Meteduras de pata

Decía el actor Peter Ustinov que la última voz que se escucharía en el mundo antes de desaparecer sería la de un experto diciendo “eso es técnicamente imposible”. Las meteduras de pata, cagadas, fiascos o errores son comunes al ser humano y por eso no están ausentes del mundo de la ciencia. Por supuesto hay errores que son producto de la ignorancia científica de la época, como cuando el astrónomo William Pickering dijo que los vuelos transatlánticos eran “completamente fantásticos, e incluso si pudieran hacerlos una o dos personas, los costes serían prohibitivos excepto para capitalistas que pudieran tener su propio yate”. Y remató la faena diciendo que como la resistencia del aire crece con el cuadrado de la velocidad “los vuelos nunca tendrían una velocidad comparable a la de nuestras locomotoras”.

Los hay que son producto de una ciencia mal digerida o motivados por decisiones políticas mientras que otros se pueden achacar a la inherente estupidez humana en su más amplia acepción. Solo así se explica, por ejemplo, que científicos del Institute for Animal Health de Edimburgo malgastaran 200.000 libras del erario público para ver si la enfermedad espongiforme bovina -las famosas vacas locas- se había saltado la “barrera de especie” pasando a las ovejas. Lo que lo convierte en una película de los hermanos Marx es que ese equipo científico estuvo estudiando durante cinco años cerebros de vacas creyendo que eran de ovejas.

Los prejuicios también explican muchas meteduras de pata, como pasó con la molécula de la herencia, el ADN. Descubierto en 1869, durante décadas se pensó que no servía para nada. Los genetistas estaban convencidos que la herencia se encontraba oculta entre los pliegues de las proteínas. Para estos científicos la molécula del ADN era demasiado simple para ser la depositaria de la vida. Una creencia que se mantuvo cerrilmente durante la primera mitad del siglo XX a pesar de que Ostwald Avery publicara en 1944 un artículo demostrando todo lo contrario a partir de una serie de cuidadosos experimentos sobre una cepa bacteriana que infectaba a los ratones. Los biólogos no se lo creyeron. Como alguien comentó, “el ADN es una sustancia estúpida, incapaz de hacer nada concreto o específico”. Únicamente a James Watson y a dos outsiders de la biología, el químico Erwin Chargaff y el físico Francis Crick, el trabajo de Avery les pareció revolucionario.

(Publicado en Muy Interesante)

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