Archive for the ‘Antropología’ category

La religión de los ovnis

30 mayo 2013

Creía que los ovnis estaba ya fuera de las parrillas de televisión…
Ayer miércoles volvieron a la pequeña pantalla en el nuevo talk show de mi vieja conocida Ana García Lozano. Y me llamaron.
La verdad es que me picó la curiosidad por ver qué había cambiado tras todos estos años de sequía ovni en los medios de comunicación -salvo en los programas dedicados a la subcultura de lo pseudomisterioso-. Intuía que iba a ser más de lo mismo, pero nunca imaginé que fuera tan más de lo mismo.

Manises, Grifol, contactados varios y un catedrático de química que en sus tiempos mozos, cuando era músico itinerante, de esos que tocan en las fiestas de los pueblos, le asustó una luz sobre un puente de la carretera.

Como experto habián llamado a un joven ufólogo (supongo que a estas alturas es de la quinta generación) que repetía lo mismo que ya había escuchado hace casi dos décadas a la “cuarta generación” encabezada por los entonces jóvenes Sierra, Guijarro, Cardeñosa…: vivimos realmente una gran oleada con multitud de pruebas y filmaciones, hay casos sorprendentes como el de Campeche de 2003 (ya explicado, a lo que añadió florituras, no sé si de su cosecha o de segundas fuentes, como que los “objetos” rodearon al avión que los filmó), que hay una gran conspiración oficial de silencio… Y, por supuesto, que su trabajo es serio y científico, que para eso estudió ingeniería técnica.

Pero lo que me acabó de confirmar es lo que antropólogos y sociólogos de las religiones llevan diciendo desde hace años: el movimiento ovni -que no fenómeno- es una nueva religión.
Escuchar a los contactados y a algunos de los que habían visto un ovni me hizo darme cuenta de la profunda religiosidad que produce la visión de algo que les es extraño. Una mujer dijo que ver cómo un platillo volante se perdía tras una colina fue una experiencia feliz, casi mística; Grifol repitió lo que lleva diciendo desde hace tres décadas: seres que le hablan en sueños y le susurran mensajes; peregrinaciones a Montserrat en fechas señaladas; que los extraterrestres son ángeles que velan por nosotros y les preocupa nuestro bienestar espiritual… Otra, Virgina Dangma, había seguido la trayectoria de su madre, que practicaba la escritura automática -una técnica inventada por los médiums del XIX para hablar con los espíritus-. Pero esta vez, en lugar de difuntos, madre e hija hablan con extraterrestres. Finalmente, dos hombres -uno de ellos catedrático de ingeniería química en la Universidad de Extremadura- que en sus tiempos mozos vieron una potente luz muy cerca de ellos, casi como en la película de Encuentros en la Tercera Fase.

Resulta curioso cómo la cultura modifica lo que observamos: a pesar de que lo que veía era una luz, el catedrático no dejó de hablar de “un objeto”, aun cuando él mismo reconoció que no fue capaz de percibir estructura alguna en algo que, además, cambiaba de forma. Si hubiera vivido en el siglo XVIII seguramente habría hablado de brujería o de Satanás -o quizá de algún santo- pero en nuestra época espacial las luces se convierten en objetos sólidos tripulados.

¿Qué es lo que vio? Nunca lo sabremos pues el fenómeno real está enmascarado por el recuerdo de lo que vio. De igual manera que cada nosotros recordamos lo sucedido la pasada Nochebuena de forma diferente a nuestros familiares, la cultura personal contamina el recuerdo de cualquier experiencia, y una luz pasa a convertirse en un objeto. ¿Qué quiere decir esto? Que al ser un objeto, una nave espacial extraterrestre, en nuestro recuerdo se comporta como tal y ya le asociamos intencionalidad, movimientos inteligentes… a todo lo que observamos. Es lo que sucede con los pilotos: para ellos todo lo que ven en el cielo es un aparato pilotado (dejando a un lado las aves) y así lo ven comportarse. De ahí que hayan confundido los trozos que caen tras la reentrada de un satélite cono un grupo de objetos volando en formación. Y aún más: el famoso caso de Ricky Martin y la mermelada nos demuestra que no es necesario realmente ver nada para crear un recuerdo de haber visto algo.

A este panorama añadamos la intensa religiosidad que aflora entre los devotos de los ovnis. Porque eso es lo que son: tienen experiencias transformadoras, necesitan contar la buenanueva al mundo -les crean o no- (una de las entrevistadas “daba fe” de su experiencia), les hablan por medios no convencionales (¿No son esas comunicaciones telepáticas lo mismo que aquellos que, como Teresa de Ávila, charlaban con Dios y la Virgen?)… El comportamiento de los ovnis es similar al de los “avistamientos” de santos medievales, a las apariciones religiosas de todo signo, y sus supuestas comunicaciones se restringen a recomendaciones éticas y mensajes de paz y amor. ¿A qué les suena? Incluso los extraterrestres les hacen promesa de un cambio y de la ascensión a un nivel superior de existencia (¿no es similar a lo que hacen las religiones clásicas de prometer una vida mejor en el más allá?).

Este no es el comportamiento que uno espera de una civilización tecnológica que viaja por el espacio al encuentro de otros signos de vida inteligente. Compárese cómo se han comportado las diferentes civilizaciones terrestres cuando han encontrado a otros pueblos a lo largo de la historia para notar la diferencia: James Cook, en sus encuentros con los isleños del Pacífico, no hablaba con ellos por telepatía.

