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Cuando quisimos eliminar a los “tarados”

16 octubre 2013

Eugenesia

El 1 de octubre de 1910 empezó a funcionar en un tranquilo paraje de la costa norte de Long Island (Nueva York), en Cold Spring Harbor, el Departamento de Registros de Eugenesia. Se encontraba junto a un centro de evolución experimental perteneciente a la Carnegie Institution de Washington, y cerca de un laboratorio de biología perteneciente al Brooklyn Institute of Arts and Sciences. La persona a cargo de ambos y responsable de la creación del departamento de eugenesia era Charles B. Davenport, un antiguo catedrático de biología de Harvard, que había convencido a la esposa de un magnate del ferrocarril para que ofreciera su apoyo.

Al año siguiente Davenport publicaba Heredity in Relation to Eugenics, donde señalaba que los italianos tendían a cometer “delitos de violencia personal” y que los judíos mostraban “la mayor proporción de delitos contra la castidad y en conexión con la prostitución, los más ruines de todos los delitos”. Siguiendo este tono, otro de los partidarios de la eugenesia, Madison Grant, escribió en 1916:

“Tanto si nos gusta reconocerlo como si no, el resultado de la mezcla de dos razas es a la larga una raza que experimenta una regresión y vuelve al tipo racial más antiguo e inferior. El cruce de un ser humano de raza blanca y otro de raza negra es un negro; el cruce de un ser humano de cualquiera de las tres razas europeas y un judío es un judío”.

Es obvio que Adolf Hitler personifica al máximo las ideas eugenésicas. En Mi Lucha (1925) decía:

“Aquellos que están físicamente y mentalmente enfermos e incapaces no deberían perpetuar sus sufrimientos en los cuerpos de sus hijos. A través de medidas educacionales el estado debería enseñar a los individuos qué enfermedades no son una desgracia sino algo de mala fortuna para la cual la gente debe compadecerlos, y al mismo tiempo es un crimen y una desgracia hacer que esta aflicción sea aún peor dejándola pasar a criaturas inocentes por culpa de un anhelo simple y egoísta.”

¿Pero qué pensar de ésta, expresada ese mismo año?

“Es mejor para todo el mundo, si en lugar de esperar a ejecutar a hijos degenerados por un crimen o dejarlos morir de hambre por su imbecilidad, la sociedad pudiera prevenir que aquellos que son manifiestamente incapaces continuar su especie”.

Su autor era el juez Oliver Wendell Holmes, del Tribunal Supremo de los Estados Unidos.

Los Estados Unidos fue el primer país industrializado que decretó leyes de purificación racial. A fines del XIX en Michigan y Massachusetts castraban a enfermos mentales y a quien exhibiera «epilepsia persistente», «imbecilidad» y «masturbación acompañada de debilidad mental». Pero claro, la castración pura y dura no era algo que pudiera aceptarse sin un cierto tipo de malestar en la boca del estómago, por lo que pronto los métodos eugenésicos derivaron hacia algo menos aparatoso: la vasectomía en los hombres y la ligadura de trompas en las mujeres. En los años 1930 al menos 60.000 personas fueron legalmente esterilizadas. El número correcto nunca se conocerá porque de muchas intervenciones en hospitales y cárceles jamás se informó.

Davenport encarnó la corriente científica de principios del siglo XX que pretendía encontrar una base genética en los comportamientos sociales y en la inteligencia. Dicho de manera muy simple, el tonto era tonto, el pobre, pobre y el delincuente, delincuente, porque sus padres lo eran. El ladrón nace, no se hace, como las brujas.

Por culpa de estos trabajos se elaboraron toda una serie de leyes, principalmente en los Estados Unidos, destinadas a cortar por lo sano lo que ellos denominaban la proliferación de gentes física y psíquicamente inferiores. Mejor que detenerlos o encerrarlos en manicomios de por vida era impedir que nacieran. De este modo, 30 estados de los Estados Unidos promulgaron leyes eugenésicas.

La obsesión de los legisladores eugenésicos eran los que llamaban imbéciles e idiotas. La ley de Indiana pretendía prevenir «la procreación de criminales convictos, imbéciles y violadores». En California, el estado donde más esterilizaciones se realizaron, bastaba con una nota de un doctor para esterilizar a «cualquier idiota» al igual que a cualquier preso que tuviera «un comportamiento sexual o moral degenerado». En Iowa la ley iba dirigida hacia «aquellos que podría dar a luz niños con tendencia a enfermar, a la deformidad, al crimen, a la locura, a la debilidad mental, a la idioticia, a la imbecilidad, a la epilepsia o al alcoholismo».

Con la ciencia en la mano, muchos llegaron a identificar grupos étnicos enteros como seres inferiores. Curiosamente, ninguno de estos científicos juzgó como inferior a su propio grupo étnico.

Comerciantes de esperanza: de los curanderos al Reiki

12 septiembre 2013

Del 31 de octubre al 2 de noviembre de 2011 se celebró en la ciudad de Trujillo, en el norte de Perú, el I Encuentro Internacional de Curanderismo “Ciencia Ancestral de la Salud”. Fue un encuentro peculiar pues en él participaron tanto curanderos de diferentes países, principalmente peruanos, como historiadores y antropólogos. Según el presidente del comité organizador, el arqueólogo Régulo Franco, “de esta manera intentamos rescatar los saberes de la medicina tradicional de los Moche y de todas las culturas del mundo andino prehispánico”.

Sin embargo esta voluntad de salvaguarda de la tradición médica indígena como parte de la cultura quedó relegada a un segundo plano. Por todo el encuentro planeó una visión mítica e idealizada de las épocas pasadas, y en particular la precolombina, que la mayoría de los participantes consideraba “más pura e integrada en la Naturaleza”. “La medicina y la ciencia de hoy deriva justamente de esos conocimientos muy antiguos”, afirmaba un participante. “La llamada medicina tradicional no es otra cosa más que la sabiduría ancestral obtenida de coexistir en equilibrio con la propia naturaleza”.

Esta postura se engarza en una de las corrientes más difundidas del esoterismo que empezó a finales del siglo XIX. Afirma que las civilizaciones antiguas poseían unos conocimientos más profundos y avanzados que los nuestros. De ahí se sigue que su medicina es superior a la científica. Sin embargo, no es así. En realidad, el verdadero motivo de existencia del curandero o chamán no es ser el médico del pueblo, sino el de intermediario con el mundo de los espíritus. Su rasgo más característico es “la práctica de la oración y la fuerte fe en Dios, y creen que los malos espíritus quieren apoderarse de las personas si tienen la sangre débil, y por eso hay que vencerlos”, dice la periodista Jaquelin Dunaiewsky.

