Archive for the ‘Antropología’ category

Sentineleses: la última tribu no “occidentalizada”

28 enero 2014

“Todos los hombres de la isla de Angamanain tiene cabeza de perro… son violentos y crueles y se comen a todo aquél que capturan”. Así describió Marco Polo a uno de los pueblos que encontró en sus viajes, aunque lo más seguro es que el famoso viajero veneciano nunca se acercara a la isla que menciona y las pocas líneas que les dedicó las escribiera de oídas.
En realidad se trata de un grupo de islas cuyo nombre actual es Andamán, una palabra que quizá provenga de la palabra sánscrita nagnamanaba (hombre desnudo). Junto con las Nicobar conforman un archipiélago de 572 islas a 1.000 km de la costa este de la India y están agrupadas a lo largo de un arco con una longitud de más de 800 km. Los antropólogos han determinado que las cuatro tribus supervivientes de las Andamán, Gran Andamaneses, Onge, Jarawa y Sentineleses, se originaron en África.

Según un estudio realizado entre estas tribus (las que se dejaron, obviamente) por científicos del Centro de Biología Celular y Molecular de Hyderabad en el sur de la India y publicado en la revista BMC Genomics, son los descendientes directos de una primera oleada que salió de África y llegó a aquellas costas hace 60.000 años. Su perenne aislamiento hace que su genoma sea uno de los más antiguos del mundo. Por su parte, investigadores de la Universidad de Oslo publicaron en la revista Current Biology el descubrimiento de una mutación en el cromosoma Y -llamada Marcador 174-, característica de las poblaciones de la periferia de Asia y que se ha encontrado en muchos japoneses, tibetanos y pueblos aislados del sureste asiático como los Hmong, de las montañas del sur de China. Curiosamente, su cromosoma Y no lleva el marcador RPS4Y, común entre los aborígenes australianos. Esto significa que al menos hubo dos emigraciones distintas desde África: una se dispersó rápidamente al interior de Asia y la otra viajó hacia Australia. Claro que un enigma planea sobre toda esta historia: ¿Cómo llegaron a esas islas, que son invisibles desde el continente? Algunos piensan que recorrieron por mar toda la costa asiática. Que no se hayan encontrado restos de semejantes migraciones podría deberse a que el nivel del mar se encontraba 150 metros más abajo debido a la última edad de hielo.

Los primeros contactos de los andamaneses con extranjeros se dieron hace 1.000 años, cuando arribaron a sus playas navegantes chinos y árabes. La respuesta de aquellos isleños fue una lluvia de flechas. Incluso los misioneros lo intentaron sin éxito. Los británicos rompieron el cerco y en 1858 crearon una colonia penal e intentaron civilizar a los nativos haciéndoles vestir al modo europeo, enseñándoles a leer, escribir y, es de esperar, a tomar el té. No pudo ser más desastroso: al igual que ocurrió en Sudamérica con la llegada de los españoles, la mayoría de los indígenas sucumbieron a la neumonía, la gripe, el sarampión… Su sistema inmunitario no respondió ante nuestros microorganismos patógenos. Es la consecuencia real de la lección que nos enseñó H. G. Wells en La Guerra de los mundos. Por supuesto, a semejante aniquilación también colaboraron con entusiasmo los japoneses durante la II Guerra Mundial y las ínfulas expansionistas del primer presidente indio Jawaharlal Nehru.

La vida de los nativos andamaneses ha cambiado muy poco en todos estos milenios. Siguen viviendo en la edad de piedra, cazan cerdos salvajes y peces con lanzas, creen que los pájaros hablan con los espíritus, muchos desconocen el fuego y no saben contar más allá de dos. Eso sí, no hay evidencia de canibalismo. De todas ellas la tribu más misteriosa es la que habita la isla Sentinel Norte, de tan solo 72 km2, cuyos miembros reciben el nombre, a la sazón, de Sentineleses. Se trata de una de las tribus más aisladas y desconocidas del planeta. Y no es por desinterés nuestro; son ellos los que no quieren saber nada del resto. Han sobrevivido a los birmanos, británicos, japoneses, indios y al espantoso tsunami de 2004.

