Archive for the ‘Ciencia cotidiana’ category

Adulterio y la enfermedad de Huntington

11 marzo 2014

Una señora que rondaba los cincuenta, llamémosla Cooper, fue a visitar al neurólogo norteamericano Harold Klawans. Estaba preocupada por su segundo hijo, Walter. En cuanto le dijo que a sus 28 años Walter se tambaleaba y sufría de convulsiones y sacudidas, que había dejado de leer y sólo veía los programas infantiles de la televisión, Klawans sospechó el diagnóstico. Incluso durante la consulta Walter fue incapaz de mantenerse quieto. El escáner confirmó las sospechas del neurólogo: Walter sufría de corea de Huntington, una enfermedad genética inevitable que aparece en la edad adulta.
Para confirmar el diagnóstico, Klawans buscó en el árbol familiar otros casos pues la mayoría de los enfermos de Huntington lo son porque lo han heredado de sus padres. La madre de Walter estaba bien, al igual que sus padres. Su padre había vivido hasta los 77 años y su madre tenía 83. Quizá la enfermedad viniera de la familia de su marido. Éste había muerto a los 43 años en un accidente de caza, algo consistente con la enfermedad pues el suicidio y la muerte prematura son habituales entre quienes padecen la enfermedad. Pero el difunto señor Cooper no había tenido convulsiones, depresiones, ni la pérdida de memoria ni los cambios de personalidad asociados a la enfermedad de Huntington.
La ansiedad de la señora Cooper era evidente: tenía otro hijo y dos hijas. ¿Corrían ellos el mismo riesgo? Klawans le dijo que sí. Meses después la señora Cooper regresó a la consulta del neurólogo visiblemente afectada. Había consultado a un genetista y le dijo que el Huntington era una mutación espontánea y que tales mutaciones sucedían a un tercio del total de los que sufren la enfermedad. Casi histérica, la señora Cooper gritaba sin compasión a Klawans. El médico, muy sensatamente, no le dijo que esa mutación espontánea se daba una vez entre un millón y que, por supuesto, el adulterio era bastante más común.
El neurólogo pensaba que el padre de Walter era ilegítimo. Como muchos otros, se deprimió por efecto de la enfermedad o por reacción a ella. Entonces marchó de caza y se mató. Lo peor que pudo hacer Klawans es comentarle estos pensamientos a la señora Cooper; le llamó bastardo. Dos días después recibió una carta de la enfadada madre: era una disculpa. El neurólogo tenía razón, pero se había equivocado en una generación. El difunto señor Cooper no era el padre de Walter. Era cierto que él se había suicidado pero no por culpa del Huntington. Durante una discusión ella le había confesado que él no era el padre de su hijo, sino un vecino que había muerto atado a la cama de un hospital. Ahora se enfrentaba a un importante dilema: confesar a sus hijos su adulterio o dejar que vivieran bajo el temor de una terrible enfermedad.
Harold Klawans se compadeció de la pobre mujer y escribió una carta donde afirmaba que la enfermedad de Walter había sido debida a una mutación espontánea.

De los bombones a la Luna

25 noviembre 2013

El aluminio es uno de los materiales más utilizados y más conocidos, pero nadie recuerda la tremenda lucha que los científicos mantuvieron para encontrar un método eficaz que lo extrajera de la bauxita, el mineral donde se encuentra.

Este problema llamó la atención de un estudiante de química llamado Charles Martin Hall, que lo sumió como un reto personal y se entregó a él en cuerpo y alma en su último año en la universidad de Oberlin.

