Archive for the ‘Ciencia cotidiana’ category

Fenol, o cómo salir vivo de un hospital

20 noviembre 2012

A mediados del siglo XIX no era una buena idea ingresar en un hospital, y menos aún ser sometido a una intervenvión quirúrgica. Los hospitales eran una lugares horrorosos, oscuros y sin ventilación. Lo más seguro es que las sábanas en las que estabas acostado fueran las del paciente anterior, y que probablemente hubiera muerto en ellas. A pesar de que la anestesia apareció a finales de 1864, la mayoría de los pacientes consentían operarse como último recurso. Los cortes realizados solían infectarse y los cirujanos eran de la opinión que el pus era una buena cosa, pues indicaba que la infección estaba localizada y no invadía el resto del cuerpo. Así que se acostaba al enfermo de manera que el pus goteara al suelo desde la cama.

Muy pocos médicos apostaban por una limpieza continua; la mayoría eran partidarios de la teoría del miasma: según el gran químico Justus von Liebig la fermentación de la sangre en los cortes infectados producía unos gases venenosos que, saliendo del enfermo se extendían por la habitación hasta envenenar a otro paciente.

Joseph Lister era una de los pocos médicos que no se la creía. Había leído un artículo de Pasteur donde defendía la teoría de los gérmenes como origen de las enfermedades, algo que la mayoría de los médicos rechazaban con la apabullante sentencia de ‘si no puedes verlos es que no están’. Para Pasteur los microbios pululaban por todos lados y sus experimentos demostraban que se podía acabar con ellos hirviéndolos.

Como hervir a los pacientes no era algo recomendable, Lister se dedicó a pensar en otro método para eliminar los gérmenes. Y se fijó en el ácido carbólico, un subproducto del alquitrán de hulla que ya se había probado para tratar la infecciones quirúrgicas sin demasiado éxito. Lister perseveró y pudo probar sus método en un chico de 11 años que llegó a la Enfermería Real del Glasgow donde trabajaba con una fracturá múltiple.

Llegar con semejante problema a un hospital era llevar todos los boletos para acabar en el camposanto. Las roturas simples se podían recomponer sin cirugía, pero las múltiples –con trozos de hueso perforando la piel- eran campo abonado para las infecciones. Lister limpió cuidadosamente la zona dañada con gasas empapadas en ácido carbólico y luego la cubrió con una delgada lámina de metal doblada sobre la pierna para impedir su evaporación. La infección no apareció.

El ácido carbólico usado por Lister se obtenía destilando el alquitrán de hulla entre 170 y 230 ºC. Oscuro y de profundo olor, quemaba en la piel. Con el tiempo Lister aisló el principal constituyente del ácido carbólico, el fenol.

Así que se dispuso a prepara lo que llamó “cataplasma de masilla carbólica”, una mezcla de fenol con aceite de linaza y caliza en polvo. Esta pasta la colocaba sobre la herida proporcionando una barrera contra las baterias. Además, una solución muy diluída de fenol (una parte en 20-40) la usaba para lavar la herida, los intrumentos quirúrgicos y las manos del cirujano.
El fenol, que es tóxico incluso en soluciones diluídas, fue el primer antiséptico de la historia y cambió radicalmente el funesto panorama de los hospitales.

(Publicado en Muy Interesante)

Nitrato de celulosa, cine, bolas de billar y explosivos

7 noviembre 2012

Cargar una máquina fotográfica, sacar unas cuantas fotografías y llevarlas a revelar es algo que con la llegada del mundo digital ha quedado para ya obsoleto. Sin embargo, no se puede entender el desarrollo de la fotografía popular sin el famoso carrete, cuya invención se la debemos al norteamericano George Eastman. Un día de 1870 Eastman se despidió del banco donde trabajaba desde los catorce años porque no le concedieron el ascenso que esperaba. Decidido a establecerse por su cuenta, utilizó todos sus ahorros para convertirse en fabricante y comerciante de suministros fotográficos. Por aquél entonces hacer fotografías eran algo caro, cargante y largo. Los negativos eran placas de cristal, las cámaras eran monstruosas cajas de madera y se usaban baldes y baldes de productos químicos. Cuando Eastman lanzó su nuevo proceso al mercado el slogan publicitario rezaba: “Usted apriete el botón. Nosotros haremos el resto.”

