismo que empezó a finales del siglo XIX. Afirma que las civilizaciones antiguas poseían unos conocimientos más profundos y avanzados que los nuestros. De ahí se sigue que su medicina es superior a la científica. Sin embargo, no es así. En realidad, el verdadero motivo de existencia del curandero o chamán no es ser el médico del pueblo, sino el de intermediario con el mundo de los espíritus. Su rasgo más característico es “la práctica de la oración y la fuerte fe en Dios, y creen que los malos espíritus quieren apoderarse de las personas si tienen la sangre débil, y por eso hay que vencerlos”, dice la periodista Jaquelin Dunaiewsky.

Lo que subyace a esa sabiduría ancestral es la manera en que el curandero ejerce un control efectivo sobre el mundo sobrenatural, en una lucha continua contra los espíritus malignos que se apoderan del alma del enfermo. De este modo el curandero gana la confianza –y en ocasiones el respeto temeroso- de su gente: creen que tiene un don divino para curar. Dios puso en la tierra hierbas medicinales y después escogió a ciertas personas “para canalizar Su gracia curativa”. ¿Cómo se ponen en contacto con ese mundo sobrenatural? A través de plantas alucinógenas como la ayahusca, el peyote o la wachuma. Esta última, también conocida como cactus de San Pedro, “nos lleva a conectarnos directamente con lo Divino y después nos cura y nos abre la conciencia para el autoaprendizaje”, dice Agustín Guzmán de la ONG peruana Comunidad Tawantinsuyu. Los rituales están perfectamente definidos y son un sincretismo entre la tradición precolombina y la cristiana pues, a pesar referirse continuamente a esa “sabiduría ancestral”, no ha sobrevivido ningún ritual anterior a la conquista española.

El curanderismo que existe en Occidente poco tiene que ver con estas prácticas antiquísimas de las que ha bebido. Para quienes lo practican en Europa y Norteamérica la prueba definitiva de su eficacia es su antigüedad. Sin embargo, no puede venderse a la sociedad cargada de su cosmovisión. Para que estas prácticas sean digeribles por nosotros se las saca de contexto, quitándole todo aquello que suene a mitología no-occidental y les dan una pátina de pseudofilosofía Nueva Era, el entorno natural del curanderismo occidental.

El curandero netamente occidental no suele beber con profusión de estas “fuentes ancestrales” sino que le basta con aludir a Dios o a extrañas fuerzas cósmicas para justificar el origen de su capacidad para curar. Aunque también los hay que, simplemente, afirman no saber de dónde les vienen sus poderes. Así se publicita, por ejemplo, un curandero argentino: “Lo único que necesito para sanar es tener a la persona frente a mí; de no ser posible necesito el nombre, la fecha de nacimiento y una foto para saber lo que tiene, lo que le está pasando y darle lo que está necesitando de la naturaleza para su sanación y bienestar”. Y sin ningún tipo de pudor llega a afirmar que “mis dones los he dirigido hacia la salud de las personas y los preparados que he logrado realizar equivalen a más de 100 quimioterapias juntas”.

Aquellos de sus defensores que quieren mantener cierto tipo de credibilidad científica no pueden aceptar públicamente que ese don venga de Dios o de un extraterrestre. Así que para justificar a los curanderos algunos defienden que su “poder” de sanación le viene dado porque actúan sobre las carencias emocionales de los pacientes. El psicólogo Francisco Gavilán asevera que “el curandero es el catalizador de esas necesidades. A partir de ahí se empiezan a ver los resultados. Se inicia un proceso de aceleración de curación, o que promueve la curación”. Una afirmación gratuita que adolece de lo mismo que aquello que trata de defender: demostración empírica.

Sin embargo, desde mediados del siglo XX el clásico curandero ha ido disminuyendo en su número y ha dejado el paso franco a un nuevo tipo que apela a cierta energía invisible e indetectable que anima a los seres vivos, en lo que es una reinterpretación de la fuerza vital decimonónica: son las sanaciones energéticas.