El 27 de enero de 2006 dos pescadores indios que vivían en la capital del archipiélago, Port Blair, fueron asesinados por guerreros de esta tribu cuando su bote fue arrastrados a las playas de la isla. Otros pescadores que se encontraban en la zona describieron cómo los dos indios, que parecían borrachos (posiblemente gracia a una generosa ingesta de vino de palma) fueron atacados por hombres casi desnudos que blandían unas hachas. Un helicóptero de la guardia costera, enviado para investigar, fue recibido sin contemplaciones con una lluvia de flechas, dejando claro al piloto que más le valía no aterrizar. Los familiares clamaron justicia; las autoridades locales miraron para otro lado temiendo la reacción de grupos de presión como Survival Internacional, dedicados a la defensa de culturas tribales. Las familias no pudieron recuperar los cuerpos para quemarlos, según su costumbre; debía seguir cumpliéndose la zona de exclusión de 5 kilómetros alrededor de la isla. Pero los andamaneses indios comprenden a este pueblo: “solo se defienden; los pescadores furtivos que van armados hasta los dientes les tienen aterrorizados”, comentó un anciano de 74 años.

Nadie conoce su idioma. En dos ocasiones se ha intentado entablar comunicación con habitantes de otras islas, con la esperanza de que se pareciera a alguna de las demás lenguas del archipiélago. El breve intercambio, además de hostil, no sirvió de nada.

La habitual lluvia de flechas y lanzas con que reciben a los extranjeros manda un claro mensaje: no quieren que se les moleste. Por no saber ni tan siquiera saben el tamaño de esta tribu. Según un censo de 2001 consistente en observar la playa en la distancia, se pudieron identificar 39 individuos, aunque se cree que puede haber del orden de 250. Calcular su número es necesario: para que este grupo sobreviva al impacto de la deriva genética –que tiende a eliminar la variabilidad de los genes de una población- debe estar compuesto por un número mínimo de individuos. Calcular este valor es muy complicado, pero se cree que una supervivencia a corto plazo requiere del orden de 50 y a largo plazo, 500. Es posible que los sentineleses acaben desapareciendo. De hecho, un estudio realizado entre otra tribu andamanesa, los Jarawa, y publicado en 2004 en la revista Science revelaba que estos poseían una baja variabilidad genética.
“Cuanto menos contacto tengamos, mejor será para ellos”, dice el médico Ratan Chandra Kar, que ayudó a los Jarawa a salvarse de una epidemia de sarampión en 1998 (una nueva epidemia se repitió en 2006). El contacto con el mundo civilizado ha sido catastrófico: hace un siglo el número de aborígenes en todas las islas era 10.000; hoy quedan poco más de 900. Hace medio siglo los Gran Andamaneses eran 5.000 frente a los 40 que sobreviven en la actualidad, la mayoría alcohólicos. La hostilidad de los Sentineleses les ha salvado de la aniquilación.

(Publicado en Muy Interesante)

En la hora final

18 agosto 2013


Así podrá ser el proceso que sufriremos cuando nos llegue esa terrible hora en la que todo cesa. El proceso es tan variable como el de nacer y no hay manera de predecir ni la hora ni la forma exacta en que moriremos, pero los enfermos terminales experimentan síntomas similares a los descritos en el vídeo a medida que se aproximan al final de sus días, independientemente del tipo de enfermedad que padezcan.

Morimos porque vivimos. Los cambios emocionales que sufrimos en nuestros últimos momentos, tales como estar cada vez menos interesados en el mundo exterior y menos involucrados socialmente, suelen interpretarse como preliminares de lo que está por llegar: del mismo modo que el cuerpo se prepara físicamente para la muerte, también lo hace la mente.