Para ello Eastman mejoró una técnica ya en uso que consistía en impregnar un rollo de papel con gelatina y bromuro de plata. Se metía el papel en la cámara, se tomaba la foto, se revelaba, se colocaba la parte impresionada sobre un cristal y se despegaba el papel. Este proceso tenía sus problemas: el papel se rasgaba, la emulsión fotográfica formaba grumos y la imagen solía salir borrosa. Entonces llegó la solución. No se sabe si la idea original fue del propio Eastman o de un oscuro ministro episcopaliano llamado Hannibal Goodwin. Algunos dicen que los abogados de la familia Eastman arreglaron un trato con el clérigo por la bonita suma de cinco millones de dólares. El nuevo invento utilizaba tiras de un material flexible, transparente y no inflamable: el celuloide. Era una base inerte perfecta para los productos químicos fotográficos. Acababa de nacer la película fotográfica. Poco después Eastman sacaba al mercado una máquina lo suficientemente pequeña como para poder sostenerla con una sola mano: la bautizó con el nombre de Kodak.

Curiosamente en 1869, un año antes de que Eastman se despidiera de su trabajo, los fabricantes de bolas de billar Phelan y Collander ofrecieron un premio de 10.000 dólares a quien encontrase un sustituto del marfil. Todo porque a mediados del siglo XIX una gran cantidad de cazadores blancos recorrían África aniquilando elefantes. La razón para semejante esquilmación era una mezcla de diversión y negocio: el mercado de marfil en Europa y América se había triplicado en 30 años. Inglaterra importaba medio millón de kilos de marfil al año. Si un colmillo de elefante pesa del orden de los 30 kilos, sólo para cubrir las necesidades anuales inglesas debían exterminarse más de 8.300 elefantes.

El marfil no es que fuera un material estratégico necesario para la supervivencia de la industria británica. Más bien era vital para adornar las casas y jugar al billar. Las mejores bolas de billar se fabricaban con el corazón de los mejores colmillos de elefante. La escasez de elefantes en África era una mala noticia para los jugadores de billar. El imperio británico no podía detenerse por culpa de unos pocos elefantes.

La oferta llamó la atención de un par de impresores de Nueva York, John e Isaiah Hyatt. Tras muchos intentos y fracasos acabaron descubriendo que si mezclaban nitrato de celulosa con alcanfor se obtenía un material que era indis¬tinguible del marfil original. Fácil de modelar, duro, uniforme, resis¬tente al agua, aceites y ácidos, tratándolo convenientemente se le podía hacer parecer marfil, coral, ámbar, ónice y mármol. En 1870 Isaiah lo bautizó con el nombre de celuloide, el primer material termoplástico de la historia.

Sin embargo, la historia de este nuevo material no estaría completa si no nos remontásemos a 1833, cuando un químico francés llamado Henri Braconnot dedicaba parte de su tiempo a jugar en su laboratorio con ácido nítrico y patatas. Claro que a esto no se le llamaba jugar sino hacer experimentos en química vegetal. Poco tiempo después un profesor de la universidad de Basilea llamado Christian Schönbein realizaba el mismo tipo de experimento, pero sustituyendo las patatas por algodón hidrófilo y añadiendo ácido sulfúrico. El resultado final fue un nuevo tipo de arma: el nitrato de celulosa o también llamado algodón pólvora. Mezclado con éter se usó como antiséptico, como sustancia impermeable para gorros de piel y mezclándolo con alcanfor, calentándolo y retorciéndolo se convirtió en el celuloide de los Hyatt.

Estos hermanos vieron que podía sustituir al marfil en todas sus aplicaciones. Por ejemplo, a la hora de hacer dientes falsos para los dentistas. Debido al alcanfor, este marfil artificial tenía un olor penetrante, lo que aprovecharon para publicitarlo como un diente que olía a limpio. Claro que también tenía sus inconvenientes. En cierta ocasión uno de estos dientes explotó.
El algodón explosivo se convirtió en una nueva arma que hizo las delicias de los militares. Era tres veces más potente que la pólvora y no producía ni humo ni el destello típico del disparo, por lo que el enemigo no podía ver de dónde venía. El problema estaba en que era demasiado inestable. De vez en cuando las fábricas que lo producían explotaban inesperadamente, como en cierta ocasión cuando una de ellas estalló destruyendo por entero la ciudad de Faversham. Fue entonces cuando entró en escena Alfred Nobel. Mezcló el algodón de pólvora con éter y alcohol y creó la nitrocelulosa. Después le añadió nitroglicerina y serrín. En 1868 bautizó la mezcla con el nombre de dinamita.