Un detalle que resultará revelador de esta religión en proceso de formación: los extraterrestres no llegan; se manifiestan, aparecen. Su existencia no es material, no se comportan como lo hace la materia; son de naturaleza etérea, evanescente, surgen de la nada. A veces dejan señales, signos, como prueba de lo que son, del mismo modo que los Evangelios narran los milagros de Jesús: no son demostraciones de su poder para convencer a los incrédulos sino signos destinados a los creyentes para reafirmar su fe. Los supuestos rastros de aterrizajes, las borrosas filmaciones y fotografías… desempeñan el mismo papel. No existe ni una prueba física directa e irrebatible, como pudiera ser el tornillo de una nave. Pero es que los creyentes no la necesitan.

Sin embargo, al ser una religión nacida en el seno de una civilización tecnológica algunos de sus fieles buscan una reafirmación científica de su fe; necesitan demostrarla. De ahí la legión de ufólogos aficionados que destinan gran parte de su tiempo y de su dinero a investigar cada uno de los casos, a entrevistar a testigos, a buscar rastros de su existencia. Así llevan desde los años 50 pero las pruebas incontrovertibles siguen evitándoles. La situación es la misma que el caso del espiritismo a principios del siglo XX. Henry Sidgwick, primer presidente de la Sociedad para la Investigación Psíquica, dijo tras dos décadas dedicadas a la investigación: «Si alguien me hubiera dicho que después de veinte años de investigación iba a estar en el mismo estado de duda que cuando comencé, me habría parecido una profecía increíble. Parece imposible que tal cantidad de evidencias traigan tan poco peso en la decisión». De igual forma expresó su frustración el psicólogo William James en su último artículo sobre la investigación psíquica (1909), «he gastado mis buenas horas presenciando los fenómenos. Todavía no he llegado teóricamente más ‘lejos’ de donde estaba al principio» y el filósofo Anthony Flew (1978), tras 25 años interesándose por la parapsicología: «Es deprimente tener que decir que la situación hace un cuarto de siglo era muy parecida a la de ahora».

No existe el fenómeno ovni como tal, sino que en ese saco se meten todas aquellas experiencias que, a nuestro juicio (y esto es importante remarcarlo), tienen toda la pinta de ser naves extraterrestres. Una pinta que fue dibujada por la ciencia ficción y luego pulida, modificada y ampliada por quienes viven en el mito. ¿Por qué sucedió así? Creo que es imposible de saber. Es lo que tienen todas las religiones. Podemos saber cuándo apareció el cristianismo, pero no podemos decir con certeza porqué la prédica de uno de los diversos judíos escatológicos que recorrían la Palestina del siglo I se convirtió en una gran religión. Podremos conocer cada paso hasta convertirse en lo que es hoy, pero jamás podremos responder a la gran pregunta: ¿Por qué fue así y no de otro modo?

Psicología evolucionista: ¿Tenemos una mente anclada en la Edad de Piedra? (I)

6 febrero 2013

La publicación de El Origen de las Especies en 1859 nos arrebató nuestra posición privilegiada en la naturaleza y nos bajó del pedestal celestial al demostrar que tenemos el mismo antepasado que el mono, el perro o la rata. Que el ser humano esté sometido a las mismas fuerzas que el resto de los seres vivos del planeta -en particular a la selección natural- es un sapo que a muchos les es difícil tragar. Para ellos somos más que simple materia; hay en nuestro interior algo que nos hace diferentes de los animales, divinos incluso. Uno de los científicos que se negó a aceptar que las fuerzas de la evolución actuaran sobre el ser humano fue, sorprendentemente, uno de sus descubridores, Alfred Russel Wallace. Según el historiador de la ciencia (y cantante, que protagoniza el musical Charles Darwin: Live & in Concert) Richard Milner “con los insectos o las aves era más riguroso que Darwin al aplicar el principio de la selección natural, pero cuestionaba su eficacia en los humanos”. Para Wallace el ser humano tiene “algo que no proviene de sus progenitores animales, posee una esencia o naturaleza espiritual que sólo halla una explicación en el invisible universo del espíritu”.

En la actualidad, y salvo algunos que viven inmersos en el submundo del fundamentalismo religioso, ningún científico está de acuerdo con Wallace. Al menos en lo que a la evolución biológica se refiere. ¿Pero y nuestro comportamiento? ¿Están nuestros actos guiados por mecanismos similares a los de la evolución biológica? El propio Darwin apuntó el camino en su revolucionario libro. Lo llamó selección sexual, la cual “depende, no de la lucha por la existencia, sino de una lucha entre los machos por la posesión de las hembras; el resultado no es la muerte del perdedor, sino que éste deja muy poca o ninguna descendencia”. De aquí a entender nuestra forma de ser y actuar está basada en las relaciones con el otro sexo solo hay un paso.

El psicólogo Geoffrey Miller de la Universidad de Nuevo México ha recorrido ese camino y en su libro The mating mind propone la hipótesis de que muchos de los comportamientos humanos no reportan ningún beneficio en la lucha por la supervivencia. El humor, la música, la literatura, el arte… son, en realidad, adaptaciones favorecidas por la selección sexual. Dicho de otro modo, existen porque queremos llamar la atención y obtener los favores del sexo opuesto: son nuestra particular cola del pavo real.

Y no sólo eso. En una nueva vuelta de tuerca Miller propone que incluso el acto de ir de compras tiene una componente evolutiva: en una serie de experimentos encontró que la gente era más proclive a invertir dinero y esfuerzo en productos como gafas de sol de diseño o relojes caros, y en actividades como irse de vacaciones a Europa, si antes se les había incentivado mostrándoles fotografías del sexo opuesto o narrándoles historias sobre citas amorosas. Por el contrario, las mujeres se volcaban en el voluntariado y otras actividades caritativas “que proporcionan a los hombres una señal de alta conciencia moral, como si demostraras tu preocupación por los agricultores del tercer mundo gastándote un poco más de dinero en café de comercio justo en el Starbucks”, añade socarronamente.

