Archive for the ‘Bioquímica’ category

Medicinas sacacuartos

30 abril 2014

Desde mediados del siglo XX el curandero clásico de hierbas y potingües ha ido disminuyendo en su número y ha dejado el paso franco a un nuevo tipo que apela a cierta energía invisible e indetectable que anima a los seres vivos, en lo que es una reinterpretación de la fuerza vital decimonónica: son los sanadores energéticos.

Entre estas peculiares terapias se encuentra la llamada medicina vibracional, inventada por el médico Albert Abrams (1863-1924), que ha sido llamado “el decano de los charlatanes del siglo XX”. Su método de curación, que bautizó como radiónica, se basaba en que Abrams era capaz de detectar las diferentes energías o vibraciones emitidas por los tejidos sanos y enfermos de todos los seres vivos. Para poder exportar esta terapia, diseñó un conjunto de dispositivos que decía eran capaces de medir estas vibraciones y creó un sistema para evaluarlas y determinar la enfermedad.

El hecho de que en toda la historia de la ciencia ningún instrumento haya podido detectar semejantes vibraciones o energías no ha detenido a ningún creador de terapias energéticas (o de imposición de manos). Entre ellas se encuentra el llamado toque terapéutico. Fue inventado en los años 1970 –la segunda época dorada de lo paranormal tras el impasse provocado por las dos Guerras Mundiales- por una enfermera norteamericana llamada Dolores Krieger. Estaba convencida de que las palmas de las manos podían canalizar una energía curativa y que, además, eran capaces de detectar el (inexistente) campo energético humano. Un campo que, según sus defensores, fue postulado por Albert Einstein, aunque nunca han aportado prueba alguna para esa afirmación.

En un terreno similar se mueven los defensores de la aurasomaterapia, “una terapia holística del alma en la cual los poderes vibracionales de los colores, los cristales y los aromas naturales se combinan con la luz para armonizar el cuerpo, la mente y el espíritu de la humanidad”. Como no puede ser de otro modo, quienes lo practican dicen que se trata de un técnica muy antigua –lo que, una vez más, es sinónimo de efectividad- que fue redescubierta en los 1980 por la clarividente inglesa Vicky Wall.

Europa y Estados Unidos poseen un tipo de curandero característico que bajo el paraguas de dudosas credenciales académicas afirma poder tratar todo tipo de enfermedades, incluyendo el cáncer. Entre estos luce con luz propia Hulda Regehr Clark, una doctora en zoología reconvertida a naturópata que decía poder curar todo tipo de cáncer y murió en 2009 de un mieloma múltiple. Para ella todas las enfermedades tenían su origen en toxinas creadas por nuestro contaminado entorno y por gusanos. Entre estos últimos Clark apuntaba al peligroso parásito intestinal Fasciolopsis buski como el causante del cáncer, el sida y el Alzheimer. Entre sus coloristas tratamientos incluía una tintura de vainas verdes de nueces, hojas de ajenjo y clavos.

Otro es el médico alemán Ryke Geerd Hamer, creador de la Nueva Medicina Germánica según la cual “Las enfermedades graves se originan por un acontecimiento inesperado que es vivido como muy difícil, agudo, dramático y en soledad”. Encarcelado en Alemania y Francia por fraude y práctica médica ilegal, se exilió en Málaga hasta 2007, donde ejerció su particular visión de la medicina ayudado por el médico Fermín Moriano. Hasta la fecha, ni Hamer ni sus defensores han podido aportar ni un solo caso documentado de curación de un paciente de cáncer utilizando su método.