(Publicado en Muy Interesante)

Meteduras de pata

24 octubre 2012

Decía el actor Peter Ustinov que la última voz que se escucharía en el mundo antes de desaparecer sería la de un experto diciendo “eso es técnicamente imposible”. Las meteduras de pata, cagadas, fiascos o errores son comunes al ser humano y por eso no están ausentes del mundo de la ciencia. Por supuesto hay errores que son producto de la ignorancia científica de la época, como cuando el astrónomo William Pickering dijo que los vuelos transatlánticos eran “completamente fantásticos, e incluso si pudieran hacerlos una o dos personas, los costes serían prohibitivos excepto para capitalistas que pudieran tener su propio yate”. Y remató la faena diciendo que como la resistencia del aire crece con el cuadrado de la velocidad “los vuelos nunca tendrían una velocidad comparable a la de nuestras locomotoras”.

Los hay que son producto de una ciencia mal digerida o motivados por decisiones políticas mientras que otros se pueden achacar a la inherente estupidez humana en su más amplia acepción. Solo así se explica, por ejemplo, que científicos del Institute for Animal Health de Edimburgo malgastaran 200.000 libras del erario público para ver si la enfermedad espongiforme bovina -las famosas vacas locas- se había saltado la “barrera de especie” pasando a las ovejas. Lo que lo convierte en una película de los hermanos Marx es que ese equipo científico estuvo estudiando durante cinco años cerebros de vacas creyendo que eran de ovejas.

Los prejuicios también explican muchas meteduras de pata, como pasó con la molécula de la herencia, el ADN. Descubierto en 1869, durante décadas se pensó que no servía para nada. Los genetistas estaban convencidos que la herencia se encontraba oculta entre los pliegues de las proteínas. Para estos científicos la molécula del ADN era demasiado simple para ser la depositaria de la vida. Una creencia que se mantuvo cerrilmente durante la primera mitad del siglo XX a pesar de que Ostwald Avery publicara en 1944 un artículo demostrando todo lo contrario a partir de una serie de cuidadosos experimentos sobre una cepa bacteriana que infectaba a los ratones. Los biólogos no se lo creyeron. Como alguien comentó, “el ADN es una sustancia estúpida, incapaz de hacer nada concreto o específico”. Únicamente a James Watson y a dos outsiders de la biología, el químico Erwin Chargaff y el físico Francis Crick, el trabajo de Avery les pareció revolucionario.

(Publicado en Muy Interesante)

Semillas para la eternidad

26 junio 2012

La próxima vez que acuda a comprar al mercado o al súper deténgase en la verdulería y cuente los tipos de lechugas que ve; seguro que no van más allá de ocho. ¿Sabía que en el Banco de Germoplasma del Centro de Investigación y Tecnología Agroalimentaria (CITA) del Gobierno de Aragón se conservan semillas de más de 800 lechugas diferentes y de 3.000 tomates? ¿Qué en el Centro de Conservación y Mejora de la Agrodiversidad Valenciana (COMAV) hay 600 tipos de melones distintos?

Un Banco de Germoplasma sirve para lo mismo que un banco de esperma humano: guardar genes. Claro que el objetivo es bien diferente, y no sólo por el interés del segundo de hacer negocio. La misión de un banco hortícola es el de crear una fuente de variabilidad genética para la mejora de la agricultura en un futuro no demasiado lejano. Estamos hablando de investigación, no de una casa de semillas.

España cuenta con diversos bancos repartidos por las diferentes comunidades autónomas. Desde el punto de vista hortícola los dos más importantes son el aragonés y el del COMAV de la Universidad Politécnica de Valencia. El banco aragonés, nacido en 1981, se encuentra “entre los 10 mejores del mundo”, comenta Miguel Carravedo, su responsable y alma mater. Que sea así es gracias a la devoción de este investigador, que durante muchos años se ha dedicado de forma incansable a la búsqueda de semillas en pueblos y fincas.

Estas expediciones recolectoras, que incluso han involucrado a su familia los fines de semana, han hecho que el banco de la Unidad de Tecnología de Producción Vegetal del CITA atesore más de 14.000 tipos distintos entre coles, sandías, melones, pepinos, calabazas, guisantes, judías, habas, cebollas, puerros, acelgas, pimientos, tomates… Y otras un poco más raras: borraja, cardo, nabo, oruga, mastuerzo, rábano, judiones, hacederas, cilantro… Esencialmente, su labor se centra en las especies menos utilizadas. Por su parte, el CMAV “colecta entre las variedades tradicionales usadas por los agricultores y las silvestres asociadas a estos cultivos”, añade María José Díez, que junto a Fernando Nuez dirige el banco valenciano.

