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Una tarde ante la tele

15 junio 2012

Yo no veo ninguna cadena de televisión. Sí veo la tele, que la uso como una pantalla de cine: veo documentales, pelis y series grabadas, pero ningún programa. Podría ver en “directo” mis teleseries pero me resulta insoportable que un capítulo de 41 minutos dure casi hora y media por culpa de los anuncios. Aún así, ayer hice un experimento para esta columna: estar más de media tarde ante lo que los jerifaltes de las televisiones dicen que reclaman los televidentes.

Durante la experiencia mi cerebro me habló como hace el de Homer Simpson: me aburro. Aunque descubrí algunas cosas interesantes. La primera fue los anuncios, y no por la sobrevalorada habilidad de las agencias de publicidad de colocarnos productos irrelevantes. Más bien porque me demostraron que es el mejor argumento contra todos aquellos intelectuales y politicastros anticientíficos de medio pelo: miren los 20 minutos de publicidad seguidos que nos regalan las televisiones privadas y cuenten el número de anuncios en los que se “vende” un producto donde no intervenga para nada la ciencia. Según mi pequeño experimento, menos del 5%. Eso sí, la ciencia patológica –cuando no pseudociencia- al servicio del marketing ocupa el 87%, con Danone y sus “alimentos saludables” en la pole position. ¿Que la comunicación veraz y honesta ciencia no es importante? ¿Que tener una mínima base de la ciencia más elemental no es relevante para el ciudadano? ¡Vean los anuncios de la tele!

Después vienen los informativos, la prueba palpable de la muerte del periodismo. Se han convertido en la versión audiovisual de El Caso. Y no es algo reprochable, pero que no los llamen informativos. Las noticias “de verdad” ocupan 7 minutos de los casi 50 dedicados a la morbosa complacencia de la sordidez humana. Y ahí incluyo la media hora de fútbol -que no deporte- donde nos informan hasta del divieso que ha salido en el cogote de ese jovenzuelo millonario que, cada semana en calzones, se dedica a patear un balón para regocijo del respetable.

Y los programas de producción propia… dejémoslo estar. Como decía Mafalda, en la mayoría lo fascinante es el esfuerzo que hacen las productoras por no caer en las garras de la inteligencia. Sin olvidar que un programa de éxito parece que exige una o más tías buenas en la parrilla de presentadores.

A veces, para justificar su propia mediocridad, los directivos de las televisiones dicen que ofrecen aquello que sus televidentes reclaman. Permítanme dudarlo. No creo que los ciudadanos de un país que tiene a MUY, una revista de ciencia popular, como tercer revista más vendida de España pidan que se les trate como gañanes descerebrados. Los concursantes de Gran Hermano son una excepción, no la norma.

(Publicado en Muy Interesante)


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