Entre las más populares se encuentra la que inventó en 1922 el japonés Mikao Usui: el Reiki. Usui tuvo su particular revelación meditando en el mote Kurama, en Kioto: allí adquirió la capacidad de canalizar esa energía vital que llena el universo. Sin embargo, su idea del Reiki no era la de un método de sanación sino una forma de enfocar la propia existencia de manera que condujera a la iluminación. En esencia era un estilo de vida centrado en una particular interpretación del budismo y el sintoísmo, uno de los muchos caminos que surgen a la sombra de las religiones tradicionales. Como sucede en el caso andino o amazónico, los sistemas de creencias están fuertemente anclados en las características culturales de los pueblos y son difícilmente exportables a otros con culturas diferentes. Su exportación a otras culturas como la occidental, exige despojarlos de su identidad más profunda y quedarse con los rituales y los actos instrumentales, para dotarles posteriormente de un sentido que en absoluto tiene relación con el original. En este caso fue la japonesa-norteamericana, afincada en Hawaii, Hawayo Hiromi Takata quien modificó este sistema filosófico para hacerlo aceptable a los ojos occidentales, centrándose menos en alcanzar el satori (la iluminación en el budismo zen) y más en lo que realmente le iba a reportar beneficios: el tratamiento de enfermedades.

Así, en la década de los 1970 cobraba la envidiable suma de 10.000 $ a quien quería obtener el grado de maestría en Reiki. Takata organizó y sistematizó al modo occidental (con niveles y grados de experiencia) el más intuitivo Reiki original. Desde entonces se han ido introduciendo variantes y añadidos que lo han convertido en una patética sombra de lo que fue.

Ahora el Reiki occidental es una variante exótica de la clásica imposición de manos donde el maestro canaliza esa inexistente energía universal y restablece su flujo en el cuerpo del paciente. Para el practicante del Reiki, como para los curanderos andinos, amazónicos o africanos, las enfermedades no obedecen al ataque de virus, bacterias u otros organismos infecciosos, ni por supuesto a problemas genéticos heredados. Como impone su cosmovisión cultural, se trata de “desavenencias” entre el mundo sobrenatural –ya sea en forma de espíritus o energías universales- y los seres humanos.

A pesar de todo, se ha intentado ver si realmente es eficaz. En 2008 se realizó una revisión sistemática de todos los ensayos clínicos aleatorios (los únicos que tienen validez a la hora de determinar la validez de una terapia) a los que ha sido sometido el Reiki. Publicada en la revista International Journal of Clinical Practice, la conclusión fue que no existe ningún fundamento para afirmar que sea una terapia válida para ninguna condición médica. Al año siguiente, la revista The Journal of Alternative and Complementary Medicine se decía que de los pocos estudios serios realizados sobre el Reiki no se desprende que sea una práctica efectiva en el tratamiento de enfermedades. A pesar de todo, sus defensores, como Larry Arnold y Sandra Nevins en su libro The Reiki Handbook, siguen afirmando que es útil para daños cerebrales, cáncer, diabetes y enfermedades venéreas.

(Publicado en Muy Interesante)

«Cherchez la femme» en la prehistoria… si pueden

9 julio 2013

Imagine que en la cueva de Altamira alguien está dando los últimos toques a una de las pinturas. ¿Qué sexo tiene quien pinta? ¿Hombre? ¿Alguien ha demostrado que los pintores fueran hombres? Nadie. Imagine ahora la clásica escena de caza de un mamut, como la que pudo tener lugar no muy lejos de un promontorio entre los ríos Ros y Rossava, en Ucrania. Allí los los arqueólogos han descubierto restos de 150 mamuts y un poblado bautizado como Mezhirich. Seguramente haya aparecido en su cabeza algo muy parecido a los dioramas que representan poblados de caza de hace 14.000 años en el Museo de Historia Natural de Nueva York, en Le Thot de la Dordoña (Francia) o en el Museo de Paleontología de Kiev. Los hombres llevan el peso de la escena mientras que las mujeres no desempeñan ningún papel, salvo el de consumidores pasivos.

