¡Devolvedme el cielo!

El pasado verano, como cada verano, por la noche, me han asaltado dos sentimientos contradictorios: uno de asombro infantil y el otro de profunda tristeza.
Lejos de las luces de las ciudades y las zonas de veraneo, uno puede levantar la vista al cielo y sentir el vértigo arrebatador de miles de estrellas, la fascinante y cautivadora visión de la Vía Láctea, esa banda lechosa que nos proporciona una hermosa y única visión de nuestra galaxia.
Hoy Van Gogh sería incapaz de pintar su famoso cuadro de un café de Arlés bajo el cielo estrellado. Hoy nadie es consciente de las fases de la Luna o de que puede observar los planetas en el cielo. Recuerdo que una vez alguien me preguntó con verdadera sorpresa: ¿Es que se pueden ver? Venus, Mercurio, Marte, Júpiter o Saturno son simplemente nombre de objetos que se aprenden en la escuela. El Sistema Solar, el Universo, no son otra cosa que un concepto que nos enseñó el profesor de Ciencias Naturales. No es real, casi es una ficción. ¿Cuántas mujeres enamoradas podrían exclamar con Julieta “No jures por la Luna, por la inconstante Luna, que cada mes cambia en su órbita circular”?
Hoy nadie ve, de noche en noche, de mes en mes, cómo cambia el aspecto del cielo, cómo desaparecen unas constelaciones mientras aparecen otras. Nadie se da cuenta de que unos brillantes puntitos muy luminosos, fácilmente discernibles porque su luz no parpadea, van mutando su posición en el cielo. Son los planetas. A ellos les debemos mucho, pues al querer explicar por qué se mueven de ese modo descubrimos que no estamos en el centro del cosmos, que no somos el ombligo del universo.
Una simple mirada al cielo nos revela lo que siempre hemos sido sin saberlo: ciudadanos del cosmos. Y nos envuelve con un sentimiento de humildad, de lo poco que somos ante la oscura inmensidad que nos rodea, habitantes de una mota de polvo insignificante que gira alrededor de una pequeña estrella arrabalera en una de las miles de millones de galaxias que pueblan el universo. Pero no debemos olvidar tampoco lo importantes que somos pues, hasta donde sabemos, somos la única especie capaz de anunciar su existencia en el espacio. Construidos con los mismos átomos que los planetas, las estrellas y las nebulosas, somos una parte del universo que se ha hecho consciente.
Ante todo esto, causa risa y estupor que aún sobrevivan creencias infantiles, residuos de viejas religiones, como la astrología, producto de un tiempo cuando se creía que el universo estaba diseñado por y para el ser humano y que todo estaba gobernado por unos dioses ininteligibles e inaccesibles. Decía Montesquieu que pensar que nuestros actos están escritos en el gran libro del cielo es una orgullosa extravagancia. ¿De verdad podemos creer que los planetas giran para decidir la forma de vivir nuestras vidas?
Nuestra sociedad ha eliminado el cielo del vivir cotidiano. Por eso, si tiene la oportunidad de alejarse de las luces de la ciudad, o si al viajar de noche necesita parar para descansar, hágalo en un lugar oscuro y despejado y levante la mirada al cielo. Sentirán ese cosquilleo que recorre el espinazo al saber que están contemplando su hogar, su verdadero hogar.
9 Octubre 2009 at 7:30 am
Algunos afortunados, o no tanto, porque el que no DISFRUTA del silencio, la soledad y la oscuridad de la noche en el campo es porque no quiere o no lo ha vivido nunca; algunos afortunados, decía, disfrutamos del silencio (y de los sonidos del campo nocturno), de la soledad, de la oscuridad, del tiempo, de la introspección, de la luna, de las estrellas y de los planetas cuando estamos haciendo otra cosa que nos apasiona y nos hace felices, la caza al jabalí en espera.
El disfrute de la noche con todo lo que la acompaña (que no es poco) es para nosotros un plus de nuestra afición. Y menudo plus. No me hace falta la excusa de mi instinto cazador para, en ocasiones, echarme al monte a contemplar el crespúsculo y esperar la noche mientras mis ojos van perdiendo la capacidad de discernir colores, pero son capaces aún de ver a maese raposo que comienza su ronda nocturna. Mis oídos captan el escandaloso jaleo para su tamaño de un ratoncillo de campo que trastea a escasos dos metros ajeno a mi quieta presencia.
Si es despejada, no hay noche mala para salir al campo. Si la luna está en menguante o es prácticamente nueva, no alumbrará y con una manta en el suelo nos tumbaremos y dejaremos que nuestra vista se desparrame por el cielo donde veremos una orgía de estrellas. Con suerte, si nos sentimos agusto, integrados en el paisaje (en comunión con el cosmos que diría un new agero), hasta daremos alguna cabezada. Si hay luna, nos asombraremos de la visibilidad que proporciona. Los cazadores a espera la adoramos, la humanizamos, la piropeamos, nos sentimos acompañados por ella.