A pesar de que la muerte es consecuencia inevitable de la vida, es una idea muy difícil de aceptar. Nos resistimos a desaparecer y nos molesta que el mundo siga existiendo una vez que nosotros no estemos.

En 1969 se publicaba Sobre la Muerte y los Moribundos de Kübler-Ross, una psiquiatra que pasó gran parte de su vida asistiendo a agonizantes. A ella le debemos la famosa teoría de los cinco estados previos a la muerte –negación, ira, regateo, depresión y aceptación– y fue unA llamada de atención a médicos y familiares de las especialísimas necesidades de los moribundos. Su singular sensibilidad y compasión le valió el respeto y la popularidad de la gente de la calle y de la clase médica.

Con su demostrada experiencia Kübler-Ross insistía que el momento de la muerte

no es ni terrorífico ni doloroso, sino un cese tranquilo del funcionamiento del cuerpo. Observar la sosegada muerte de un ser humano nos recuerda la visión de una estrella fugaz; de entre millones de estrellas en un inmenso cielo, una de ellas brilla más que ninguna durante un breve momento para desaparecer por siempre en la noche infinita.

La religión de los ovnis

30 mayo 2013

Creía que los ovnis estaba ya fuera de las parrillas de televisión…
Ayer miércoles volvieron a la pequeña pantalla en el nuevo talk show de mi vieja conocida Ana García Lozano. Y me llamaron.
La verdad es que me picó la curiosidad por ver qué había cambiado tras todos estos años de sequía ovni en los medios de comunicación -salvo en los programas dedicados a la subcultura de lo pseudomisterioso-. Intuía que iba a ser más de lo mismo, pero nunca imaginé que fuera tan más de lo mismo.

Manises, Grifol, contactados varios y un catedrático de química que en sus tiempos mozos, cuando era músico itinerante, de esos que tocan en las fiestas de los pueblos, le asustó una luz sobre un puente de la carretera.

Como experto habián llamado a un joven ufólogo (supongo que a estas alturas es de la quinta generación) que repetía lo mismo que ya había escuchado hace casi dos décadas a la “cuarta generación” encabezada por los entonces jóvenes Sierra, Guijarro, Cardeñosa…: vivimos realmente una gran oleada con multitud de pruebas y filmaciones, hay casos sorprendentes como el de Campeche de 2003 (ya explicado, a lo que añadió florituras, no sé si de su cosecha o de segundas fuentes, como que los “objetos” rodearon al avión que los filmó), que hay una gran conspiración oficial de silencio… Y, por supuesto, que su trabajo es serio y científico, que para eso estudió ingeniería técnica.

Pero lo que me acabó de confirmar es lo que antropólogos y sociólogos de las religiones llevan diciendo desde hace años: el movimiento ovni -que no fenómeno- es una nueva religión.
Escuchar a los contactados y a algunos de los que habían visto un ovni me hizo darme cuenta de la profunda religiosidad que produce la visión de algo que les es extraño. Una mujer dijo que ver cómo un platillo volante se perdía tras una colina fue una experiencia feliz, casi mística; Grifol repitió lo que lleva diciendo desde hace tres décadas: seres que le hablan en sueños y le susurran mensajes; peregrinaciones a Montserrat en fechas señaladas; que los extraterrestres son ángeles que velan por nosotros y les preocupa nuestro bienestar espiritual… Otra, Virgina Dangma, había seguido la trayectoria de su madre, que practicaba la escritura automática -una técnica inventada por los médiums del XIX para hablar con los espíritus-. Pero esta vez, en lugar de difuntos, madre e hija hablan con extraterrestres. Finalmente, dos hombres -uno de ellos catedrático de ingeniería química en la Universidad de Extremadura- que en sus tiempos mozos vieron una potente luz muy cerca de ellos, casi como en la película de Encuentros en la Tercera Fase.