Otro tipo de curandero netamente occidental es el intuitivo, que dice diagnosticar y enseñar a otros a curar sin preocuparle en demasía la llamada la medicina basada en las pruebas. Él, simplemente, sabe. Afirman utilizar su “perspicacia”, por llamarla de algún modo, para diagnosticar por teléfono, radio o Internet. Y no solo con enfermedades orgánicas; también los hay como la médico titulada Judith Orloff, llamada la psiquiatra clarividente, que hace lo propio con los desórdenes mentales. Entre todos ellos quien mayor fama acumula es Carolyn Myss, que posee un fantasmagórico doctorado en Intuición y Medicina Energética por la Greenwich University, una organización de enseñanza a distancia no reconocida que operaba -hasta que fue clausurada- en Australia, California y Hawaii. La “doctora” Myss ha descubierto que es más fácil, menos arriesgado y más lucrativo escribir libros y dar cursos y seminarios sobre medicina intuitiva, donde mezcla la ideología Nueva Era salpicada con términos científicos.

De hecho, muchos de estos sanadores intuitivos afirman que son capaces de usar su “intuición” para entender materias tales como la bioquímica o la mecánica cuántica. Otros, menos atrevidos, ignoran la ciencia y su discurso lo empapan con metafísica de baja estofa. Solo hay una cuestión en la que todos coinciden: ninguno se ha prestado a un estudio experimental controlado para verificar su “perspicacia”. Por supuesto, tal prueba solo valdría para quienes afirman ser capaces de diagnosticar el cáncer. Aquellos que dicen diagnosticar y curar el aura, el chi u otro tipo de “energía” o “vibración” que desarmoniza nuestro cuerpo se encuentran hábilmente libres de todo riesgo, habida cuenta de que esa “energía” solo la pueden ver ellos.

Lo único cierto es que bajo ese manto de bondad y deseo de ayudar al ser humano con el que se cubren se esconde lo que realmente son: mercaderes de esperanza.

Un detergente de castañas

18 julio 2013

Lo que se puede hacer con un kilo de castañas de indias…

La trastienda del Nobel (II): Suecia contra el doctor NO

5 marzo 2013

El Instituto Karolinska ha tenido su más importante desliz, por decirlo de manera suave, con el hondureño Salvador Moncada.

Este científico hispanoamericano comenzó en 1971 una ingente producción investigadora en el campo de la fisiología cardiovascular. Fruto de sus primeros descubrimientos está el que hoy usemos la aspirina como fármaco fundamental para prevenir la trombosis y en el tratamiento de las formas agudas de enfermedad coronaria, el infarto y la angina de pecho, donde se ha demostrado que la aspirina reduce su tasa de mortalidad. Solamente con esta aportación, de la que se han beneficiado millones de personas en todo el mundo, basta para que Salvador Moncada pase a la historia de la medicina.

Cuando en 1982 se concedió el premio Nobel de Medicina a los investigadores que hicieron posible el descubrimiento, Moncada quedó fuera.

Pero el hondureño no tiró la toalla. Inició una nueva línea de investigación que culminó con el descubrimiento del papel fisiológico del óxido nítrico en 1986, un hallazgo que le ha llevado a convertirse en uno de los científicos más citado de los últimos tiempos. A pesar del enorme peso de su trabajo, de nuevo el Instituto Karolinska le apartó en 1998 del premio Nobel de Medicina, otorgado a tres científicos cuya aportaciones sobre el oxido nítrico fueron de igual o menor calibre que las del centroamericano.

En 2032, cuando se abran los archivos de 1982, es posible que sepamos porqué los miembros del comité le tuvieron tanta tirria a Moncada.

Curiosamente, este caso ha sido el único en el que la comunidad científica en pleno ha criticado el fallo del comité Nobel. Cientos de cartas fueron publicadas en las revistas más prestigiosas y, por primera vez en 100 años de historia de los premios, la protesta no surgió del excluido, sino de sus colegas e incluso de los científicos galardonados, que reconocieron públicamente la injusticia cometida por segunda vez con Salvador Moncada.

(Publoicado en Muy Interesante)

Semillas para la eternidad

26 junio 2012

La próxima vez que acuda a comprar al mercado o al súper deténgase en la verdulería y cuente los tipos de lechugas que ve; seguro que no van más allá de ocho. ¿Sabía que en el Banco de Germoplasma del Centro de Investigación y Tecnología Agroalimentaria (CITA) del Gobierno de Aragón se conservan semillas de más de 800 lechugas diferentes y de 3.000 tomates? ¿Qué en el Centro de Conservación y Mejora de la Agrodiversidad Valenciana (COMAV) hay 600 tipos de melones distintos?

