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La ciudad perdida de Iram

14 abril 2012

Al sur de la península arábiga se encuentra el desierto de ar-Rub Al-Jali, que ocupa una superficie mayor que la Península Ibérica y es una de las regiones más ricas en petróleo del planeta. Allí las dunas sobrepasan los 300 metros, en verano la temperatura supera los 55º C al mediodía y por cuyo interior ni siquiera los beduinos se atreven a viajar. Su nombre significa la región vacía. En febrero de 2006 un equipo de científicos lo exploró bajo los auspicios del Servicio Geológico Saudí, encontrado diferentes tipos de fósiles y meteoritos. Increíblemente, el desierto no está tan vacío como se creía: los científicos encontraron 31 especies de plantas y 24 de pájaros, además de arañas y roedores.

No siempre ha sido así de inhóspito. Antes de 300 a. C. lo cruzaban las caravanas del comercio de olíbano o francoincienso, una resina aromática usada por los somalíes como goma de mascar tras las comidas. El incienso que según cuenta la leyenda cristiana llevaron los Reyes Magos al niño Jesús era, en realidad, olíbano. Según la tradición en esta ruta del incienso se encontraba la ciudad de Iram o Ubar, también conocida como la Ciudad de los Mil Pilares, cuya existencia sólo está atestiguada por las historias fantásticas que los beduinos cuentan por la noche en los oasis.

Se supone que existió desde 3000 a.C. hasta el primer siglo d.C. Según la leyenda, se enriqueció gracias al comercio con las ciudades costeras de Oriente Medio y Europa. En el Corán se dice que Iram estuvo habitado por los ’Ad, una tribu cuyo origen se remonta a los bisnietos de Noé y que habitaban el este de Yemen y el oeste de Omán. El pueblo de ‘Ad acabó convirtiéndose en un reino que existió desde el X a.C. hasta el II d.C.

El destino de la ciudad de Iram fue similar al de Sodoma y Gomorra. Según el Corán los ‘Ad fueron un pueblo que “construyó en cada colina un monumento” y sus miembros “hacían esas construcciones con la idea de ser inmortales”. Les fue enviado el profeta Hud (que algunos identifican con un personaje menor del libro del Génesis, Heber) para advertirles del mal camino que estaban tomando: “¡Temed, pues, a Dios y obedecedme! ¡Teméis a Quien os ha proveído de lo que sabéis: de rebaños e hijos varones, de jardines y fuentes! ¡Temo por vosotros el castigo de un día terrible!” Ellos se negaron a obedecer amparándose en que solo hacían “lo que acostumbraban a hacer los antiguos”. En Las Mil y Una Noches –donde el nombre de Iram aparece en distintas ocasiones, como en las aventuras de Simbad el marino- nos revela el nombre de su rey: Shaddad, que desoyó los avisos de Hud. Dios castigó a la ciudad sepultándola bajo la arena.

La región donde se supone habitaron los ‘Ad fue descrita por Claudio Ptolomeo en su libro Geographia y la llamó Ubar, de ahí que la ciudad perdida haya recibido con el tiempo este nombre. Donde termina la historia empieza la leyenda, que va cobrando tintes cada vez más fantásticos; en este caso, la ciudad fue ganando con el tiempo tesoros, riquezas y avanzados conocimientos hasta el punto que el famoso Lawrence de Arabia la llamó “la Atlántida de las arenas”.

En 1932 el primer occidental en cruzar este peligroso desierto arábigo, Bertram Thomas, explicaba en su libro Arabia Felix cómo a seis días del pozo de Ahiaur, un asentamiento estacional en el suroeste de Omán, sus compañeros árabes de expedición le señalaron unas débiles marcas en el suelo y le dijeron que era “el camino de Ubar”. Todo lo que el británico vio fue una antigua senda de camellos que sugería una ruta de caravana que se dirigía al norte, a la región vacía. Los árabes le dijeron que llevaba a una ciudad fortificada, repleta de riquezas y jardines, que ahora se encontraba enterrada bajo las arenas. Veinte años más tarde, otro explorador británico, Wilfred P. Thesiger, escuchó de labios de sus amigos beduinos la existencia de “la ciudad perdida de Ad bajo las arenas de Jaihman, a poco más de un día de viaje al sur”. Desde entonces Ubar durmió el sueño de otras tierras de leyenda hasta que a principios de los 1980 un grupo de investigadores, deseosos de resolver el enigma, enfocó los satélites del programa LANDSAT de la NASA, destinado a observar a alta resolución la superficie terrestre, a aquella inóspita región del mundo.

En las fotos obtenidas por LANDSAT los científicos Charles Elachi y Ronald Blom del afamado JPL de la NASA en Pasadena, California, vieron un camino repleto de pisadas de casi 100 metros de ancho y oculto bajo la arena. Los técnicos del JPL encontraron dos tipos de sendas: unas modernas, porque bordeaban las dunas, y otras más antiguas, pues pasaban por debajo de ellas. Combinadas con fotografías tomadas desde el Challenger y por las imágenes de los satélites de observación terrestre franceses SPOT fueron capaces de identificar las antiguas rutas de las caravanas. Su razonamiento era: donde confluyan, ahí podrían encontrar los restos de una ciudad.

De este modo, en 1991 y con la ayuda del acaudalado hombre de negocios Armand Hammer, se lanzó la expedición en busca de Ubar, cuyo alma mater era el varias veces galardonado director de documentales Nicholas Clapp, que había realizado prácticamente toda la investigación histórica. Junto a él, los técnicos Blom y Elachi, el aventurero Sir Ranulph Fiennes –la primera persona en llegar a los dos polos y cruzar la Antártica a pie-, el arqueólogo Juris Zarins –profesor de la Southwest Missouri State University- y el abogado George Hedges viajaron hasta la provincia Dhofar en Omán, donde habían identificado el lugar donde podría haber desaparecido la legendaria ciudad. Tras explorar minuciosamente el área, la pista de las antiguas caravanas les llevó al pozo de Ash Sisar. Allí, bajo la arena se encontraba el fuerte turco del siglo XVI Shis’r, conocido desde las expediciones de Bertram Thomas. Pero debajo encontraron los restos de un asentamiento aún más antiguo. El fuerte había desaparecido debido a que el subsuelo calizo, horadado por la acción del agua- se hundió bajo sus pies, dejando como testigo para la posteridad un enorme socavón.

Posteriores excavaciones sacaron a la luz murallas y nueve torres. Los musulmanes vieran elevados sus corazones al pensar que la arqueología confirmaba la historia de la destrucción de la ciudad de los pilares reflejada en su sagrado Corán. Sin embargo, resulta difícil ver una ciudad esplendorosa empaquetada en las dimensiones de una fortificación militar. Por su parte, el equipo de investigadores descubría a poco más de 8 km otros 20 asentamientos, posiblemente lugares de descanso para las caravanas. Lo cierto es que los restos de cerámica recuperada confirman que la zona estuvo ocupada durante 5.000 años y tuvo su momento de esplendor los siglos I al III d.C. Los trabajos de excavación en Omán y Yemen continúan, intentado desvelar lo que sería la Ruta del Incienso, ¿pero se ha encontrado de la legendaria Ubar?

(Publicado en Muy Interesante)


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