Los técnicos e investigadores de estos centros son verdaderos Indiana Jones de las semillas: buscan contactos entre la gente vinculada al mundo de la agricultura, las agencias de protección agraria… “Pregunto si conocen a alguien que tenga el tipo de semillas que busco. Entonces vas, te presentas, hablas… Lo normal es que compren las semillas, pero hace años esto no era tan normal. Aunque hay especies que compran siempre, como el tomate, la cebolla, el pimiento… a veces encuentras un perejil que ya cultivaba su abuela, o un cardo… entonces les pido unas pocas semillas”, explica Carravedo. Nadie muere si alguien te recuerda. En este caso, cuando desaparezca esa abuela no morirá ese melón que cultivaba con mimo, porque quedará conservado. Los investigadores recogen esa semilla que lleva en los pueblos cientos de años para preservarla.

De regreso al banco, el investigador la cultiva –dicho técnicamente, la multiplica- de modo que de un gramo de semilla se obtienen 300. Después la evalúa. Por ejemplo, en el caso de las cebollas se mide la precocidad de maduración del bulbo (desde que está sembrado hasta que sale al comercio), su peso, longitud y anchura, la cantidad de sólidos solubles (en esencia, cantidad de azúcar)… A continuación se conserva. Para ello la semilla se encierra en un tarro hermético con gel de sílice (el mismo que encontramos en esas bolsitas que entregan al comprar algún equipo óptico) que absorbe la humedad, y se guarda en cámaras frigoríficas, entre 10 y 18 grados bajo cero. En estas condiciones la viabilidad de la semilla es de 100 años. “Esto es, que pasados 100 años, cuando haya muerto el hortelano que te la entregó, y tú y yo, aunque nadie la haya usado desde que la recogiste, no se ha perdido. Esta es la filosofía de todos los bancos del mundo”, afirma, no sin cierta emoción, Carravedo.

Claro que esto aún no se ha podido comprobar experimentalmente pues este afán recolector, no solo de especies hortícolas sino de plantas silvestres, comenzó a mediados del siglo XX, cuando se crearon los primeros bancos de semillas en San Petersburgo (Rusia), Fort Collins -el más grande del mundo- (EE UU) y Gatersleben (Alemania). Hoy existen 1.300 bancos que conservan más de 6 millones de muestras. En España el primero se creó en 1966 en la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Agrónomos de la Universidad Politécnica de Madrid, con el objetivo de preservar las especies vegetales endémicas de la Península Ibérica y de las regiones Mediterránea y Macaronésica: Canarias, Azores, Madeira, Cabo Verde, los islotes de las Salvajes y parte de la costa occidental de África. Fue, además, el primer banco de semillas del mundo que se especializó en plantas silvestres. “Hemos realizado experimentos de germinación con semillas de hace 40 años con un porcentaje de éxito altísimo, tan altos como cuando fueron recolectadas”, comenta uno de sus responsables, Juan Bautista Martínez Laborde. Al menos, se sabe que las semillas aguantan medio siglo.

Pero conservar no es el único objetivo de estos bancos. La mejora de las especies que podemos encontrar en los puestos del mercado dependen críticamente de estas semillas tradicionales. “Las empresas dedicadas a la mejora hortícola utilizan estas variedades tradicionales”, dice María José Díez. Por ejemplo, entre las especies silvestres podemos encontrar genes de resistencia a diferentes enfermedades o insectos para nuestros frutos y hortalizas: “Hibridando los tomates se pueden transferir estos genes de resistencia a las especies comerciales”. El bien conocido melón de piel de sapo, “tiene en su genoma bastantes provenientes de los tradicionales”, añade Díez. El banco valenciano conserva más de 10.000 muestras originales –tomates, pimientos, melones, sandías, berengenas, coles, escarolas…- muchas de las cuales seguramente nos chocaría encontrar en las fruterías, como un tomate completamente amarillo.

Es evidente que ante tal cantidad de material estos bancos suelen tener asociadas distintas líneas de investigación, como puede ser la búsqueda de nuevos genes de resistencia o la mejora de las propiedades organolépticas y nutricionales: quizá un pimiento de aspecto poco agraciado tenga muchísimo más valor nutritivo que el del supermercado; transfiriendo esos genes a nuestro pimiento habitual conseguimos mejorarlo. “No podemos imaginarnos el material de fondo que proporcionan a las hortalizas que acaban en nuestra cesta de la compra”, insiste María José Díez.