Lo que subyace a esa sabiduría ancestral es la manera en que el curandero ejerce un control efectivo sobre el mundo sobrenatural, en una lucha continua contra los espíritus malignos que se apoderan del alma del enfermo. De este modo el curandero gana la confianza –y en ocasiones el respeto temeroso- de su gente: creen que tiene un don divino para curar. Dios puso en la tierra hierbas medicinales y después escogió a ciertas personas “para canalizar Su gracia curativa”. ¿Cómo se ponen en contacto con ese mundo sobrenatural? A través de plantas alucinógenas como la ayahusca, el peyote o la wachuma. Esta última, también conocida como cactus de San Pedro, “nos lleva a conectarnos directamente con lo Divino y después nos cura y nos abre la conciencia para el autoaprendizaje”, dice Agustín Guzmán de la ONG peruana Comunidad Tawantinsuyu. Los rituales están perfectamente definidos y son un sincretismo entre la tradición precolombina y la cristiana pues, a pesar referirse continuamente a esa “sabiduría ancestral”, no ha sobrevivido ningún ritual anterior a la conquista española.

El curanderismo que existe en Occidente poco tiene que ver con estas prácticas antiquísimas de las que ha bebido. Para quienes lo practican en Europa y Norteamérica la prueba definitiva de su eficacia es su antigüedad. Sin embargo, no puede venderse a la sociedad cargada de su cosmovisión. Para que estas prácticas sean digeribles por nosotros se las saca de contexto, quitándole todo aquello que suene a mitología no-occidental y les dan una pátina de pseudofilosofía Nueva Era, el entorno natural del curanderismo occidental.

El curandero netamente occidental no suele beber con profusión de estas “fuentes ancestrales” sino que le basta con aludir a Dios o a extrañas fuerzas cósmicas para justificar el origen de su capacidad para curar. Aunque también los hay que, simplemente, afirman no saber de dónde les vienen sus poderes. Así se publicita, por ejemplo, un curandero argentino: “Lo único que necesito para sanar es tener a la persona frente a mí; de no ser posible necesito el nombre, la fecha de nacimiento y una foto para saber lo que tiene, lo que le está pasando y darle lo que está necesitando de la naturaleza para su sanación y bienestar”. Y sin ningún tipo de pudor llega a afirmar que “mis dones los he dirigido hacia la salud de las personas y los preparados que he logrado realizar equivalen a más de 100 quimioterapias juntas”.

Aquellos de sus defensores que quieren mantener cierto tipo de credibilidad científica no pueden aceptar públicamente que ese don venga de Dios o de un extraterrestre. Así que para justificar a los curanderos algunos defienden que su “poder” de sanación le viene dado porque actúan sobre las carencias emocionales de los pacientes. El psicólogo Francisco Gavilán asevera que “el curandero es el catalizador de esas necesidades. A partir de ahí se empiezan a ver los resultados. Se inicia un proceso de aceleración de curación, o que promueve la curación”. Una afirmación gratuita que adolece de lo mismo que aquello que trata de defender: demostración empírica.

Sin embargo, desde mediados del siglo XX el clásico curandero ha ido disminuyendo en su número y ha dejado el paso franco a un nuevo tipo que apela a cierta energía invisible e indetectable que anima a los seres vivos, en lo que es una reinterpretación de la fuerza vital decimonónica: son las sanaciones energéticas.

Entre las más populares se encuentra la que inventó en 1922 el japonés Mikao Usui: el Reiki. Usui tuvo su particular revelación meditando en el mote Kurama, en Kioto: allí adquirió la capacidad de canalizar esa energía vital que llena el universo. Sin embargo, su idea del Reiki no era la de un método de sanación sino una forma de enfocar la propia existencia de manera que condujera a la iluminación. En esencia era un estilo de vida centrado en una particular interpretación del budismo y el sintoísmo, uno de los muchos caminos que surgen a la sombra de las religiones tradicionales. Como sucede en el caso andino o amazónico, los sistemas de creencias están fuertemente anclados en las características culturales de los pueblos y son difícilmente exportables a otros con culturas diferentes. Su exportación a otras culturas como la occidental, exige despojarlos de su identidad más profunda y quedarse con los rituales y los actos instrumentales, para dotarles posteriormente de un sentido que en absoluto tiene relación con el original. En este caso fue la japonesa-norteamericana, afincada en Hawaii, Hawayo Hiromi Takata quien modificó este sistema filosófico para hacerlo aceptable a los ojos occidentales, centrándose menos en alcanzar el satori (la iluminación en el budismo zen) y más en lo que realmente le iba a reportar beneficios: el tratamiento de enfermedades.

Así, en la década de los 1970 cobraba la envidiable suma de 10.000 $ a quien quería obtener el grado de maestría en Reiki. Takata organizó y sistematizó al modo occidental (con niveles y grados de experiencia) el más intuitivo Reiki original. Desde entonces se han ido introduciendo variantes y añadidos que lo han convertido en una patética sombra de lo que fue.

Ahora el Reiki occidental es una variante exótica de la clásica imposición de manos donde el maestro canaliza esa inexistente energía universal y restablece su flujo en el cuerpo del paciente. Para el practicante del Reiki, como para los curanderos andinos, amazónicos o africanos, las enfermedades no obedecen al ataque de virus, bacterias u otros organismos infecciosos, ni por supuesto a problemas genéticos heredados. Como impone su cosmovisión cultural, se trata de “desavenencias” entre el mundo sobrenatural –ya sea en forma de espíritus o energías universales- y los seres humanos.

A pesar de todo, se ha intentado ver si realmente es eficaz. En 2008 se realizó una revisión sistemática de todos los ensayos clínicos aleatorios (los únicos que tienen validez a la hora de determinar la validez de una terapia) a los que ha sido sometido el Reiki. Publicada en la revista International Journal of Clinical Practice, la conclusión fue que no existe ningún fundamento para afirmar que sea una terapia válida para ninguna condición médica. Al año siguiente, la revista The Journal of Alternative and Complementary Medicine se decía que de los pocos estudios serios realizados sobre el Reiki no se desprende que sea una práctica efectiva en el tratamiento de enfermedades. A pesar de todo, sus defensores, como Larry Arnold y Sandra Nevins en su libro The Reiki Handbook, siguen afirmando que es útil para daños cerebrales, cáncer, diabetes y enfermedades venéreas.