Un Banco de Germoplasma sirve para lo mismo que un banco de esperma humano: guardar genes. Claro que el objetivo es bien diferente, y no sólo por el interés del segundo de hacer negocio. La misión de un banco hortícola es el de crear una fuente de variabilidad genética para la mejora de la agricultura en un futuro no demasiado lejano. Estamos hablando de investigación, no de una casa de semillas.

España cuenta con diversos bancos repartidos por las diferentes comunidades autónomas. Desde el punto de vista hortícola los dos más importantes son el aragonés y el del COMAV de la Universidad Politécnica de Valencia. El banco aragonés, nacido en 1981, se encuentra “entre los 10 mejores del mundo”, comenta Miguel Carravedo, su responsable y alma mater. Que sea así es gracias a la devoción de este investigador, que durante muchos años se ha dedicado de forma incansable a la búsqueda de semillas en pueblos y fincas.

Estas expediciones recolectoras, que incluso han involucrado a su familia los fines de semana, han hecho que el banco de la Unidad de Tecnología de Producción Vegetal del CITA atesore más de 14.000 tipos distintos entre coles, sandías, melones, pepinos, calabazas, guisantes, judías, habas, cebollas, puerros, acelgas, pimientos, tomates… Y otras un poco más raras: borraja, cardo, nabo, oruga, mastuerzo, rábano, judiones, hacederas, cilantro… Esencialmente, su labor se centra en las especies menos utilizadas. Por su parte, el CMAV “colecta entre las variedades tradicionales usadas por los agricultores y las silvestres asociadas a estos cultivos”, añade María José Díez, que junto a Fernando Nuez dirige el banco valenciano.

Los técnicos e investigadores de estos centros son verdaderos Indiana Jones de las semillas: buscan contactos entre la gente vinculada al mundo de la agricultura, las agencias de protección agraria… “Pregunto si conocen a alguien que tenga el tipo de semillas que busco. Entonces vas, te presentas, hablas… Lo normal es que compren las semillas, pero hace años esto no era tan normal. Aunque hay especies que compran siempre, como el tomate, la cebolla, el pimiento… a veces encuentras un perejil que ya cultivaba su abuela, o un cardo… entonces les pido unas pocas semillas”, explica Carravedo. Nadie muere si alguien te recuerda. En este caso, cuando desaparezca esa abuela no morirá ese melón que cultivaba con mimo, porque quedará conservado. Los investigadores recogen esa semilla que lleva en los pueblos cientos de años para preservarla.

De regreso al banco, el investigador la cultiva –dicho técnicamente, la multiplica- de modo que de un gramo de semilla se obtienen 300. Después la evalúa. Por ejemplo, en el caso de las cebollas se mide la precocidad de maduración del bulbo (desde que está sembrado hasta que sale al comercio), su peso, longitud y anchura, la cantidad de sólidos solubles (en esencia, cantidad de azúcar)… A continuación se conserva. Para ello la semilla se encierra en un tarro hermético con gel de sílice (el mismo que encontramos en esas bolsitas que entregan al comprar algún equipo óptico) que absorbe la humedad, y se guarda en cámaras frigoríficas, entre 10 y 18 grados bajo cero. En estas condiciones la viabilidad de la semilla es de 100 años. “Esto es, que pasados 100 años, cuando haya muerto el hortelano que te la entregó, y tú y yo, aunque nadie la haya usado desde que la recogiste, no se ha perdido. Esta es la filosofía de todos los bancos del mundo”, afirma, no sin cierta emoción, Carravedo.

