Archive for the ‘Ciencia cotidiana’ category

Adulterio y la enfermedad de Huntington

11 marzo 2014

Una señora que rondaba los cincuenta, llamémosla Cooper, fue a visitar al neurólogo norteamericano Harold Klawans. Estaba preocupada por su segundo hijo, Walter. En cuanto le dijo que a sus 28 años Walter se tambaleaba y sufría de convulsiones y sacudidas, que había dejado de leer y sólo veía los programas infantiles de la televisión, Klawans sospechó el diagnóstico. Incluso durante la consulta Walter fue incapaz de mantenerse quieto. El escáner confirmó las sospechas del neurólogo: Walter sufría de corea de Huntington, una enfermedad genética inevitable que aparece en la edad adulta.
Para confirmar el diagnóstico, Klawans buscó en el árbol familiar otros casos pues la mayoría de los enfermos de Huntington lo son porque lo han heredado de sus padres. La madre de Walter estaba bien, al igual que sus padres. Su padre había vivido hasta los 77 años y su madre tenía 83. Quizá la enfermedad viniera de la familia de su marido. Éste había muerto a los 43 años en un accidente de caza, algo consistente con la enfermedad pues el suicidio y la muerte prematura son habituales entre quienes padecen la enfermedad. Pero el difunto señor Cooper no había tenido convulsiones, depresiones, ni la pérdida de memoria ni los cambios de personalidad asociados a la enfermedad de Huntington.
La ansiedad de la señora Cooper era evidente: tenía otro hijo y dos hijas. ¿Corrían ellos el mismo riesgo? Klawans le dijo que sí. Meses después la señora Cooper regresó a la consulta del neurólogo visiblemente afectada. Había consultado a un genetista y le dijo que el Huntington era una mutación espontánea y que tales mutaciones sucedían a un tercio del total de los que sufren la enfermedad. Casi histérica, la señora Cooper gritaba sin compasión a Klawans. El médico, muy sensatamente, no le dijo que esa mutación espontánea se daba una vez entre un millón y que, por supuesto, el adulterio era bastante más común.
El neurólogo pensaba que el padre de Walter era ilegítimo. Como muchos otros, se deprimió por efecto de la enfermedad o por reacción a ella. Entonces marchó de caza y se mató. Lo peor que pudo hacer Klawans es comentarle estos pensamientos a la señora Cooper; le llamó bastardo. Dos días después recibió una carta de la enfadada madre: era una disculpa. El neurólogo tenía razón, pero se había equivocado en una generación. El difunto señor Cooper no era el padre de Walter. Era cierto que él se había suicidado pero no por culpa del Huntington. Durante una discusión ella le había confesado que él no era el padre de su hijo, sino un vecino que había muerto atado a la cama de un hospital. Ahora se enfrentaba a un importante dilema: confesar a sus hijos su adulterio o dejar que vivieran bajo el temor de una terrible enfermedad.
Harold Klawans se compadeció de la pobre mujer y escribió una carta donde afirmaba que la enfermedad de Walter había sido debida a una mutación espontánea.

De los bombones a la Luna

25 noviembre 2013

El aluminio es uno de los materiales más utilizados y más conocidos, pero nadie recuerda la tremenda lucha que los científicos mantuvieron para encontrar un método eficaz que lo extrajera de la bauxita, el mineral donde se encuentra.

Este problema llamó la atención de un estudiante de química llamado Charles Martin Hall, que lo sumió como un reto personal y se entregó a él en cuerpo y alma en su último año en la universidad de Oberlin.

Hall estaba convencido de que para extraer el aluminio tenía que utilizarse la electricidad. Algo nada descabellado, pues durante años los químicos la habían utilizado para identificar elementos químicos. Construyó una batería improvisada y un horno en la leñera, justo detrás de su casa, y allí fundió un material llamado criolita al que añadió la bauxita. Hall descubrió que en el horno la bauxita se disolvía en la criolita. Fue entonces cuando decidió hacer pasar una corriente eléctrica por la mezcla y, para su eterno regocijo, descubrió que se producían unos glóbulos plateados. ¡Era aluminio! En cuanto las bolitas del preciado metal se enfriaron lo suficiente para poder cogerlas con la mano, Hall se las llevó triunfante a su profesor. Era el 23 de febrero de 1886.
Unos pocos meses más tarde, un francés de nombre Heroult concibió la misma idea, pero Hall ya había patentado el proceso. La Compañía de Aluminio Americana convirtió en proceso industrial el descubrimiento de Hall convirtiéndolo en un hombre rico. Parte de su fortuna la legó a su alma mater, el Oberlin College, donde hizo su descubrimiento. Y allí se encuentra una estatua suya en el edifico de química, por supuesto de aluminio, como recuerdo imperecedero a quien fue capaz de extraer de la roca uno de los materiales necesarios para nuestro mundo tecnológico.

