Archive for the ‘Biologia’ category

Sentineleses: la última tribu no “occidentalizada”

28 enero 2014

“Todos los hombres de la isla de Angamanain tiene cabeza de perro… son violentos y crueles y se comen a todo aquél que capturan”. Así describió Marco Polo a uno de los pueblos que encontró en sus viajes, aunque lo más seguro es que el famoso viajero veneciano nunca se acercara a la isla que menciona y las pocas líneas que les dedicó las escribiera de oídas.
En realidad se trata de un grupo de islas cuyo nombre actual es Andamán, una palabra que quizá provenga de la palabra sánscrita nagnamanaba (hombre desnudo). Junto con las Nicobar conforman un archipiélago de 572 islas a 1.000 km de la costa este de la India y están agrupadas a lo largo de un arco con una longitud de más de 800 km. Los antropólogos han determinado que las cuatro tribus supervivientes de las Andamán, Gran Andamaneses, Onge, Jarawa y Sentineleses, se originaron en África.

Según un estudio realizado entre estas tribus (las que se dejaron, obviamente) por científicos del Centro de Biología Celular y Molecular de Hyderabad en el sur de la India y publicado en la revista BMC Genomics, son los descendientes directos de una primera oleada que salió de África y llegó a aquellas costas hace 60.000 años. Su perenne aislamiento hace que su genoma sea uno de los más antiguos del mundo. Por su parte, investigadores de la Universidad de Oslo publicaron en la revista Current Biology el descubrimiento de una mutación en el cromosoma Y -llamada Marcador 174-, característica de las poblaciones de la periferia de Asia y que se ha encontrado en muchos japoneses, tibetanos y pueblos aislados del sureste asiático como los Hmong, de las montañas del sur de China. Curiosamente, su cromosoma Y no lleva el marcador RPS4Y, común entre los aborígenes australianos. Esto significa que al menos hubo dos emigraciones distintas desde África: una se dispersó rápidamente al interior de Asia y la otra viajó hacia Australia. Claro que un enigma planea sobre toda esta historia: ¿Cómo llegaron a esas islas, que son invisibles desde el continente? Algunos piensan que recorrieron por mar toda la costa asiática. Que no se hayan encontrado restos de semejantes migraciones podría deberse a que el nivel del mar se encontraba 150 metros más abajo debido a la última edad de hielo.

Los primeros contactos de los andamaneses con extranjeros se dieron hace 1.000 años, cuando arribaron a sus playas navegantes chinos y árabes. La respuesta de aquellos isleños fue una lluvia de flechas. Incluso los misioneros lo intentaron sin éxito. Los británicos rompieron el cerco y en 1858 crearon una colonia penal e intentaron civilizar a los nativos haciéndoles vestir al modo europeo, enseñándoles a leer, escribir y, es de esperar, a tomar el té. No pudo ser más desastroso: al igual que ocurrió en Sudamérica con la llegada de los españoles, la mayoría de los indígenas sucumbieron a la neumonía, la gripe, el sarampión… Su sistema inmunitario no respondió ante nuestros microorganismos patógenos. Es la consecuencia real de la lección que nos enseñó H. G. Wells en La Guerra de los mundos. Por supuesto, a semejante aniquilación también colaboraron con entusiasmo los japoneses durante la II Guerra Mundial y las ínfulas expansionistas del primer presidente indio Jawaharlal Nehru.

La vida de los nativos andamaneses ha cambiado muy poco en todos estos milenios. Siguen viviendo en la edad de piedra, cazan cerdos salvajes y peces con lanzas, creen que los pájaros hablan con los espíritus, muchos desconocen el fuego y no saben contar más allá de dos. Eso sí, no hay evidencia de canibalismo. De todas ellas la tribu más misteriosa es la que habita la isla Sentinel Norte, de tan solo 72 km2, cuyos miembros reciben el nombre, a la sazón, de Sentineleses. Se trata de una de las tribus más aisladas y desconocidas del planeta. Y no es por desinterés nuestro; son ellos los que no quieren saber nada del resto. Han sobrevivido a los birmanos, británicos, japoneses, indios y al espantoso tsunami de 2004.

