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Con dos… El círculo de Cavendish

7 mayo 2012

En la época de la Restauración inglesa, cuando cayó el sistema de gobierno implantado por Oliver Cromwell y volvió la monarquía, un grupo de personas se reunía en torno a lord Cavendish, duque de Newcastle, para hablar de ciencia y, en particular, de la posible existencia de los átomos. Entre los asistentes a las reuniones del llamado círculo de Newcastle estaba un personaje singular: sir Kenelm Digby. Nacido en 1603, Digby confesaba ser un aristotélico convencido y profesaba una profunda animadversión hacia la escolástica, que la consideraba como una caricatura del pensamiento del filósofo griego.

Estuvo por España en 1623 pero su postura intlectual le hizo merecedor de las persecuciones de la Inquisición y tuvo que salir corriendo de nuestro país. Digby es lo más próximo a un personaje novelesco. De carácter agitado, tuvo que abandonar Oxford por una historia de amor, salir de Francia por haber dado muerte a un hombre en un duelo, intentó mejorar sus bienes embarcándose en algunas empresas corsarias y fue encarcelado durante la revolución inglesa. Su carácter y el encanto de su conversación era tal que un compañero de cárcel dijo que hizo de ella un lugar de disfrute.

Otro personaje fascinante de este grupo era la propia esposa de lord Cavendish: lady Margaret, la primera mujer a la que se dejó visitar la Royal Society. Para ella, que dejó escritas sus reflexiones en dos libros en verso, los átomos lo eran todo: hasta los propios pensamientos no eran más que movimiento local de los vapores en el cerebro. A pesar de ser mujer, y teniendo en cuenta que entonces no se consideraba propio de las señoras filosofar, demostró ser de un radicalismo desbordante, mucho más que bastantes pensadores masculinos, donde el temor les hacía contenerse públicamente. Así, lady Margaret Cavendish demostró su osadía al afirmar públicamente: “Es mejor ser ateo que supersticioso”. Y eso sucedía a mediados del siglo XVII donde por mucho menos se era acusado y condenado de blasfemia o herejía. Baste recordar que en 1646 se declaró un ayuno solemne en Londres para denunciar el aumento de la herejía y la blasfemia y dos años después se promulgaron leyes para combatirla.


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