Pero la historia no termina aquí. En 1903 otro joven llamado Richard S. Reynolds empezaba a trabajar para su tío, el rey del tabaco R. R. Reynolds. Por entonces los cigarrillos y la picadura se protegían de la humedad con láminas finísimas de estaño. Richard vio claramente una oportunidad de negocio y, tras aprender todos los vericuetos de esa tecnología, se estableció 16 años más tarde en Kentucky, la patria del bourbon. Allí creó una empresa que suministraba papel de estaño tanto a la industria tabaquera como a la confitera, que también lo usaba porque creía que protegía mejor sus productos que el papel de parafina.

Entonces Reynolds se fijó en el aluminio. Cuando a finales de los años 20 el precio del aluminio cayó en picado, Reynolds decidió adoptarlo como envoltorio para los dos productos que más placer provocan a gran parte de la humanidad: el tabaco y los bombones.

Ligero y anticorrosivo, Reynolds vio en el aluminio el metal del futuro y muy pronto ofreció al mercado una larga lista de productos: estructuras de aluminio para puertas y ventanas, embarcaciones y hasta una batería de cocina. No obstante, el producto estrella de Reynolds apareció en 1947 y desde entonces no falta en ninguna cocina: una lámina de aluminio de una o dos centésimas de milímetro de grosor, el papel de plata. Fino, inoxidable e inofensivo, como metal permite el paso del calor pero no deja pasar la luz, impidiendo sus efectos perniciosos en los alimentos.

El aluminio saltó el límite de la cocina y se instaló en prácticamente todos los campos de la sociedad: la industria espacial, la construcción, las comunicaciones, el envasado o la medicina son buenos ejemplos de la versatilidad de un metal que pudimos extraer de su entorno natural gracias a un estudiante que experimentó con un trozo de bauxita, una batería improvisada y un horno en la leñera justo detrás de su casa.

Comerciantes de esperanza: de los curanderos al Reiki

12 septiembre 2013

Del 31 de octubre al 2 de noviembre de 2011 se celebró en la ciudad de Trujillo, en el norte de Perú, el I Encuentro Internacional de Curanderismo “Ciencia Ancestral de la Salud”. Fue un encuentro peculiar pues en él participaron tanto curanderos de diferentes países, principalmente peruanos, como historiadores y antropólogos. Según el presidente del comité organizador, el arqueólogo Régulo Franco, “de esta manera intentamos rescatar los saberes de la medicina tradicional de los Moche y de todas las culturas del mundo andino prehispánico”.

Sin embargo esta voluntad de salvaguarda de la tradición médica indígena como parte de la cultura quedó relegada a un segundo plano. Por todo el encuentro planeó una visión mítica e idealizada de las épocas pasadas, y en particular la precolombina, que la mayoría de los participantes consideraba “más pura e integrada en la Naturaleza”. “La medicina y la ciencia de hoy deriva justamente de esos conocimientos muy antiguos”, afirmaba un participante. “La llamada medicina tradicional no es otra cosa más que la sabiduría ancestral obtenida de coexistir en equilibrio con la propia naturaleza”.

Esta postura se engarza en una de las corrientes más difundidas del esoterismo que empezó a finales del siglo XIX. Afirma que las civilizaciones antiguas poseían unos conocimientos más profundos y avanzados que los nuestros. De ahí se sigue que su medicina es superior a la científica. Sin embargo, no es así. En realidad, el verdadero motivo de existencia del curandero o chamán no es ser el médico del pueblo, sino el de intermediario con el mundo de los espíritus. Su rasgo más característico es “la práctica de la oración y la fuerte fe en Dios, y creen que los malos espíritus quieren apoderarse de las personas si tienen la sangre débil, y por eso hay que vencerlos”, dice la periodista Jaquelin Dunaiewsky.

Lo que subyace a esa sabiduría ancestral es la manera en que el curandero ejerce un control efectivo sobre el mundo sobrenatural, en una lucha continua contra los espíritus malignos que se apoderan del alma del enfermo. De este modo el curandero gana la confianza –y en ocasiones el respeto temeroso- de su gente: creen que tiene un don divino para curar. Dios puso en la tierra hierbas medicinales y después escogió a ciertas personas “para canalizar Su gracia curativa”. ¿Cómo se ponen en contacto con ese mundo sobrenatural? A través de plantas alucinógenas como la ayahusca, el peyote o la wachuma. Esta última, también conocida como cactus de San Pedro, “nos lleva a conectarnos directamente con lo Divino y después nos cura y nos abre la conciencia para el autoaprendizaje”, dice Agustín Guzmán de la ONG peruana Comunidad Tawantinsuyu. Los rituales están perfectamente definidos y son un sincretismo entre la tradición precolombina y la cristiana pues, a pesar referirse continuamente a esa “sabiduría ancestral”, no ha sobrevivido ningún ritual anterior a la conquista española.