Según Miller, la lección a aprender de este enfoque evolutivo es que no sirve para nada que te hayas gastado el dinero en ese reloj o en ese bolso. “El espejismo fundamental del consumista es creer que sus compras influyen en cómo le tratamos”. El edificio de las marcas descansa en la fantasía de que a todos los demás les importa lo que compramos: no es casualidad que los adolescentes narcisistas sean los más obsesionados por las marcas.

El discurso de Miller se enmarca en lo que se conoce como psicología evolucionista. En palabras de dos de sus máximos representantes, Leda Cosmides y John Tooby, directores del Centro de Psicología Evolucionista de la Universidad de California en Santa Bárbara, su objetivo es “descubrir y entender el diseño de la mente humana… es una aproximación a la psicología en el cual los principios de la biología evolutiva se utilizan para investigar la estructura de la mente humana”. Dicho de otro modo, es una forma de atacar el problema del comportamiento humano.

Para los psicólogos evolucionistas “todo lo que evoluciona requiere dos explicaciones: una basada en la supervivencia y la reproducción (la causa última) y otra basada en los mecanismos que causan que ese rasgo se exprese (la causa próxima)”, afirma David Sloan Wilson de la Universidad de Nueva York en Binghamton. Esta postura exige cierta explicación pues a veces es malentendida. Es obvio que ningún organismo se comporta de modo que quiera maximizar sus posibilidades de supervivencia; lo que le motiva es la búsqueda de comida, evitar el peligro o el cuidado de su prole. “Y son estos mecanismos próximos que le funcionan tan bien en un determinado ambiente los que pueden hacerlo espectacularmente mal en otro diferente”, añade Wilson. De este modo, y esta es una idea central de la psicología evolucionista, “no debemos esperar que nuestros comportamientos adaptativos funcionen bien en ambientes modernos”.

Para desarrollar sus ideas los psicólogos evolucionistas parten de un modelo de funcionamiento de la mente de tipo modular. Como explica Steven Pinker, “la mente está organizada en módulos u órganos mentales, cada uno con un diseño especializado que lo convierte en experto en una determinada área de interacción con el mundo”. Luego nuestra mente es un conjunto de miles de “miniordenadores” genéticamente preprogramados para resolver un aspecto particular relacionado con la supervivencia o la reproducción. Estos módulos o “circuitos cerebrales” aparecieron en nuestra mente en un determinado momento de la evolución y allí se quedaron: son como los “genes del comportamiento”. Desde entonces han sido modelados por la selección natural, y al ser hereditarios componen lo que podríamos definir como la naturaleza humana universal. Ahora bien, estos módulos evolucionaron entre hace 1,8 millones de años y 10.000 años, durante el Pleistoceno, y es justo entonces donde nos hemos quedado anclados. Quienes mejor lo han expresado han sido Cosmides y Tooby: somos una mente de la Edad de Piedra encerrada en un cráneo moderno.

(Publicado en Muy Interesante)

Un poco de caca al año…

27 septiembre 2012

El 23 de mayo de 2007, en la casa de subastas Sotheby’s, se vendía una lata de 5 cm de alto por 6,5 de diámetro y con aspecto de contener alguna delicatessen por 124.000 euros. Al año siguiente otra, la lata 083, se vendía ne la misma casa por unas 70.000 libras esterlinas. Pero lo que contenían no era nada apetitoso, salvo que a usted se le haya diagnosticado la parafilia que aparece con el código 302.9 en el Manual diagnóstico y estadístico de los desórdenes mentales IV de la Asociación psiquiátrica de los Estados Unidos: coprofilia. Porque lo que la etiqueta de estas latas anuncia en italiano, inglés, francés y alemán es “Mierda de Artista: 30 gramos netos, conservada al natural, producida y envasada en mayo de 1961″. El total de 90 latas de esta “exquisitez” son producto del artista conceptual italiano Piero Manzoni, que las puso a la venta en aquel tiempo al valor de 30 gramos de oro. Teniendo en cuenta que el precio actual de ese peso de oro es de unos 1.400 euros… sobran los comentarios. Si quiere ver una solo tiene que acercarse al Museu d’Art Contemporani de Barcelona. Según la página oficial el artista, muerto a los dos años de crear esta obra, quiso criticar el mercado del arte, “dispuesto a comprar todo a condición que sea firmado”.

Curiosamente, aquel mismo año 2007 se popularizó por internet un avance de una película pornográfica brasileña de un minuto titulado 2 Girls 1 Cup (Atención: si tienes tragaderas, puedes verlo aquí). En él se veía a dos chicas defecando en una copa y luego comiendo ostensiblemente su contenido y vomitándolo en la boca de la otra. Al poco tiempo YouTube se vio inundado de vídeos donde se mostraban las reacciones de quienes veían ese asqueroso minuto. La polvareda fue tal -incluyó la detención del representante legal de la productora en EE UU por vender películas con actos de coprofilia- que el productor, Marco Fiorito, tuvo que hacer una declaración oficial admitiendo que “he hecho películas fetichistas con excrementos utilizando chocolate en lugar de heces. Muchos actores hacen de vientre en las películas pero se niegan a comer heces”. Toda una revelación.