Claro que esto aún no se ha podido comprobar experimentalmente pues este afán recolector, no solo de especies hortícolas sino de plantas silvestres, comenzó a mediados del siglo XX, cuando se crearon los primeros bancos de semillas en San Petersburgo (Rusia), Fort Collins -el más grande del mundo- (EE UU) y Gatersleben (Alemania). Hoy existen 1.300 bancos que conservan más de 6 millones de muestras. En España el primero se creó en 1966 en la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Agrónomos de la Universidad Politécnica de Madrid, con el objetivo de preservar las especies vegetales endémicas de la Península Ibérica y de las regiones Mediterránea y Macaronésica: Canarias, Azores, Madeira, Cabo Verde, los islotes de las Salvajes y parte de la costa occidental de África. Fue, además, el primer banco de semillas del mundo que se especializó en plantas silvestres. “Hemos realizado experimentos de germinación con semillas de hace 40 años con un porcentaje de éxito altísimo, tan altos como cuando fueron recolectadas”, comenta uno de sus responsables, Juan Bautista Martínez Laborde. Al menos, se sabe que las semillas aguantan medio siglo.

Pero conservar no es el único objetivo de estos bancos. La mejora de las especies que podemos encontrar en los puestos del mercado dependen críticamente de estas semillas tradicionales. “Las empresas dedicadas a la mejora hortícola utilizan estas variedades tradicionales”, dice María José Díez. Por ejemplo, entre las especies silvestres podemos encontrar genes de resistencia a diferentes enfermedades o insectos para nuestros frutos y hortalizas: “Hibridando los tomates se pueden transferir estos genes de resistencia a las especies comerciales”. El bien conocido melón de piel de sapo, “tiene en su genoma bastantes provenientes de los tradicionales”, añade Díez. El banco valenciano conserva más de 10.000 muestras originales –tomates, pimientos, melones, sandías, berengenas, coles, escarolas…- muchas de las cuales seguramente nos chocaría encontrar en las fruterías, como un tomate completamente amarillo.

Es evidente que ante tal cantidad de material estos bancos suelen tener asociadas distintas líneas de investigación, como puede ser la búsqueda de nuevos genes de resistencia o la mejora de las propiedades organolépticas y nutricionales: quizá un pimiento de aspecto poco agraciado tenga muchísimo más valor nutritivo que el del supermercado; transfiriendo esos genes a nuestro pimiento habitual conseguimos mejorarlo. “No podemos imaginarnos el material de fondo que proporcionan a las hortalizas que acaban en nuestra cesta de la compra”, insiste María José Díez.

‘Prospectar, multiplicar, evaluar y conservar’ es el lema de cualquier banco de germoplasma. Toda una inversión de futuro.

(Publicado en Muy Interesante)

¿Qué hay detrás del pescado marinado?

25 junio 2012

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Químicamente hablando, un ácido es una sustancia que libera con facilidad protones. Un protón es el núcleo del átomo más ligero y abundante del universo, el hidrógeno.

(Pequeña nota previa: como todos recordaremos de nuestros tiempos de escuela, el átomo está compuesto por un núcleo -que posee carga positiva- y una nube de electrones -con carga negativa- orbitando alrededor. Y el núcleo, a su vez, se compone de otras dos partículas más pequeñas, los protones, que son los que llevan la carga positiva, y los neutrones, que no tienen carga y actúan como pegamento para que los protones no se repelan y se vaya cada uno a vivir su vida. Y nota para los puristas: ya sé que esta visión del interior atómico como un sistema solar en miniatura no es correcta, pero convendrán conmigo en que si empiezo a hablar de orbitales de probabilidad la cosa acabará asustando…)

Decía, tras esta pequeña digresión técnica, que los ácidos se caracterizan por liberar núcleos de hidrógeno, esto es, un simple y solitario protón. El agua, por ejemplo, es un ácido débil y las células de todos los seres vivos sobre este planeta están diseñadas para vivir en una bañera permanente. Ahora bien, cuando se encuentran en un medio que contiene un ácido fuerte, se inundan con más protones de los que pueden manejar; algo así a cuando uno de esos jugadores compulsivos de Las Vegas recibe el premio gordo en la tragaperras y salen más monedas de las que caben en sus manos. Pero mientras que a nuestro afortunado amigo la sonrisa de la cara no se le borra aunque caigan al suelo algunas monedas, en el interior de la célula la superabundancia de protones paraliza la maquinaria celular. Es por esto que los ácidos se han usado para preservar alimentos: mantienen a raya a los microbios.