Para cualquiera de nosotros, de manera inconsciente, la prehistoria es un territorio exclusivamente masculino. El prehistoriador James M. Adovasio y la antropóloga Olga Soffer son de los pocos que han estudiado esa desaparición de la mujer en la reconstrucción de nuestro pasado remoto. Hasta en la propia nomenclatura se hace evidente: somos Homo, hombres. La mujer es, como dicen estos dos científicos, el sexo invisible.

En los últimos dos siglos la comunidad paleoantropológica ha transmitido una imagen uniforme de nuestro pasado como especie que parece responder más a una idealización que a la realidad. Una imagen que quedó perfectamente definida en el congreso Man the Hunter celebrado en Chicago en 1966. Esta reunión científica ha sido origen de ideas que, con escaso soporte empírico, han permeado a nuestra sociedad: nuestros antepasados cazaban lo que necesitaban, trabajaban más bien poco (de 2 a 4 horas al día) y constituían una “sociedad afluente”: eran más felices que las sociedades agrícolas posteriores porque tenían todo lo que querían; más que nada porque no se planteaban grandes necesidades.

La evidencia etnográfica apunta a que la imagen del hombre-cazador y la mujer-recolectora es cierta en muchas culturas, pero dista bastante de ser considerada algo universal. Entre los los Agta de Luzón el 85% de las mujeres cazan y tienen más éxito que los hombres en sus partidas: un 31% frente al 17% masculino. Eso sí, en los grupos mixtos el porcentaje de éxito sube hasta el 41%. También cazan las mujeres en diferentes sociedades del Ártico, Japón y América del Norte, y las Anmatyerre del norte de Australia. Si afinamos un poco más, debemos replantearnos hasta la idea de la caza como una actividad grupal: no es necesaria una partida de diez hombres para cazar un conejo.

Puestos a revisar nuestras ideas preconcebidas deberíamos empezar por la de que los primeros Homo fueron implacables cazadores porque lo llevaban en la sangre: se supone que los homínidos ya lo fueron. Pero el homínido-cazador-despiadado no es algo que pueda sostenerse tras los trabajos de dos científicos que poco tenían que ver con el tema. Charles K. Brain y Lewis Binford eran expertos en el modo en que los depredadores dejaban los huesos tras el festín. Su trabajo sobre los restos abandonados por los homínidos apunta a que la mayoría de los huesos pertenecían a una presa cazada por un león y posteriormente “trabajada” por hienas y otros carroñeros; solo después llegaban los homínidos. Como suele pasar, este portentoso descubrimiento residió en un insignificante detalle: la marca dejada por una herramienta que, curiosamente, siempre se encontraba a medio camino a lo largo del hueso. Esto daba a entender que los homínidos obtenían los últimos pedazos de carne de los huesos donde los dientes de las hienas no habían podido hacerse con ellos. Dicho más claramente: los protohumanos no eran mortales asesinos sino carroñeros oportunistas. Estudios recientes apuntan a que nuestros más remotos antepasados eran una mezcla de ambas cosas. En qué proporción es todavía motivo de debate.

Un efecto de la imagen de los cazadores volviendo con el mamut -“el animal-tótem de la prehistoria humana” lo llama la historiadora de la ciencia Claudine Cohen- es que se ha reducido a la mínima expresión el papel desempeñado por las mujeres: únicamente se dedicaban al cuidado de la chavalería y a la recolección de bayas y frutos. Este sesgo pudo verse con toda claridad en un diorama del Museo de Historia Natural de Nueva York, donde se sugería la escena que legó para la posteridad el rastro dejado hace 3,5 millones de años por una pareja de homínidos bípedos.