(Publicado en Muy Interesante)

¿Por qué besamos? (I)

21 marzo 2012

¿Porqué existe el beso? Uno de los primeros en intentar explicar su funcionalidad fue Sigmund Freud que especuló, como podría esperarse, que se trataba de un regreso a la época de amamantamiento. Más tarde, en los años 1960, el zoólogo Desmond Morris propuso que el beso podría haber evolucionado de la práctica por la cual las madres primates mastican la comida de sus hijos antes de dársela boca a boca con los labios fruncidos. Así lo hacen las madres chimpancés y posiblemente lo hicieran los hominidos. Presionar con los labios semiabiertos pudo desarrollarse más tarde como una manera de reconfortar a hijos hambrientos cuando la comida era escasa y, con el tiempo, expresar amor o afecto en general. La especie humana podría eventualmente haber tomado estos besos protoparentales y convertirlos en variedades más pasionales que hoy conocemos.

El problema con esta idea es que hay muy pocas culturas humanas en las que las madres alimenten de este modo a sus hijos. Claro que sí explicaría la etimología de la palabra comer en el Egipto de los faraones: besar la comida de uno.
Otros antropólogos y expertos en comportamiento animal han propuesto que besar puede haber evolucionado del husmeo habitual entre los animales y, por qué no decirlo, no tan raro entre nosotros.

Esto es lo que defiende Kazushige Touhara y sus colegas de la Universidad de Tokio. Los besos son un eco de una forma de comunicación más primitiva, más química, según revelan sus estudios con ratones. Mientras que las fermomonas, las famosas moléculas señaladoras capaces de provocar una respuesta en otro individuo de la misma especie, pueden olerse a grandes distancias y atraer a posibles parejas, este equipo japonés ha encontrado ciertas feromonas no volatiles secretadas desde los ojos y transmitidas por contacto. Aunque ratones y humanos son genéticamente muy similares, el gen que codifica esta feromona no existe en el ser humano. “Perdimos este gen en algún punto de la evolución”, añade Touhara. Ambas especies comparten un antepasado común situado entre 75 y 125 millones de años atrás, una critatura ratuna llamada Eomaia scansoria (Eomaia, del griego “madre del amanecer” y scansoria, del latín “trepadora”) que es el primer mamífero placentario que se conoce.

Touhara especula que los humanos debemos retener un vestigio de comportamiento roedor porque todavía nos gusta besar o frotar las narices, un comportamiento automático destinado a realizar un muestreo osmógeno del aroma del otro. Para detectar los olores el aire debe llegar hasta la parte más profunda de la nariz y para ello debemos inspirar muy fuerte. Así, la respiración natural lleva el aire al interior de la nariz a una velocidad a 6 km/h. En el caso de una correcta inspiración odorífera el aire debe entrar a 32 km/; de ahí el característico sonido del olisqueo. De este modo entra en juego el llamado sentido mudo, el que siempre está ahí aunque no nos demos cuenta de su existencia.

¿Ateos? No en mi nombre

4 noviembre 2011

Empiezo a estar cansado de quienes organizan procesiones de Semana Santa alternativas y manifestaciones “anti-papa”. Se autotitulan laicos y ateos pero en realidad son anticlericales: la Iglesia no les cae bien y tienen que decirlo a voz en grito.

El problema es que por culpa de ellos se acaba por confundir anticlericalismo con ateísmo. Un ateo no tiene por qué ser anticlerical, al igual que hay creyentes que sí lo son. Un ateo ve las procesiones como un ejemplo de folclore, como los rituales de las religiones africanas o los de la neorreligión Jedi. Sonará extraño, pero la diferencia entre la Jedi y la cristiana es una mera cuestión de tiempo. Con el paso de los siglos una secta se convierte en religión y se vuelve “respetable” en la sociedad de su época –véanse los Testigos de Jehová o los mormones-. Al final, termina sus días como mitología… por ausencia de fieles.

Una religión es una costumbre cultural adquirida socialmente, luego llevar hiyab a la escuela es lo mismo que ir de gótica. Si una puede, la otra también. Pero el problema no está ahí, sino en el valor gratuito que hemos dado a las creencias religiosas. Hemos permitido que nuestra sociedad apruebe un trato de favor a los movimientos religiosos frente a otros movimientos sociales y culturales. Así, el cristiano, musulmán o judío adquiere patente de corso para demandar unos privilegios injustificables.

Como demuestra la historia, las religiones son tolerantes cuando no pueden ser intolerantes. Por eso en los estados laicos o aconfesionales se sacan un as de la manga: exigir respeto máximo a sus creencias –y a un gran número de creyentes les resulta especialmente fácil sentirse ofendidos-. Pero creer que Yahvé concibiera a su hijo en una mortal tiene el mismo valor cultural que Zeus concibiendo a Hércules o los extraterrestres inseminando a humanas abducidas. Seguro que muchos se sentirán ofendidos por la comparación, pero es porque para ellos tal creencia es un hecho. Eso sí, solo por eso no pueden exigirme que lo trate como si realmente lo fuera. Para otros son igualmente importantes en su vida sus creencias nacionalistas, su devoción por el Barça o su afiliación a una ideología política. Celebrar en la Cibeles los triunfos del Madrid o que los jóvenes católicos alaben allí a su guía espiritual es expresión de dos devociones que tienen valor para quienes viven inmersos en ellas, no para el resto. Lo inaceptable es que por creer en un dios se exija un trato de favor social, moral o político –y no me refiero al concordato- que el resto no tiene. Es aquí donde tiene su guerra el laico, no en ir gritando como un energúmeno lo pedófilos que son algunos curas.