Resulta curioso cómo la cultura modifica lo que observamos: a pesar de que lo que veía era una luz, el catedrático no dejó de hablar de “un objeto”, aun cuando él mismo reconoció que no fue capaz de percibir estructura alguna en algo que, además, cambiaba de forma. Si hubiera vivido en el siglo XVIII seguramente habría hablado de brujería o de Satanás -o quizá de algún santo- pero en nuestra época espacial las luces se convierten en objetos sólidos tripulados.

¿Qué es lo que vio? Nunca lo sabremos pues el fenómeno real está enmascarado por el recuerdo de lo que vio. De igual manera que cada nosotros recordamos lo sucedido la pasada Nochebuena de forma diferente a nuestros familiares, la cultura personal contamina el recuerdo de cualquier experiencia, y una luz pasa a convertirse en un objeto. ¿Qué quiere decir esto? Que al ser un objeto, una nave espacial extraterrestre, en nuestro recuerdo se comporta como tal y ya le asociamos intencionalidad, movimientos inteligentes… a todo lo que observamos. Es lo que sucede con los pilotos: para ellos todo lo que ven en el cielo es un aparato pilotado (dejando a un lado las aves) y así lo ven comportarse. De ahí que hayan confundido los trozos que caen tras la reentrada de un satélite cono un grupo de objetos volando en formación. Y aún más: el famoso caso de Ricky Martin y la mermelada nos demuestra que no es necesario realmente ver nada para crear un recuerdo de haber visto algo.

A este panorama añadamos la intensa religiosidad que aflora entre los devotos de los ovnis. Porque eso es lo que son: tienen experiencias transformadoras, necesitan contar la buenanueva al mundo -les crean o no- (una de las entrevistadas “daba fe” de su experiencia), les hablan por medios no convencionales (¿No son esas comunicaciones telepáticas lo mismo que aquellos que, como Teresa de Ávila, charlaban con Dios y la Virgen?)… El comportamiento de los ovnis es similar al de los “avistamientos” de santos medievales, a las apariciones religiosas de todo signo, y sus supuestas comunicaciones se restringen a recomendaciones éticas y mensajes de paz y amor. ¿A qué les suena? Incluso los extraterrestres les hacen promesa de un cambio y de la ascensión a un nivel superior de existencia (¿no es similar a lo que hacen las religiones clásicas de prometer una vida mejor en el más allá?).

Este no es el comportamiento que uno espera de una civilización tecnológica que viaja por el espacio al encuentro de otros signos de vida inteligente. Compárese cómo se han comportado las diferentes civilizaciones terrestres cuando han encontrado a otros pueblos a lo largo de la historia para notar la diferencia: James Cook, en sus encuentros con los isleños del Pacífico, no hablaba con ellos por telepatía.

Un detalle que resultará revelador de esta religión en proceso de formación: los extraterrestres no llegan; se manifiestan, aparecen. Su existencia no es material, no se comportan como lo hace la materia; son de naturaleza etérea, evanescente, surgen de la nada. A veces dejan señales, signos, como prueba de lo que son, del mismo modo que los Evangelios narran los milagros de Jesús: no son demostraciones de su poder para convencer a los incrédulos sino signos destinados a los creyentes para reafirmar su fe. Los supuestos rastros de aterrizajes, las borrosas filmaciones y fotografías… desempeñan el mismo papel. No existe ni una prueba física directa e irrebatible, como pudiera ser el tornillo de una nave. Pero es que los creyentes no la necesitan.