Hall estaba convencido de que para extraer el aluminio tenía que utilizarse la electricidad. Algo nada descabellado, pues durante años los químicos la habían utilizado para identificar elementos químicos. Construyó una batería improvisada y un horno en la leñera, justo detrás de su casa, y allí fundió un material llamado criolita al que añadió la bauxita. Hall descubrió que en el horno la bauxita se disolvía en la criolita. Fue entonces cuando decidió hacer pasar una corriente eléctrica por la mezcla y, para su eterno regocijo, descubrió que se producían unos glóbulos plateados. ¡Era aluminio! En cuanto las bolitas del preciado metal se enfriaron lo suficiente para poder cogerlas con la mano, Hall se las llevó triunfante a su profesor. Era el 23 de febrero de 1886.
Unos pocos meses más tarde, un francés de nombre Heroult concibió la misma idea, pero Hall ya había patentado el proceso. La Compañía de Aluminio Americana convirtió en proceso industrial el descubrimiento de Hall convirtiéndolo en un hombre rico. Parte de su fortuna la legó a su alma mater, el Oberlin College, donde hizo su descubrimiento. Y allí se encuentra una estatua suya en el edifico de química, por supuesto de aluminio, como recuerdo imperecedero a quien fue capaz de extraer de la roca uno de los materiales necesarios para nuestro mundo tecnológico.

Pero la historia no termina aquí. En 1903 otro joven llamado Richard S. Reynolds empezaba a trabajar para su tío, el rey del tabaco R. R. Reynolds. Por entonces los cigarrillos y la picadura se protegían de la humedad con láminas finísimas de estaño. Richard vio claramente una oportunidad de negocio y, tras aprender todos los vericuetos de esa tecnología, se estableció 16 años más tarde en Kentucky, la patria del bourbon. Allí creó una empresa que suministraba papel de estaño tanto a la industria tabaquera como a la confitera, que también lo usaba porque creía que protegía mejor sus productos que el papel de parafina.

Entonces Reynolds se fijó en el aluminio. Cuando a finales de los años 20 el precio del aluminio cayó en picado, Reynolds decidió adoptarlo como envoltorio para los dos productos que más placer provocan a gran parte de la humanidad: el tabaco y los bombones.

Ligero y anticorrosivo, Reynolds vio en el aluminio el metal del futuro y muy pronto ofreció al mercado una larga lista de productos: estructuras de aluminio para puertas y ventanas, embarcaciones y hasta una batería de cocina. No obstante, el producto estrella de Reynolds apareció en 1947 y desde entonces no falta en ninguna cocina: una lámina de aluminio de una o dos centésimas de milímetro de grosor, el papel de plata. Fino, inoxidable e inofensivo, como metal permite el paso del calor pero no deja pasar la luz, impidiendo sus efectos perniciosos en los alimentos.

El aluminio saltó el límite de la cocina y se instaló en prácticamente todos los campos de la sociedad: la industria espacial, la construcción, las comunicaciones, el envasado o la medicina son buenos ejemplos de la versatilidad de un metal que pudimos extraer de su entorno natural gracias a un estudiante que experimentó con un trozo de bauxita, una batería improvisada y un horno en la leñera justo detrás de su casa.

Comerciantes de esperanza: de los curanderos al Reiki

12 septiembre 2013

Del 31 de octubre al 2 de noviembre de 2011 se celebró en la ciudad de Trujillo, en el norte de Perú, el I Encuentro Internacional de Curanderismo “Ciencia Ancestral de la Salud”. Fue un encuentro peculiar pues en él participaron tanto curanderos de diferentes países, principalmente peruanos, como historiadores y antropólogos. Según el presidente del comité organizador, el arqueólogo Régulo Franco, “de esta manera intentamos rescatar los saberes de la medicina tradicional de los Moche y de todas las culturas del mundo andino prehispánico”.

Sin embargo esta voluntad de salvaguarda de la tradición médica indígena como parte de la cultura quedó relegada a un segundo plano. Por todo el encuentro planeó una visión mítica e idealizada de las épocas pasadas, y en particular la precolombina, que la mayoría de los participantes consideraba “más pura e integrada en la Naturaleza”. “La medicina y la ciencia de hoy deriva justamente de esos conocimientos muy antiguos”, afirmaba un participante. “La llamada medicina tradicional no es otra cosa más que la sabiduría ancestral obtenida de coexistir en equilibrio con la propia naturaleza”.