El 27 de enero de 2006 dos pescadores indios que vivían en la capital del archipiélago, Port Blair, fueron asesinados por guerreros de esta tribu cuando su bote fue arrastrados a las playas de la isla. Otros pescadores que se encontraban en la zona describieron cómo los dos indios, que parecían borrachos (posiblemente gracia a una generosa ingesta de vino de palma) fueron atacados por hombres casi desnudos que blandían unas hachas. Un helicóptero de la guardia costera, enviado para investigar, fue recibido sin contemplaciones con una lluvia de flechas, dejando claro al piloto que más le valía no aterrizar. Los familiares clamaron justicia; las autoridades locales miraron para otro lado temiendo la reacción de grupos de presión como Survival Internacional, dedicados a la defensa de culturas tribales. Las familias no pudieron recuperar los cuerpos para quemarlos, según su costumbre; debía seguir cumpliéndose la zona de exclusión de 5 kilómetros alrededor de la isla. Pero los andamaneses indios comprenden a este pueblo: “solo se defienden; los pescadores furtivos que van armados hasta los dientes les tienen aterrorizados”, comentó un anciano de 74 años.

Nadie conoce su idioma. En dos ocasiones se ha intentado entablar comunicación con habitantes de otras islas, con la esperanza de que se pareciera a alguna de las demás lenguas del archipiélago. El breve intercambio, además de hostil, no sirvió de nada.

La habitual lluvia de flechas y lanzas con que reciben a los extranjeros manda un claro mensaje: no quieren que se les moleste. Por no saber ni tan siquiera saben el tamaño de esta tribu. Según un censo de 2001 consistente en observar la playa en la distancia, se pudieron identificar 39 individuos, aunque se cree que puede haber del orden de 250. Calcular su número es necesario: para que este grupo sobreviva al impacto de la deriva genética –que tiende a eliminar la variabilidad de los genes de una población- debe estar compuesto por un número mínimo de individuos. Calcular este valor es muy complicado, pero se cree que una supervivencia a corto plazo requiere del orden de 50 y a largo plazo, 500. Es posible que los sentineleses acaben desapareciendo. De hecho, un estudio realizado entre otra tribu andamanesa, los Jarawa, y publicado en 2004 en la revista Science revelaba que estos poseían una baja variabilidad genética.
“Cuanto menos contacto tengamos, mejor será para ellos”, dice el médico Ratan Chandra Kar, que ayudó a los Jarawa a salvarse de una epidemia de sarampión en 1998 (una nueva epidemia se repitió en 2006). El contacto con el mundo civilizado ha sido catastrófico: hace un siglo el número de aborígenes en todas las islas era 10.000; hoy quedan poco más de 900. Hace medio siglo los Gran Andamaneses eran 5.000 frente a los 40 que sobreviven en la actualidad, la mayoría alcohólicos. La hostilidad de los Sentineleses les ha salvado de la aniquilación.

(Publicado en Muy Interesante)

Cuando quisimos eliminar a los “tarados”

16 octubre 2013

Eugenesia

El 1 de octubre de 1910 empezó a funcionar en un tranquilo paraje de la costa norte de Long Island (Nueva York), en Cold Spring Harbor, el Departamento de Registros de Eugenesia. Se encontraba junto a un centro de evolución experimental perteneciente a la Carnegie Institution de Washington, y cerca de un laboratorio de biología perteneciente al Brooklyn Institute of Arts and Sciences. La persona a cargo de ambos y responsable de la creación del departamento de eugenesia era Charles B. Davenport, un antiguo catedrático de biología de Harvard, que había convencido a la esposa de un magnate del ferrocarril para que ofreciera su apoyo.