El curanderismo que existe en Occidente poco tiene que ver con estas prácticas antiquísimas de las que ha bebido. Para quienes lo practican en Europa y Norteamérica la prueba definitiva de su eficacia es su antigüedad. Sin embargo, no puede venderse a la sociedad cargada de su cosmovisión. Para que estas prácticas sean digeribles por nosotros se las saca de contexto, quitándole todo aquello que suene a mitología no-occidental y les dan una pátina de pseudofilosofía Nueva Era, el entorno natural del curanderismo occidental.

El curandero netamente occidental no suele beber con profusión de estas “fuentes ancestrales” sino que le basta con aludir a Dios o a extrañas fuerzas cósmicas para justificar el origen de su capacidad para curar. Aunque también los hay que, simplemente, afirman no saber de dónde les vienen sus poderes. Así se publicita, por ejemplo, un curandero argentino: “Lo único que necesito para sanar es tener a la persona frente a mí; de no ser posible necesito el nombre, la fecha de nacimiento y una foto para saber lo que tiene, lo que le está pasando y darle lo que está necesitando de la naturaleza para su sanación y bienestar”. Y sin ningún tipo de pudor llega a afirmar que “mis dones los he dirigido hacia la salud de las personas y los preparados que he logrado realizar equivalen a más de 100 quimioterapias juntas”.

Aquellos de sus defensores que quieren mantener cierto tipo de credibilidad científica no pueden aceptar públicamente que ese don venga de Dios o de un extraterrestre. Así que para justificar a los curanderos algunos defienden que su “poder” de sanación le viene dado porque actúan sobre las carencias emocionales de los pacientes. El psicólogo Francisco Gavilán asevera que “el curandero es el catalizador de esas necesidades. A partir de ahí se empiezan a ver los resultados. Se inicia un proceso de aceleración de curación, o que promueve la curación”. Una afirmación gratuita que adolece de lo mismo que aquello que trata de defender: demostración empírica.

Sin embargo, desde mediados del siglo XX el clásico curandero ha ido disminuyendo en su número y ha dejado el paso franco a un nuevo tipo que apela a cierta energía invisible e indetectable que anima a los seres vivos, en lo que es una reinterpretación de la fuerza vital decimonónica: son las sanaciones energéticas.

Entre las más populares se encuentra la que inventó en 1922 el japonés Mikao Usui: el Reiki. Usui tuvo su particular revelación meditando en el mote Kurama, en Kioto: allí adquirió la capacidad de canalizar esa energía vital que llena el universo. Sin embargo, su idea del Reiki no era la de un método de sanación sino una forma de enfocar la propia existencia de manera que condujera a la iluminación. En esencia era un estilo de vida centrado en una particular interpretación del budismo y el sintoísmo, uno de los muchos caminos que surgen a la sombra de las religiones tradicionales. Como sucede en el caso andino o amazónico, los sistemas de creencias están fuertemente anclados en las características culturales de los pueblos y son difícilmente exportables a otros con culturas diferentes. Su exportación a otras culturas como la occidental, exige despojarlos de su identidad más profunda y quedarse con los rituales y los actos instrumentales, para dotarles posteriormente de un sentido que en absoluto tiene relación con el original. En este caso fue la japonesa-norteamericana, afincada en Hawaii, Hawayo Hiromi Takata quien modificó este sistema filosófico para hacerlo aceptable a los ojos occidentales, centrándose menos en alcanzar el satori (la iluminación en el budismo zen) y más en lo que realmente le iba a reportar beneficios: el tratamiento de enfermedades.

Así, en la década de los 1970 cobraba la envidiable suma de 10.000 $ a quien quería obtener el grado de maestría en Reiki. Takata organizó y sistematizó al modo occidental (con niveles y grados de experiencia) el más intuitivo Reiki original. Desde entonces se han ido introduciendo variantes y añadidos que lo han convertido en una patética sombra de lo que fue.

Ahora el Reiki occidental es una variante exótica de la clásica imposición de manos donde el maestro canaliza esa inexistente energía universal y restablece su flujo en el cuerpo del paciente. Para el practicante del Reiki, como para los curanderos andinos, amazónicos o africanos, las enfermedades no obedecen al ataque de virus, bacterias u otros organismos infecciosos, ni por supuesto a problemas genéticos heredados. Como impone su cosmovisión cultural, se trata de “desavenencias” entre el mundo sobrenatural –ya sea en forma de espíritus o energías universales- y los seres humanos.