(Publicado en Muy Interesante)

«Cherchez la femme» en la prehistoria… si pueden

9 julio 2013

Imagine que en la cueva de Altamira alguien está dando los últimos toques a una de las pinturas. ¿Qué sexo tiene quien pinta? ¿Hombre? ¿Alguien ha demostrado que los pintores fueran hombres? Nadie. Imagine ahora la clásica escena de caza de un mamut, como la que pudo tener lugar no muy lejos de un promontorio entre los ríos Ros y Rossava, en Ucrania. Allí los los arqueólogos han descubierto restos de 150 mamuts y un poblado bautizado como Mezhirich. Seguramente haya aparecido en su cabeza algo muy parecido a los dioramas que representan poblados de caza de hace 14.000 años en el Museo de Historia Natural de Nueva York, en Le Thot de la Dordoña (Francia) o en el Museo de Paleontología de Kiev. Los hombres llevan el peso de la escena mientras que las mujeres no desempeñan ningún papel, salvo el de consumidores pasivos.

Para cualquiera de nosotros, de manera inconsciente, la prehistoria es un territorio exclusivamente masculino. El prehistoriador James M. Adovasio y la antropóloga Olga Soffer son de los pocos que han estudiado esa desaparición de la mujer en la reconstrucción de nuestro pasado remoto. Hasta en la propia nomenclatura se hace evidente: somos Homo, hombres. La mujer es, como dicen estos dos científicos, el sexo invisible.

En los últimos dos siglos la comunidad paleoantropológica ha transmitido una imagen uniforme de nuestro pasado como especie que parece responder más a una idealización que a la realidad. Una imagen que quedó perfectamente definida en el congreso Man the Hunter celebrado en Chicago en 1966. Esta reunión científica ha sido origen de ideas que, con escaso soporte empírico, han permeado a nuestra sociedad: nuestros antepasados cazaban lo que necesitaban, trabajaban más bien poco (de 2 a 4 horas al día) y constituían una “sociedad afluente”: eran más felices que las sociedades agrícolas posteriores porque tenían todo lo que querían; más que nada porque no se planteaban grandes necesidades.

La evidencia etnográfica apunta a que la imagen del hombre-cazador y la mujer-recolectora es cierta en muchas culturas, pero dista bastante de ser considerada algo universal. Entre los los Agta de Luzón el 85% de las mujeres cazan y tienen más éxito que los hombres en sus partidas: un 31% frente al 17% masculino. Eso sí, en los grupos mixtos el porcentaje de éxito sube hasta el 41%. También cazan las mujeres en diferentes sociedades del Ártico, Japón y América del Norte, y las Anmatyerre del norte de Australia. Si afinamos un poco más, debemos replantearnos hasta la idea de la caza como una actividad grupal: no es necesaria una partida de diez hombres para cazar un conejo.

Puestos a revisar nuestras ideas preconcebidas deberíamos empezar por la de que los primeros Homo fueron implacables cazadores porque lo llevaban en la sangre: se supone que los homínidos ya lo fueron. Pero el homínido-cazador-despiadado no es algo que pueda sostenerse tras los trabajos de dos científicos que poco tenían que ver con el tema. Charles K. Brain y Lewis Binford eran expertos en el modo en que los depredadores dejaban los huesos tras el festín. Su trabajo sobre los restos abandonados por los homínidos apunta a que la mayoría de los huesos pertenecían a una presa cazada por un león y posteriormente “trabajada” por hienas y otros carroñeros; solo después llegaban los homínidos. Como suele pasar, este portentoso descubrimiento residió en un insignificante detalle: la marca dejada por una herramienta que, curiosamente, siempre se encontraba a medio camino a lo largo del hueso. Esto daba a entender que los homínidos obtenían los últimos pedazos de carne de los huesos donde los dientes de las hienas no habían podido hacerse con ellos. Dicho más claramente: los protohumanos no eran mortales asesinos sino carroñeros oportunistas. Estudios recientes apuntan a que nuestros más remotos antepasados eran una mezcla de ambas cosas. En qué proporción es todavía motivo de debate.

Un efecto de la imagen de los cazadores volviendo con el mamut -“el animal-tótem de la prehistoria humana” lo llama la historiadora de la ciencia Claudine Cohen- es que se ha reducido a la mínima expresión el papel desempeñado por las mujeres: únicamente se dedicaban al cuidado de la chavalería y a la recolección de bayas y frutos. Este sesgo pudo verse con toda claridad en un diorama del Museo de Historia Natural de Nueva York, donde se sugería la escena que legó para la posteridad el rastro dejado hace 3,5 millones de años por una pareja de homínidos bípedos.

Según los científicos del museo, como una de las huellas era mayor que la otra nos encontramos ante una pareja macho-hembra (¿por qué no una madre y su cría?). En el diorama ella mira con expresión preocupada hacia atrás, al volcán humeante cuyas cenizas iban a ser las responsables de que sus huellas se conservasen en perfecto estado hasta que Mary Leakey las descubriera en 1977. Por el contrario, el macho mira con decisión al horizonte mientras su brazo reposa sobre los hombros de ella. ¿Los homínidos se comportaban como una pareja occidental que sale de paseo? La carga ideológica subyacente es llamativa, y muy grave si consideramos que ha surgido de una institución científica que pretende dar una visión ajustada de la vida en la Tierra.

La religión de los ovnis

30 mayo 2013

Creía que los ovnis estaba ya fuera de las parrillas de televisión…
Ayer miércoles volvieron a la pequeña pantalla en el nuevo talk show de mi vieja conocida Ana García Lozano. Y me llamaron.
La verdad es que me picó la curiosidad por ver qué había cambiado tras todos estos años de sequía ovni en los medios de comunicación -salvo en los programas dedicados a la subcultura de lo pseudomisterioso-. Intuía que iba a ser más de lo mismo, pero nunca imaginé que fuera tan más de lo mismo.

Manises, Grifol, contactados varios y un catedrático de química que en sus tiempos mozos, cuando era músico itinerante, de esos que tocan en las fiestas de los pueblos, le asustó una luz sobre un puente de la carretera.