Esta postura se engarza en una de las corrientes más difundidas del esoterismo que empezó a finales del siglo XIX. Afirma que las civilizaciones antiguas poseían unos conocimientos más profundos y avanzados que los nuestros. De ahí se sigue que su medicina es superior a la científica. Sin embargo, no es así. En realidad, el verdadero motivo de existencia del curandero o chamán no es ser el médico del pueblo, sino el de intermediario con el mundo de los espíritus. Su rasgo más característico es “la práctica de la oración y la fuerte fe en Dios, y creen que los malos espíritus quieren apoderarse de las personas si tienen la sangre débil, y por eso hay que vencerlos”, dice la periodista Jaquelin Dunaiewsky.

Lo que subyace a esa sabiduría ancestral es la manera en que el curandero ejerce un control efectivo sobre el mundo sobrenatural, en una lucha continua contra los espíritus malignos que se apoderan del alma del enfermo. De este modo el curandero gana la confianza –y en ocasiones el respeto temeroso- de su gente: creen que tiene un don divino para curar. Dios puso en la tierra hierbas medicinales y después escogió a ciertas personas “para canalizar Su gracia curativa”. ¿Cómo se ponen en contacto con ese mundo sobrenatural? A través de plantas alucinógenas como la ayahusca, el peyote o la wachuma. Esta última, también conocida como cactus de San Pedro, “nos lleva a conectarnos directamente con lo Divino y después nos cura y nos abre la conciencia para el autoaprendizaje”, dice Agustín Guzmán de la ONG peruana Comunidad Tawantinsuyu. Los rituales están perfectamente definidos y son un sincretismo entre la tradición precolombina y la cristiana pues, a pesar referirse continuamente a esa “sabiduría ancestral”, no ha sobrevivido ningún ritual anterior a la conquista española.

El curanderismo que existe en Occidente poco tiene que ver con estas prácticas antiquísimas de las que ha bebido. Para quienes lo practican en Europa y Norteamérica la prueba definitiva de su eficacia es su antigüedad. Sin embargo, no puede venderse a la sociedad cargada de su cosmovisión. Para que estas prácticas sean digeribles por nosotros se las saca de contexto, quitándole todo aquello que suene a mitología no-occidental y les dan una pátina de pseudofilosofía Nueva Era, el entorno natural del curanderismo occidental.

El curandero netamente occidental no suele beber con profusión de estas “fuentes ancestrales” sino que le basta con aludir a Dios o a extrañas fuerzas cósmicas para justificar el origen de su capacidad para curar. Aunque también los hay que, simplemente, afirman no saber de dónde les vienen sus poderes. Así se publicita, por ejemplo, un curandero argentino: “Lo único que necesito para sanar es tener a la persona frente a mí; de no ser posible necesito el nombre, la fecha de nacimiento y una foto para saber lo que tiene, lo que le está pasando y darle lo que está necesitando de la naturaleza para su sanación y bienestar”. Y sin ningún tipo de pudor llega a afirmar que “mis dones los he dirigido hacia la salud de las personas y los preparados que he logrado realizar equivalen a más de 100 quimioterapias juntas”.

Aquellos de sus defensores que quieren mantener cierto tipo de credibilidad científica no pueden aceptar públicamente que ese don venga de Dios o de un extraterrestre. Así que para justificar a los curanderos algunos defienden que su “poder” de sanación le viene dado porque actúan sobre las carencias emocionales de los pacientes. El psicólogo Francisco Gavilán asevera que “el curandero es el catalizador de esas necesidades. A partir de ahí se empiezan a ver los resultados. Se inicia un proceso de aceleración de curación, o que promueve la curación”. Una afirmación gratuita que adolece de lo mismo que aquello que trata de defender: demostración empírica.

Sin embargo, desde mediados del siglo XX el clásico curandero ha ido disminuyendo en su número y ha dejado el paso franco a un nuevo tipo que apela a cierta energía invisible e indetectable que anima a los seres vivos, en lo que es una reinterpretación de la fuerza vital decimonónica: son las sanaciones energéticas.