Según los científicos del museo, como una de las huellas era mayor que la otra nos encontramos ante una pareja macho-hembra (¿por qué no una madre y su cría?). En el diorama ella mira con expresión preocupada hacia atrás, al volcán humeante cuyas cenizas iban a ser las responsables de que sus huellas se conservasen en perfecto estado hasta que Mary Leakey las descubriera en 1977. Por el contrario, el macho mira con decisión al horizonte mientras su brazo reposa sobre los hombros de ella. ¿Los homínidos se comportaban como una pareja occidental que sale de paseo? La carga ideológica subyacente es llamativa, y muy grave si consideramos que ha surgido de una institución científica que pretende dar una visión ajustada de la vida en la Tierra.

La religión de los ovnis

30 mayo 2013

Creía que los ovnis estaba ya fuera de las parrillas de televisión…
Ayer miércoles volvieron a la pequeña pantalla en el nuevo talk show de mi vieja conocida Ana García Lozano. Y me llamaron.
La verdad es que me picó la curiosidad por ver qué había cambiado tras todos estos años de sequía ovni en los medios de comunicación -salvo en los programas dedicados a la subcultura de lo pseudomisterioso-. Intuía que iba a ser más de lo mismo, pero nunca imaginé que fuera tan más de lo mismo.

Manises, Grifol, contactados varios y un catedrático de química que en sus tiempos mozos, cuando era músico itinerante, de esos que tocan en las fiestas de los pueblos, le asustó una luz sobre un puente de la carretera.

Como experto habián llamado a un joven ufólogo (supongo que a estas alturas es de la quinta generación) que repetía lo mismo que ya había escuchado hace casi dos décadas a la “cuarta generación” encabezada por los entonces jóvenes Sierra, Guijarro, Cardeñosa…: vivimos realmente una gran oleada con multitud de pruebas y filmaciones, hay casos sorprendentes como el de Campeche de 2003 (ya explicado, a lo que añadió florituras, no sé si de su cosecha o de segundas fuentes, como que los “objetos” rodearon al avión que los filmó), que hay una gran conspiración oficial de silencio… Y, por supuesto, que su trabajo es serio y científico, que para eso estudió ingeniería técnica.

Pero lo que me acabó de confirmar es lo que antropólogos y sociólogos de las religiones llevan diciendo desde hace años: el movimiento ovni -que no fenómeno- es una nueva religión.
Escuchar a los contactados y a algunos de los que habían visto un ovni me hizo darme cuenta de la profunda religiosidad que produce la visión de algo que les es extraño. Una mujer dijo que ver cómo un platillo volante se perdía tras una colina fue una experiencia feliz, casi mística; Grifol repitió lo que lleva diciendo desde hace tres décadas: seres que le hablan en sueños y le susurran mensajes; peregrinaciones a Montserrat en fechas señaladas; que los extraterrestres son ángeles que velan por nosotros y les preocupa nuestro bienestar espiritual… Otra, Virgina Dangma, había seguido la trayectoria de su madre, que practicaba la escritura automática -una técnica inventada por los médiums del XIX para hablar con los espíritus-. Pero esta vez, en lugar de difuntos, madre e hija hablan con extraterrestres. Finalmente, dos hombres -uno de ellos catedrático de ingeniería química en la Universidad de Extremadura- que en sus tiempos mozos vieron una potente luz muy cerca de ellos, casi como en la película de Encuentros en la Tercera Fase.

Resulta curioso cómo la cultura modifica lo que observamos: a pesar de que lo que veía era una luz, el catedrático no dejó de hablar de “un objeto”, aun cuando él mismo reconoció que no fue capaz de percibir estructura alguna en algo que, además, cambiaba de forma. Si hubiera vivido en el siglo XVIII seguramente habría hablado de brujería o de Satanás -o quizá de algún santo- pero en nuestra época espacial las luces se convierten en objetos sólidos tripulados.