Como experto habián llamado a un joven ufólogo (supongo que a estas alturas es de la quinta generación) que repetía lo mismo que ya había escuchado hace casi dos décadas a la “cuarta generación” encabezada por los entonces jóvenes Sierra, Guijarro, Cardeñosa…: vivimos realmente una gran oleada con multitud de pruebas y filmaciones, hay casos sorprendentes como el de Campeche de 2003 (ya explicado, a lo que añadió florituras, no sé si de su cosecha o de segundas fuentes, como que los “objetos” rodearon al avión que los filmó), que hay una gran conspiración oficial de silencio… Y, por supuesto, que su trabajo es serio y científico, que para eso estudió ingeniería técnica.

Pero lo que me acabó de confirmar es lo que antropólogos y sociólogos de las religiones llevan diciendo desde hace años: el movimiento ovni -que no fenómeno- es una nueva religión.
Escuchar a los contactados y a algunos de los que habían visto un ovni me hizo darme cuenta de la profunda religiosidad que produce la visión de algo que les es extraño. Una mujer dijo que ver cómo un platillo volante se perdía tras una colina fue una experiencia feliz, casi mística; Grifol repitió lo que lleva diciendo desde hace tres décadas: seres que le hablan en sueños y le susurran mensajes; peregrinaciones a Montserrat en fechas señaladas; que los extraterrestres son ángeles que velan por nosotros y les preocupa nuestro bienestar espiritual… Otra, Virgina Dangma, había seguido la trayectoria de su madre, que practicaba la escritura automática -una técnica inventada por los médiums del XIX para hablar con los espíritus-. Pero esta vez, en lugar de difuntos, madre e hija hablan con extraterrestres. Finalmente, dos hombres -uno de ellos catedrático de ingeniería química en la Universidad de Extremadura- que en sus tiempos mozos vieron una potente luz muy cerca de ellos, casi como en la película de Encuentros en la Tercera Fase.

Resulta curioso cómo la cultura modifica lo que observamos: a pesar de que lo que veía era una luz, el catedrático no dejó de hablar de “un objeto”, aun cuando él mismo reconoció que no fue capaz de percibir estructura alguna en algo que, además, cambiaba de forma. Si hubiera vivido en el siglo XVIII seguramente habría hablado de brujería o de Satanás -o quizá de algún santo- pero en nuestra época espacial las luces se convierten en objetos sólidos tripulados.

¿Qué es lo que vio? Nunca lo sabremos pues el fenómeno real está enmascarado por el recuerdo de lo que vio. De igual manera que cada nosotros recordamos lo sucedido la pasada Nochebuena de forma diferente a nuestros familiares, la cultura personal contamina el recuerdo de cualquier experiencia, y una luz pasa a convertirse en un objeto. ¿Qué quiere decir esto? Que al ser un objeto, una nave espacial extraterrestre, en nuestro recuerdo se comporta como tal y ya le asociamos intencionalidad, movimientos inteligentes… a todo lo que observamos. Es lo que sucede con los pilotos: para ellos todo lo que ven en el cielo es un aparato pilotado (dejando a un lado las aves) y así lo ven comportarse. De ahí que hayan confundido los trozos que caen tras la reentrada de un satélite cono un grupo de objetos volando en formación. Y aún más: el famoso caso de Ricky Martin y la mermelada nos demuestra que no es necesario realmente ver nada para crear un recuerdo de haber visto algo.

A este panorama añadamos la intensa religiosidad que aflora entre los devotos de los ovnis. Porque eso es lo que son: tienen experiencias transformadoras, necesitan contar la buenanueva al mundo -les crean o no- (una de las entrevistadas “daba fe” de su experiencia), les hablan por medios no convencionales (¿No son esas comunicaciones telepáticas lo mismo que aquellos que, como Teresa de Ávila, charlaban con Dios y la Virgen?)… El comportamiento de los ovnis es similar al de los “avistamientos” de santos medievales, a las apariciones religiosas de todo signo, y sus supuestas comunicaciones se restringen a recomendaciones éticas y mensajes de paz y amor. ¿A qué les suena? Incluso los extraterrestres les hacen promesa de un cambio y de la ascensión a un nivel superior de existencia (¿no es similar a lo que hacen las religiones clásicas de prometer una vida mejor en el más allá?).

Este no es el comportamiento que uno espera de una civilización tecnológica que viaja por el espacio al encuentro de otros signos de vida inteligente. Compárese cómo se han comportado las diferentes civilizaciones terrestres cuando han encontrado a otros pueblos a lo largo de la historia para notar la diferencia: James Cook, en sus encuentros con los isleños del Pacífico, no hablaba con ellos por telepatía.

Un detalle que resultará revelador de esta religión en proceso de formación: los extraterrestres no llegan; se manifiestan, aparecen. Su existencia no es material, no se comportan como lo hace la materia; son de naturaleza etérea, evanescente, surgen de la nada. A veces dejan señales, signos, como prueba de lo que son, del mismo modo que los Evangelios narran los milagros de Jesús: no son demostraciones de su poder para convencer a los incrédulos sino signos destinados a los creyentes para reafirmar su fe. Los supuestos rastros de aterrizajes, las borrosas filmaciones y fotografías… desempeñan el mismo papel. No existe ni una prueba física directa e irrebatible, como pudiera ser el tornillo de una nave. Pero es que los creyentes no la necesitan.

Sin embargo, al ser una religión nacida en el seno de una civilización tecnológica algunos de sus fieles buscan una reafirmación científica de su fe; necesitan demostrarla. De ahí la legión de ufólogos aficionados que destinan gran parte de su tiempo y de su dinero a investigar cada uno de los casos, a entrevistar a testigos, a buscar rastros de su existencia. Así llevan desde los años 50 pero las pruebas incontrovertibles siguen evitándoles. La situación es la misma que el caso del espiritismo a principios del siglo XX. Henry Sidgwick, primer presidente de la Sociedad para la Investigación Psíquica, dijo tras dos décadas dedicadas a la investigación: «Si alguien me hubiera dicho que después de veinte años de investigación iba a estar en el mismo estado de duda que cuando comencé, me habría parecido una profecía increíble. Parece imposible que tal cantidad de evidencias traigan tan poco peso en la decisión». De igual forma expresó su frustración el psicólogo William James en su último artículo sobre la investigación psíquica (1909), «he gastado mis buenas horas presenciando los fenómenos. Todavía no he llegado teóricamente más ‘lejos’ de donde estaba al principio» y el filósofo Anthony Flew (1978), tras 25 años interesándose por la parapsicología: «Es deprimente tener que decir que la situación hace un cuarto de siglo era muy parecida a la de ahora».

