Conservación de la energía

En 1840 un alemán llamado Julius Robert Mayer se embarcaba como médico práctico en un barco holandés con destino a la isla de Java. Durante el viaje descubrió algo que le resultó especialmente llamativo: mientras practicaba las habituales sangrías observó que la sangre no era de color rojo oscuro, como estaba acostumbrado a ver en Europa, sino rojo brillante.
Mayer quiso buscar una explicación. Sabía que el llamado calor animal, que antaño se confundía con la existencia de un fuego interno, era causado por la combustión del oxígeno de la sangre. Entonces, se preguntó Mayer, ¿no podría funcionar el cuerpo humano de forma parecida a una máquina de vapor?
La suposición principal de Mayer era que tanto el calor corporal como el esfuerzo que realizamos provienen de un mismo sitio: los alimentos que comemos. La diferencia en el color de la sangre, decía Mayer, tiene su origen en que al vivir en un lugar más cálido el cuerpo necesita quemar menos oxígeno para mantener la temperatura interna y, por tanto, la sangre apenas se oscurece.
La consecuencia directa de estos razonamientos es que toda la energía que gastamos viene de lo que ingerimos. El cuerpo no consume más de lo que come, siguiendo el célebre dicho de «nadie da duros a cuatro pesetas».
En 1841 Mayer generalizó estas ideas al resto de la Naturaleza y propuso la existencia de un principio básico, el principio de conservación de la energía. Sin embargo, nadie le hizo caso. Mayer lo tenía todo en contra: no era físico sino médico, sus escritos tenían cierto tufillo metafísico y además criticaba con socarronería las teorías científicas al uso, algo que raramente se perdona. Cuando pocos años después el mérito de este descubrimiento se lo llevó el inglés James Joule, el pobre Mayer luchó porque, al menos, se le atribuyera el mérito de ser el primer descubridor de la ley. En 1849, olvidado por sus colegas, sufrió un colapso mental y al año siguiente quiso suicidarse. Su estado psíquico era tal que tuvo que ser internado durante un año en una institución mental.
El reconocimiento le llegó al final de sus días aunque le sirvió de muy poco. Hoy nadie le recuerda como el descubridor del principio de conservación de la energía, haciendo bueno el aforismo legal de «justicia retrasada es justicia denegada».
11 Octubre 2009 at 2:32 am
que respondan lo que uno pregunta y no otras cosa como pide una persona una respuesta y le dan un juego y balla que usted pida un juego y le dan carreta nononono pongasen serios o sino para que pusieron esa entrada y den respuestas claras por que no se entiende nada pongasen las pilas.por que estan grabes.att sabrina vanegas del colegio los andes y soy de grado sexto