Las condiciones ácidas hacen que reaccionen con el agua unas moléculas peculiares y muy olorosas, pertenecientes al grupo de los aldehídos, que acentúan el olor a pescado producto de la trimetilamina o TMA (una sustancia que también está asociada, curiosamente, al mal aliento y a las infecciones vaginales bacterianas. Los peces poseen, en vida, una variante, el óxido de TMA pero al morir las bacterias y el propio proceso de descomposición lo convierte en TMA, responsable del olor a pescado podrido). Al fijarse en el agua no pasan al ambiente y el olor que se percibe es ligeramente alcohólico. El arenque en escabeche, muy popular en los países escandinavos, se puede convertir debido a este proceso en un plato muy delicado.

Gracias a Marco Gavio Apicio (25 a.C.-37 d.C.) -cuya De re coquinaria es fundamental para conocer la gastronomía romana- sabemos que el pescado se marinaba desde tiempos inmemoriales. He aquí la receta para hacer un escabeche romano: “Para hacer que el pescado frito se conserve más tiempo. En el momento en que esté frito y sea quitado de la cazuela, viértase vinagre caliente sobre él”. Nuestro término escabeche viene del árabe sikbja, que se usaba en el siglo XIII para los platos de carne y pescado con vinagre añadido al final de la preparación. Otros líquidos también utilizados eran el vino y el zumo de uvas verdes.

Como bien sabemos el pescado y el marisco se pueden marinar ya sea crudo o tras cocinarlos. En el norte de Europa el arenque se prepara de esta manera: 3 partes de pescado se sumergen en 2 partes que tienen un 10% de sal y un 6% de una mezcla de ácido acético durante una semana y a una temperatura de unos 10 grados. Por su parte, los japoneses (shimesaba) tienen primero un día entero los filetes de pescado en sal y luego en vinagre otro día. Si freímos antes el pescado, que obviamente manda las bacterias al otro barrio (si es que existe un cielo para ellas), ganamos en que el marinado posterior es más suave pero perdemos textura y sabor.

Cómo saber si una mujer finge un orgasmo

21 junio 2012

¿Recuerdan la antológica escena del restaurante en la comedia de 1989 Cuando Harry encontró a Sally?
Allí Meg Ryan (Sally) y Billy Crystal (Harry) discuten sobre si los hombres son capaces de reconocer cuándo una mujer finge un orgasmo. Sally dice que no pueden y, para probarlo, le hace una demostración ante la mirada atónita de los parroquianos.

[NOTA: ¿Quién lo hace mejor, Meg Ryan o su dobladora española Marta Tamarit?]

Es probable que los hombres sean incapaces de saberlo, pero si tienen a mano un escáner la cosa cambia. Todo gracias a un equipo de neurocientíficos de la Universidad de Groninga (Holanda) que en 2003 decidieron descubrir qué pasaba en el cerebro en el momento del orgasmo.

Para ello reclutaron 11 parejas -heterosexuales y diestras- entre 19 y 39 años para que disfrutaran de aquello que, según la primera sex-symbol del cine Mae West, mantiene al médico lejos si tienes uno al día. Claro que en este tipo de estudios el ambiente es bastante peor que en una peli porno.

Imagine un equipo de investigadores dando vueltas a su alrededor mientras su pareja le excita manualmente y usted no puede mover lo más mínimo su cabeza, que tiene metida dentro del escáner PET (tomografía por emisión de positrones). Es lo que tiene usar una tecnología que todavía se encuentra al mismo nivel que la fotografía en el siglo XIX: como se tarda muchos minutos en tomar una imagen hay que estar bien quietecito. Curiosamente, durante los experimentos los sujetos sintieron frío en los pies así que los científicos les pusieron calcetines.¿Cabe una escena más erótica?

