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Catas biodinámicas, la última chorrimemez

13 febrero 2012

Dicen que no se puede hacer nada a prueba de tontos porque son muy ingeniosos. Pues lo mismo sucede en el mundo de la pseudociencia: siempre crees que nadie puede hacer una soplapollez más grande hasta que al poco aparece una.

En este caso lo tenemos en el mundo del vino. Ya me tocaba las narices esa tradición de que sólo se puede hacer el trasiego del vino en cuarto menguante (o creciente, según lugares) cuando ahora salen con lo de las catas biodinámicas. El nombre es marketiniano puro, pero tras él solo se oculta un océano de pseudociencia astrológica y de palurdez científica.

Para entenderlo debemos retrotraernos en el tiempo. Más concretamente a 1924, cuando un grupo de agricultores alemanes desesperados por el futuro piden ayuda a un espiritista llamado Rudolf Steiner. Por entonces ya había creado su propia organización esotérica, la Sociedad Antroposófica, una escisión de la Sociedad Teosófica salida de la prolífica mente de la estrella rutilante del ocultismo Helena Petrovna Blavatsky. Si ustedes son aficionados a este mundo su nombre no les será extraño. A quien no tenga estas aficiones se la presento: es la médium que más ha influido en el desarrollo del esoterismo moderno.

Taimada y vieja ocultista, fundó la teosofía en las difíciles épocas del independentismo hindú y se convirtió en la médium mas controvertida de todos los tiempos… y la más fraudulenta de todos (Nota para entendidos: en dura pugna con Eusapia Palladino). Su legado escrito, gruesos e infumables volúmenes como La Doctrina Secreta, su gran obra, han sido y son fuente de inspiración para muchos pseudoideólogos esotéricos de diverso pelaje.

La Doctrina Secreta es, supuestamente, un extenso comentario —seis volúmenes en su edición española— al Libro de Dzyan o Las Estancias de Dzyan, escrito en un idioma oculto, el senzar, guardado en la biblioteca de una misteriosa Hermandad que reside en el Tíbet y que sólo Blavatsky conocía –se comunicaba con sus miembros a través de cartas que aparecían misteriosamente y su caligrafía se parecía sospechosamente a la de ella-. Los Maestros de esta Hermandad le permitieron leer el libro, eso sí, telepáticamente.

Según Blavatsky los Hermanos son infalibles porque son mucho más inteligentes que nosotros y con su inmensa bondad nos han cedido parte de su saber. Por ejemplo, que la humanidad procede de la Luna.
Es normal que a tal conocimiento no pueda tener acceso cualquier ser humano, pues podría utilizarlo mal. Por eso se lo revelaron a una vulgar, megalómana y fraudulenta médium rusa.

De las pocas gotas de omnisciencia que Blavatsky pudo revelar se desprende la profunda sabiduría que sobre el funcionamiento del universo tienen esos peripatéticos seres. Para los Maestros los electrones no son materia y la gravedad no existe: “¿Cómo puede la Ciencia sostener sus hipótesis contra las de los ocultistas, que sólo ven en la gravedad simpatía y antipatía, o atracción y repulsión, causadas por la polaridad física en nuestro plano terrestre, y por causas espirituales fuera de su influencia?”.

La teosofía no dejaría de ser pintoresca si no fuera por su referencia a la existencia de razas inferiores y superiores. Entre éstas, la aria está destinada a dominar el mundo y a poner fin a esta funesta época presente marcada negativamente por la presencia de cristianos y judíos. Por eso, Jesús, un miembro de la Gran Hermandad, no podía ser judío: «Jesús, -escribió- no era de pura sangre judía, y por tanto, no reconocía a Jehová». ¿Es extraño que la lectura de los libros de Blavatsky influyera en un joven austríaco llamado Adolf Hitler?

Esta mujer fue la inspiración de Steiner. Como dice el refrán, de aquellos barros tenemos estos lodos.
Las ideas de Steiner son, por decirlo finamente, coloristas cuando no completamente erróneas. Para él la humanidad existió desde el mismo origen del planeta. Ahora estamos viviendo en un periodo Post-Atlántida (según Steiner, este inexistente continente se hundió en 7227 a.C.) y hasta la época de los griegos éramos clarividentes y telépatas.

No contento con eso, trasplantó sus ideas espiritistas al crecimiento del ser humano. Así, afirmaba que desde el momento de nacer hasta cumplir 7 años todo lo que nos pasa es porque el espíritu se está acostumbrando a vivir en este mundo material, y la pubertad está causada porque nuestro cuerpo astral anda ajustándose a “vivir” dentro de un cuerpo físico.

¿Y en la agricultura? Su idea (en absoluto original) fue sembrar los campos de astrología y afirmar que unos pocos objetos del Sistema Solar (esto es, el Sol, la Luna y los planetas –salvo Plutón, que por entonces no había sido descubierto-) influyen de manera determinante en el progreso de los cultivos. ¿Por qué no influyen los satélites de los diferentes planetas o los más de diez mil asteroides que pululan por nuestro barrio cósmico? Quizá porque el conocimiento que Steiner tenía del Sistema Solar era el mismo que los babilonios.

¿Y nuestro satélite, epítome de la influencia cósmica? La Luna influye en las mareas, y como somos el 80% de agua… QED. Con semejante frase lapidaria se da por demostrado el efecto de la Luna llena. ¡Bendita ignorancia! Si exprimimos un cuerpo humano sacamos el agua suficiente para un charco y… ¿alguien ha visto mareas en un charco?

Lo mejor de todo es que, a pesar de ser una estupidez supina, diversos científicos han dedicado parte de su tiempo a ver si hay algo de verdad en todo esto. Y la conclusión es que la astrología y el supuesto efecto lunar tienen de todo menos efecto. Ningún estudio serio y científico ha descubierto la más mínima influencia de los planetas o las fases de la Luna en nacimientos, accidentes, personalidad, agricultura…

En este caldo de cultivo surge la chorrimemez de las catas biodinámicas, basadas en los calendarios lunáticos de una alemana nonagenaria llamada María Thun. Están de moda en Gran Bretaña y van llegando a nuestro país con ese regusto que tiene el mundo de lo falsamente misterioso, y con el mismo envoltorio “chic” que tenía el timo de las pulseritas equilibradoras de energía, la ecobola y demás soplapolleces sin base científica alguna. Y encima algunos la toman por “ciencia”.

En fin, si usted cree que su carácter le ha sido dictado por Júpiter derrapando por Libra no tendrá ningún problema en creerse semejante fantochada. Pero si usted no ha apagado las luces de la razón, si realmente piensa que el disfrute de un vino no depende de la posición de la Luna en el cielo ni de que sean místico-mambo-jambo-días “flor y fruto”, dudo que caiga en sus redes.

Ahora bien, si quiere forrarse vendiendo esta experiencia como el colmo de lo “in”… ésta es su oportunidad. Que analfabetos funcionales de la ciencia –y en particular de la enología- los hay a raudales.

(Original publicado en La Papila Crítica)


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