‘Prospectar, multiplicar, evaluar y conservar’ es el lema de cualquier banco de germoplasma. Toda una inversión de futuro.

(Publicado en Muy Interesante)

¿Qué hay detrás del pescado marinado?

25 junio 2012

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Químicamente hablando, un ácido es una sustancia que libera con facilidad protones. Un protón es el núcleo del átomo más ligero y abundante del universo, el hidrógeno.

(Pequeña nota previa: como todos recordaremos de nuestros tiempos de escuela, el átomo está compuesto por un núcleo -que posee carga positiva- y una nube de electrones -con carga negativa- orbitando alrededor. Y el núcleo, a su vez, se compone de otras dos partículas más pequeñas, los protones, que son los que llevan la carga positiva, y los neutrones, que no tienen carga y actúan como pegamento para que los protones no se repelan y se vaya cada uno a vivir su vida. Y nota para los puristas: ya sé que esta visión del interior atómico como un sistema solar en miniatura no es correcta, pero convendrán conmigo en que si empiezo a hablar de orbitales de probabilidad la cosa acabará asustando…)

Decía, tras esta pequeña digresión técnica, que los ácidos se caracterizan por liberar núcleos de hidrógeno, esto es, un simple y solitario protón. El agua, por ejemplo, es un ácido débil y las células de todos los seres vivos sobre este planeta están diseñadas para vivir en una bañera permanente. Ahora bien, cuando se encuentran en un medio que contiene un ácido fuerte, se inundan con más protones de los que pueden manejar; algo así a cuando uno de esos jugadores compulsivos de Las Vegas recibe el premio gordo en la tragaperras y salen más monedas de las que caben en sus manos. Pero mientras que a nuestro afortunado amigo la sonrisa de la cara no se le borra aunque caigan al suelo algunas monedas, en el interior de la célula la superabundancia de protones paraliza la maquinaria celular. Es por esto que los ácidos se han usado para preservar alimentos: mantienen a raya a los microbios.

Las condiciones ácidas hacen que reaccionen con el agua unas moléculas peculiares y muy olorosas, pertenecientes al grupo de los aldehídos, que acentúan el olor a pescado producto de la trimetilamina o TMA (una sustancia que también está asociada, curiosamente, al mal aliento y a las infecciones vaginales bacterianas. Los peces poseen, en vida, una variante, el óxido de TMA pero al morir las bacterias y el propio proceso de descomposición lo convierte en TMA, responsable del olor a pescado podrido). Al fijarse en el agua no pasan al ambiente y el olor que se percibe es ligeramente alcohólico. El arenque en escabeche, muy popular en los países escandinavos, se puede convertir debido a este proceso en un plato muy delicado.

Gracias a Marco Gavio Apicio (25 a.C.-37 d.C.) -cuya De re coquinaria es fundamental para conocer la gastronomía romana- sabemos que el pescado se marinaba desde tiempos inmemoriales. He aquí la receta para hacer un escabeche romano: “Para hacer que el pescado frito se conserve más tiempo. En el momento en que esté frito y sea quitado de la cazuela, viértase vinagre caliente sobre él”. Nuestro término escabeche viene del árabe sikbja, que se usaba en el siglo XIII para los platos de carne y pescado con vinagre añadido al final de la preparación. Otros líquidos también utilizados eran el vino y el zumo de uvas verdes.

Como bien sabemos el pescado y el marisco se pueden marinar ya sea crudo o tras cocinarlos. En el norte de Europa el arenque se prepara de esta manera: 3 partes de pescado se sumergen en 2 partes que tienen un 10% de sal y un 6% de una mezcla de ácido acético durante una semana y a una temperatura de unos 10 grados. Por su parte, los japoneses (shimesaba) tienen primero un día entero los filetes de pescado en sal y luego en vinagre otro día. Si freímos antes el pescado, que obviamente manda las bacterias al otro barrio (si es que existe un cielo para ellas), ganamos en que el marinado posterior es más suave pero perdemos textura y sabor.

Cómo saber si una mujer finge un orgasmo

21 junio 2012

¿Recuerdan la antológica escena del restaurante en la comedia de 1989 Cuando Harry encontró a Sally?
Allí Meg Ryan (Sally) y Billy Crystal (Harry) discuten sobre si los hombres son capaces de reconocer cuándo una mujer finge un orgasmo. Sally dice que no pueden y, para probarlo, le hace una demostración ante la mirada atónita de los parroquianos.