No existe el fenómeno ovni como tal, sino que en ese saco se meten todas aquellas experiencias que, a nuestro juicio (y esto es importante remarcarlo), tienen toda la pinta de ser naves extraterrestres. Una pinta que fue dibujada por la ciencia ficción y luego pulida, modificada y ampliada por quienes viven en el mito. ¿Por qué sucedió así? Creo que es imposible de saber. Es lo que tienen todas las religiones. Podemos saber cuándo apareció el cristianismo, pero no podemos decir con certeza porqué la prédica de uno de los diversos judíos escatológicos que recorrían la Palestina del siglo I se convirtió en una gran religión. Podremos conocer cada paso hasta convertirse en lo que es hoy, pero jamás podremos responder a la gran pregunta: ¿Por qué fue así y no de otro modo?

La trastienda del Nobel (I)

17 febrero 2013

Albert Einstein fue nominado para el premio Nobel 62 veces en 12 años. Y no ha sido el que más nominaciones ha recibido. Arnold Sommerfeld, uno de los padres de la teoría cuántica, fue nominado 81 veces y nunca consiguió la preciada medalla.

Ganar un premio Nobel no implica ser el mejor científico de su campo: el premio recompensa a quien ha hecho un gran descubrimiento, aunque sea de chiripa. Mejor dicho, un gran descubrimiento según lo juzgan los miembros de la Academia de Ciencias Sueca, en el caso de Física y Química, o el Instituto Karolinska, en el caso de Medicina o Fisiología.

Ya se sabe que sobre gustos no hay nada escrito y los miembros del Comité Nobel tienen los suyos. Por ejemplo, en física. Para ellos es más importante entender el funcionamiento del interior de las estrellas que el de nuestro planeta. Por eso la geofísica Inge Lehmann, que determinó la estructura del núcleo de la Tierra en 1936, se quedó sin él. Más clamoroso fue el arrinconamiento de quienes formularon la tectónica de placas: los norteamericanos Jason Morgan, Dan McKenzie y el francés Xavier Le Pichon. La teoría central de la geofísica moderna no es merecedora del Nobel.

Estos premios también son famosos por sus retrasos a la hora de conceder el preciado galardón. Barbara McClintock descubrió la existencia de los transposones, unos genes que saltan de un lado a otro del genoma, en 1948. No la recompensaron hasta 35 años más tarde, cuando tenía 81 años. En 1986 Ernest Ruska fue galardonado por diseñar el primer microscopio electrónico realmente eficaz 53 años después de construirlo. Tuvo suerte y murió dos años más tarde de acudir a Estocolmo, pues los Nobel no se otorgan póstumamente. En 1983 le concedieron el Nobel de Física al hindú Subrahmanyan Chandrasekhar por un trabajo que había realizado cuando viajaba de la India a Gran Bretaña, en julio de 1930.

Este retraso puede entenderse porque, a pesar de que el propósito de Alfred Nobel era que cada año se honrase a aquellos científicos que hubie¬sen hecho un descubrimiento importante el año anterior, es difícil saberlo. Incluso a veces algo que parece magnífico se revela después totalmente inservible. Por ejemplo, en 1903 un médico danés de nombre Miels Finsen recibió el premio Nobel por un tratamiento con luz para enfermedades de la piel: resultó que no servía para mucho. Lo mismo ocurrió en 1908 con el premio Nobel de Física a Gabriel Lippmann por un nuevo procedimiento de fotografía en color.

Claro que el retraso no evita meter la pata, como en 1926 cuando el médico danés Johannes Fibiger fue premiado por descubrir en 1913 que ciertos tipos de cáncer podían estar causados por un gusano parásito. Más tarde se comprobó que el pobre gusano no era la verdadera causa de la enfermedad. Quien sí probó que las influencias externas pueden provocar el cáncer fue el japonés Katsusaburo Yamagiwa. En 1915 había demostrado empíricamente que el alquitrán de hulla podía inducir el cáncer en conejos y el comité Nobel se hizo, literalmente, el sueco. De hecho, el trabajo de Yamagiwa es citado como verdaderamente pionero en oncología y el de Fibiger duerme el sueño de los (in)justos. ¿Quizá el Instituto Karolinska tenía más aprecio por la vecina Dinamarca que por el lejano Japón? Eurovisión no es la única prueba de las amistades entre países.

Ciertamente los miembros del Comité Nobel no han sido un dechado de objetividad. Quien más lo sufrió fue el gran Albert Einstein. Durante el eclipse de Sol de noviembre de 1919 el astrofísico Arthur Eddington confirmó experimentalmente la relatividad general de Einstein, dando el espaldarazo definitivo a la segunda teoría más importante de la historia de la física. Cualquiera hubiera apostado por Einstein en los Nobel de 1920. Pero no se le concedió. Al año siguiente fue peor. Quien informó a la Academia de Ciencias Sueca sobre la relatividad fue Allvar Gullstrand, un profesor de óptica en la universidad de Uppsala que, sin entenderla, se vio en la obligación de negar el premio al alemán. La Academia Sueca aceptó su dictamen: no tenían en demasiada estima a Einstein y ninguna intención de desairar a uno de sus más respetados miembros. Así que 1921 quedó “desierto” porque, según los científicos suecos, ningún candidato cumplía los criterios para recibirlo. Fue al año siguiente, cuando se incorporó un profesor de física teórica llamado Carl Wilhelm Oseen –un hombre arrogante y pretencioso que desde entonces dominaría el comité durante más de dos décadas–, que se decidió concederle el premio con carácter retroactivo. Pero Oseen no se creía la relatividad y quiso dar un tirón de orejas al genio premiando otro de sus grandes trabajos (pero inferior alcance): la explicación del efecto fotoeléctrico. La ceremonia se celebró en 1922 y Einstein no pudo, o no quiso, asistir.