¿Qué es lo que vio? Nunca lo sabremos pues el fenómeno real está enmascarado por el recuerdo de lo que vio. De igual manera que cada nosotros recordamos lo sucedido la pasada Nochebuena de forma diferente a nuestros familiares, la cultura personal contamina el recuerdo de cualquier experiencia, y una luz pasa a convertirse en un objeto. ¿Qué quiere decir esto? Que al ser un objeto, una nave espacial extraterrestre, en nuestro recuerdo se comporta como tal y ya le asociamos intencionalidad, movimientos inteligentes… a todo lo que observamos. Es lo que sucede con los pilotos: para ellos todo lo que ven en el cielo es un aparato pilotado (dejando a un lado las aves) y así lo ven comportarse. De ahí que hayan confundido los trozos que caen tras la reentrada de un satélite cono un grupo de objetos volando en formación. Y aún más: el famoso caso de Ricky Martin y la mermelada nos demuestra que no es necesario realmente ver nada para crear un recuerdo de haber visto algo.

A este panorama añadamos la intensa religiosidad que aflora entre los devotos de los ovnis. Porque eso es lo que son: tienen experiencias transformadoras, necesitan contar la buenanueva al mundo -les crean o no- (una de las entrevistadas “daba fe” de su experiencia), les hablan por medios no convencionales (¿No son esas comunicaciones telepáticas lo mismo que aquellos que, como Teresa de Ávila, charlaban con Dios y la Virgen?)… El comportamiento de los ovnis es similar al de los “avistamientos” de santos medievales, a las apariciones religiosas de todo signo, y sus supuestas comunicaciones se restringen a recomendaciones éticas y mensajes de paz y amor. ¿A qué les suena? Incluso los extraterrestres les hacen promesa de un cambio y de la ascensión a un nivel superior de existencia (¿no es similar a lo que hacen las religiones clásicas de prometer una vida mejor en el más allá?).

Este no es el comportamiento que uno espera de una civilización tecnológica que viaja por el espacio al encuentro de otros signos de vida inteligente. Compárese cómo se han comportado las diferentes civilizaciones terrestres cuando han encontrado a otros pueblos a lo largo de la historia para notar la diferencia: James Cook, en sus encuentros con los isleños del Pacífico, no hablaba con ellos por telepatía.

Un detalle que resultará revelador de esta religión en proceso de formación: los extraterrestres no llegan; se manifiestan, aparecen. Su existencia no es material, no se comportan como lo hace la materia; son de naturaleza etérea, evanescente, surgen de la nada. A veces dejan señales, signos, como prueba de lo que son, del mismo modo que los Evangelios narran los milagros de Jesús: no son demostraciones de su poder para convencer a los incrédulos sino signos destinados a los creyentes para reafirmar su fe. Los supuestos rastros de aterrizajes, las borrosas filmaciones y fotografías… desempeñan el mismo papel. No existe ni una prueba física directa e irrebatible, como pudiera ser el tornillo de una nave. Pero es que los creyentes no la necesitan.

Sin embargo, al ser una religión nacida en el seno de una civilización tecnológica algunos de sus fieles buscan una reafirmación científica de su fe; necesitan demostrarla. De ahí la legión de ufólogos aficionados que destinan gran parte de su tiempo y de su dinero a investigar cada uno de los casos, a entrevistar a testigos, a buscar rastros de su existencia. Así llevan desde los años 50 pero las pruebas incontrovertibles siguen evitándoles. La situación es la misma que el caso del espiritismo a principios del siglo XX. Henry Sidgwick, primer presidente de la Sociedad para la Investigación Psíquica, dijo tras dos décadas dedicadas a la investigación: «Si alguien me hubiera dicho que después de veinte años de investigación iba a estar en el mismo estado de duda que cuando comencé, me habría parecido una profecía increíble. Parece imposible que tal cantidad de evidencias traigan tan poco peso en la decisión». De igual forma expresó su frustración el psicólogo William James en su último artículo sobre la investigación psíquica (1909), «he gastado mis buenas horas presenciando los fenómenos. Todavía no he llegado teóricamente más ‘lejos’ de donde estaba al principio» y el filósofo Anthony Flew (1978), tras 25 años interesándose por la parapsicología: «Es deprimente tener que decir que la situación hace un cuarto de siglo era muy parecida a la de ahora».