(Aparecido en Muy Interesante)

Los aborígenes australianos comen grasas

16 septiembre 2011

Uno de los llamados troncos raciales es el australoide. A él pertenecen los famosos aborígenes australianos, esas personas de tez oscura, nariz chata y pelo negrísimo acaracolado. Su aptitud para sobrevivir en el impenetrable desierto australiano es casi legendaria. Es más. Según se ha podido comprobar, sobre todo en los que habitan en Arnhem Land, están libres de enfermedades relacionadas con el estrés y la dieta. Y todo a pesar de que se encuentran mucho más delgados de lo que recomienda la Organización Mundial de la Salud. Lo que hace de este grupo algo sorprendente es su habilidad para cocinar las grasas. Llevando la contraria al hombre occidental -del tronco caucásico para más señas-, escogen aquellas partes del animal que sabemos que contienen más colesterol: el hígado, el cerebro y los principales depósitos de grasa. A la hora de cazar a los animales, lo hacen justo cuando se encuentran en el época del año en que sus cuerpos han acumulado más grasa, y nunca fuera de ese momento. También saben que la carne sola no es el camino para una vida larga y feliz, así que nunca la comen si no la acompañan con hidratos de carbono, ya sea en forma de miel o batatas. De hecho, su especie preferida de batata, que tienen que extraer con esfuerzo del interior de la tierra, contiene un 30% de fécula (nuestra patata tiene sólo un 18%), es muy rica en fibra y en oligoelementos esenciales como el cobre y el potasio.

Además, su estilo de vida está perfectamente adaptado al ambiente en el que viven: reducen el ejercicio al mínimo que combinan con un voraz apetito por los alimentos grasos. O lo que es lo mismo, tienden a gastar el mínimo de energía y a obtener el máximo posible de un lugar donde los recursos son limitados.

¡A por las brujas! (III) Los niños no son tan inocentes…

13 agosto 2011

Como si hubieran leído a Bodin, los niños han sido unos formidables acusadores. De entre todos los casos el más sonado de finales del XVI fue el de la brujas de Warboys, en Inglaterra. Allí unas niñas terribles, hijas del terrateniente Robert Throckmorton, llevaron a la muerte al anciano matrimonio John y Alice Samuel, y a su hija Agnes.

Todo comenzó cuando Jane, de 10 años, empezó a sufrir una extraña enfermedad que los historiadores han identificado como epilepsia. Durante uno de sus ataques la anciana Alice, de 77 años, tuvo la mala suerte de acercarse para presentar sus respetos; entonces cuando Jane la llamó bruja. Los padres no le hicieron mucho paso, pero a la insistencia de Jane se unieron sus 4 hermanas, que empezaron a imitar los síntomas de su hermana.

Philip Barrow, un famoso médico de la Universidad de Cambridge, incapaz de curar a la enferma, dijo a los Throckmorton que su hija era víctima de brujería. Y comenzó la cruel diversión de esos pequeños monstruos, de edades entre 9 y 15 años. Al principio solo sufrían ataques en presencia de la anciana, pero luego fingían estar afligidas cuando la mujer no estaba en la casa. Así que los padres obligaron a la señora Samuel a vivir con ellos, pero sin darle de comer.

En septiembre de 1590 algo iba a cambiar el futuro de la pobre Alice. La mujer del hombre más rico de Inglaterra, Henry Cromwell -abuelo de Oliver Cromwell-, hizo una visita de cortesía a los Throckmorton. Quince meses después Lady Cromwell moría y las niñas la acusaron de ser la responsable, junto a su marido y a su hija. Los tres fueron declarados culpables por “asesinar mediante hechicería a lady Cromwell”. Algunos recomendaron a Agnes que dijera que estaba embarazada para salvarse de la ejecución: “No pienso hacerlo. Nadie podrá decir que he sido bruja y puta”.

Este caso, que involucró a la familia más importante de Inglaterra, contribuyó a propagar el temor a las brujas y, posiblemente, a impulsar la ley de 1604 que condenaba a muerte a los culpables de brujería. También sirvió de inspiración para que diferentes niños y niñas se divirtieran con este nuevo juego pues todo el mundo sabía cómo debía comportarse un hechizado. En muy pocas ocasiones se les desenmascaró, la mayoría porque eran pillados in fraganti, como a William Perry, el “muchacho de Bilson”, a quien se descubrió rellenando su prepucio con algodón empapado en tinta para que su orina fuera azul.

Los adolescentes norteamericanos también aprendieron deprisa. En 1720 cinco niñas de Littleton (Massachusetts) convencieron a sus vecinos que estaban hechizadas; ocho años más tarde la mayor confesó el fraude y que habían escogido a una mujer al azar para acusarla de bruja. Y en el archifamoso caso de Salem, las “ocho perras brujas”, como las definió un acusado, llevaron a la muerte a 22 personas porque, dijo una de ellas, “tenían que divertirse con algo”.