Entre las más populares se encuentra la que inventó en 1922 el japonés Mikao Usui: el Reiki. Usui tuvo su particular revelación meditando en el mote Kurama, en Kioto: allí adquirió la capacidad de canalizar esa energía vital que llena el universo. Sin embargo, su idea del Reiki no era la de un método de sanación sino una forma de enfocar la propia existencia de manera que condujera a la iluminación. En esencia era un estilo de vida centrado en una particular interpretación del budismo y el sintoísmo, uno de los muchos caminos que surgen a la sombra de las religiones tradicionales. Como sucede en el caso andino o amazónico, los sistemas de creencias están fuertemente anclados en las características culturales de los pueblos y son difícilmente exportables a otros con culturas diferentes. Su exportación a otras culturas como la occidental, exige despojarlos de su identidad más profunda y quedarse con los rituales y los actos instrumentales, para dotarles posteriormente de un sentido que en absoluto tiene relación con el original. En este caso fue la japonesa-norteamericana, afincada en Hawaii, Hawayo Hiromi Takata quien modificó este sistema filosófico para hacerlo aceptable a los ojos occidentales, centrándose menos en alcanzar el satori (la iluminación en el budismo zen) y más en lo que realmente le iba a reportar beneficios: el tratamiento de enfermedades.

Así, en la década de los 1970 cobraba la envidiable suma de 10.000 $ a quien quería obtener el grado de maestría en Reiki. Takata organizó y sistematizó al modo occidental (con niveles y grados de experiencia) el más intuitivo Reiki original. Desde entonces se han ido introduciendo variantes y añadidos que lo han convertido en una patética sombra de lo que fue.

Ahora el Reiki occidental es una variante exótica de la clásica imposición de manos donde el maestro canaliza esa inexistente energía universal y restablece su flujo en el cuerpo del paciente. Para el practicante del Reiki, como para los curanderos andinos, amazónicos o africanos, las enfermedades no obedecen al ataque de virus, bacterias u otros organismos infecciosos, ni por supuesto a problemas genéticos heredados. Como impone su cosmovisión cultural, se trata de “desavenencias” entre el mundo sobrenatural –ya sea en forma de espíritus o energías universales- y los seres humanos.

A pesar de todo, se ha intentado ver si realmente es eficaz. En 2008 se realizó una revisión sistemática de todos los ensayos clínicos aleatorios (los únicos que tienen validez a la hora de determinar la validez de una terapia) a los que ha sido sometido el Reiki. Publicada en la revista International Journal of Clinical Practice, la conclusión fue que no existe ningún fundamento para afirmar que sea una terapia válida para ninguna condición médica. Al año siguiente, la revista The Journal of Alternative and Complementary Medicine se decía que de los pocos estudios serios realizados sobre el Reiki no se desprende que sea una práctica efectiva en el tratamiento de enfermedades. A pesar de todo, sus defensores, como Larry Arnold y Sandra Nevins en su libro The Reiki Handbook, siguen afirmando que es útil para daños cerebrales, cáncer, diabetes y enfermedades venéreas.

(Publicado en Muy Interesante)

En la hora final

18 agosto 2013


Así podrá ser el proceso que sufriremos cuando nos llegue esa terrible hora en la que todo cesa. El proceso es tan variable como el de nacer y no hay manera de predecir ni la hora ni la forma exacta en que moriremos, pero los enfermos terminales experimentan síntomas similares a los descritos en el vídeo a medida que se aproximan al final de sus días, independientemente del tipo de enfermedad que padezcan.

Morimos porque vivimos. Los cambios emocionales que sufrimos en nuestros últimos momentos, tales como estar cada vez menos interesados en el mundo exterior y menos involucrados socialmente, suelen interpretarse como preliminares de lo que está por llegar: del mismo modo que el cuerpo se prepara físicamente para la muerte, también lo hace la mente.

A pesar de que la muerte es consecuencia inevitable de la vida, es una idea muy difícil de aceptar. Nos resistimos a desaparecer y nos molesta que el mundo siga existiendo una vez que nosotros no estemos.