A pesar de todo, se ha intentado ver si realmente es eficaz. En 2008 se realizó una revisión sistemática de todos los ensayos clínicos aleatorios (los únicos que tienen validez a la hora de determinar la validez de una terapia) a los que ha sido sometido el Reiki. Publicada en la revista International Journal of Clinical Practice, la conclusión fue que no existe ningún fundamento para afirmar que sea una terapia válida para ninguna condición médica. Al año siguiente, la revista The Journal of Alternative and Complementary Medicine se decía que de los pocos estudios serios realizados sobre el Reiki no se desprende que sea una práctica efectiva en el tratamiento de enfermedades. A pesar de todo, sus defensores, como Larry Arnold y Sandra Nevins en su libro The Reiki Handbook, siguen afirmando que es útil para daños cerebrales, cáncer, diabetes y enfermedades venéreas.

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En la hora final

18 agosto 2013


Así podrá ser el proceso que sufriremos cuando nos llegue esa terrible hora en la que todo cesa. El proceso es tan variable como el de nacer y no hay manera de predecir ni la hora ni la forma exacta en que moriremos, pero los enfermos terminales experimentan síntomas similares a los descritos en el vídeo a medida que se aproximan al final de sus días, independientemente del tipo de enfermedad que padezcan.

Morimos porque vivimos. Los cambios emocionales que sufrimos en nuestros últimos momentos, tales como estar cada vez menos interesados en el mundo exterior y menos involucrados socialmente, suelen interpretarse como preliminares de lo que está por llegar: del mismo modo que el cuerpo se prepara físicamente para la muerte, también lo hace la mente.

A pesar de que la muerte es consecuencia inevitable de la vida, es una idea muy difícil de aceptar. Nos resistimos a desaparecer y nos molesta que el mundo siga existiendo una vez que nosotros no estemos.

En 1969 se publicaba Sobre la Muerte y los Moribundos de Kübler-Ross, una psiquiatra que pasó gran parte de su vida asistiendo a agonizantes. A ella le debemos la famosa teoría de los cinco estados previos a la muerte –negación, ira, regateo, depresión y aceptación– y fue unA llamada de atención a médicos y familiares de las especialísimas necesidades de los moribundos. Su singular sensibilidad y compasión le valió el respeto y la popularidad de la gente de la calle y de la clase médica.

Con su demostrada experiencia Kübler-Ross insistía que el momento de la muerte

no es ni terrorífico ni doloroso, sino un cese tranquilo del funcionamiento del cuerpo. Observar la sosegada muerte de un ser humano nos recuerda la visión de una estrella fugaz; de entre millones de estrellas en un inmenso cielo, una de ellas brilla más que ninguna durante un breve momento para desaparecer por siempre en la noche infinita.

Un detergente de castañas

18 julio 2013

Lo que se puede hacer con un kilo de castañas de indias…

El superjuego… matemático

3 julio 2013

No es raro escuchar a alguien decir que «las matemáticas nunca fueron mi fuerte» o «no me hables de matemáticas; yo soy de letras». Incluso a veces podemos escuchar a nuestro interlocutor vanagloriarse de que no tiene ni idea de matemáticas, que a él le basta con sumar y restar.

Por desgracia, las consecuencias del anumerismo matemático son graves. La vida cotidiana está repleta de situaciones donde un conocimiento elemental de matemáticas resulta fundamental para tomar una decisión adecuada. Esto es especialmente exagerado en nuestra percepción de la probabilidad. Un ejemplo lo tenemos en la llamada «falacia del jugador». Supongamos que en la ruleta de un casino ha salido seis veces seguidas el color rojo. Los jugadores suelen pensar que en la partida siguiente hay más posibilidades de que salga negro cuando en realidad hay la misma que antes, un 50%.

Esta ceguera ante las probabilidades es aún más marcada cuando queremos analizar situaciones de riesgo. Sabemos distinguir entre lo que no comporta ningún riesgo y lo que sí lo tiene. Sin embargo, somos incapaces de diferenciar entre un acto que tiene, por ejemplo, un 1/10.000 de riesgo de otro con un 1/100. Lo que nos preocupa no es si el riesgo es alto o bajo, sino que existe riesgo. Y aún más grave: mientras desechamos realizar ciertos actos porque comportan riesgo, asumimos otros donde el porcentaje de riesgo es mayor.

Y es que el ser humano no sabe estimar probabilidades de manera intuitiva; necesitamos aprender a hacerlo. Nuestro cerebro tiene la manía de hacernos creer que un acontecimiento es muy probable de que ocurra, no basándose en pulcros cálculos probabilísticos, sino por un motivo mucho más mundano: cuanto más fácil nos resulte imaginarlo mentalmente y cuanto más nos impresione emotivamente.

Alguien dijo una vez que en esta vida sólo hay dos cosas ciertas: la muerte y los impuestos. Y es verdad. El resto de las cosas nos pueden suceder… o no. En fin, que nuestra vida está gobernada por la probabilidad.

Sabido esto, lo que resulta más chocante es que no nos preocupemos realmente por entender lo que es la probabilidad. Ni tan siquiera sintamos la más mínima necesidad de saber estimarla, y eso teniendo en cuenta que el ser humano posee una innata incapacidad para interpretarla. A veces pienso que se trata de algo genético. Si no, les reto a que hagan el siguiente experimento con sus amigos.