[NOTA: ¿Quién lo hace mejor, Meg Ryan o su dobladora española Marta Tamarit?]

Es probable que los hombres sean incapaces de saberlo, pero si tienen a mano un escáner la cosa cambia. Todo gracias a un equipo de neurocientíficos de la Universidad de Groninga (Holanda) que en 2003 decidieron descubrir qué pasaba en el cerebro en el momento del orgasmo.

Para ello reclutaron 11 parejas -heterosexuales y diestras- entre 19 y 39 años para que disfrutaran de aquello que, según la primera sex-symbol del cine Mae West, mantiene al médico lejos si tienes uno al día. Claro que en este tipo de estudios el ambiente es bastante peor que en una peli porno.

Imagine un equipo de investigadores dando vueltas a su alrededor mientras su pareja le excita manualmente y usted no puede mover lo más mínimo su cabeza, que tiene metida dentro del escáner PET (tomografía por emisión de positrones). Es lo que tiene usar una tecnología que todavía se encuentra al mismo nivel que la fotografía en el siglo XIX: como se tarda muchos minutos en tomar una imagen hay que estar bien quietecito. Curiosamente, durante los experimentos los sujetos sintieron frío en los pies así que los científicos les pusieron calcetines.¿Cabe una escena más erótica?

En los hombres es fácil saber cuándo llegan al orgasmo al venir acompañado por la eyaculación, pero con las mujeres el asunto se vuelve más complicado ya que no proporcionan ninguna señal inequívoca. Por eso se les pidió que fingieran un orgasmo. La sorpresa fue mayúscula: la actividad cerebral es absolutamente diferente. En un orgasmo real se produce, cuenta el director de este estudio Gert Holstege, “una desactivación extrema de grandes zonas del cerebro, especialmente de los centros del miedo”. Al parecer las mujeres apagan las partes relacionadas con los sentimientos y el miedo para poder disfrutar con toda intensidad del clímax sexual. Por el contrario, “en una mujer que finge el orgasmo descubres que no solo el cerebelo, sino la corteza –la parte consciente del cerebro- también está activa”, añade Holstege. Dicho de otro modo, para tener un verdadero orgasmo la mujer debe asegurarse de que el miedo y el estrés no entran en el juego. Esto último implica, comenta Holstege, que “es muy complicado que una mujer disfrute del sexo si tiene un alto nivel de ansiedad”. Y un dato curioso revelado por este equipo holandés: durante el orgasmo los hombres desactivan su cerebro mucho menos que las mujeres.

(Publicado en Muy Interesante)

Una tarde ante la tele

15 junio 2012

Yo no veo ninguna cadena de televisión. Sí veo la tele, que la uso como una pantalla de cine: veo documentales, pelis y series grabadas, pero ningún programa. Podría ver en “directo” mis teleseries pero me resulta insoportable que un capítulo de 41 minutos dure casi hora y media por culpa de los anuncios. Aún así, ayer hice un experimento para esta columna: estar más de media tarde ante lo que los jerifaltes de las televisiones dicen que reclaman los televidentes.

Durante la experiencia mi cerebro me habló como hace el de Homer Simpson: me aburro. Aunque descubrí algunas cosas interesantes. La primera fue los anuncios, y no por la sobrevalorada habilidad de las agencias de publicidad de colocarnos productos irrelevantes. Más bien porque me demostraron que es el mejor argumento contra todos aquellos intelectuales y politicastros anticientíficos de medio pelo: miren los 20 minutos de publicidad seguidos que nos regalan las televisiones privadas y cuenten el número de anuncios en los que se “vende” un producto donde no intervenga para nada la ciencia. Según mi pequeño experimento, menos del 5%. Eso sí, la ciencia patológica –cuando no pseudociencia- al servicio del marketing ocupa el 87%, con Danone y sus “alimentos saludables” en la pole position. ¿Que la comunicación veraz y honesta ciencia no es importante? ¿Que tener una mínima base de la ciencia más elemental no es relevante para el ciudadano? ¡Vean los anuncios de la tele!

Después vienen los informativos, la prueba palpable de la muerte del periodismo. Se han convertido en la versión audiovisual de El Caso. Y no es algo reprochable, pero que no los llamen informativos. Las noticias “de verdad” ocupan 7 minutos de los casi 50 dedicados a la morbosa complacencia de la sordidez humana. Y ahí incluyo la media hora de fútbol -que no deporte- donde nos informan hasta del divieso que ha salido en el cogote de ese jovenzuelo millonario que, cada semana en calzones, se dedica a patear un balón para regocijo del respetable.