No existe el fenómeno ovni como tal, sino que en ese saco se meten todas aquellas experiencias que, a nuestro juicio (y esto es importante remarcarlo), tienen toda la pinta de ser naves extraterrestres. Una pinta que fue dibujada por la ciencia ficción y luego pulida, modificada y ampliada por quienes viven en el mito. ¿Por qué sucedió así? Creo que es imposible de saber. Es lo que tienen todas las religiones. Podemos saber cuándo apareció el cristianismo, pero no podemos decir con certeza porqué la prédica de uno de los diversos judíos escatológicos que recorrían la Palestina del siglo I se convirtió en una gran religión. Podremos conocer cada paso hasta convertirse en lo que es hoy, pero jamás podremos responder a la gran pregunta: ¿Por qué fue así y no de otro modo?

La trastienda del Nobel (I)

17 febrero 2013

Albert Einstein fue nominado para el premio Nobel 62 veces en 12 años. Y no ha sido el que más nominaciones ha recibido. Arnold Sommerfeld, uno de los padres de la teoría cuántica, fue nominado 81 veces y nunca consiguió la preciada medalla.

Ganar un premio Nobel no implica ser el mejor científico de su campo: el premio recompensa a quien ha hecho un gran descubrimiento, aunque sea de chiripa. Mejor dicho, un gran descubrimiento según lo juzgan los miembros de la Academia de Ciencias Sueca, en el caso de Física y Química, o el Instituto Karolinska, en el caso de Medicina o Fisiología.

Ya se sabe que sobre gustos no hay nada escrito y los miembros del Comité Nobel tienen los suyos. Por ejemplo, en física. Para ellos es más importante entender el funcionamiento del interior de las estrellas que el de nuestro planeta. Por eso la geofísica Inge Lehmann, que determinó la estructura del núcleo de la Tierra en 1936, se quedó sin él. Más clamoroso fue el arrinconamiento de quienes formularon la tectónica de placas: los norteamericanos Jason Morgan, Dan McKenzie y el francés Xavier Le Pichon. La teoría central de la geofísica moderna no es merecedora del Nobel.

Estos premios también son famosos por sus retrasos a la hora de conceder el preciado galardón. Barbara McClintock descubrió la existencia de los transposones, unos genes que saltan de un lado a otro del genoma, en 1948. No la recompensaron hasta 35 años más tarde, cuando tenía 81 años. En 1986 Ernest Ruska fue galardonado por diseñar el primer microscopio electrónico realmente eficaz 53 años después de construirlo. Tuvo suerte y murió dos años más tarde de acudir a Estocolmo, pues los Nobel no se otorgan póstumamente. En 1983 le concedieron el Nobel de Física al hindú Subrahmanyan Chandrasekhar por un trabajo que había realizado cuando viajaba de la India a Gran Bretaña, en julio de 1930.

Este retraso puede entenderse porque, a pesar de que el propósito de Alfred Nobel era que cada año se honrase a aquellos científicos que hubie¬sen hecho un descubrimiento importante el año anterior, es difícil saberlo. Incluso a veces algo que parece magnífico se revela después totalmente inservible. Por ejemplo, en 1903 un médico danés de nombre Miels Finsen recibió el premio Nobel por un tratamiento con luz para enfermedades de la piel: resultó que no servía para mucho. Lo mismo ocurrió en 1908 con el premio Nobel de Física a Gabriel Lippmann por un nuevo procedimiento de fotografía en color.

Claro que el retraso no evita meter la pata, como en 1926 cuando el médico danés Johannes Fibiger fue premiado por descubrir en 1913 que ciertos tipos de cáncer podían estar causados por un gusano parásito. Más tarde se comprobó que el pobre gusano no era la verdadera causa de la enfermedad. Quien sí probó que las influencias externas pueden provocar el cáncer fue el japonés Katsusaburo Yamagiwa. En 1915 había demostrado empíricamente que el alquitrán de hulla podía inducir el cáncer en conejos y el comité Nobel se hizo, literalmente, el sueco. De hecho, el trabajo de Yamagiwa es citado como verdaderamente pionero en oncología y el de Fibiger duerme el sueño de los (in)justos. ¿Quizá el Instituto Karolinska tenía más aprecio por la vecina Dinamarca que por el lejano Japón? Eurovisión no es la única prueba de las amistades entre países.