A un grupo de ellos propóngale el siguiente problema. Imaginen que el gobierno está preparando un remedio para la famosa gripe A. Sus amigos forman parte del equipo que debe decidir entre dos tratamientos. De 600 personas, el tratamiento A salvará con certeza a 200. Del B hay una probabilidad de un tercio de que se salven las 600 y, por tanto, dos tercios de que no se salve ninguna. Ahora elijan qué tratamiento escogerían. Cuando esta pregunta se hizo a un grupo de personas el 72% escogió el programa A.

Ahora plantee este problema, pero con otro enfoque, a otro grupo de amigos. Dígales que con el programa A morirán con toda certeza 400 personas y con el programa B no morirá ninguna con un tercio de posibilidades y morirán las 600 con dos tercios. De nuevo, si se cumple el promedio, el 78% de las personas a quienes se les hizo esta pregunta escogió el programa B.

¿Cómo es posible que, siendo el problema idéntico, se opten por dos programas diferentes simplemente porque se ha presentado de manera distinta? Aún peor. A largo plazo ambos programas tienen el mismo resultado: se salvan 200 y mueren 400, luego resulta indiferente decantarse por uno o por otro.

Fenol, o cómo salir vivo de un hospital

20 noviembre 2012

A mediados del siglo XIX no era una buena idea ingresar en un hospital, y menos aún ser sometido a una intervenvión quirúrgica. Los hospitales eran una lugares horrorosos, oscuros y sin ventilación. Lo más seguro es que las sábanas en las que estabas acostado fueran las del paciente anterior, y que probablemente hubiera muerto en ellas. A pesar de que la anestesia apareció a finales de 1864, la mayoría de los pacientes consentían operarse como último recurso. Los cortes realizados solían infectarse y los cirujanos eran de la opinión que el pus era una buena cosa, pues indicaba que la infección estaba localizada y no invadía el resto del cuerpo. Así que se acostaba al enfermo de manera que el pus goteara al suelo desde la cama.

Muy pocos médicos apostaban por una limpieza continua; la mayoría eran partidarios de la teoría del miasma: según el gran químico Justus von Liebig la fermentación de la sangre en los cortes infectados producía unos gases venenosos que, saliendo del enfermo se extendían por la habitación hasta envenenar a otro paciente.

Joseph Lister era una de los pocos médicos que no se la creía. Había leído un artículo de Pasteur donde defendía la teoría de los gérmenes como origen de las enfermedades, algo que la mayoría de los médicos rechazaban con la apabullante sentencia de ‘si no puedes verlos es que no están’. Para Pasteur los microbios pululaban por todos lados y sus experimentos demostraban que se podía acabar con ellos hirviéndolos.

Como hervir a los pacientes no era algo recomendable, Lister se dedicó a pensar en otro método para eliminar los gérmenes. Y se fijó en el ácido carbólico, un subproducto del alquitrán de hulla que ya se había probado para tratar la infecciones quirúrgicas sin demasiado éxito. Lister perseveró y pudo probar sus método en un chico de 11 años que llegó a la Enfermería Real del Glasgow donde trabajaba con una fracturá múltiple.

Llegar con semejante problema a un hospital era llevar todos los boletos para acabar en el camposanto. Las roturas simples se podían recomponer sin cirugía, pero las múltiples –con trozos de hueso perforando la piel- eran campo abonado para las infecciones. Lister limpió cuidadosamente la zona dañada con gasas empapadas en ácido carbólico y luego la cubrió con una delgada lámina de metal doblada sobre la pierna para impedir su evaporación. La infección no apareció.

El ácido carbólico usado por Lister se obtenía destilando el alquitrán de hulla entre 170 y 230 ºC. Oscuro y de profundo olor, quemaba en la piel. Con el tiempo Lister aisló el principal constituyente del ácido carbólico, el fenol.

Así que se dispuso a prepara lo que llamó “cataplasma de masilla carbólica”, una mezcla de fenol con aceite de linaza y caliza en polvo. Esta pasta la colocaba sobre la herida proporcionando una barrera contra las baterias. Además, una solución muy diluída de fenol (una parte en 20-40) la usaba para lavar la herida, los intrumentos quirúrgicos y las manos del cirujano.
El fenol, que es tóxico incluso en soluciones diluídas, fue el primer antiséptico de la historia y cambió radicalmente el funesto panorama de los hospitales.