Sin embargo, al ser una religión nacida en el seno de una civilización tecnológica algunos de sus fieles buscan una reafirmación científica de su fe; necesitan demostrarla. De ahí la legión de ufólogos aficionados que destinan gran parte de su tiempo y de su dinero a investigar cada uno de los casos, a entrevistar a testigos, a buscar rastros de su existencia. Así llevan desde los años 50 pero las pruebas incontrovertibles siguen evitándoles. La situación es la misma que el caso del espiritismo a principios del siglo XX. Henry Sidgwick, primer presidente de la Sociedad para la Investigación Psíquica, dijo tras dos décadas dedicadas a la investigación: «Si alguien me hubiera dicho que después de veinte años de investigación iba a estar en el mismo estado de duda que cuando comencé, me habría parecido una profecía increíble. Parece imposible que tal cantidad de evidencias traigan tan poco peso en la decisión». De igual forma expresó su frustración el psicólogo William James en su último artículo sobre la investigación psíquica (1909), «he gastado mis buenas horas presenciando los fenómenos. Todavía no he llegado teóricamente más ‘lejos’ de donde estaba al principio» y el filósofo Anthony Flew (1978), tras 25 años interesándose por la parapsicología: «Es deprimente tener que decir que la situación hace un cuarto de siglo era muy parecida a la de ahora».

No existe el fenómeno ovni como tal, sino que en ese saco se meten todas aquellas experiencias que, a nuestro juicio (y esto es importante remarcarlo), tienen toda la pinta de ser naves extraterrestres. Una pinta que fue dibujada por la ciencia ficción y luego pulida, modificada y ampliada por quienes viven en el mito. ¿Por qué sucedió así? Creo que es imposible de saber. Es lo que tienen todas las religiones. Podemos saber cuándo apareció el cristianismo, pero no podemos decir con certeza porqué la prédica de uno de los diversos judíos escatológicos que recorrían la Palestina del siglo I se convirtió en una gran religión. Podremos conocer cada paso hasta convertirse en lo que es hoy, pero jamás podremos responder a la gran pregunta: ¿Por qué fue así y no de otro modo?

Psicología evolucionista: ¿Tenemos una mente anclada en la Edad de Piedra? (I)

6 febrero 2013

La publicación de El Origen de las Especies en 1859 nos arrebató nuestra posición privilegiada en la naturaleza y nos bajó del pedestal celestial al demostrar que tenemos el mismo antepasado que el mono, el perro o la rata. Que el ser humano esté sometido a las mismas fuerzas que el resto de los seres vivos del planeta -en particular a la selección natural- es un sapo que a muchos les es difícil tragar. Para ellos somos más que simple materia; hay en nuestro interior algo que nos hace diferentes de los animales, divinos incluso. Uno de los científicos que se negó a aceptar que las fuerzas de la evolución actuaran sobre el ser humano fue, sorprendentemente, uno de sus descubridores, Alfred Russel Wallace. Según el historiador de la ciencia (y cantante, que protagoniza el musical Charles Darwin: Live & in Concert) Richard Milner “con los insectos o las aves era más riguroso que Darwin al aplicar el principio de la selección natural, pero cuestionaba su eficacia en los humanos”. Para Wallace el ser humano tiene “algo que no proviene de sus progenitores animales, posee una esencia o naturaleza espiritual que sólo halla una explicación en el invisible universo del espíritu”.

En la actualidad, y salvo algunos que viven inmersos en el submundo del fundamentalismo religioso, ningún científico está de acuerdo con Wallace. Al menos en lo que a la evolución biológica se refiere. ¿Pero y nuestro comportamiento? ¿Están nuestros actos guiados por mecanismos similares a los de la evolución biológica? El propio Darwin apuntó el camino en su revolucionario libro. Lo llamó selección sexual, la cual “depende, no de la lucha por la existencia, sino de una lucha entre los machos por la posesión de las hembras; el resultado no es la muerte del perdedor, sino que éste deja muy poca o ninguna descendencia”. De aquí a entender nuestra forma de ser y actuar está basada en las relaciones con el otro sexo solo hay un paso.

El psicólogo Geoffrey Miller de la Universidad de Nuevo México ha recorrido ese camino y en su libro The mating mind propone la hipótesis de que muchos de los comportamientos humanos no reportan ningún beneficio en la lucha por la supervivencia. El humor, la música, la literatura, el arte… son, en realidad, adaptaciones favorecidas por la selección sexual. Dicho de otro modo, existen porque queremos llamar la atención y obtener los favores del sexo opuesto: son nuestra particular cola del pavo real.