Al año siguiente Davenport publicaba Heredity in Relation to Eugenics, donde señalaba que los italianos tendían a cometer “delitos de violencia personal” y que los judíos mostraban “la mayor proporción de delitos contra la castidad y en conexión con la prostitución, los más ruines de todos los delitos”. Siguiendo este tono, otro de los partidarios de la eugenesia, Madison Grant, escribió en 1916:

“Tanto si nos gusta reconocerlo como si no, el resultado de la mezcla de dos razas es a la larga una raza que experimenta una regresión y vuelve al tipo racial más antiguo e inferior. El cruce de un ser humano de raza blanca y otro de raza negra es un negro; el cruce de un ser humano de cualquiera de las tres razas europeas y un judío es un judío”.

Es obvio que Adolf Hitler personifica al máximo las ideas eugenésicas. En Mi Lucha (1925) decía:

“Aquellos que están físicamente y mentalmente enfermos e incapaces no deberían perpetuar sus sufrimientos en los cuerpos de sus hijos. A través de medidas educacionales el estado debería enseñar a los individuos qué enfermedades no son una desgracia sino algo de mala fortuna para la cual la gente debe compadecerlos, y al mismo tiempo es un crimen y una desgracia hacer que esta aflicción sea aún peor dejándola pasar a criaturas inocentes por culpa de un anhelo simple y egoísta.”

¿Pero qué pensar de ésta, expresada ese mismo año?

“Es mejor para todo el mundo, si en lugar de esperar a ejecutar a hijos degenerados por un crimen o dejarlos morir de hambre por su imbecilidad, la sociedad pudiera prevenir que aquellos que son manifiestamente incapaces continuar su especie”.

Su autor era el juez Oliver Wendell Holmes, del Tribunal Supremo de los Estados Unidos.

Los Estados Unidos fue el primer país industrializado que decretó leyes de purificación racial. A fines del XIX en Michigan y Massachusetts castraban a enfermos mentales y a quien exhibiera «epilepsia persistente», «imbecilidad» y «masturbación acompañada de debilidad mental». Pero claro, la castración pura y dura no era algo que pudiera aceptarse sin un cierto tipo de malestar en la boca del estómago, por lo que pronto los métodos eugenésicos derivaron hacia algo menos aparatoso: la vasectomía en los hombres y la ligadura de trompas en las mujeres. En los años 1930 al menos 60.000 personas fueron legalmente esterilizadas. El número correcto nunca se conocerá porque de muchas intervenciones en hospitales y cárceles jamás se informó.

Davenport encarnó la corriente científica de principios del siglo XX que pretendía encontrar una base genética en los comportamientos sociales y en la inteligencia. Dicho de manera muy simple, el tonto era tonto, el pobre, pobre y el delincuente, delincuente, porque sus padres lo eran. El ladrón nace, no se hace, como las brujas.

Por culpa de estos trabajos se elaboraron toda una serie de leyes, principalmente en los Estados Unidos, destinadas a cortar por lo sano lo que ellos denominaban la proliferación de gentes física y psíquicamente inferiores. Mejor que detenerlos o encerrarlos en manicomios de por vida era impedir que nacieran. De este modo, 30 estados de los Estados Unidos promulgaron leyes eugenésicas.

La obsesión de los legisladores eugenésicos eran los que llamaban imbéciles e idiotas. La ley de Indiana pretendía prevenir «la procreación de criminales convictos, imbéciles y violadores». En California, el estado donde más esterilizaciones se realizaron, bastaba con una nota de un doctor para esterilizar a «cualquier idiota» al igual que a cualquier preso que tuviera «un comportamiento sexual o moral degenerado». En Iowa la ley iba dirigida hacia «aquellos que podría dar a luz niños con tendencia a enfermar, a la deformidad, al crimen, a la locura, a la debilidad mental, a la idioticia, a la imbecilidad, a la epilepsia o al alcoholismo».