En 1969 se publicaba Sobre la Muerte y los Moribundos de Kübler-Ross, una psiquiatra que pasó gran parte de su vida asistiendo a agonizantes. A ella le debemos la famosa teoría de los cinco estados previos a la muerte –negación, ira, regateo, depresión y aceptación– y fue unA llamada de atención a médicos y familiares de las especialísimas necesidades de los moribundos. Su singular sensibilidad y compasión le valió el respeto y la popularidad de la gente de la calle y de la clase médica.

Con su demostrada experiencia Kübler-Ross insistía que el momento de la muerte

no es ni terrorífico ni doloroso, sino un cese tranquilo del funcionamiento del cuerpo. Observar la sosegada muerte de un ser humano nos recuerda la visión de una estrella fugaz; de entre millones de estrellas en un inmenso cielo, una de ellas brilla más que ninguna durante un breve momento para desaparecer por siempre en la noche infinita.

Un detergente de castañas

18 julio 2013

Lo que se puede hacer con un kilo de castañas de indias…

El superjuego… matemático

3 julio 2013

No es raro escuchar a alguien decir que «las matemáticas nunca fueron mi fuerte» o «no me hables de matemáticas; yo soy de letras». Incluso a veces podemos escuchar a nuestro interlocutor vanagloriarse de que no tiene ni idea de matemáticas, que a él le basta con sumar y restar.

Por desgracia, las consecuencias del anumerismo matemático son graves. La vida cotidiana está repleta de situaciones donde un conocimiento elemental de matemáticas resulta fundamental para tomar una decisión adecuada. Esto es especialmente exagerado en nuestra percepción de la probabilidad. Un ejemplo lo tenemos en la llamada «falacia del jugador». Supongamos que en la ruleta de un casino ha salido seis veces seguidas el color rojo. Los jugadores suelen pensar que en la partida siguiente hay más posibilidades de que salga negro cuando en realidad hay la misma que antes, un 50%.

Esta ceguera ante las probabilidades es aún más marcada cuando queremos analizar situaciones de riesgo. Sabemos distinguir entre lo que no comporta ningún riesgo y lo que sí lo tiene. Sin embargo, somos incapaces de diferenciar entre un acto que tiene, por ejemplo, un 1/10.000 de riesgo de otro con un 1/100. Lo que nos preocupa no es si el riesgo es alto o bajo, sino que existe riesgo. Y aún más grave: mientras desechamos realizar ciertos actos porque comportan riesgo, asumimos otros donde el porcentaje de riesgo es mayor.

Y es que el ser humano no sabe estimar probabilidades de manera intuitiva; necesitamos aprender a hacerlo. Nuestro cerebro tiene la manía de hacernos creer que un acontecimiento es muy probable de que ocurra, no basándose en pulcros cálculos probabilísticos, sino por un motivo mucho más mundano: cuanto más fácil nos resulte imaginarlo mentalmente y cuanto más nos impresione emotivamente.

Alguien dijo una vez que en esta vida sólo hay dos cosas ciertas: la muerte y los impuestos. Y es verdad. El resto de las cosas nos pueden suceder… o no. En fin, que nuestra vida está gobernada por la probabilidad.

Sabido esto, lo que resulta más chocante es que no nos preocupemos realmente por entender lo que es la probabilidad. Ni tan siquiera sintamos la más mínima necesidad de saber estimarla, y eso teniendo en cuenta que el ser humano posee una innata incapacidad para interpretarla. A veces pienso que se trata de algo genético. Si no, les reto a que hagan el siguiente experimento con sus amigos.

A un grupo de ellos propóngale el siguiente problema. Imaginen que el gobierno está preparando un remedio para la famosa gripe A. Sus amigos forman parte del equipo que debe decidir entre dos tratamientos. De 600 personas, el tratamiento A salvará con certeza a 200. Del B hay una probabilidad de un tercio de que se salven las 600 y, por tanto, dos tercios de que no se salve ninguna. Ahora elijan qué tratamiento escogerían. Cuando esta pregunta se hizo a un grupo de personas el 72% escogió el programa A.

