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Los próximos 100 años… de hace 100 años

16 enero 2012

¿Qué nos depararán los próximos cien años? Sinceramente, no tengo ni idea. De hecho, querer hacer futurología bien hecha, no como esa tan cutre de los videntes y adivinos, es prácticamente imposible. Y no hay que irse muy lejos en el tiempo. Por ejemplo, nadie, a mediados de los años 50, profetizó el impresionante avance del mundo de la informática, y mucho menos la aparición de internet. Resulta curioso echar la vista atrás y leer lo que otros escribieron sobre el nuevo siglo XX que entonces llegaba.

De este modo comenzaba el artículo del periodista Henry Litchfield West que los lectores del Washington Post pudieron leer, en su página 3, el 31 de diciembre de 1900: “El hombre que vivió en el año 1800 lo hacía en la apacible ignorancia de los maravillosos descubrimientos que han hecho del siglo que ahora termina algo memorable en los anales del mundo”. El artículo era una reflexión sobre los avances tecnológicos sucedidos en el siglo que entonces terminaba y una especulación sobre lo que nos depararía el siguiente. La visión de West incluía un transporte a cada vez mayores velocidades –quizá con el dominio de la gravedad–, un telégrafo y un teléfono –entonces en su niñez– completamente superados por novedosas técnicas y, como no podía ser de otra forma, con la electricidad como eje y fuente de inimaginables posibilidades.

Lo cierto es que el siglo XIX había sido una época de transformación económica sin precedentes, espoleada por la revolución industrial y el advenimiento de la comunicación instantánea gracias al telégrafo. La caída de la esclavitud vino a reforzar la idea de un progreso sin final. Ahora bien, también había sido una era de depresiones económicas recurrentes y violentos conflictos laborales y agrarios. ¿Podrían sobrevivir las instituciones democráticas enfrentadas a enormes desigualdades sociales? ¿El progreso y la pobreza debían estar por siempre indefectiblemente unidos?

En aquellos principios de siglo XX, con el espiritismo en pleno auge –tanto que ejerció una influencia nada despreciable en los ideólogos del socialismo utópico francés–, para muchos se esperaba la rápida confirmación de una existencia mejor y más plena tras la muerte.

Resulta curioso descubrir que las avalanchas de predicciones que se producen en momentos tan señalados como pueden ser los cambios de siglo no se dieran en los años 1700 y 1800. Sin embargo, a finales del siglo XIX sí sucedió. En Estados Unidos, las dos visiones del futuro más populares fueron los libros Mirando atrás (1888) de Edward Bellamy y La columna de César (1891) de Ignatius Donnelly. Ambos proyectaron hacia el futuro las tendencias de su época, pero con resultados totalmente diferentes. Bellamy era un esforzado propagandista y defensor de la nacionalización de los servicios públicos cuyos artículos inspiraron a muchos grupos políticos tanto en su país como en Europa. En su libro Mirando Atrás dibujó un Boston en el año 2000 bajo un sistema socialista ideal. Su protagonista cae dormido y despierta a finales del siglo XX en un mundo donde las desigualdades han desaparecido y se ha alcanzado la armonía social.
El proceso de concentración económica había culminado en la creación de un único Gran Trust controlado por toda la sociedad y para la cual trabajan todos los ciudadanos en una especie de Ejército Industrial. La igualdad de derechos para todos, tanto hombres como mujeres, es un hecho.

En oposición a esta utopía tecnocrática se encuentra el libro de Ignatius Donelly. Donelly fue el líder y creador del partido populista norteamericano que nació para luchar contra la reforma agraria de finales del siglo pasado. En La columna de César dibuja un mundo antiutópico, donde el progreso industrial ha creado una clase trabajadora degradada y empobrecida que se alza en una violenta revolución. La civilización perece bajo una enorme montaña de cuerpos muertos –la «columna» del título del libro– mientras que el héroe de la novela encuentra su santuario de libertad en Uganda.

Lejos ya de las utopías, otros pensadores y escritores fueron más realistas. Así, el defensor de los derechos civiles, William Edward Burghardt DuBois, comentó que el problema racial de Estados Unidos sería «el problema del siglo XX»; no anduvo en nada descaminado. Para los conocidos Herbert George Wells, Jules Verne y para el socialista alemán August Bebel, su visión del nuevo siglo era esencialmente pesimista: veían un mundo plagado de guerras mundiales conducidas por los productos más aberrantes de la tecnología. Justo al contrario, Andrew Carnegie y el economista y premio Nobel de la Paz Norman Angell intuyeron que la guerra se iría haciendo progresivamente obsoleta gracias al libre comercio y la democracia.

Irónicamente, todos ellos tuvieron parte de razón.


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