Ante la hora final

12 julio 2011

En 1969 se publicaba Sobre la muerte y los moribundos de Elisabeth Kübler-Ross, una psiquiatra de origen suizo que pasó toda su vida asistiendo a agonizantes. A ella le debemos la famosa teoría de los cinco estados previos a la muerte (negación, ira, regateo, depresión y aceptación) y la llamada de atención a médicos y familiares de las especialísimas necesidades de quienes se están enfrentado a su hora final.
En este mundo oscuro y triste no es difícil acabar creyendo en lo increíble. El contacto con los moribundos hizo que Kübler-Ross aceptara la existencia de Dios y de otra vida. En 1976 cayó bajo la influencia de Jay Barham, uno de los muchos “canalizadores psíquicos” que habitan la soleada California. Kübler-Ross poseía un centro para ayudar a quienes estaban pasando o habían pasado por el trance de perder a algún ser querido llamado Shanti Nilaya –del sánscrito, última casa de paz–. Y allí fue invitado Barhman como estrella rutilante. El “canal” no sólo entraba en contacto con los maridos de las apenadas viudas sino que también, a través de él, podían recuperar la actividad sexual perdida. El escándalo saltó cuando cuatro de ellas se encontraron con infecciones vaginales y una, al encender la luz durante una sesión con una de esas “entidades”, descubrió al aprovechado médium totalmente desnudo… salvo por un turbante. Lo mejor fue la excusa del príapo charlatán: los etéreos seres le habían clonado, con turbante y todo, para poder disfrutar de las delicias de la carne.
Todo este asunto provocó que se cuestionara la salud mental de Kübler-Ross y su prestigio se fue al garete. ¿Pero y las cándidas viudas? ¿Cómo pudieron creerse las patochadas de semejante vividor? La necesidad de creer anula el poco sentido común que pudiéramos tener. Lutero lo dejó expresado con claridad meridiana: “La fe debe sofocar toda razón, sentido común y entendimiento”.
Lo más curioso es que Kübler-Ross, ardiente defensora durante décadas de esa otra vida tras la muerte, tuvo su punto de inflexión cuando sufrió una serie de ataques al corazón que culminaron en 1995 dejándola paralizada del lado izquierdo. En una entrevista publicada dos años más tarde en el San Francisco Chronicle, afirmó: “Durante 40 años he hablado de un Dios bueno que ayuda a la gente, que conoce lo que necesitas y todo lo que debes hacer es pedírselo. Bien, es una chorrada. Quiero decir al mundo que es una mierda. No creo una palabra de ello”.

Asesinos de mujeres

15 junio 2011

¿Recuerdan la película Rebelión a bordo, protagonizada por Marlon Brando? Cuenta el motín de 9 tripulantes de la Bounty en 1787 cuando descubren la felicidad en Tahití en lugar del infierno que sufren por parte del capitán. Los amotinados se refugiaron con 6 hombres y 13 mujeres de la Polinesia en las islas Pitcairn. Lo que no dice la película es que 18 años más tarde sólo había sobrevivido un hombre: 12 fueron asesinados, uno se suicidó y otro murió en circunstancias normales. Por el contrario, sólo 3 mujeres murieron. Los celos sexuales convirtieron el paraíso en un infierno.

El caso de la HMS Bounty es un claro ejemplo de lo violento que es el hombre –repito, hombre– y lo rápido que es a la hora de matar por celos. Los biólogos lo explican como resultado de la evolución: el macho quiere estar seguro de que su hijo es suyo. Por eso todas las culturas tienen leyes que castigan el adulterio femenino y hasta 1974, en Texas, se consideraba justificado que un marido asesinase al amante. Incluso nuestros mandamientos reflejan esta asimetría: en los libros del Éxodo y Deuteronomio se dice “no codiciarás la mujer de tu prójimo”.

La violencia doméstica responde a este patrón. Los maltratadores se sienten abandonados si su mujer es autónoma; hombres inseguros y celosos que temen ser abandonados o cornudos y creen que la mejor forma de acabar con ello es golpeando a su compañera. Aunque los celos sexuales sean la causa del asesinato de la mujer, un maltratador no suele serlo. Según el Instituto para el Control de la Delincuencia de Washington, sólo 1 de cada 33 asesinatos domésticos está relacionado con maltratos anteriores. El que fuera director del Instituto Andaluz de Criminología, Luis Ramón Ruiz Rodríguez, comenta: “El perfil del maltratador no tiene por qué ser el del asesino de una mujer y eso explica que haya crímenes sin denuncias previas”.

El tristemente clásico “mujer separada y asesinada” tiene su máxima expresión en lo que dijo O. J. Simpson al ser preguntado por el asesinato de su mujer: “Aun admitiendo que lo hubiese hecho, habría sido porque la amaba mucho, ¿no?”. Lo siento pero no: el amor no te convierte en asesino. ¿Por qué en estos casos estos tipos no se comportan como Juan Martínez de Marcilla?

Religión atea, religión civil

31 mayo 2011

Los pirahã son un pueblo de cazadores-recolectores que viven en las orillas del río Maici, un afluente del Amazonas, en Brasil. Se calcula que son unos 360, un número que disminuye de manera progresiva y que por ello se encuentran en peligro de extinción. Se llaman a sí mismos los Hi’aiti’ihi, los erguidos, y su cultura y lenguaje representan todo un reto para los antropólogos: no tienen conceptos diferenciados de parentesco más allá de los hermanos, poseen muy pocos conceptos para fechas y horas, carecen de numerales y de pensamiento abstracto, la sociedad no presenta jerarquías sociales (no hay jefes) y, a pesar de los esfuerzos de misioneros y otros científicos, son incapaces de contar.

Su lenguaje es motivo de disputas académicas: no poseen relativos y sus 7 consonantes femeninas, 8 masculinas y 3 vocales lo convierten en el idioma con menos letras del mundo. Pero lo más interesante es que carecen del concepto de dios o de religión. Poseen espíritus, pero se trata de cosas tangibles, como un jaguar o un árbol. Y, hasta el momento, parece ser que no poseen ninguna mitología. Son un pueblo sin religión.

¿Pero existen religiones sin dios? Aunque a primera vista puede parecer un dislate, no lo es tanto. Una de las más antiguas de la India, el jainismo, -aparece hacia el 490 a. C.-, niega la posibilidad de un dios creador con poder para intervenir en los asuntos humanos. No aceptan la existencia de dioses, espíritus ni demonios; solo los Jinas o tir-thankaras, hombres justos que han alcanzado la perfección, podríamos asimilarlos a seres sobrenaturales. Para los 4 millones de jainistas el mundo es eterno, carece de principio y, por tanto, las almas (lo que anima a los seres) y la materia son increadas e indestructibles.