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Nitrato de celulosa, cine, bolas de billar y explosivos

7 noviembre 2012

Cargar una máquina fotográfica, sacar unas cuantas fotografías y llevarlas a revelar es algo que con la llegada del mundo digital ha quedado para ya obsoleto. Sin embargo, no se puede entender el desarrollo de la fotografía popular sin el famoso carrete, cuya invención se la debemos al norteamericano George Eastman. Un día de 1870 Eastman se despidió del banco donde trabajaba desde los catorce años porque no le concedieron el ascenso que esperaba. Decidido a establecerse por su cuenta, utilizó todos sus ahorros para convertirse en fabricante y comerciante de suministros fotográficos. Por aquél entonces hacer fotografías eran algo caro, cargante y largo. Los negativos eran placas de cristal, las cámaras eran monstruosas cajas de madera y se usaban baldes y baldes de productos químicos. Cuando Eastman lanzó su nuevo proceso al mercado el slogan publicitario rezaba: “Usted apriete el botón. Nosotros haremos el resto.”

Para ello Eastman mejoró una técnica ya en uso que consistía en impregnar un rollo de papel con gelatina y bromuro de plata. Se metía el papel en la cámara, se tomaba la foto, se revelaba, se colocaba la parte impresionada sobre un cristal y se despegaba el papel. Este proceso tenía sus problemas: el papel se rasgaba, la emulsión fotográfica formaba grumos y la imagen solía salir borrosa. Entonces llegó la solución. No se sabe si la idea original fue del propio Eastman o de un oscuro ministro episcopaliano llamado Hannibal Goodwin. Algunos dicen que los abogados de la familia Eastman arreglaron un trato con el clérigo por la bonita suma de cinco millones de dólares. El nuevo invento utilizaba tiras de un material flexible, transparente y no inflamable: el celuloide. Era una base inerte perfecta para los productos químicos fotográficos. Acababa de nacer la película fotográfica. Poco después Eastman sacaba al mercado una máquina lo suficientemente pequeña como para poder sostenerla con una sola mano: la bautizó con el nombre de Kodak.

Curiosamente en 1869, un año antes de que Eastman se despidiera de su trabajo, los fabricantes de bolas de billar Phelan y Collander ofrecieron un premio de 10.000 dólares a quien encontrase un sustituto del marfil. Todo porque a mediados del siglo XIX una gran cantidad de cazadores blancos recorrían África aniquilando elefantes. La razón para semejante esquilmación era una mezcla de diversión y negocio: el mercado de marfil en Europa y América se había triplicado en 30 años. Inglaterra importaba medio millón de kilos de marfil al año. Si un colmillo de elefante pesa del orden de los 30 kilos, sólo para cubrir las necesidades anuales inglesas debían exterminarse más de 8.300 elefantes.

El marfil no es que fuera un material estratégico necesario para la supervivencia de la industria británica. Más bien era vital para adornar las casas y jugar al billar. Las mejores bolas de billar se fabricaban con el corazón de los mejores colmillos de elefante. La escasez de elefantes en África era una mala noticia para los jugadores de billar. El imperio británico no podía detenerse por culpa de unos pocos elefantes.

La oferta llamó la atención de un par de impresores de Nueva York, John e Isaiah Hyatt. Tras muchos intentos y fracasos acabaron descubriendo que si mezclaban nitrato de celulosa con alcanfor se obtenía un material que era indis¬tinguible del marfil original. Fácil de modelar, duro, uniforme, resis¬tente al agua, aceites y ácidos, tratándolo convenientemente se le podía hacer parecer marfil, coral, ámbar, ónice y mármol. En 1870 Isaiah lo bautizó con el nombre de celuloide, el primer material termoplástico de la historia.

Sin embargo, la historia de este nuevo material no estaría completa si no nos remontásemos a 1833, cuando un químico francés llamado Henri Braconnot dedicaba parte de su tiempo a jugar en su laboratorio con ácido nítrico y patatas. Claro que a esto no se le llamaba jugar sino hacer experimentos en química vegetal. Poco tiempo después un profesor de la universidad de Basilea llamado Christian Schönbein realizaba el mismo tipo de experimento, pero sustituyendo las patatas por algodón hidrófilo y añadiendo ácido sulfúrico. El resultado final fue un nuevo tipo de arma: el nitrato de celulosa o también llamado algodón pólvora. Mezclado con éter se usó como antiséptico, como sustancia impermeable para gorros de piel y mezclándolo con alcanfor, calentándolo y retorciéndolo se convirtió en el celuloide de los Hyatt.

Estos hermanos vieron que podía sustituir al marfil en todas sus aplicaciones. Por ejemplo, a la hora de hacer dientes falsos para los dentistas. Debido al alcanfor, este marfil artificial tenía un olor penetrante, lo que aprovecharon para publicitarlo como un diente que olía a limpio. Claro que también tenía sus inconvenientes. En cierta ocasión uno de estos dientes explotó.
El algodón explosivo se convirtió en una nueva arma que hizo las delicias de los militares. Era tres veces más potente que la pólvora y no producía ni humo ni el destello típico del disparo, por lo que el enemigo no podía ver de dónde venía. El problema estaba en que era demasiado inestable. De vez en cuando las fábricas que lo producían explotaban inesperadamente, como en cierta ocasión cuando una de ellas estalló destruyendo por entero la ciudad de Faversham. Fue entonces cuando entró en escena Alfred Nobel. Mezcló el algodón de pólvora con éter y alcohol y creó la nitrocelulosa. Después le añadió nitroglicerina y serrín. En 1868 bautizó la mezcla con el nombre de dinamita.