Ahora plantee este problema, pero con otro enfoque, a otro grupo de amigos. Dígales que con el programa A morirán con toda certeza 400 personas y con el programa B no morirá ninguna con un tercio de posibilidades y morirán las 600 con dos tercios. De nuevo, si se cumple el promedio, el 78% de las personas a quienes se les hizo esta pregunta escogió el programa B.

¿Cómo es posible que, siendo el problema idéntico, se opten por dos programas diferentes simplemente porque se ha presentado de manera distinta? Aún peor. A largo plazo ambos programas tienen el mismo resultado: se salvan 200 y mueren 400, luego resulta indiferente decantarse por uno o por otro.

Fenol, o cómo salir vivo de un hospital

20 noviembre 2012

A mediados del siglo XIX no era una buena idea ingresar en un hospital, y menos aún ser sometido a una intervenvión quirúrgica. Los hospitales eran una lugares horrorosos, oscuros y sin ventilación. Lo más seguro es que las sábanas en las que estabas acostado fueran las del paciente anterior, y que probablemente hubiera muerto en ellas. A pesar de que la anestesia apareció a finales de 1864, la mayoría de los pacientes consentían operarse como último recurso. Los cortes realizados solían infectarse y los cirujanos eran de la opinión que el pus era una buena cosa, pues indicaba que la infección estaba localizada y no invadía el resto del cuerpo. Así que se acostaba al enfermo de manera que el pus goteara al suelo desde la cama.

Muy pocos médicos apostaban por una limpieza continua; la mayoría eran partidarios de la teoría del miasma: según el gran químico Justus von Liebig la fermentación de la sangre en los cortes infectados producía unos gases venenosos que, saliendo del enfermo se extendían por la habitación hasta envenenar a otro paciente.

Joseph Lister era una de los pocos médicos que no se la creía. Había leído un artículo de Pasteur donde defendía la teoría de los gérmenes como origen de las enfermedades, algo que la mayoría de los médicos rechazaban con la apabullante sentencia de ‘si no puedes verlos es que no están’. Para Pasteur los microbios pululaban por todos lados y sus experimentos demostraban que se podía acabar con ellos hirviéndolos.

Como hervir a los pacientes no era algo recomendable, Lister se dedicó a pensar en otro método para eliminar los gérmenes. Y se fijó en el ácido carbólico, un subproducto del alquitrán de hulla que ya se había probado para tratar la infecciones quirúrgicas sin demasiado éxito. Lister perseveró y pudo probar sus método en un chico de 11 años que llegó a la Enfermería Real del Glasgow donde trabajaba con una fracturá múltiple.

Llegar con semejante problema a un hospital era llevar todos los boletos para acabar en el camposanto. Las roturas simples se podían recomponer sin cirugía, pero las múltiples –con trozos de hueso perforando la piel- eran campo abonado para las infecciones. Lister limpió cuidadosamente la zona dañada con gasas empapadas en ácido carbólico y luego la cubrió con una delgada lámina de metal doblada sobre la pierna para impedir su evaporación. La infección no apareció.

El ácido carbólico usado por Lister se obtenía destilando el alquitrán de hulla entre 170 y 230 ºC. Oscuro y de profundo olor, quemaba en la piel. Con el tiempo Lister aisló el principal constituyente del ácido carbólico, el fenol.

Así que se dispuso a prepara lo que llamó “cataplasma de masilla carbólica”, una mezcla de fenol con aceite de linaza y caliza en polvo. Esta pasta la colocaba sobre la herida proporcionando una barrera contra las baterias. Además, una solución muy diluída de fenol (una parte en 20-40) la usaba para lavar la herida, los intrumentos quirúrgicos y las manos del cirujano.
El fenol, que es tóxico incluso en soluciones diluídas, fue el primer antiséptico de la historia y cambió radicalmente el funesto panorama de los hospitales.

(Publicado en Muy Interesante)


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