Psicología evolucionista: ¿Tenemos una mente anclada en la Edad de Piedra? (I)

6 febrero 2013

La publicación de El Origen de las Especies en 1859 nos arrebató nuestra posición privilegiada en la naturaleza y nos bajó del pedestal celestial al demostrar que tenemos el mismo antepasado que el mono, el perro o la rata. Que el ser humano esté sometido a las mismas fuerzas que el resto de los seres vivos del planeta -en particular a la selección natural- es un sapo que a muchos les es difícil tragar. Para ellos somos más que simple materia; hay en nuestro interior algo que nos hace diferentes de los animales, divinos incluso. Uno de los científicos que se negó a aceptar que las fuerzas de la evolución actuaran sobre el ser humano fue, sorprendentemente, uno de sus descubridores, Alfred Russel Wallace. Según el historiador de la ciencia (y cantante, que protagoniza el musical Charles Darwin: Live & in Concert) Richard Milner “con los insectos o las aves era más riguroso que Darwin al aplicar el principio de la selección natural, pero cuestionaba su eficacia en los humanos”. Para Wallace el ser humano tiene “algo que no proviene de sus progenitores animales, posee una esencia o naturaleza espiritual que sólo halla una explicación en el invisible universo del espíritu”.

En la actualidad, y salvo algunos que viven inmersos en el submundo del fundamentalismo religioso, ningún científico está de acuerdo con Wallace. Al menos en lo que a la evolución biológica se refiere. ¿Pero y nuestro comportamiento? ¿Están nuestros actos guiados por mecanismos similares a los de la evolución biológica? El propio Darwin apuntó el camino en su revolucionario libro. Lo llamó selección sexual, la cual “depende, no de la lucha por la existencia, sino de una lucha entre los machos por la posesión de las hembras; el resultado no es la muerte del perdedor, sino que éste deja muy poca o ninguna descendencia”. De aquí a entender nuestra forma de ser y actuar está basada en las relaciones con el otro sexo solo hay un paso.

El psicólogo Geoffrey Miller de la Universidad de Nuevo México ha recorrido ese camino y en su libro The mating mind propone la hipótesis de que muchos de los comportamientos humanos no reportan ningún beneficio en la lucha por la supervivencia. El humor, la música, la literatura, el arte… son, en realidad, adaptaciones favorecidas por la selección sexual. Dicho de otro modo, existen porque queremos llamar la atención y obtener los favores del sexo opuesto: son nuestra particular cola del pavo real.

Y no sólo eso. En una nueva vuelta de tuerca Miller propone que incluso el acto de ir de compras tiene una componente evolutiva: en una serie de experimentos encontró que la gente era más proclive a invertir dinero y esfuerzo en productos como gafas de sol de diseño o relojes caros, y en actividades como irse de vacaciones a Europa, si antes se les había incentivado mostrándoles fotografías del sexo opuesto o narrándoles historias sobre citas amorosas. Por el contrario, las mujeres se volcaban en el voluntariado y otras actividades caritativas “que proporcionan a los hombres una señal de alta conciencia moral, como si demostraras tu preocupación por los agricultores del tercer mundo gastándote un poco más de dinero en café de comercio justo en el Starbucks”, añade socarronamente.

Según Miller, la lección a aprender de este enfoque evolutivo es que no sirve para nada que te hayas gastado el dinero en ese reloj o en ese bolso. “El espejismo fundamental del consumista es creer que sus compras influyen en cómo le tratamos”. El edificio de las marcas descansa en la fantasía de que a todos los demás les importa lo que compramos: no es casualidad que los adolescentes narcisistas sean los más obsesionados por las marcas.

El discurso de Miller se enmarca en lo que se conoce como psicología evolucionista. En palabras de dos de sus máximos representantes, Leda Cosmides y John Tooby, directores del Centro de Psicología Evolucionista de la Universidad de California en Santa Bárbara, su objetivo es “descubrir y entender el diseño de la mente humana… es una aproximación a la psicología en el cual los principios de la biología evolutiva se utilizan para investigar la estructura de la mente humana”. Dicho de otro modo, es una forma de atacar el problema del comportamiento humano.

Para los psicólogos evolucionistas “todo lo que evoluciona requiere dos explicaciones: una basada en la supervivencia y la reproducción (la causa última) y otra basada en los mecanismos que causan que ese rasgo se exprese (la causa próxima)”, afirma David Sloan Wilson de la Universidad de Nueva York en Binghamton. Esta postura exige cierta explicación pues a veces es malentendida. Es obvio que ningún organismo se comporta de modo que quiera maximizar sus posibilidades de supervivencia; lo que le motiva es la búsqueda de comida, evitar el peligro o el cuidado de su prole. “Y son estos mecanismos próximos que le funcionan tan bien en un determinado ambiente los que pueden hacerlo espectacularmente mal en otro diferente”, añade Wilson. De este modo, y esta es una idea central de la psicología evolucionista, “no debemos esperar que nuestros comportamientos adaptativos funcionen bien en ambientes modernos”.

Para desarrollar sus ideas los psicólogos evolucionistas parten de un modelo de funcionamiento de la mente de tipo modular. Como explica Steven Pinker, “la mente está organizada en módulos u órganos mentales, cada uno con un diseño especializado que lo convierte en experto en una determinada área de interacción con el mundo”. Luego nuestra mente es un conjunto de miles de “miniordenadores” genéticamente preprogramados para resolver un aspecto particular relacionado con la supervivencia o la reproducción. Estos módulos o “circuitos cerebrales” aparecieron en nuestra mente en un determinado momento de la evolución y allí se quedaron: son como los “genes del comportamiento”. Desde entonces han sido modelados por la selección natural, y al ser hereditarios componen lo que podríamos definir como la naturaleza humana universal. Ahora bien, estos módulos evolucionaron entre hace 1,8 millones de años y 10.000 años, durante el Pleistoceno, y es justo entonces donde nos hemos quedado anclados. Quienes mejor lo han expresado han sido Cosmides y Tooby: somos una mente de la Edad de Piedra encerrada en un cráneo moderno.

(Publicado en Muy Interesante)

¿Estás ahí? El espiritismo ante la ciencia (parte II)

21 enero 2013
Pinchando en la imagen puedes ver la segunda parte del documental

Pinchando en la imagen puedes ver la segunda parte del documental

La búsqueda de una confirmación experimental de que podemos contactar con los muertos tuvo su particular revolución en el verano de 1959, cuando un pintor de origen ucraniano y aficionado a la ornitología, Friedrich Jürgenson, descubrió, tras grabar el canto del mirlo y del pinzón, que en los espacios en blanco podían escucharse lo que parecían voces humanas. Era muy extraño pues no había nadie por los alrededores. El fenómeno siguió sucediendo, a veces incluso superpuesto a los cantos de las aves. Una vez la voz de una mujer le llamó por su nombre, era su propia madre difunta que le decía: “Friedrich, estás siendo observado. Friedel, mi pequeño Friedel, ¿puedes oírme?”. Acababa de grabar sus primeras psicofonías.