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Meteduras de pata

24 octubre 2012

Decía el actor Peter Ustinov que la última voz que se escucharía en el mundo antes de desaparecer sería la de un experto diciendo “eso es técnicamente imposible”. Las meteduras de pata, cagadas, fiascos o errores son comunes al ser humano y por eso no están ausentes del mundo de la ciencia. Por supuesto hay errores que son producto de la ignorancia científica de la época, como cuando el astrónomo William Pickering dijo que los vuelos transatlánticos eran “completamente fantásticos, e incluso si pudieran hacerlos una o dos personas, los costes serían prohibitivos excepto para capitalistas que pudieran tener su propio yate”. Y remató la faena diciendo que como la resistencia del aire crece con el cuadrado de la velocidad “los vuelos nunca tendrían una velocidad comparable a la de nuestras locomotoras”.

Los hay que son producto de una ciencia mal digerida o motivados por decisiones políticas mientras que otros se pueden achacar a la inherente estupidez humana en su más amplia acepción. Solo así se explica, por ejemplo, que científicos del Institute for Animal Health de Edimburgo malgastaran 200.000 libras del erario público para ver si la enfermedad espongiforme bovina -las famosas vacas locas- se había saltado la “barrera de especie” pasando a las ovejas. Lo que lo convierte en una película de los hermanos Marx es que ese equipo científico estuvo estudiando durante cinco años cerebros de vacas creyendo que eran de ovejas.

Los prejuicios también explican muchas meteduras de pata, como pasó con la molécula de la herencia, el ADN. Descubierto en 1869, durante décadas se pensó que no servía para nada. Los genetistas estaban convencidos que la herencia se encontraba oculta entre los pliegues de las proteínas. Para estos científicos la molécula del ADN era demasiado simple para ser la depositaria de la vida. Una creencia que se mantuvo cerrilmente durante la primera mitad del siglo XX a pesar de que Ostwald Avery publicara en 1944 un artículo demostrando todo lo contrario a partir de una serie de cuidadosos experimentos sobre una cepa bacteriana que infectaba a los ratones. Los biólogos no se lo creyeron. Como alguien comentó, “el ADN es una sustancia estúpida, incapaz de hacer nada concreto o específico”. Únicamente a James Watson y a dos outsiders de la biología, el químico Erwin Chargaff y el físico Francis Crick, el trabajo de Avery les pareció revolucionario.

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Semillas para la eternidad

26 junio 2012

La próxima vez que acuda a comprar al mercado o al súper deténgase en la verdulería y cuente los tipos de lechugas que ve; seguro que no van más allá de ocho. ¿Sabía que en el Banco de Germoplasma del Centro de Investigación y Tecnología Agroalimentaria (CITA) del Gobierno de Aragón se conservan semillas de más de 800 lechugas diferentes y de 3.000 tomates? ¿Qué en el Centro de Conservación y Mejora de la Agrodiversidad Valenciana (COMAV) hay 600 tipos de melones distintos?

Un Banco de Germoplasma sirve para lo mismo que un banco de esperma humano: guardar genes. Claro que el objetivo es bien diferente, y no sólo por el interés del segundo de hacer negocio. La misión de un banco hortícola es el de crear una fuente de variabilidad genética para la mejora de la agricultura en un futuro no demasiado lejano. Estamos hablando de investigación, no de una casa de semillas.

España cuenta con diversos bancos repartidos por las diferentes comunidades autónomas. Desde el punto de vista hortícola los dos más importantes son el aragonés y el del COMAV de la Universidad Politécnica de Valencia. El banco aragonés, nacido en 1981, se encuentra “entre los 10 mejores del mundo”, comenta Miguel Carravedo, su responsable y alma mater. Que sea así es gracias a la devoción de este investigador, que durante muchos años se ha dedicado de forma incansable a la búsqueda de semillas en pueblos y fincas.

Estas expediciones recolectoras, que incluso han involucrado a su familia los fines de semana, han hecho que el banco de la Unidad de Tecnología de Producción Vegetal del CITA atesore más de 14.000 tipos distintos entre coles, sandías, melones, pepinos, calabazas, guisantes, judías, habas, cebollas, puerros, acelgas, pimientos, tomates… Y otras un poco más raras: borraja, cardo, nabo, oruga, mastuerzo, rábano, judiones, hacederas, cilantro… Esencialmente, su labor se centra en las especies menos utilizadas. Por su parte, el CMAV “colecta entre las variedades tradicionales usadas por los agricultores y las silvestres asociadas a estos cultivos”, añade María José Díez, que junto a Fernando Nuez dirige el banco valenciano.