En los hombres es fácil saber cuándo llegan al orgasmo al venir acompañado por la eyaculación, pero con las mujeres el asunto se vuelve más complicado ya que no proporcionan ninguna señal inequívoca. Por eso se les pidió que fingieran un orgasmo. La sorpresa fue mayúscula: la actividad cerebral es absolutamente diferente. En un orgasmo real se produce, cuenta el director de este estudio Gert Holstege, “una desactivación extrema de grandes zonas del cerebro, especialmente de los centros del miedo”. Al parecer las mujeres apagan las partes relacionadas con los sentimientos y el miedo para poder disfrutar con toda intensidad del clímax sexual. Por el contrario, “en una mujer que finge el orgasmo descubres que no solo el cerebelo, sino la corteza –la parte consciente del cerebro- también está activa”, añade Holstege. Dicho de otro modo, para tener un verdadero orgasmo la mujer debe asegurarse de que el miedo y el estrés no entran en el juego. Esto último implica, comenta Holstege, que “es muy complicado que una mujer disfrute del sexo si tiene un alto nivel de ansiedad”. Y un dato curioso revelado por este equipo holandés: durante el orgasmo los hombres desactivan su cerebro mucho menos que las mujeres.

(Publicado en Muy Interesante)

¿Por qué besamos? (I)

21 marzo 2012

¿Porqué existe el beso? Uno de los primeros en intentar explicar su funcionalidad fue Sigmund Freud que especuló, como podría esperarse, que se trataba de un regreso a la época de amamantamiento. Más tarde, en los años 1960, el zoólogo Desmond Morris propuso que el beso podría haber evolucionado de la práctica por la cual las madres primates mastican la comida de sus hijos antes de dársela boca a boca con los labios fruncidos. Así lo hacen las madres chimpancés y posiblemente lo hicieran los hominidos. Presionar con los labios semiabiertos pudo desarrollarse más tarde como una manera de reconfortar a hijos hambrientos cuando la comida era escasa y, con el tiempo, expresar amor o afecto en general. La especie humana podría eventualmente haber tomado estos besos protoparentales y convertirlos en variedades más pasionales que hoy conocemos.

El problema con esta idea es que hay muy pocas culturas humanas en las que las madres alimenten de este modo a sus hijos. Claro que sí explicaría la etimología de la palabra comer en el Egipto de los faraones: besar la comida de uno.
Otros antropólogos y expertos en comportamiento animal han propuesto que besar puede haber evolucionado del husmeo habitual entre los animales y, por qué no decirlo, no tan raro entre nosotros.

Esto es lo que defiende Kazushige Touhara y sus colegas de la Universidad de Tokio. Los besos son un eco de una forma de comunicación más primitiva, más química, según revelan sus estudios con ratones. Mientras que las fermomonas, las famosas moléculas señaladoras capaces de provocar una respuesta en otro individuo de la misma especie, pueden olerse a grandes distancias y atraer a posibles parejas, este equipo japonés ha encontrado ciertas feromonas no volatiles secretadas desde los ojos y transmitidas por contacto. Aunque ratones y humanos son genéticamente muy similares, el gen que codifica esta feromona no existe en el ser humano. “Perdimos este gen en algún punto de la evolución”, añade Touhara. Ambas especies comparten un antepasado común situado entre 75 y 125 millones de años atrás, una critatura ratuna llamada Eomaia scansoria (Eomaia, del griego “madre del amanecer” y scansoria, del latín “trepadora”) que es el primer mamífero placentario que se conoce.

Touhara especula que los humanos debemos retener un vestigio de comportamiento roedor porque todavía nos gusta besar o frotar las narices, un comportamiento automático destinado a realizar un muestreo osmógeno del aroma del otro. Para detectar los olores el aire debe llegar hasta la parte más profunda de la nariz y para ello debemos inspirar muy fuerte. Así, la respiración natural lleva el aire al interior de la nariz a una velocidad a 6 km/h. En el caso de una correcta inspiración odorífera el aire debe entrar a 32 km/; de ahí el característico sonido del olisqueo. De este modo entra en juego el llamado sentido mudo, el que siempre está ahí aunque no nos demos cuenta de su existencia.


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