Con la ciencia en la mano, muchos llegaron a identificar grupos étnicos enteros como seres inferiores. Curiosamente, ninguno de estos científicos juzgó como inferior a su propio grupo étnico.

En la hora final

18 agosto 2013


Así podrá ser el proceso que sufriremos cuando nos llegue esa terrible hora en la que todo cesa. El proceso es tan variable como el de nacer y no hay manera de predecir ni la hora ni la forma exacta en que moriremos, pero los enfermos terminales experimentan síntomas similares a los descritos en el vídeo a medida que se aproximan al final de sus días, independientemente del tipo de enfermedad que padezcan.

Morimos porque vivimos. Los cambios emocionales que sufrimos en nuestros últimos momentos, tales como estar cada vez menos interesados en el mundo exterior y menos involucrados socialmente, suelen interpretarse como preliminares de lo que está por llegar: del mismo modo que el cuerpo se prepara físicamente para la muerte, también lo hace la mente.

A pesar de que la muerte es consecuencia inevitable de la vida, es una idea muy difícil de aceptar. Nos resistimos a desaparecer y nos molesta que el mundo siga existiendo una vez que nosotros no estemos.

En 1969 se publicaba Sobre la Muerte y los Moribundos de Kübler-Ross, una psiquiatra que pasó gran parte de su vida asistiendo a agonizantes. A ella le debemos la famosa teoría de los cinco estados previos a la muerte –negación, ira, regateo, depresión y aceptación– y fue unA llamada de atención a médicos y familiares de las especialísimas necesidades de los moribundos. Su singular sensibilidad y compasión le valió el respeto y la popularidad de la gente de la calle y de la clase médica.

Con su demostrada experiencia Kübler-Ross insistía que el momento de la muerte

no es ni terrorífico ni doloroso, sino un cese tranquilo del funcionamiento del cuerpo. Observar la sosegada muerte de un ser humano nos recuerda la visión de una estrella fugaz; de entre millones de estrellas en un inmenso cielo, una de ellas brilla más que ninguna durante un breve momento para desaparecer por siempre en la noche infinita.

Semillas para la eternidad

26 junio 2012

La próxima vez que acuda a comprar al mercado o al súper deténgase en la verdulería y cuente los tipos de lechugas que ve; seguro que no van más allá de ocho. ¿Sabía que en el Banco de Germoplasma del Centro de Investigación y Tecnología Agroalimentaria (CITA) del Gobierno de Aragón se conservan semillas de más de 800 lechugas diferentes y de 3.000 tomates? ¿Qué en el Centro de Conservación y Mejora de la Agrodiversidad Valenciana (COMAV) hay 600 tipos de melones distintos?

Un Banco de Germoplasma sirve para lo mismo que un banco de esperma humano: guardar genes. Claro que el objetivo es bien diferente, y no sólo por el interés del segundo de hacer negocio. La misión de un banco hortícola es el de crear una fuente de variabilidad genética para la mejora de la agricultura en un futuro no demasiado lejano. Estamos hablando de investigación, no de una casa de semillas.

España cuenta con diversos bancos repartidos por las diferentes comunidades autónomas. Desde el punto de vista hortícola los dos más importantes son el aragonés y el del COMAV de la Universidad Politécnica de Valencia. El banco aragonés, nacido en 1981, se encuentra “entre los 10 mejores del mundo”, comenta Miguel Carravedo, su responsable y alma mater. Que sea así es gracias a la devoción de este investigador, que durante muchos años se ha dedicado de forma incansable a la búsqueda de semillas en pueblos y fincas.

