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Morir como un filósofo

12 enero 2012

El ser humano se distingue del resto de los animales por su capacidad para pensar. Eso es, al menos, lo que uno podía leer en los libros de texto de cuando iba al colegio.

El sano ejercicio de la reflexión y la creación de ideas es algo peligroso si se enfrenta al lado oscuro de nuestra naturaleza: cuando unos pocos, que creen que sus ideas son las únicas buenas, pretenden imponerlas al resto.

Muchos las aceptamos no porque tengamos miedo o porque nos convenzan. Las aceptamos por pura y simple pereza, porque es muy cómodo que otros piensen por nosotros. Por eso, cuando alguien intenta ejercer su título de animal racional con ideas que no comparten quienes detentan el poder, empieza la persecución.

Y si no que se lo pregunten al pobre Lucilio Vanini, un italiano carmelita que fue juzgado y condenado a muerte en uno de los procesos franceses más célebres de principios del siglo XVII. Vanini fue un viajero infatigable. Colgó los hábitos para hacerlo y después de dar muchos tumbos acabó afincándose en Toulouse. Allí se dedicó a impartir lecciones privadas donde exponía sus osadas ideas, de claro corte panteísta. Lo hizo sin buscarse el apoyo y protección de algún poderoso personaje de la ciudad francesa. Consecuencia: fue acusado de ateísmo con el agravante de proclamar a los cuatro vientos que no existía el alma y que la Virgen había mantenido relaciones sexuales.

Con tales declaraciones Vanini había acaparado todos los boletos necesarios para convertirse en carne de cadalso. Y así fue. Dicen que al ser conducido a la hoguera gritó en italiano:

- ¡Sepamos morir alegremente como un filósofo!

Y allí apartó el crucifijo que le pusieron delante diciendo:

- ¡Cristo tembló de miedo en su última hora mientras que yo muero sin temor!

Como el querido lector puede comprender, palabras tan poco piadosas obligaron al verdugo a cortarle la lengua antes de quemarle.

Durante los dos siglos que siguieron a su muerte numerosos escritores le dedicaron diversas lindezas. En 1840 Victor Cousin, Ministro de Instrucción francés, lo señaló culpable ante Dios y ante la moralidad: Vanini era, además de ateo, depravado y homosexual.


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