Así lo cuentan los defensores de lo paranormal. Sin embargo, una cosa es la leyenda y otra la realidad. Contado de esta forma parece un descubrimiento totalmente casual. Pero la historia no es tan inocente como la presentan. El propio Jürgenson reveló que en el invierno de 1958 ya había hecho algunos experimentos “preliminares” tras un “intenso deseo de establecer un contacto electrónico con algo o alguien desconocido”.

Además de estas grabaciones, Jürgenson desarrolló un nuevo método de comunicación usando la radio: movía lentamente el dial hasta encontrar la frecuencia en la que ‘transmitían’ los espíritus. Pero tenía truco, pues no lo hacía intuitivamente sino que contaba con la ayuda de su “guía” espiritual, una tal Lena que, cuando el dial pasaba por el lugar adecuado, le susurraba desde el más allá “ahora”.

Antonio Tausiet da vida a Friedrich Jürgenson

Antonio Tausiet da vida a Friedrich Jürgenson

Pero había un problema: las supuestas grabaciones de voces del más allá no eran claras y diáfanas, sino todo lo contrario. Los “mensajes” eran casi inaudibles, como un sonido muy poco por encima del nivel del ruido, de manera que había que escucharlos varias veces para intentar averiguar qué era lo que decían. Por eso no resulta sorprendente descubrir que a los espiritistas las psicofonías no les convencían. Tanto que en la revista espiritista Light decían que si esas voces venía de espíritus descarnados entonces debían ser “de un bajo nivel” pues “muchas de esas grabaciones son frases cortas, triviales, inconsecuentes o sin sentido”. Incluso señalaban que no había que descartar que se las supuestas frases no fueran otra cosa que simple ruido.

El mazazo final a las grabaciones de Jürgenson y las que haría poco después el gran divulgador de las psicofonías, el alemán Konstantin Raudive, se lo dio en 1972 D. J. Ellis. Gracias a la Perrot-Warrick Studentship, administrada por el Trinity College de la Universidad de Cambridge, pudo estudiar las grabaciones en bruto de las mejores psicofonías disponibles. Tras dos años de trabajo y análisis su conclusión fue que “no hay razón para postular otra cosa que no sean causas naturales: fragmentos de emisiones de radio, ruidos mecánicos y comentarios de personas pasados por alto. Todo ello unido a una imaginación desbordada y el deseo de escuchar lo que uno quiere escuchar”.

Jürgenson buscando voces de muertos

Jürgenson buscando voces de muertos

Lo que Ellis encontró es que las supuestas voces de espíritus no era más que un ejemplo de lo que se conoce como pareidolia. Todos nosotros la hemos experimentado al ver formas de animales en las nubes o gente vigilándonos en las sombras de la noche. También hay ejemplos más llamativos, como aquellos que vende un bocadillo mordisqueado por internet porque allí aparece la cara de Jesús, o quienes encuentran a la Virgen en un jamón de Teruel.

MUY INTERESANTE ha querido comprobar hasta qué punto la pareidolia puede dar cuenta de lo que se escucha en las psicofonías. Para ello usamos grabaciones de dos psicofonías reconocidas como tales por los defensores de lo paranormal. Es importante señalar que no se trataba de las grabaciones en bruto, sino de las que ya habían sido manipuladas para “resaltar” las voces grabadas. El experimento consistía en dárselas a escuchar a tres parejas de personas. A la primera se la aleccionó previamente diciendo que las psicofonías eran, en general, ruidos que se confunden con voces. A la segunda se le dijo que eran verdaderas voces de espíritus y a la tercera, simplemente, que debían intentar indentificar lo que se escuchaba en las psicofonías.

Terminado el experimento descubrimos que la pareidolia explica perfectamente el fenómeno. Ninguna pareja coincidió con las otras en el contenido de las supuestas voces. Esto demuestra que las grabaciones, incluso habiendo sido manipuladas informáticamente para resaltar las “voces”, eran absolutamente initeligibles: es la misma situación que ver animales en las formas de las nubes. La inteligencia que crea esas voces no está en la grabación, sino en quien la escucha.

Comprobando si las psicofonías es un ejemplo de pareidolia

Comprobando si las psicofonías es un ejemplo de pareidolia

Pero lo más interesante fue descubrir lo fácil que es inducir lo que queríamos que escucharan. Una de las psicofonías usadas había sido grabada por aficionados a lo paranormal en un pueblo emblemático del mundo de lo misterioso: Ochate, en el Condado de Triviño. La pareja a la que se le había dicho que las psicofonías solo eran ruidos no identificaron voces humanas sino el sonido del viento mientras que las otras escucharon voces, aunque ininteligibles.

La segunda psicofonía había sido grabada en la Facultad de Bellas Artes de Sevilla. A la pareja que se le dijo que las psicofonías eran reales se les proporcionó una información adicional: se decía que en ese sitio había una presencia que no quería a nadie en ese lugar. Ambos reconocieron “iros de aquí”, exactamente lo que los aficionados a lo paranormal afirmaban que se decía. Las otras dos parejas no escucharon esa frase.

La conclusión es simple: ni la ouija ni las psicofonías son prueba de que exista vida después de la muerte ni de que podamos comunicarnos con ese “otro lado”. ¿Qué nos queda? Dejemos hablar a la fundadora del espiritismo Margaret Fox. El 24 de Septiembre de 1888 afirmó en una entrevista al New York Herald: “El espiritismo es, desde el principio hasta el final, una superchería, la superchería más grande del siglo”. Un mes más tarde, en la Academia de Música de Nueva York, ante centenares de testigos y todos los periódicos de la ciudad, las hermanas Fox reprodujeron los golpes de espíritus que le pidieron ¡haciendo crujir el dedo gordo del pie! Los espíritus de las fundadoras del espiritismo no eran otra cosa que crujidos de huesos.