Estas expediciones recolectoras, que incluso han involucrado a su familia los fines de semana, han hecho que el banco de la Unidad de Tecnología de Producción Vegetal del CITA atesore más de 14.000 tipos distintos entre coles, sandías, melones, pepinos, calabazas, guisantes, judías, habas, cebollas, puerros, acelgas, pimientos, tomates… Y otras un poco más raras: borraja, cardo, nabo, oruga, mastuerzo, rábano, judiones, hacederas, cilantro… Esencialmente, su labor se centra en las especies menos utilizadas. Por su parte, el CMAV “colecta entre las variedades tradicionales usadas por los agricultores y las silvestres asociadas a estos cultivos”, añade María José Díez, que junto a Fernando Nuez dirige el banco valenciano.

Los técnicos e investigadores de estos centros son verdaderos Indiana Jones de las semillas: buscan contactos entre la gente vinculada al mundo de la agricultura, las agencias de protección agraria… “Pregunto si conocen a alguien que tenga el tipo de semillas que busco. Entonces vas, te presentas, hablas… Lo normal es que compren las semillas, pero hace años esto no era tan normal. Aunque hay especies que compran siempre, como el tomate, la cebolla, el pimiento… a veces encuentras un perejil que ya cultivaba su abuela, o un cardo… entonces les pido unas pocas semillas”, explica Carravedo. Nadie muere si alguien te recuerda. En este caso, cuando desaparezca esa abuela no morirá ese melón que cultivaba con mimo, porque quedará conservado. Los investigadores recogen esa semilla que lleva en los pueblos cientos de años para preservarla.

De regreso al banco, el investigador la cultiva –dicho técnicamente, la multiplica- de modo que de un gramo de semilla se obtienen 300. Después la evalúa. Por ejemplo, en el caso de las cebollas se mide la precocidad de maduración del bulbo (desde que está sembrado hasta que sale al comercio), su peso, longitud y anchura, la cantidad de sólidos solubles (en esencia, cantidad de azúcar)… A continuación se conserva. Para ello la semilla se encierra en un tarro hermético con gel de sílice (el mismo que encontramos en esas bolsitas que entregan al comprar algún equipo óptico) que absorbe la humedad, y se guarda en cámaras frigoríficas, entre 10 y 18 grados bajo cero. En estas condiciones la viabilidad de la semilla es de 100 años. “Esto es, que pasados 100 años, cuando haya muerto el hortelano que te la entregó, y tú y yo, aunque nadie la haya usado desde que la recogiste, no se ha perdido. Esta es la filosofía de todos los bancos del mundo”, afirma, no sin cierta emoción, Carravedo.

Claro que esto aún no se ha podido comprobar experimentalmente pues este afán recolector, no solo de especies hortícolas sino de plantas silvestres, comenzó a mediados del siglo XX, cuando se crearon los primeros bancos de semillas en San Petersburgo (Rusia), Fort Collins -el más grande del mundo- (EE UU) y Gatersleben (Alemania). Hoy existen 1.300 bancos que conservan más de 6 millones de muestras. En España el primero se creó en 1966 en la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Agrónomos de la Universidad Politécnica de Madrid, con el objetivo de preservar las especies vegetales endémicas de la Península Ibérica y de las regiones Mediterránea y Macaronésica: Canarias, Azores, Madeira, Cabo Verde, los islotes de las Salvajes y parte de la costa occidental de África. Fue, además, el primer banco de semillas del mundo que se especializó en plantas silvestres. “Hemos realizado experimentos de germinación con semillas de hace 40 años con un porcentaje de éxito altísimo, tan altos como cuando fueron recolectadas”, comenta uno de sus responsables, Juan Bautista Martínez Laborde. Al menos, se sabe que las semillas aguantan medio siglo.