Y los programas de producción propia… dejémoslo estar. Como decía Mafalda, en la mayoría lo fascinante es el esfuerzo que hacen las productoras por no caer en las garras de la inteligencia. Sin olvidar que un programa de éxito parece que exige una o más tías buenas en la parrilla de presentadores.

A veces, para justificar su propia mediocridad, los directivos de las televisiones dicen que ofrecen aquello que sus televidentes reclaman. Permítanme dudarlo. No creo que los ciudadanos de un país que tiene a MUY, una revista de ciencia popular, como tercer revista más vendida de España pidan que se les trate como gañanes descerebrados. Los concursantes de Gran Hermano son una excepción, no la norma.

(Publicado en Muy Interesante)

Glucosa, el dulce azúcar de la esclavitud

24 mayo 2012

La glucosa es uno de los componentes de la sucrosa o sacarosa, la sustancia a la que hacemos referencia cuando hablamos de azúcar. Es una molécula pequeña: solo tiene 6 átomos de carbono, otros 6 de oxígeno y 12 de hidrógeno, y su presencia en la caña de azúcar (Saccharum officinarum, que se cree originaria de Sur de Pacífico o del sureste hindú) hizo aparecer la mayor explotación del hombre por el hombre de la historia.

La popularidad del azúcar se produjo en el siglo XVI, pues hasta ese momento era un producto caro y al alcance de unos pocos. Los dos siglos siguientes vio un aumento en su fama pues se descubrió que también servía para conservar frutas en forma de mermeladas, compotas…

La parte menos dulce de la historia está en que impulsó a cotas jamás conocidas la trata de seres humanos. Los europeos, deseosos de romper el monopolio que tenía Oriente Medio, empezaron a cultivar la caña de azúcar en Brasil y en todas las Indias Occidentales. De cultivo intensivo, exigía mucha mano de obra. Ni los nativos, diezmados por las epidemias importadas de Europa como la viruela, el sarampión o la malaria, ni los europeos contratados eran mano de obra suficiente. Así que los colonos del Nuevo Mundo volvieron sus ojos hacia África. Hasta entonces el comercio de esclavos era escaso y ligado al comercio árabe en torno al Mediterráneo, pero viendo los pingües beneficios que iba a proporcionar el azúcar, las potencias europeas comenzaron una política de secuestro masiva de africanos. Es difícil establecer un número exacto, pero se cree que alrededor de 50 millones fueron llevados a las Américas en tres siglos y medio. Esto sin incluir los muertos en los raid en los poblados ni los que murieron en el camino a las costas de Guinea, ni en los barcos, donde sobrevivían en condiciones inhumanas: más de 500 personas llevadas en habitáculos de 80 metros cuadrados y un metro de alto.

En el viaje de vuelta, los barcos de esclavos se cargaban con azúcar, tabaco, algodón y ron. Un comercio muy rentable, sobretodo para Gran Bretaña: a finales del XVIII los negocios ingleses en América producían más ganacias que su comercio con el resto del mundo. El azúcar y la esclavitud fueron los cimientos de la expansión económica que necesitó la revolución industrial para triunfar.

Cómo ser un consultor inútil… y salir de rositas

29 abril 2012

En los años 90 se produjo lo que se llamó The War for Talent. Un equipo de tres consultores de McKinsey & Co –Ed Michaels, Helen Handfield-Jones y Beth Axelrod–, la mayor y más prestigiosa consultora de gestión y administración de empresas –management, en el viciado lenguaje empresarial–, dirigieron un estudio donde se enviaron cuestionarios a 6.000 directivos de todo EE UU y fijaron su atención en 77 potentes firmas, donde entrevistaron desde el consejero delegado al personal de recursos humanos.

Tras tan intenso trabajo, los tres consultores decidieron que el recurso más importante de una empresa triunfadora es el talento: ejecutivos inteligentes y sofisticados, conocedores de la tecnología, astutos y ágiles a lo hora de actuar. La búsqueda de este “talento” es una guerra de desgaste continua, una lucha sin victoria final. Como expresó el director de McKinsey y jefe del proyecto, Ed Michaels: “Lo único que importa es el talento. El talento gana”. Así que estos expertos recomendaban que la única manera de mantener a los talentosos en el redil era ofrecerles continuamente prebendas desorbitadas y dejarles hacer lo que quisieran. Como confirmación a su descubrimiento, en 2000 completaron una segunda vuelta de entrevistas –13.000 ejecutivos y 112 empresas– que confirmaron sus conclusiones iniciales.

