
A mediados de los años 90 la NASA se enfrentaba a un recorte masivo por parte del Congreso. En 1994 el administrador de la agencia, Daniel Goldin, había enviado un informe en el que planteaba una reducción de 15.000 millones de dólares en cinco años. Un ajuste considerable, teniendo en cuenta que la NASA gastaba entonces 14.000 millones de dólares anuales. Dos años más tarde tuvo que volver a reducir el presupuesto, rediseñando la Estación Espacial Internacional y cancelando proyectos. Era la época del “bueno, bonito y barato” de la investigación espacial.
El aire olía a desastre en todos los centros de la agencia espacial norteamericana. En particular había un campo que no se las prometía muy felices: las ciencias de la vida. Los pocos recursos disponibles se iban a dedicar a misiones específicas y, sabiendo que la NASA está dominada por físicos e ingenieros, las cuestiones relacionadas con la biología tenían poco futuro. Pero entonces Lynn Harper, directora de la Advanced Life Support Division del NASA Ames Research Center tuvo una luminosa idea. Diseñó toda una nueva estrategia donde defendía que la investigación interdisciplinar era más importante, e incluso más productiva, que las tradicionales estructuras encorsetadas de la ciencia. Este enfoque iba a permitir al Ames dedicarse a un único tema: la vida en el universo. Y la jugada funcionó.
Desde la creación de la Oficina de las Ciencias de la Vida en 1960, la NASA había asumido como propia la búsqueda de vida fuera del planeta Tierra. Entonces se llamaba exobiología, un término acuñado por el genetista y Premio Nobel de Medicina Joshua Lederberg en su artículo Exobiology: experimental approaches to Life beyond Earth, publicado aquel año en la prestigiosa revista Science. Desde el mismo momento de su creación las burlas no cesaron y los críticos no dejaron de recordar que se trataba la única ciencia sin objeto de estudio. Si se quería que la nueva estrategia prosperase había que dar un giro de 180º y deshacerse de ese nombre con una fuerte carga negativa. El nuevo término era vida en el universo, y ese énfasis en la biología fue lo que más convenció a Daniel Goldin.
En los primeros meses de 1995 el Ames Research Center escapó al desastre. El golpe de timón fue impresionante: de un drástico y casi mortal recorte pasó a liderar un nuevo programa de investigación: la astrobiología. Había que definirla y en el Plan Estratégico de la NASA de 1996, el primer documento oficial donde apareció ese nombre, se definió como “el estudio del universo vivo” dirigido a tres temas: el origen y distribución de la vida en el universo, el papel de la gravedad en los sistemas vivos y el estudio de la atmósfera terrestre y sus ecosistemas. Todos ellos ya estaban funcionando en la NASA pero el toque del chef era la interdisciplinaridad: compartir conocimientos y recursos en busca de nuevos caminos.
Tras el golpe de timón vino el golpe de suerte. Dos noticias que llenaron las páginas de los periódicos dieron alas a esta nueva ciencia. La primera, el anuncio en octubre de 1995 del descubrimiento del primer planeta orbitando alrededor de una estrella, 51 Pegasi. La segunda, que Marte había albergado vida en algún momento de su historia. A finales de 1995 el equipo liderado por David McKay, Kathie Thomas-Keptra y Everett Gibson pensaba que sus análisis del meteorito marciano ALH 84001 probaban la existencia de restos de vida marciana. Una vez que su artículo fue aceptado por la revista Science, el 7 de agosto de 1996 la NASA lo anunció a bombo y platillo. Su administrador, Daniel Goldin, comenzó así la rueda de prensa: “La NASA ha hecho un descubrimiento importante”. El presidente Clinton dijo que era uno de los hallazgos más importantes de la historia y su vicepresidente Al Gore estaba entusiasmado. El equipo de la NASA no sólo había descubierto restos de actividad biológica, sino también lo que parecían fósiles de bacterias.
Sin embargo, McKay y sus colegas habían cometido un tremendo error; el mismo en que incurrió ese mismo año Steve Mojzis, también científico de la NASA, al afirmar que había encontrado la evidencia más antigua de vida en la Tierra en unas rocas de la isla Akilia, en Groenlandia. Su estimación retrasaba el origen de la vida en 400 millones de años y lo colocaba justo al terminar la época del Gran Bombardeo, hace 3.900 millones de años, cuando la superficie de nuestro planeta fue barrida por meteoritos y cometas.
¿Cómo pudieron equivocarse? Porque estudiaron las rocas sin tener en cuenta su entorno geológico. Se colocaron las anteojeras de su especialidad y dedicaron todos sus esfuerzos al análisis de laboratorio, olvidándose de investigar la geología de la zona donde se originaron esas rocas. La pifia del meteorito marciano fue una gran lección para la astrobiología: jamás hay que olvidar la visión interdisciplinar. George Cody, del Instituto Carnegie de Washington, dijo al respecto: “Esa historia debemos verla como un gran regalo. Nos hizo pensar”.