Pero conservar no es el único objetivo de estos bancos. La mejora de las especies que podemos encontrar en los puestos del mercado dependen críticamente de estas semillas tradicionales. “Las empresas dedicadas a la mejora hortícola utilizan estas variedades tradicionales”, dice María José Díez. Por ejemplo, entre las especies silvestres podemos encontrar genes de resistencia a diferentes enfermedades o insectos para nuestros frutos y hortalizas: “Hibridando los tomates se pueden transferir estos genes de resistencia a las especies comerciales”. El bien conocido melón de piel de sapo, “tiene en su genoma bastantes provenientes de los tradicionales”, añade Díez. El banco valenciano conserva más de 10.000 muestras originales –tomates, pimientos, melones, sandías, berengenas, coles, escarolas…- muchas de las cuales seguramente nos chocaría encontrar en las fruterías, como un tomate completamente amarillo.

Es evidente que ante tal cantidad de material estos bancos suelen tener asociadas distintas líneas de investigación, como puede ser la búsqueda de nuevos genes de resistencia o la mejora de las propiedades organolépticas y nutricionales: quizá un pimiento de aspecto poco agraciado tenga muchísimo más valor nutritivo que el del supermercado; transfiriendo esos genes a nuestro pimiento habitual conseguimos mejorarlo. “No podemos imaginarnos el material de fondo que proporcionan a las hortalizas que acaban en nuestra cesta de la compra”, insiste María José Díez.

‘Prospectar, multiplicar, evaluar y conservar’ es el lema de cualquier banco de germoplasma. Toda una inversión de futuro.

(Publicado en Muy Interesante)

Ositos… pero no de gominola

26 marzo 2012

Miren con detenimiento la foto que encabeza esta entrada. Están contemplando un ejemplar de unos misteriosos animales que no miden más de 1 mm de largo. A pesar de hallarse en cualquier hábitat húmedo del mundo, desde las selvas tropicales al océano Ártico pasando por los charcos del jardín trasero de las casas, no fueron descubiertos hasta 1773 por el zoólogo alemán Johann August Ephraim Goeze, que los llamó Kleiner Wasser Bärs, ositos de agua. Pertenecen a un más que desconocido phylum de invertebrados, Tardigrada, de los que se han descrito del orden de 800 especies diferentes. Sólo el 10% viven en agua salada y el resto en agua dulce, agarrados a musgos, líquenes, vegetación acuática o sobre lechos de hojas en descomposición. De cuerpo corto y gordito, poseen cuatro pares de extremidades pobremente articuladas terminadas en unas garras que forman grupos de 4 a 8.

Viven rodeados de una delgada capa de agua que les permite intercambiar gases con el exterior e impide que se produzca una desecación no controlada. Porque ésta es una de las características más llamativas de estos diminutos animales: pueden suspender de manera reversible su metabolismo, de forma que lo hacen descender hasta un 0,01% de su valor normal -incluso puede llegar a ser indetectable- y reducir su contenido de agua hasta menos del 1%. A esta capacidad de algunos seres vivos de perder prácticamente la totalidad del agua de su organismo se la llama anhidrobiosis. El cuerpo se encoge longitudinalmente y se pliega mientras las extremidades se invaginan. Además, la superficie se recubre de una capa de cera que ayuda a reducir la transpiración.

Los tardígrados son realmente impresionantes: no solo resisten una sequedad ambiental extrema, sino que también soportan altas dosis de rayos X (más de 1.000 veces la dosis mortal para un ser humano), temperaturas por encima de 150º C y hasta -272,8º C, muy cerca del cero absoluto. Y, para colmo, aguantan tanto muy altas presiones como el vacío del espacio.

¿Por qué besamos? (I)

21 marzo 2012

¿Porqué existe el beso? Uno de los primeros en intentar explicar su funcionalidad fue Sigmund Freud que especuló, como podría esperarse, que se trataba de un regreso a la época de amamantamiento. Más tarde, en los años 1960, el zoólogo Desmond Morris propuso que el beso podría haber evolucionado de la práctica por la cual las madres primates mastican la comida de sus hijos antes de dársela boca a boca con los labios fruncidos. Así lo hacen las madres chimpancés y posiblemente lo hicieran los hominidos. Presionar con los labios semiabiertos pudo desarrollarse más tarde como una manera de reconfortar a hijos hambrientos cuando la comida era escasa y, con el tiempo, expresar amor o afecto en general. La especie humana podría eventualmente haber tomado estos besos protoparentales y convertirlos en variedades más pasionales que hoy conocemos.