Ciertamente los miembros del Comité Nobel no han sido un dechado de objetividad. Quien más lo sufrió fue el gran Albert Einstein. Durante el eclipse de Sol de noviembre de 1919 el astrofísico Arthur Eddington confirmó experimentalmente la relatividad general de Einstein, dando el espaldarazo definitivo a la segunda teoría más importante de la historia de la física. Cualquiera hubiera apostado por Einstein en los Nobel de 1920. Pero no se le concedió. Al año siguiente fue peor. Quien informó a la Academia de Ciencias Sueca sobre la relatividad fue Allvar Gullstrand, un profesor de óptica en la universidad de Uppsala que, sin entenderla, se vio en la obligación de negar el premio al alemán. La Academia Sueca aceptó su dictamen: no tenían en demasiada estima a Einstein y ninguna intención de desairar a uno de sus más respetados miembros. Así que 1921 quedó “desierto” porque, según los científicos suecos, ningún candidato cumplía los criterios para recibirlo. Fue al año siguiente, cuando se incorporó un profesor de física teórica llamado Carl Wilhelm Oseen –un hombre arrogante y pretencioso que desde entonces dominaría el comité durante más de dos décadas–, que se decidió concederle el premio con carácter retroactivo. Pero Oseen no se creía la relatividad y quiso dar un tirón de orejas al genio premiando otro de sus grandes trabajos (pero inferior alcance): la explicación del efecto fotoeléctrico. La ceremonia se celebró en 1922 y Einstein no pudo, o no quiso, asistir.

Psicología evolucionista: ¿Tenemos una mente anclada en la Edad de Piedra? (I)

6 febrero 2013

La publicación de El Origen de las Especies en 1859 nos arrebató nuestra posición privilegiada en la naturaleza y nos bajó del pedestal celestial al demostrar que tenemos el mismo antepasado que el mono, el perro o la rata. Que el ser humano esté sometido a las mismas fuerzas que el resto de los seres vivos del planeta -en particular a la selección natural- es un sapo que a muchos les es difícil tragar. Para ellos somos más que simple materia; hay en nuestro interior algo que nos hace diferentes de los animales, divinos incluso. Uno de los científicos que se negó a aceptar que las fuerzas de la evolución actuaran sobre el ser humano fue, sorprendentemente, uno de sus descubridores, Alfred Russel Wallace. Según el historiador de la ciencia (y cantante, que protagoniza el musical Charles Darwin: Live & in Concert) Richard Milner “con los insectos o las aves era más riguroso que Darwin al aplicar el principio de la selección natural, pero cuestionaba su eficacia en los humanos”. Para Wallace el ser humano tiene “algo que no proviene de sus progenitores animales, posee una esencia o naturaleza espiritual que sólo halla una explicación en el invisible universo del espíritu”.

En la actualidad, y salvo algunos que viven inmersos en el submundo del fundamentalismo religioso, ningún científico está de acuerdo con Wallace. Al menos en lo que a la evolución biológica se refiere. ¿Pero y nuestro comportamiento? ¿Están nuestros actos guiados por mecanismos similares a los de la evolución biológica? El propio Darwin apuntó el camino en su revolucionario libro. Lo llamó selección sexual, la cual “depende, no de la lucha por la existencia, sino de una lucha entre los machos por la posesión de las hembras; el resultado no es la muerte del perdedor, sino que éste deja muy poca o ninguna descendencia”. De aquí a entender nuestra forma de ser y actuar está basada en las relaciones con el otro sexo solo hay un paso.