Lo decía Harry Houdini: "Cualquiera puede hablar con los muertos, pero ellos no contestan"

Lo decía Harry Houdini: “Cualquiera puede hablar con los muertos, pero ellos no contestan”

 

(Publicado en Muy Interesante)

¿Estás ahí? El espiritismo ante la ciencia (introducción)

14 enero 2013

“Lo estamos pasando muy mal”, dijo Ana con voz temblorosa. Con otros tres voluntarios estaba participando en una sesión de ouija. Habían empezado sobre las once de la noche en una antigua fábrica de chocolate de Zaragoza. Todo se había hecho según los cánones de las sesiones de espiritismo: primero se habían cogido de las manos durante un minuto y luego habían puesto los dedos sobre el vaso a la espera de que alguna ‘presencia’ contestara a las preguntas que habían lanzado al aire: “¿Estás ahí?”, “¿Nos conoces?”, “¿Hay alguien?”. Tras 20 minutos de quietud, cuando los ánimos ya flaqueaban al pensar que no iba a pasar nada, el vaso empezó a moverse. El susto fue monumental. “¡Te juro que casi ni tenía el dedo encima!”, dijo otra participante. Poco a poco esa presencia fue contestando a las preguntas que le planteaban. Se llamaba Laura y había trabajado en esa fábrica. Por suerte no le había pasado nada allí ni había muerto en ese lugar. Por alguna razón que se les escapaba, estaba ligada a esa fábrica. Ningún participante tenía duda alguna: habían contactado con el espíritu de una persona fallecida.
En realidad, se equivocaban.

¿Estás ahí? El espiritismo ante la ciencia

29 octubre 2012

 

“Lo estamos pasando muy mal”, dijo Ana con voz temblorosa. Con otros tres voluntarios estaba participando en una sesión de ouija. Habían empezado sobre las once de la noche en una antigua fábrica de chocolate de Zaragoza. Todo se había hecho según los cánones de las sesiones de espiritismo: primero se habían cogido de las manos durante un minuto y luego habían puesto los dedos sobre el vaso a la espera de que alguna ‘presencia’ contestara a las preguntas que habían lanzado al aire: “¿Estás ahí?”, “¿Nos conoces?”, “¿Hay alguien?”. Tras 20 minutos de quietud, cuando los ánimos ya flaqueaban al pensar que no iba a pasar nada, el vaso empezó a moverse. El susto fue monumental. “¡Te juro que casi ni tenía el dedo encima!”, dijo otra participante. Poco a poco esa presencia fue contestando a las preguntas que le planteaban. Se llamaba Laura y había trabajado en esa fábrica. Por suerte no le había pasado nada allí ni había muerto en ese lugar. Por alguna razón que se les escapaba, estaba ligada a esa fábrica. Ningún participante tenía duda alguna: habían contactado con el espíritu de una persona fallecida.

En realidad, se equivocaban.

¿Tenemos alguna prueba de que exista el más allá? ¿Se comunican los muertos con nosotros? Este ha sido el objetivo de un documental estrenado el pasado día 25 en la versión iPad de la revista Muy Interesante y que que ha sido producido por la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT), Albireo Cultura Científica, SinTregua, CosmosFan, Science Media Raccord y Muy.

En este documental se han hecho las cosas sin trampa ni cartón, sin recreaciones de supuestos sucesos misteriosos, como normalmente hacen los programas dedicados a lo paranormal. Aquí los experimentos realizados son reales con voluntarios reales, no reconstrucciones ni representaciones. La apuesta arriesgada era pues el resultado final está en el aire: el universo es como es, no como a nosotros nos gustaría que fuera. Y éste era el segundo objetivo del documental: mostrar cómo se realiza una verdadera investigación empleando la mejor arma de que disponemos, una forma de investigar que durante más de 500 años ha demostrado su capacidad para discernir el funcionamiento del mundo que nos rodea: el método científico.

Una tarde ante la tele

15 junio 2012

Yo no veo ninguna cadena de televisión. Sí veo la tele, que la uso como una pantalla de cine: veo documentales, pelis y series grabadas, pero ningún programa. Podría ver en “directo” mis teleseries pero me resulta insoportable que un capítulo de 41 minutos dure casi hora y media por culpa de los anuncios. Aún así, ayer hice un experimento para esta columna: estar más de media tarde ante lo que los jerifaltes de las televisiones dicen que reclaman los televidentes.

Durante la experiencia mi cerebro me habló como hace el de Homer Simpson: me aburro. Aunque descubrí algunas cosas interesantes. La primera fue los anuncios, y no por la sobrevalorada habilidad de las agencias de publicidad de colocarnos productos irrelevantes. Más bien porque me demostraron que es el mejor argumento contra todos aquellos intelectuales y politicastros anticientíficos de medio pelo: miren los 20 minutos de publicidad seguidos que nos regalan las televisiones privadas y cuenten el número de anuncios en los que se “vende” un producto donde no intervenga para nada la ciencia. Según mi pequeño experimento, menos del 5%. Eso sí, la ciencia patológica –cuando no pseudociencia- al servicio del marketing ocupa el 87%, con Danone y sus “alimentos saludables” en la pole position. ¿Que la comunicación veraz y honesta ciencia no es importante? ¿Que tener una mínima base de la ciencia más elemental no es relevante para el ciudadano? ¡Vean los anuncios de la tele!

Después vienen los informativos, la prueba palpable de la muerte del periodismo. Se han convertido en la versión audiovisual de El Caso. Y no es algo reprochable, pero que no los llamen informativos. Las noticias “de verdad” ocupan 7 minutos de los casi 50 dedicados a la morbosa complacencia de la sordidez humana. Y ahí incluyo la media hora de fútbol -que no deporte- donde nos informan hasta del divieso que ha salido en el cogote de ese jovenzuelo millonario que, cada semana en calzones, se dedica a patear un balón para regocijo del respetable.

Y los programas de producción propia… dejémoslo estar. Como decía Mafalda, en la mayoría lo fascinante es el esfuerzo que hacen las productoras por no caer en las garras de la inteligencia. Sin olvidar que un programa de éxito parece que exige una o más tías buenas en la parrilla de presentadores.

A veces, para justificar su propia mediocridad, los directivos de las televisiones dicen que ofrecen aquello que sus televidentes reclaman. Permítanme dudarlo. No creo que los ciudadanos de un país que tiene a MUY, una revista de ciencia popular, como tercer revista más vendida de España pidan que se les trate como gañanes descerebrados. Los concursantes de Gran Hermano son una excepción, no la norma.

(Publicado en Muy Interesante)


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