El problema con esta idea es que hay muy pocas culturas humanas en las que las madres alimenten de este modo a sus hijos. Claro que sí explicaría la etimología de la palabra comer en el Egipto de los faraones: besar la comida de uno.
Otros antropólogos y expertos en comportamiento animal han propuesto que besar puede haber evolucionado del husmeo habitual entre los animales y, por qué no decirlo, no tan raro entre nosotros.

Esto es lo que defiende Kazushige Touhara y sus colegas de la Universidad de Tokio. Los besos son un eco de una forma de comunicación más primitiva, más química, según revelan sus estudios con ratones. Mientras que las fermomonas, las famosas moléculas señaladoras capaces de provocar una respuesta en otro individuo de la misma especie, pueden olerse a grandes distancias y atraer a posibles parejas, este equipo japonés ha encontrado ciertas feromonas no volatiles secretadas desde los ojos y transmitidas por contacto. Aunque ratones y humanos son genéticamente muy similares, el gen que codifica esta feromona no existe en el ser humano. “Perdimos este gen en algún punto de la evolución”, añade Touhara. Ambas especies comparten un antepasado común situado entre 75 y 125 millones de años atrás, una critatura ratuna llamada Eomaia scansoria (Eomaia, del griego “madre del amanecer” y scansoria, del latín “trepadora”) que es el primer mamífero placentario que se conoce.

Touhara especula que los humanos debemos retener un vestigio de comportamiento roedor porque todavía nos gusta besar o frotar las narices, un comportamiento automático destinado a realizar un muestreo osmógeno del aroma del otro. Para detectar los olores el aire debe llegar hasta la parte más profunda de la nariz y para ello debemos inspirar muy fuerte. Así, la respiración natural lleva el aire al interior de la nariz a una velocidad a 6 km/h. En el caso de una correcta inspiración odorífera el aire debe entrar a 32 km/; de ahí el característico sonido del olisqueo. De este modo entra en juego el llamado sentido mudo, el que siempre está ahí aunque no nos demos cuenta de su existencia.

Astrobiología: cuando nació una nueva ciencia

16 marzo 2012

A mediados de los años 90 la NASA se enfrentaba a un recorte masivo por parte del Congreso. En 1994 el administrador de la agencia, Daniel Goldin, había enviado un informe en el que planteaba una reducción de 15.000 millones de dólares en cinco años. Un ajuste considerable, teniendo en cuenta que la NASA gastaba entonces 14.000 millones de dólares anuales. Dos años más tarde tuvo que volver a reducir el presupuesto, rediseñando la Estación Espacial Internacional y cancelando proyectos. Era la época del “bueno, bonito y barato” de la investigación espacial.

El aire olía a desastre en todos los centros de la agencia espacial norteamericana. En particular había un campo que no se las prometía muy felices: las ciencias de la vida. Los pocos recursos disponibles se iban a dedicar a misiones específicas y, sabiendo que la NASA está dominada por físicos e ingenieros, las cuestiones relacionadas con la biología tenían poco futuro. Pero entonces Lynn Harper, directora de la Advanced Life Support Division del NASA Ames Research Center tuvo una luminosa idea. Diseñó toda una nueva estrategia donde defendía que la investigación interdisciplinar era más importante, e incluso más productiva, que las tradicionales estructuras encorsetadas de la ciencia. Este enfoque iba a permitir al Ames dedicarse a un único tema: la vida en el universo. Y la jugada funcionó.