Más recientemente han aparecido una serie de movimientos religiosos nacidos al calorcillo de los ovnis, como los raëlianos. Todo comenzó cuando Claude Vorilhon, un periodista deportivo especializado en carreras de coches, se encontró el 13 de diciembre de 1973 en el interior de una nave espacial llamada Yaweh propiedad de los Elohim, una raza extraterrestre muy avanzada que creó la vida en la Tierra. Renacido como Raël, al año siguiente fundaba en París el movimiento raëliano, “una religión que pretende ser científica, hedonista, materialista y atea” dice George D. Chryssides, de la Universidad del Wolverhampton.

En otras ocasiones se ha tomado una religión bien establecida y se la ha despojado de su manto sobrenatural. Esto pasó en la Alemania de 1920, cuando el partido nazi creó un modelo de cristianismo consistente con su ideología al que llamó cristianismo positivo; Jesús se convirtió en un predicador que se opuso al judaísmo de su época. La reconversión pasó por minimizar los aspectos milagrosos de los evangelios y dejar la crucifixión en un simple y trágico final de un Jesús ario a manos de los judíos. El programa del partido nazi decía: “Queremos la libertad de todos los credos religiosos dentro del Estado, siempre que no pongan en peligro su existencia o no choquen contra las costumbres y la disciplina moral del pueblo alemán. El partido como tal profesa un cristianismo positivo, sin ligarse bajo el aspecto confesional a ningún credo determinado.” De todos modos, la cúpula nazi prestó atención a no contradecir las teologías tradicionales: aunque Hitler enfatizó la conveniencia del cristianismo positivo se cuidó muy mucho de enfrentarse a las distintas iglesias por miedo a perder votos.

Sin embargo, un número considerable de nazis se enfrentó a ellas. Como Alfred Rosenberg, responsable de los territorios ocupados durante la II Guerra Mundial. Durante su época de editor del periódico oficial del partido Völkischer Beobachter escribió que los católicos y protestantes habían pervertido el cristianismo, ignorando los aspectos heroicos y germánicos de la vida de Jesús.

Curiosamente, esta “desdivinización” de una religión también ha sido realizada por los propios judíos. David Ben-Gurion, considerado en Israel como Padre de la Nación, agnóstico y profundamente laico, escribió: “El libro más importante de mi vida es la Biblia”. Para el primer presidente de Israel y sionista convencido, la Biblia avalaba el sacrosanto derecho de propiedad del pueblo elegido sobre Palestina, “con una genealogía de 3.500 años”. Esta idea era nueva. “Durante dos milenios la tradición y la religión judías habían ordenado categóricamente a los judíos que esperaran la llegada del Mesías y el fin de los tiempos antes de regresar a la Tierra Prometida”, comenta Nur Masalha, del Departamento de Teología, Filosofía e Historia del St. Mary’s College.

El sionismo, cuyo origen está ligado al colonialismo europeo del siglo XIX, usó la Biblia como poderosa e irrefutable justificación a la hora de reivindicar su derecho a colonizar Palestina y regresar a Eretz Yisrael, la Tierra de Israel, “rompiendo radicalmente con 2.000 años de tradición judía y judaísmo rabínico”, apostilla Masalha. El apoyo “científico” llegó de la mano de la arqueología bíblica, que desde sus inicios en el siglo XIX quiso avalar las raíces occidentales de Tierra Santa y autentificar la historicidad de la Biblia. No es de extrañar, pues sus popes eran cristianos y judíos empeñados en escribir como conclusión a sus trabajos un ‘y la Biblia tenía razón’.

Así, desde la creación de Israel “la arqueología bíblica se convirtió en una obsesión, sólidamente institucionalizada como piedra angular de la religión cívica de Israel”, comenta Masalha. Como muchos movimientos nacionalistas, el judío necesitaba encontrar “raíces históricas” y reinterpretar el pasado remoto a la luz de la nueva ideología, de manera similar a como los creyentes religiosos reinterpretan sus escritos sagrados. “Era la ascendencia común y no la ciudadanía, independiente de la etnia o la religión profesada, lo que determinaba el carácter nacional del estado”, explicaba en 1958 en la revista Menorah Journal el historiador judío y experto en nacionalismo Hans Kohn. Según el sociólogo israelí Baruch Kimmerling, la creación de una nueva conciencia colectiva judía se basó en el trabajo de dos destacados historiadores judíos: Heinrich Graetz, crítico bíblico alemán de finales del siglo XIX, y el ruso Simon Dubnob, a caballo entre el XIX y el XX. Ambos utilizaron fuentes y textos judíos religiosos, entre otros, para defender que pertenecían a una antigua nación que existía desde tiempos inmemoriales.

Esta peculiar secularización de la Biblia y sacralización de la etnia y la tierra pasó por convertir la lengua santa, el hebreo, en una lengua moderna, y usar la Biblia, en particular los libros de Josué, Isaías y Amós, como base ideológica. “El primero ofrecía la dimensión militarista y viril de la conquista de la tierra, mientras que los dos últimos predicaban la justicia social y la igualdad”, señala Kimmerling. “En Israel convertir en historia la Biblia es una empresa nacional que realizan cientos de estudiosos de todas las universidades… El ministro de Defensa israelí ha publicado incluso una cronología completa de acontecimientos bíblicos, dando fechas exactas de la creación del mundo”, escribía en 1992 Benjamin Beit-Hallahmi, de la Universidad de Haifa.

Si se puede desacralizar la religión, también se puede sacralizar una ideología política. Esto es la que ha pasado en Corea del Norte, donde la doctrina oficial de este país comunista es el Juche. No es de extrañar, ya que muchos especialistas consideran el marxismo como una religión. Entre sus peculiaridades tenemos una devoción absoluta a lo militar, el respeto y la defensa de la cultura tradicional, la exaltación de los símbolos nacionales y, cómo no, el voluntarismo. Se dice que Kim Il Sung, jefe del Estado de Corea desde 1948 hasta su muerte en 1994 y creador del Juche, recibió su fuente de inspiración del monte Baekdu -en la frontera con China-, cumbre ancestral y símbolo para los coreanos.