No obstante, el impacto mediático de la rueda de prensa significó un relanzamiento de las misiones espaciales. Ahora había un objetivo: descubrir si alguna vez hubo vida en Marte. La astrobiología se convirtió, por obra y gracia de una investigación fallida, en una ciencia de moda. En 1998 se creó el NASA Astrobiology Institute (NAI), donde hoy participan más de 400 científicos de una decena de instituciones académicas norteamericanas.
El enfoque es muy claro: colocar la vida en el contexto de la historia planetaria, buscar nuevos sistemas solares, analizar las firmas que dejaría la vida en un planeta y estudiar el pasado, presente y futuro de la vida. Para el director del NAI, Baruch Blumberg, la astrobiología se aparta radicalmente de las demás ciencias; en lugar de hiperespecialización exige mentes generalistas, científicos del Renacimiento. “Que un paleontólogo descubra una nueva forma de vida de hace mil millones de años en una roca de África tiene importantes consecuencias para un geólogo planetario que está estudiando Marte… se están formando las alianzas más dispares, y se derrumban las paredes que han encorsetado a la ciencia en sus disciplinas”, afirman con rotundidad los astrobiólogos P. Ward y D. Brownlee. Ésta es su mayor fuerza y su mayor peligro pues los científicos no están acostumbrados a pensar y trabajar de este modo.
La prueba de ello es que la llamada Revolución Astrobiológica ha tenido su génesis en una serie de descubrimientos realizados fuera del campo de su predecesora, la exobiología, durante la segunda mitad del siglo XX. El primero de todos ellos fue descubrir que la vida es muy robusta.
En 1964 el biólogo Thomas Brock se encontraba visitando el Parque Nacional de Yellowstone. Estaba interesado en la ecología de los microorganismos y descubrió, entre maravillado y sorprendido, vida microbiana en los manantiales de aguas termales. Al verano siguiente regresó y descubrió que había bacterias viviendo en manantiales donde la temperatura era de 82º C. Nadie sabía que existían porque ningún biólogo pensaba que pudiera haber vida en agua hirviendo. Desde entonces se han descubierto multitud de microorganismos capaces de vivir en ambientes donde se pensaba que ninguno podía hacerlo: se han encontrado quienes viven a 169 ºC. Otros son acidófilos, como Picrophilus oshimae, que se siente a sus anchas en ácido sulfúrico puro. Los hay halófilos y viven en lugares donde concentraciones de sal son tan altas que impiden la vida al resto de los seres. Toda esta inmensa panoplia de organismos extremófilos demuestra que, una vez que surge la vida, acaba ocupando los lugares más insospechados. De hecho, las perforaciones realizadas en 1987 cerca del río Savannah en Carolina del Sur descubrieron todo un ecosistema microbiano a profundidades de medio kilómetro en el interior de la corteza terrestre. Hoy sabemos que existe vida incluso a 3,5 kilómetros de profundidad.
El registro fósil también nos ha dado una sorpresa. El análisis químico de las rocas más antiguas conocidas, en Isua, Groenlandia, indican que la vida apareció en nuestro planeta muy pronto, en cuando tuvo oportunidad para hacerlo. El descubrimiento en 1977 de las archeas por Carl Woese, un físico apasionado por el mundo microbiano, ponía sobre el tapete una nueva manera de entender la evolución de la vida. Diferentes a las bacterias y las eucariotas (el dominio de donde cuelga toda la vida vegetal y animal), la mayoría de las archeas no necesitan del oxígeno para vivir, lo que las convierte en el candidato ideal para el título de los primeros seres vivos sobre la Tierra. Entre los metabolismos más antiguos posiblemente estén los microorganismos del río Tinto. No necesitan ni luz solar ni alimentarse de otros organismos para vivir; son quimilótrofos y les basta con oxidar compuestos inorgánicos formados por azufre y hierro, muy abundantes en esa zona de Huelva.
Por otro lado, cada vez hay más sospechas que en la luna de Júpiter Europa, un objeto cubierto por una capa de hielo que alcanza los 100 km de espesor y bajo la cual hay un océano de agua salada, pueda haberse dado algún tipo de química prebiótica y que, quizá, pueda haber vida. Lo mismo sucede en el otro cuerpo-fetiche de los astrobiólogos de nuestro Sistema Solar: Titán. Este satélite de Saturno, que recibió la visita de la sonda Huygens en 2005, posee una atmósfera compuesta mayormente de nitrógeno y, en lugar de oxígeno y vapor de agua, metano. Es como una máquina del tiempo, que nos permite estudiar las reacciones químicas que una vez fueron habituales en el Sistema Solar: se encuentra todo un amplio abanico de moléculas orgánicas, desde hidrocarburos simples formados a partir del metano hasta aquellas formadas a partir del nitrógeno, como el ácido cianhídrico. Aunque la sonda Huygens no las detectara es posible que haya otras moléculas complejas ocultas en el ubicuo smog que oculta por completo la superficie del satélite. ¿Es posible que tengamos a nuetsra disposición un gran laboratorio natural de química prebiótica?
Todas estas investigaciones apuntan a lo que sería el hallazgo más importante de la astrobiología: en la escala más simple, la vida es común en el universo. Ahora bien, ¿hasta qué punto lo es la vida más compleja?
(Publicado en Muy Interesante)
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