Desde la creación de la Oficina de las Ciencias de la Vida en 1960, la NASA había asumido como propia la búsqueda de vida fuera del planeta Tierra. Entonces se llamaba exobiología, un término acuñado por el genetista y Premio Nobel de Medicina Joshua Lederberg en su artículo Exobiology: experimental approaches to Life beyond Earth, publicado aquel año en la prestigiosa revista Science. Desde el mismo momento de su creación las burlas no cesaron y los críticos no dejaron de recordar que se trataba la única ciencia sin objeto de estudio. Si se quería que la nueva estrategia prosperase había que dar un giro de 180º y deshacerse de ese nombre con una fuerte carga negativa. El nuevo término era vida en el universo, y ese énfasis en la biología fue lo que más convenció a Daniel Goldin.

En los primeros meses de 1995 el Ames Research Center escapó al desastre. El golpe de timón fue impresionante: de un drástico y casi mortal recorte pasó a liderar un nuevo programa de investigación: la astrobiología. Había que definirla y en el Plan Estratégico de la NASA de 1996, el primer documento oficial donde apareció ese nombre, se definió como “el estudio del universo vivo” dirigido a tres temas: el origen y distribución de la vida en el universo, el papel de la gravedad en los sistemas vivos y el estudio de la atmósfera terrestre y sus ecosistemas. Todos ellos ya estaban funcionando en la NASA pero el toque del chef era la interdisciplinaridad: compartir conocimientos y recursos en busca de nuevos caminos.

Tras el golpe de timón vino el golpe de suerte. Dos noticias que llenaron las páginas de los periódicos dieron alas a esta nueva ciencia. La primera, el anuncio en octubre de 1995 del descubrimiento del primer planeta orbitando alrededor de una estrella, 51 Pegasi. La segunda, que Marte había albergado vida en algún momento de su historia. A finales de 1995 el equipo liderado por David McKay, Kathie Thomas-Keptra y Everett Gibson pensaba que sus análisis del meteorito marciano ALH 84001 probaban la existencia de restos de vida marciana. Una vez que su artículo fue aceptado por la revista Science, el 7 de agosto de 1996 la NASA lo anunció a bombo y platillo. Su administrador, Daniel Goldin, comenzó así la rueda de prensa: “La NASA ha hecho un descubrimiento importante”. El presidente Clinton dijo que era uno de los hallazgos más importantes de la historia y su vicepresidente Al Gore estaba entusiasmado. El equipo de la NASA no sólo había descubierto restos de actividad biológica, sino también lo que parecían fósiles de bacterias.

Sin embargo, McKay y sus colegas habían cometido un tremendo error; el mismo en que incurrió ese mismo año Steve Mojzis, también científico de la NASA, al afirmar que había encontrado la evidencia más antigua de vida en la Tierra en unas rocas de la isla Akilia, en Groenlandia. Su estimación retrasaba el origen de la vida en 400 millones de años y lo colocaba justo al terminar la época del Gran Bombardeo, hace 3.900 millones de años, cuando la superficie de nuestro planeta fue barrida por meteoritos y cometas.

¿Cómo pudieron equivocarse? Porque estudiaron las rocas sin tener en cuenta su entorno geológico. Se colocaron las anteojeras de su especialidad y dedicaron todos sus esfuerzos al análisis de laboratorio, olvidándose de investigar la geología de la zona donde se originaron esas rocas. La pifia del meteorito marciano fue una gran lección para la astrobiología: jamás hay que olvidar la visión interdisciplinar. George Cody, del Instituto Carnegie de Washington, dijo al respecto: “Esa historia debemos verla como un gran regalo. Nos hizo pensar”.

No obstante, el impacto mediático de la rueda de prensa significó un relanzamiento de las misiones espaciales. Ahora había un objetivo: descubrir si alguna vez hubo vida en Marte. La astrobiología se convirtió, por obra y gracia de una investigación fallida, en una ciencia de moda. En 1998 se creó el NASA Astrobiology Institute (NAI), donde hoy participan más de 400 científicos de una decena de instituciones académicas norteamericanas.

(Publicado en Muy Interesante)


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