Importante no llevar reloj ni tener hora de vuelta. En caso de curiosidad irreprimible sobre qué hora será, para estimar el avance del tiempo mírese la orientación de la osa mayor al comienzo de la noche y, en el momento en que quiera conocerse la hora, estímese su ángulo de giro respecto a la estrella polar, y téngase en cuenta que la esfera del reloj celeste es de 24 horas no de 12.
Hala, a disfrutar la noche.
9 Octubre 2009 at 9:09 am
Miles de gracias, una por cada estrella que exista, por recordarnos estos grandes milagros cotidianos a los que hemos dejado de prestar la atención que se merecen…
Destacaría varias frases para reflexionar:
“Y nos envuelve con un sentimiento de humildad, de lo poco que somos ante la oscura inmensidad que nos rodea”,”una pequeña estrella arrabalera” “somos una parte del universo que se ha hecho consciente” y “nuestra sociedad ha eliminado el cielo del vivir cotidiano”…
Está muy claro…, pero si se te ocurren más explicaciones y reflexiones alrededor de estos hechos, estaremos encantados de leerlas, Miguel Ángel
Besicos
9 Octubre 2009 at 1:19 pm
Hola Miguel Ángel
Muy de acuerdo. Este habitante de ciudad tardó muchos años en tener la posibilidad de ver la vía láctea, pero me encantaba localizar las Pléyades. Hoy, en mi ciudad, imposible.
Sobre los planetas, te regalo una anécdota que me contó un director de un museo de ciencia. Mientras les contaba a unos chicos que ese punto en el cielo era Mercurio, el otro Venus… uno de los chavales (suguiendo la serie) quiso saber qué puntito era la Tierra (!!)
Un saludo
Javier
9 Octubre 2009 at 1:33 pm
Hola Miguel Angel!!
Estoy muy de a acuerdo contigo. Soy una de las afortunadas que disfruta, (o al menos disfrutaba) de las agradables noches de verano, paseando a la luz de la luna, Y descubriendo tirada en la mitad de un camino, y mirando al cielo, las estrellas, los sonidos y los aromas de un pueblecito. Lastima en una de esas noches, una panda de amigos me despertaran de mi ensimismamiento por causas que como tu dices “”causa risa y estupor que aún sobrevivan creencias infantiles, residuos de viejas religiones”" y se dedicaran a buscar a otro amiguete como locos, pensando que se lo habia llevado la luz de otro pueblo… Sin comentarios…
9 Octubre 2009 at 3:39 pm
Muy cierto…de chico solía subir cada noche a la terraza y observar las pocas estrellas que se veian con un largavista..Un teloscopio para mi estaba a la misma ditancia inalcanzable que la estrella mas cercana(despues del sol). Hoy que lo tengo, cada vez que puedo subo y me desempolvo un poco de la gravidez de nuestra limitada realidad cotidiana.
No se equivocaba Nietzsche al decir que para ver la realidad había que elevarse a unos seismil metros de altura y cuanto maás lo hagamos mas conciencia tomaremos de ella.
Ya se que es conocido, pero siempre es bueno ver este video una vez más,asi como el cielo nocturno
http://elreplicadordesuenos.blogspot.com/2009/06/palidos-humanos.html
p.d. Miguel Angel “una estrella arravalera” sonó a tango…casi “se me pianta un lagrimón” jajajjaja
saludos para todos!!!
13 Octubre 2009 at 10:16 pm
Hola, soy de Young Río Negro Uruguay, una ciudad pequeña (13.000 habitantes), la cual carece de edificios altos y casi se puede ver el cosmos de horizonte a horizonte. Aficionado a la astronomía en el Liceo (o colegio). Todos las noches, si las nubes me lo permiten, disfruto de los planetas que mi hemisferio sabe mostrarme, descubriendo semana a semana su traslado en su órbita. Me acuerdo hace un par de años, supe ver y distinguir en el horizonte un cometa y recién dos días después, apareció la noticia en la ciudad, me sentí y me siento muy orgulloso por ésto, si se quiere, fui yo quién lo descubrió.
Sigo tu blog por RSS.
19 Octubre 2009 at 2:48 pm
Perfecto como siempre tus letras, donde se adivina la reflexión, el conocimiento interior y la critica a éste “mundo” donde nos ha tocado vivir y donde algunos buscan en ese cielo de manera distinta el porqué de sus vidas, unos reflexionado sobre su existencia darwiniana y otros sobre unos dioses salvadores, y otros como tu muy bien dices que ni siquiera se “parán” a mirar hacia el cielo porque la vida se los engullen, y los menos que no quieren mirar porque temen lo que en ellos pueden encontrar.
Un saludo
Eduardo Fernández