Y no sólo eso. En una nueva vuelta de tuerca Miller propone que incluso el acto de ir de compras tiene una componente evolutiva: en una serie de experimentos encontró que la gente era más proclive a invertir dinero y esfuerzo en productos como gafas de sol de diseño o relojes caros, y en actividades como irse de vacaciones a Europa, si antes se les había incentivado mostrándoles fotografías del sexo opuesto o narrándoles historias sobre citas amorosas. Por el contrario, las mujeres se volcaban en el voluntariado y otras actividades caritativas “que proporcionan a los hombres una señal de alta conciencia moral, como si demostraras tu preocupación por los agricultores del tercer mundo gastándote un poco más de dinero en café de comercio justo en el Starbucks”, añade socarronamente.

Según Miller, la lección a aprender de este enfoque evolutivo es que no sirve para nada que te hayas gastado el dinero en ese reloj o en ese bolso. “El espejismo fundamental del consumista es creer que sus compras influyen en cómo le tratamos”. El edificio de las marcas descansa en la fantasía de que a todos los demás les importa lo que compramos: no es casualidad que los adolescentes narcisistas sean los más obsesionados por las marcas.

El discurso de Miller se enmarca en lo que se conoce como psicología evolucionista. En palabras de dos de sus máximos representantes, Leda Cosmides y John Tooby, directores del Centro de Psicología Evolucionista de la Universidad de California en Santa Bárbara, su objetivo es “descubrir y entender el diseño de la mente humana… es una aproximación a la psicología en el cual los principios de la biología evolutiva se utilizan para investigar la estructura de la mente humana”. Dicho de otro modo, es una forma de atacar el problema del comportamiento humano.

Para los psicólogos evolucionistas “todo lo que evoluciona requiere dos explicaciones: una basada en la supervivencia y la reproducción (la causa última) y otra basada en los mecanismos que causan que ese rasgo se exprese (la causa próxima)”, afirma David Sloan Wilson de la Universidad de Nueva York en Binghamton. Esta postura exige cierta explicación pues a veces es malentendida. Es obvio que ningún organismo se comporta de modo que quiera maximizar sus posibilidades de supervivencia; lo que le motiva es la búsqueda de comida, evitar el peligro o el cuidado de su prole. “Y son estos mecanismos próximos que le funcionan tan bien en un determinado ambiente los que pueden hacerlo espectacularmente mal en otro diferente”, añade Wilson. De este modo, y esta es una idea central de la psicología evolucionista, “no debemos esperar que nuestros comportamientos adaptativos funcionen bien en ambientes modernos”.

Para desarrollar sus ideas los psicólogos evolucionistas parten de un modelo de funcionamiento de la mente de tipo modular. Como explica Steven Pinker, “la mente está organizada en módulos u órganos mentales, cada uno con un diseño especializado que lo convierte en experto en una determinada área de interacción con el mundo”. Luego nuestra mente es un conjunto de miles de “miniordenadores” genéticamente preprogramados para resolver un aspecto particular relacionado con la supervivencia o la reproducción. Estos módulos o “circuitos cerebrales” aparecieron en nuestra mente en un determinado momento de la evolución y allí se quedaron: son como los “genes del comportamiento”. Desde entonces han sido modelados por la selección natural, y al ser hereditarios componen lo que podríamos definir como la naturaleza humana universal. Ahora bien, estos módulos evolucionaron entre hace 1,8 millones de años y 10.000 años, durante el Pleistoceno, y es justo entonces donde nos hemos quedado anclados. Quienes mejor lo han expresado han sido Cosmides y Tooby: somos una mente de la Edad de Piedra encerrada en un cráneo moderno.