El voluble mundo de los altos ejecutivos –capaces de dar pábulo a tontas obviedades y simplezas del calibre del famoso best-seller ¿Quién se ha comido mi queso? se convulsionó, y numerosos libros aparecieron al calorcillo de lo que el periodista Malcolm Gladwell llamó la “justificación intelectual” para ofrecer sueldos absolutamente desproporcionados a quienes antes han pagado las altas sumas que exige obtener un MBA “de prestigio”. Porque el talento, según medían los expertos de McKinsey, se encuentra entre quienes pasan, por ejemplo, por la Escuela de Negocios de Harvard.

Pero el gran experimento de talento empresarial fue una empresa donde McKinsey condujo 20 proyectos diferentes, a la que facturó 10 millones de dólares anuales, donde el director de McKinsey acudía regularmente a las reuniones de dirección y donde su consejero delegado había sido socio de McKinsey. El nombre de la empresa era Enron.

En abril de 2001 McKinsey publicaba un documento explicando claramente sus ideas; el 2 de diciembre Enron se declaraba en bancarrota, convirtiéndose en el mayor escándalo financiero de la historia. Siguiendo el castizo de refrán de “sostenella y no enmendalla”, los únicos que no se vieron salpicados fueron los consultores de McKinsey hasta el punto de que, a día de hoy, uno de ellos, Helen Handfield-Jones, desde su empresa se presenta como “primera experta en talento para el liderazgo”.

¿Por qué besamos? (I)

21 marzo 2012

¿Porqué existe el beso? Uno de los primeros en intentar explicar su funcionalidad fue Sigmund Freud que especuló, como podría esperarse, que se trataba de un regreso a la época de amamantamiento. Más tarde, en los años 1960, el zoólogo Desmond Morris propuso que el beso podría haber evolucionado de la práctica por la cual las madres primates mastican la comida de sus hijos antes de dársela boca a boca con los labios fruncidos. Así lo hacen las madres chimpancés y posiblemente lo hicieran los hominidos. Presionar con los labios semiabiertos pudo desarrollarse más tarde como una manera de reconfortar a hijos hambrientos cuando la comida era escasa y, con el tiempo, expresar amor o afecto en general. La especie humana podría eventualmente haber tomado estos besos protoparentales y convertirlos en variedades más pasionales que hoy conocemos.

El problema con esta idea es que hay muy pocas culturas humanas en las que las madres alimenten de este modo a sus hijos. Claro que sí explicaría la etimología de la palabra comer en el Egipto de los faraones: besar la comida de uno.
Otros antropólogos y expertos en comportamiento animal han propuesto que besar puede haber evolucionado del husmeo habitual entre los animales y, por qué no decirlo, no tan raro entre nosotros.

Esto es lo que defiende Kazushige Touhara y sus colegas de la Universidad de Tokio. Los besos son un eco de una forma de comunicación más primitiva, más química, según revelan sus estudios con ratones. Mientras que las fermomonas, las famosas moléculas señaladoras capaces de provocar una respuesta en otro individuo de la misma especie, pueden olerse a grandes distancias y atraer a posibles parejas, este equipo japonés ha encontrado ciertas feromonas no volatiles secretadas desde los ojos y transmitidas por contacto. Aunque ratones y humanos son genéticamente muy similares, el gen que codifica esta feromona no existe en el ser humano. “Perdimos este gen en algún punto de la evolución”, añade Touhara. Ambas especies comparten un antepasado común situado entre 75 y 125 millones de años atrás, una critatura ratuna llamada Eomaia scansoria (Eomaia, del griego “madre del amanecer” y scansoria, del latín “trepadora”) que es el primer mamífero placentario que se conoce.

Touhara especula que los humanos debemos retener un vestigio de comportamiento roedor porque todavía nos gusta besar o frotar las narices, un comportamiento automático destinado a realizar un muestreo osmógeno del aroma del otro. Para detectar los olores el aire debe llegar hasta la parte más profunda de la nariz y para ello debemos inspirar muy fuerte. Así, la respiración natural lleva el aire al interior de la nariz a una velocidad a 6 km/h. En el caso de una correcta inspiración odorífera el aire debe entrar a 32 km/; de ahí el característico sonido del olisqueo. De este modo entra en juego el llamado sentido mudo, el que siempre está ahí aunque no nos demos cuenta de su existencia.


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