El psicólogo Geoffrey Miller de la Universidad de Nuevo México ha recorrido ese camino y en su libro The mating mind propone la hipótesis de que muchos de los comportamientos humanos no reportan ningún beneficio en la lucha por la supervivencia. El humor, la música, la literatura, el arte… son, en realidad, adaptaciones favorecidas por la selección sexual. Dicho de otro modo, existen porque queremos llamar la atención y obtener los favores del sexo opuesto: son nuestra particular cola del pavo real.

Y no sólo eso. En una nueva vuelta de tuerca Miller propone que incluso el acto de ir de compras tiene una componente evolutiva: en una serie de experimentos encontró que la gente era más proclive a invertir dinero y esfuerzo en productos como gafas de sol de diseño o relojes caros, y en actividades como irse de vacaciones a Europa, si antes se les había incentivado mostrándoles fotografías del sexo opuesto o narrándoles historias sobre citas amorosas. Por el contrario, las mujeres se volcaban en el voluntariado y otras actividades caritativas “que proporcionan a los hombres una señal de alta conciencia moral, como si demostraras tu preocupación por los agricultores del tercer mundo gastándote un poco más de dinero en café de comercio justo en el Starbucks”, añade socarronamente.

Según Miller, la lección a aprender de este enfoque evolutivo es que no sirve para nada que te hayas gastado el dinero en ese reloj o en ese bolso. “El espejismo fundamental del consumista es creer que sus compras influyen en cómo le tratamos”. El edificio de las marcas descansa en la fantasía de que a todos los demás les importa lo que compramos: no es casualidad que los adolescentes narcisistas sean los más obsesionados por las marcas.

El discurso de Miller se enmarca en lo que se conoce como psicología evolucionista. En palabras de dos de sus máximos representantes, Leda Cosmides y John Tooby, directores del Centro de Psicología Evolucionista de la Universidad de California en Santa Bárbara, su objetivo es “descubrir y entender el diseño de la mente humana… es una aproximación a la psicología en el cual los principios de la biología evolutiva se utilizan para investigar la estructura de la mente humana”. Dicho de otro modo, es una forma de atacar el problema del comportamiento humano.

Para los psicólogos evolucionistas “todo lo que evoluciona requiere dos explicaciones: una basada en la supervivencia y la reproducción (la causa última) y otra basada en los mecanismos que causan que ese rasgo se exprese (la causa próxima)”, afirma David Sloan Wilson de la Universidad de Nueva York en Binghamton. Esta postura exige cierta explicación pues a veces es malentendida. Es obvio que ningún organismo se comporta de modo que quiera maximizar sus posibilidades de supervivencia; lo que le motiva es la búsqueda de comida, evitar el peligro o el cuidado de su prole. “Y son estos mecanismos próximos que le funcionan tan bien en un determinado ambiente los que pueden hacerlo espectacularmente mal en otro diferente”, añade Wilson. De este modo, y esta es una idea central de la psicología evolucionista, “no debemos esperar que nuestros comportamientos adaptativos funcionen bien en ambientes modernos”.

Para desarrollar sus ideas los psicólogos evolucionistas parten de un modelo de funcionamiento de la mente de tipo modular. Como explica Steven Pinker, “la mente está organizada en módulos u órganos mentales, cada uno con un diseño especializado que lo convierte en experto en una determinada área de interacción con el mundo”. Luego nuestra mente es un conjunto de miles de “miniordenadores” genéticamente preprogramados para resolver un aspecto particular relacionado con la supervivencia o la reproducción. Estos módulos o “circuitos cerebrales” aparecieron en nuestra mente en un determinado momento de la evolución y allí se quedaron: son como los “genes del comportamiento”. Desde entonces han sido modelados por la selección natural, y al ser hereditarios componen lo que podríamos definir como la naturaleza humana universal. Ahora bien, estos módulos evolucionaron entre hace 1,8 millones de años y 10.000 años, durante el Pleistoceno, y es justo entonces donde nos hemos quedado anclados. Quienes mejor lo han expresado han sido Cosmides y Tooby: somos una mente de la Edad de Piedra encerrada en un cráneo moderno.

(Publicado en Muy Interesante)


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