Los técnicos e investigadores de estos centros son verdaderos Indiana Jones de las semillas: buscan contactos entre la gente vinculada al mundo de la agricultura, las agencias de protección agraria… “Pregunto si conocen a alguien que tenga el tipo de semillas que busco. Entonces vas, te presentas, hablas… Lo normal es que compren las semillas, pero hace años esto no era tan normal. Aunque hay especies que compran siempre, como el tomate, la cebolla, el pimiento… a veces encuentras un perejil que ya cultivaba su abuela, o un cardo… entonces les pido unas pocas semillas”, explica Carravedo. Nadie muere si alguien te recuerda. En este caso, cuando desaparezca esa abuela no morirá ese melón que cultivaba con mimo, porque quedará conservado. Los investigadores recogen esa semilla que lleva en los pueblos cientos de años para preservarla.

De regreso al banco, el investigador la cultiva –dicho técnicamente, la multiplica- de modo que de un gramo de semilla se obtienen 300. Después la evalúa. Por ejemplo, en el caso de las cebollas se mide la precocidad de maduración del bulbo (desde que está sembrado hasta que sale al comercio), su peso, longitud y anchura, la cantidad de sólidos solubles (en esencia, cantidad de azúcar)… A continuación se conserva. Para ello la semilla se encierra en un tarro hermético con gel de sílice (el mismo que encontramos en esas bolsitas que entregan al comprar algún equipo óptico) que absorbe la humedad, y se guarda en cámaras frigoríficas, entre 10 y 18 grados bajo cero. En estas condiciones la viabilidad de la semilla es de 100 años. “Esto es, que pasados 100 años, cuando haya muerto el hortelano que te la entregó, y tú y yo, aunque nadie la haya usado desde que la recogiste, no se ha perdido. Esta es la filosofía de todos los bancos del mundo”, afirma, no sin cierta emoción, Carravedo.

Claro que esto aún no se ha podido comprobar experimentalmente pues este afán recolector, no solo de especies hortícolas sino de plantas silvestres, comenzó a mediados del siglo XX, cuando se crearon los primeros bancos de semillas en San Petersburgo (Rusia), Fort Collins -el más grande del mundo- (EE UU) y Gatersleben (Alemania). Hoy existen 1.300 bancos que conservan más de 6 millones de muestras. En España el primero se creó en 1966 en la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Agrónomos de la Universidad Politécnica de Madrid, con el objetivo de preservar las especies vegetales endémicas de la Península Ibérica y de las regiones Mediterránea y Macaronésica: Canarias, Azores, Madeira, Cabo Verde, los islotes de las Salvajes y parte de la costa occidental de África. Fue, además, el primer banco de semillas del mundo que se especializó en plantas silvestres. “Hemos realizado experimentos de germinación con semillas de hace 40 años con un porcentaje de éxito altísimo, tan altos como cuando fueron recolectadas”, comenta uno de sus responsables, Juan Bautista Martínez Laborde. Al menos, se sabe que las semillas aguantan medio siglo.

Pero conservar no es el único objetivo de estos bancos. La mejora de las especies que podemos encontrar en los puestos del mercado dependen críticamente de estas semillas tradicionales. “Las empresas dedicadas a la mejora hortícola utilizan estas variedades tradicionales”, dice María José Díez. Por ejemplo, entre las especies silvestres podemos encontrar genes de resistencia a diferentes enfermedades o insectos para nuestros frutos y hortalizas: “Hibridando los tomates se pueden transferir estos genes de resistencia a las especies comerciales”. El bien conocido melón de piel de sapo, “tiene en su genoma bastantes provenientes de los tradicionales”, añade Díez. El banco valenciano conserva más de 10.000 muestras originales –tomates, pimientos, melones, sandías, berengenas, coles, escarolas…- muchas de las cuales seguramente nos chocaría encontrar en las fruterías, como un tomate completamente amarillo.

Es evidente que ante tal cantidad de material estos bancos suelen tener asociadas distintas líneas de investigación, como puede ser la búsqueda de nuevos genes de resistencia o la mejora de las propiedades organolépticas y nutricionales: quizá un pimiento de aspecto poco agraciado tenga muchísimo más valor nutritivo que el del supermercado; transfiriendo esos genes a nuestro pimiento habitual conseguimos mejorarlo. “No podemos imaginarnos el material de fondo que proporcionan a las hortalizas que acaban en nuestra cesta de la compra”, insiste María José Díez.

‘Prospectar, multiplicar, evaluar y conservar’ es el lema de cualquier banco de germoplasma. Toda una inversión de futuro.

(Publicado en Muy Interesante)


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