(Publicado en Muy Interesante)

Un poco de caca al año…

27 septiembre 2012

El 23 de mayo de 2007, en la casa de subastas Sotheby’s, se vendía una lata de 5 cm de alto por 6,5 de diámetro y con aspecto de contener alguna delicatessen por 124.000 euros. Al año siguiente otra, la lata 083, se vendía ne la misma casa por unas 70.000 libras esterlinas. Pero lo que contenían no era nada apetitoso, salvo que a usted se le haya diagnosticado la parafilia que aparece con el código 302.9 en el Manual diagnóstico y estadístico de los desórdenes mentales IV de la Asociación psiquiátrica de los Estados Unidos: coprofilia. Porque lo que la etiqueta de estas latas anuncia en italiano, inglés, francés y alemán es “Mierda de Artista: 30 gramos netos, conservada al natural, producida y envasada en mayo de 1961″. El total de 90 latas de esta “exquisitez” son producto del artista conceptual italiano Piero Manzoni, que las puso a la venta en aquel tiempo al valor de 30 gramos de oro. Teniendo en cuenta que el precio actual de ese peso de oro es de unos 1.400 euros… sobran los comentarios. Si quiere ver una solo tiene que acercarse al Museu d’Art Contemporani de Barcelona. Según la página oficial el artista, muerto a los dos años de crear esta obra, quiso criticar el mercado del arte, “dispuesto a comprar todo a condición que sea firmado”.

Curiosamente, aquel mismo año 2007 se popularizó por internet un avance de una película pornográfica brasileña de un minuto titulado 2 Girls 1 Cup (Atención: si tienes tragaderas, puedes verlo aquí). En él se veía a dos chicas defecando en una copa y luego comiendo ostensiblemente su contenido y vomitándolo en la boca de la otra. Al poco tiempo YouTube se vio inundado de vídeos donde se mostraban las reacciones de quienes veían ese asqueroso minuto. La polvareda fue tal -incluyó la detención del representante legal de la productora en EE UU por vender películas con actos de coprofilia- que el productor, Marco Fiorito, tuvo que hacer una declaración oficial admitiendo que “he hecho películas fetichistas con excrementos utilizando chocolate en lugar de heces. Muchos actores hacen de vientre en las películas pero se niegan a comer heces”. Toda una revelación.

(Publicado en Muy Interesante)

¿Por qué besamos? (I)

21 marzo 2012

¿Porqué existe el beso? Uno de los primeros en intentar explicar su funcionalidad fue Sigmund Freud que especuló, como podría esperarse, que se trataba de un regreso a la época de amamantamiento. Más tarde, en los años 1960, el zoólogo Desmond Morris propuso que el beso podría haber evolucionado de la práctica por la cual las madres primates mastican la comida de sus hijos antes de dársela boca a boca con los labios fruncidos. Así lo hacen las madres chimpancés y posiblemente lo hicieran los hominidos. Presionar con los labios semiabiertos pudo desarrollarse más tarde como una manera de reconfortar a hijos hambrientos cuando la comida era escasa y, con el tiempo, expresar amor o afecto en general. La especie humana podría eventualmente haber tomado estos besos protoparentales y convertirlos en variedades más pasionales que hoy conocemos.

El problema con esta idea es que hay muy pocas culturas humanas en las que las madres alimenten de este modo a sus hijos. Claro que sí explicaría la etimología de la palabra comer en el Egipto de los faraones: besar la comida de uno.
Otros antropólogos y expertos en comportamiento animal han propuesto que besar puede haber evolucionado del husmeo habitual entre los animales y, por qué no decirlo, no tan raro entre nosotros.