Podría decirse que el aparato de propaganda ha elevado a los atares del comunismo coreano a Sung: es el Presidente Eterno, los ciudadanos le llaman el Gran Líder y el día de su nacimiento y el de su muerte son fiestas nacionales. Incluso la niñez del nuevo presidente, hijo de Sung, Kim Jong Il se ha cuasidivinizado. Según la biografía oficial, Jong nació y pasó su niñez en una modesta cabaña -hoy convertida en santuario del Juche- en el bosque que rodea al monte Baedku. Su nacimiento en 1942 fue presagiado por una golondrina y señalado con la aparición de una nueva estrella en el cielo y un doble arco iris sobre la montaña. Pura leyenda, pues los archivos soviéticos muestran que realmente nació en el pequeño pueblo pesquero de Vyatskoye, cerca de la ciudad de Jabarovsk -la segunda más grande del extremo oriente ruso y a 30 kilómetros de la frontera china. Esta religión-política atea tiene su propio calendario, cuyo año 1 es nuestro 1912, el del nacimiento de su creador.

El caso de Corea no es único. El historiador de mediados del siglo XX Carlton J. H. Hayes argumentaba que el nacionalismo occidental nació a la sombra del cristianismo adaptando muchas de sus características. Para Hayes era claro que existía una religión política en EE UU. El geógrafo de la Universidad del Estado de Minnesota Wilbur Zelinsky ha hecho notar que, por ejemplo, la bandera americana tiene el poder visual y la presencia del crucifijo medieval, siempre omnipresente. La bandera se trata con una devoción y deferencia que la convierte en el objeto sagrado de la religión del patriotismo. “Saber que la bandera está puesta incluso en la Luna es con toda seguridad la más grande conquista de la religión civil americana”, comentaba Elisabeth Peter en el seminario organizado por el Centro Estudios sobre las Nuevas Religiones, celebrado en Turín en 1992.

Lo que nos encontramos aquí es lo que los expertos llaman una religión civil, de la que el ilustrado francés Rousseau delineó sus dogmas en El contrato social: la existencia de Dios, la vida venidera, la recompensa de la virtud y el castigo del vicio, y la exclusión de la intolerancia religiosa. Es en el caso de EE UU donde más se ha estudiado este fenómeno. Así, todos los presidentes sin excepción, desde el católico Kennedy hasta la casi desconocida Iglesia Trinitaria Unida de Cristo de Barack Obama –una religión que hunde sus raíces en el puritanismo-, han aludido a Dios en sus discursos. Algo llamativo para una sociedad donde se supone que existe una separación Iglesia y Estado garantizada por la primera enmienda de su Constitución. Pero eso funciona para organizaciones religiosas, no para un Dios sin adscripción a un credo determinado.

El famoso In God we trust es uno de sus lemas nacionales, elegido por el Congreso en 1956. De hecho, existe la creencia bastante cínica de que un presidente debe mencionar a Dios si no quiere perder votos. También tiene sus lugares sagrados, como el Cementerio Nacional de Gettysburg, al que dedicó Lincoln su famoso discurso, o el Cementerio Nacional de Arlington, el monumento más importante de la religión civil estadounidense. Por su parte la tumba al soldado desconocido, que surge al terminar la I Guerra Mundial, es otro de los grandes símbolos de la religión nacionalista.

Evidentemente también tiene sus días sagrados como El Memorial Day, el último lunes de mayo, que celebra a los caídos desde la Guerra de Secesión. “Es un gran evento donde toda la comunidad se involucra en un recuerdo emocionado a los mártires, al espíritu de sacrificio y a la forma de ver el mundo americana”, decía el psicólogo Robert N. Bellah en su artículo fundamental sobre el tema de 1967 en el Journal of the American Academy of Arts and Sciences. Algo de menos carga religiosa tiene el 4 de julio, el día del veterano, y los nacimientos de Washington y Lincoln, “que ofrecen el calendario ritual anual de la religión civil, donde las escuelas públicas sirven para afianzar su celebración”.

Detrás de la religión civil estadounidense se descubren arquetipos bíblicos: el Éxodo, el pueblo elegido, la tierra prometida, la nueva Jerusalén, la muerte vicaria y el renacimiento. Fueron los rasgos puritanos y calvinistas de los Padres Peregrinos los que instauraron un tipo de “piedad civil”, que ha convertido a los Estados Unidos en una especie de “nuevo Israel”, un pueblo elegido, cuyo destino está guiado por una no muy bien definida providencia. “En nombre de esta religión civil, el norteamericano se dirige muy frecuentemente a Dios, incluso en un contexto profano”, añade Bellah. Se trata de un culto en toda regla: tiene sus profetas y mártires, sus eventos y lugares sagrados, sus rituales y sus símbolos. Todos los norteamericanos saben que la suya es una sociedad “todo lo perfecta que los hombres pueden construir de acuerdo a los deseos de Dios, y una luz para todas las naciones”, termina Bellah.

Con más o menos intensidad la religión civil se percibe en todos los pueblos, ya sea en forma de nacionalismo o patriotismo. Solo hace falta recordar el culto público a la Constitución o el canto devoto a la democracia y la voluntad popular cada vez que se celebran elecciones. ¿Qué decir de la polémica asignatura de Educación para la Ciudadanía, uno de cuyos objetivos es educar buenos ciudadanos? ¿no es la versión atea del conjunto de normas morales que cualquier Dios revela a sus fieles?


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