Esto es lo que defiende Kazushige Touhara y sus colegas de la Universidad de Tokio. Los besos son un eco de una forma de comunicación más primitiva, más química, según revelan sus estudios con ratones. Mientras que las fermomonas, las famosas moléculas señaladoras capaces de provocar una respuesta en otro individuo de la misma especie, pueden olerse a grandes distancias y atraer a posibles parejas, este equipo japonés ha encontrado ciertas feromonas no volatiles secretadas desde los ojos y transmitidas por contacto. Aunque ratones y humanos son genéticamente muy similares, el gen que codifica esta feromona no existe en el ser humano. “Perdimos este gen en algún punto de la evolución”, añade Touhara. Ambas especies comparten un antepasado común situado entre 75 y 125 millones de años atrás, una critatura ratuna llamada Eomaia scansoria (Eomaia, del griego “madre del amanecer” y scansoria, del latín “trepadora”) que es el primer mamífero placentario que se conoce.

Touhara especula que los humanos debemos retener un vestigio de comportamiento roedor porque todavía nos gusta besar o frotar las narices, un comportamiento automático destinado a realizar un muestreo osmógeno del aroma del otro. Para detectar los olores el aire debe llegar hasta la parte más profunda de la nariz y para ello debemos inspirar muy fuerte. Así, la respiración natural lleva el aire al interior de la nariz a una velocidad a 6 km/h. En el caso de una correcta inspiración odorífera el aire debe entrar a 32 km/; de ahí el característico sonido del olisqueo. De este modo entra en juego el llamado sentido mudo, el que siempre está ahí aunque no nos demos cuenta de su existencia.

¿Ateos? No en mi nombre

4 noviembre 2011

Empiezo a estar cansado de quienes organizan procesiones de Semana Santa alternativas y manifestaciones “anti-papa”. Se autotitulan laicos y ateos pero en realidad son anticlericales: la Iglesia no les cae bien y tienen que decirlo a voz en grito.

El problema es que por culpa de ellos se acaba por confundir anticlericalismo con ateísmo. Un ateo no tiene por qué ser anticlerical, al igual que hay creyentes que sí lo son. Un ateo ve las procesiones como un ejemplo de folclore, como los rituales de las religiones africanas o los de la neorreligión Jedi. Sonará extraño, pero la diferencia entre la Jedi y la cristiana es una mera cuestión de tiempo. Con el paso de los siglos una secta se convierte en religión y se vuelve “respetable” en la sociedad de su época –véanse los Testigos de Jehová o los mormones-. Al final, termina sus días como mitología… por ausencia de fieles.

Una religión es una costumbre cultural adquirida socialmente, luego llevar hiyab a la escuela es lo mismo que ir de gótica. Si una puede, la otra también. Pero el problema no está ahí, sino en el valor gratuito que hemos dado a las creencias religiosas. Hemos permitido que nuestra sociedad apruebe un trato de favor a los movimientos religiosos frente a otros movimientos sociales y culturales. Así, el cristiano, musulmán o judío adquiere patente de corso para demandar unos privilegios injustificables.

Como demuestra la historia, las religiones son tolerantes cuando no pueden ser intolerantes. Por eso en los estados laicos o aconfesionales se sacan un as de la manga: exigir respeto máximo a sus creencias –y a un gran número de creyentes les resulta especialmente fácil sentirse ofendidos-. Pero creer que Yahvé concibiera a su hijo en una mortal tiene el mismo valor cultural que Zeus concibiendo a Hércules o los extraterrestres inseminando a humanas abducidas. Seguro que muchos se sentirán ofendidos por la comparación, pero es porque para ellos tal creencia es un hecho. Eso sí, solo por eso no pueden exigirme que lo trate como si realmente lo fuera. Para otros son igualmente importantes en su vida sus creencias nacionalistas, su devoción por el Barça o su afiliación a una ideología política. Celebrar en la Cibeles los triunfos del Madrid o que los jóvenes católicos alaben allí a su guía espiritual es expresión de dos devociones que tienen valor para quienes viven inmersos en ellas, no para el resto. Lo inaceptable es que por creer en un dios se exija un trato de favor social, moral o político –y no me refiero al concordato- que el resto no tiene. Es aquí donde tiene su guerra el laico, no en ir gritando como un energúmeno lo pedófilos que son algunos curas.

(Aparecido en Muy Interesante)


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